Morgana 26. Excalibur #2
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26. Excalibur #2

—Estoy muy agradecida de que hayas nombrado a mi hijo caballero, pero no quiero abusar de tu hospitalidad. Ya no tengo nada que hacer aquí y en Ávalon me esperan.

Arturo abrió la boca para protestar, pero Ginebra tomó la palabra:

—¿Echáis de menos Ávalon, Mordred? —preguntó, dirigiéndose a mi hijo con una delicada sonrisa dibujada en sus labios.

—Eso no es posible, ya que jamás he estado allí.

En los ojos de Mordred había un brillo indescifrable. Me miró. Miró a su padre y suspiró antes de seguir hablando.

—Nunca salí de Ellan Vannin hasta que mi madre vino a buscarme hace unas semanas. Ni siquiera la conocía. Hasta ese momento, mis orígenes eran un completo misterio —dijo llevándose un trozo de pollo a la boca y masticando después muy despacio.

Ginebra le observaba sin comprender.

—Pensaba… Disculpad —titubeó ella—. Creí entender que…

Mordred volvió a mirarme. Puede que buscase mi aