Morgana 26. Excalibur #3
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26. Excalibur #3

Nada pudimos hacer para resistirnos. Pasamos la noche juntos en la alcoba de Arturo, protegidos del mundo en el interior de su cama caja.

Al principio solo nos acariciamos con las yemas de los dedos, explorando los rincones que reconocíamos, los lugares que sabíamos provocaban un suspiro en el otro.

El cuerpo de Arturo había cambiado. Ahora los músculos de sus brazos, sus hombros y su pecho estaban más marcados y tuve que aprenderme nuevos contornos antes de llevármelos a los labios.

Una vez más, bajo el cuerpo de Arturo, me volví espuma.

Nos amamos con ternura. Estábamos enamorados desde siempre y la certeza de que íbamos a separarnos nos hacía encendernos a los pocos minutos de habernos apagado.

—Quédate conmigo, Morgana.

—No puedes pedirme eso.

—¿Lo dices por Ginebra? Que no te engañe la escena de hace unas horas.

Nuestro matrimonio es una farsa. Desde el principio de este dormimos en alcobas separadas.

Ella me evita prácticamente desde el día de la boda.

Y no la juzgo. Se casó con un hombre apático y poco afectivo.

Un hombre que en nada se parece al que tienes ante ti.

—Pertenezco a Ávalon.

—Puedes ir cuando quieras. Sé quién eres.

No te retendré. —Tomó mi mano y la besó, pronunciando mi nombre—.

Morgana… Morgana… Hemos vuelto a encontrarnos y soloeso me importa.

Camelot, Britania…, todo me da igual.Solo quiero ser un hombre.

Quiero ser un hombre que te ama y lo proclama al mundo.

Quiero ser un hombre contigo. Podemos ser felices.

Lo sé. Solo quiero ser feliz a tu lado. No necesito ser un gran rey.

Lo miré a los ojos y supe que hablaba con la verdad. ¡Qué sencillo hubiera resultado dejarme convencer! Cada uno de los poros de mi piel clamaba por gritar: «Sí, aquí me quedaré, por siempre a tu lado». Pero no debía. No era esa mi vida.

—Yo sí necesito ser una gran reina —pronuncié, antes de volver a besar sus labios.

Pasaron varias horas y vi c ó mo los ojos de Arturo se fueron cerrando. Se oía el crepitar del fuego. Su luz vibrante se colaba por las junturas de la cama caja, dibujando rayas en su cuerpo dormido. ¡Seguía siendo tan hermoso! Aún eran magia sus caricias en mi cuerpo.

El amor que sentía por Arturo me seguía atravesando; paralizaba mis pensamientos y desmigaba mi alma.

Sin él, algo de mí faltaba. Como esa historia griega que hablaba de que una vez nuestros cuerpos fueron esferas, dos caras sobre un mismo cuello, observando el mundo en direcciones opuestas.

Teníamos cuatro brazos y cuatro piernas y así estábamos completos.

Éramos fuertes, orgullosos, sublimes… y nada le pedíamos a la vida, puesto que ya todo lo teníamos.

Tan grandes y seguros que nos atrevimos a desafiar a los dioses.

Y entonces Zeus, en lugar de fulminarnos por nuestra arrogancia, decidió jugar con nosotros.

Dividió en dos aquel cuerpo perfecto, condenándonos a buscar nuestra mitad eternamente; errantes, nostálgicos, incompletos. 112

Arturo y yo éramos un mismo fruto, dividido en dos por un cuchillo divino. Separados teníamos un vacío en el alma. Quizás el amor era eso: un hambre insaciable recordándonos que estamos vivos.

Tuve la certeza de que ese era el momento adecuado para alejarme de él.

Habíamos puesto punto final a nuestro encuentro.

Yo dejaría a mi hijo junto a su padre y regresaría al lugar que nunca debí abandonar.

¿Acaso no era Mordred la fusión definitiva entre Britania y Ávalon?

Merlín nunca hubiera previsto un final tan adecuado.

Mi misión en el mundo de los que han de morir estaba cumplida.

Me incorporé de la cama sin hacer ruido.

Nuestra ropa había quedado desperdigada por el suelo de la alcoba y tardé un buen rato en localizar cada prenda.

Recogí mi camisa interior de lino, y me puse las medias y las botas.

Vi que mi vestido estaba en una silla, junto a Excalibur.

Al cogerlo, rocé la empuñadura de la espada y entonces un enojoso brillo me cegó.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que se trataba del resplandor que Excalibur desprendía al extraerla de su vaina.

Era yo la ardiente espada del espíritu del mar, forjada en Ávalon.

Alguien dirigía mis movimientos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

Vi frente a mí a Mordred, con el rostro manchado de barro y el cabello húmedo por la lluvia.

Se me acercaba deprisa; demasiado deprisa.

Quería gritarle que se alejara, pero carecía de voz, tan solo era brillo.

Percibí cómo mi punta atravesaba con facilidad el peto de acero que protegía el pecho de mi hijo.

Al otro lado, su piel blanca también cedió ante mi pujanza.

Intenté quedar atrapada entre sus costillas, pero la presión de la mano que me empuñaba venció mi resistencia.

Me adentré en el corazón de Mordred, que ya estaba roto desde hacía muchos años. Y sentí su último latido.

Aparté mi mano de Excalibur, sobrecogida.

Terminé de vestirme y salí sin hacer ruido de la alcoba de Arturo.

Cuando llegué a mi cuarto, intenté tranquilizarme y poner en orden lo que acababa de percibir.

¿Se trataba de un vaticinio del futuro? ¿Era algo que podría suceder o que realmente sucedería? Y, de ser así, ¿se podía evitar?

¡Cuánta confusión sentí en ese momento! Intuía que aquella visión era el inicio del final que profetizó Merlín, en el que Mordred mataba a Arturo, pero con una variante: era mi hijo el que moría.

¿Tenía el mago tanto poder? ¿Sus maleficios habían condenado a mi hijo sin remedio?

Quizás Mordred había logrado burlar a la muerte siendo un bebé, y yo, al ir a buscarlo, lo había vuelto a señalar.

Me puse a llorar. Las lágrimas corrían rápidas por mis mejillas mientras escuchaba la tormenta en el exterior. «¡No, no, no!», gritaba, caminando de un lado a otro de la habitación. Me tiré sobre la cama y sumergí la cara en la almohada para que ahogara mis gritos de impotencia y dolor.

Cuando me calmé un poco, llegué a la conclusión de que Merlín era el responsable de todas nuestras desgracias.

Por su culpa, mi padre, Gorlois, había muerto con el corazón roto.

Por su culpa, Úter había arruinado mi infancia.

Por su culpa, Arturo había crecido lejos de sus verdaderos padres y de mí.

Por su culpa, no habíamos podido amarnos con libertad.

Por su culpa, decenas de niños inocentes murieron en un naufragio.

Por su culpa, mi hijo había crecido desarraigado y era un desconocido para sus padres.

Por su culpa…, por su culpa… ¡Maldito Merlín!

Pero pronto regresó mi talante práctico.

De poco serviría seguir quejándome. Cuando las lágrimas lograron aflojar la presión que sentía en la garganta, comencé a analizar la situación.

La visión que había tenido en la alcoba de Arturo se prestaba al debate.

En ella, Excalibur atravesaba el corazón de Mordred, pero eso no significaba que fuese Arturo quien la estuviera empuñando.

Por otra parte, si le contaba a Mordred lo que había visto, podría sembrar en él la desconfianza, entorpeciendo la floreciente relación que ahora tenía con su padre.

El portador de Excalibur tenía ventaja sobre todo aquel al que se enfrentara, y yo no iba a exponer a mi hijo a ese peligro, si podía evitarlo.

Sin añadir suposiciones, lo único que parecía estar claro era que Excalibur atravesaría el corazón de Mordred.

Laconclusión por tanto era sencilla: me desharía de Excalibur.

La devolvería al fondo del lago de Diana.

Debía regresar a la alcoba de Arturo para recuperarla.

Una vez tomada esa decisión, supe que no habría vuelta atrás.

Tendría que abandonar el castillo en el mismo momento en el que me hiciera con la espada.

Preparé un hatillo con las pocas pertenencias que había traído y bajé a las cuadras para ensillar a Taranis.

Intentando no llamar la atención del vigilante, lo saqué por el patio y lo amarré al otro lado de las murallas.

Después, hice el camino de vuelta por los penumbrosos corredores.

Mis pasos apenas eran perceptibles en la quietud de la noche.

Iba rumiando la tristeza que por momentos me invadía, impidiéndome respirar.

El amor que sentía por Arturo me hacía dudar, distrayéndome de mi propósito.

Volvía a mí esa idea absurda de que podríamos encontrar la manera de ser felices.

Pero esa debilidad me duró poco más de un segundo.

«No, no es posible. En el mundo de los que han de morir nunca dejaremos de ser quienes somos», pensé.

Muy despacio, abrí la puerta de la alcoba del rey.

Sentía los latidos del corazón golpeándome las sienes.

Me temblaban las manos, tenía la boca seca y la camisa de lino se me pegaba a la piel por culpa del sudor frío.

Allí estaba Excalibur, junto a la cama de Arturo.

Sopesaba si debía cogerla y echar a correr o si sería mejor hacerme con ella con sumo cuidado, procurando hacer el mínimo ruido. Opté por la segunda opción.

Avancé de puntillas. Arturo estaba acostado de espaldas a mí.

El fuego de la chimenea seguía ardiendo, pero mucho más debilitado que horas atrás.

Apenas quedaban unas brasas. Me detuve para observarlo.

Algunos rizos de su dorado cabello se posaban en la almohada.

Seguía desnuda la espalda que, horas atrás, había acariciado.

Tanta quietud me devolvió el recuerdo de cuando era un niño.

Tuve que hacer un esfuerzo por concentrarme en lo que había venido a hacer.

Avancé un par de pasos más. Ya estaba cerca.

Podría estirar la mano y coger la espada, pero quise que mi pulso se tranquilizara.

Tomé aire, y creo que eso fue lo que me delató; Arturo había vivido las suficientes batallas como para percibir que alguien andaba al acecho.

Mi mirada estaba fija en Excalibur, así que no me di cuenta de que su cuerpo se había alertado.

Los músculos se le tensaron, se dio la vuelta de golpe y saltó de la cama.

Estiró la mano en busca de su espada, pero yo ya la tenía sujeta por la vaina.

Sentí una mezcla de pánico, miedo y furor.

Nos observamos en silencio. Yo, asustada. Él, sorprendido.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, posando sus ojos en la mano con la que yo sujetaba a Excalibur.

—Tengo que llevármela.

Por instinto, él aferró la empuñadura y tiró de ella. Excalibur salió limpiamente, deslumbrándonos a ambos.

Oí ruidos en el pasillo. Eran las carreras de los guardias. Cada vez estaban más cerca. En medio del resplandor, distinguí la mirada aún perpleja de Arturo. Me di la vuelta y eché a correr por el corredor, con la vaina en las manos.

Me crucé con los guardias. Detrás de mí se escuchaba a Arturo gritando mi nombre. Pero yo no miré atrás. Corrí lo más rápido que pude hasta salir al patio. Atravesé la muralla y subí a lomos de Taranis. Y juntos escapamos, como habíamos hecho otras muchas veces.

Regresé a Ávalon agotada y llena de remordimientos. Conmigo había traído la vaina que confeccioné para Excalibur con el manto de santa Muirgen. Quien la llevara consigo, no sangraría, por muy profunda que fuese su herida. Sin ella, Arturo era vulnerable.

Mi plan de hacerme con Excalibur había fracasado. Si mi visión era cierta, si en ella había augurado un hecho del futuro que no podía cambiarse, mi hijo moriría sin remedio, atravesado por ella.

111 Las nieblas de Ávalon . (Edith Zilli, trad.) Barcelona: Ediciones Salamandra.

112 En El banquete, de Platón, Aristófanes describe a los humanos en su origen: seres andróginos con forma esférica y el doble de fuerza que los seres humanos actuales. Es el germen del mito de la «media naranja».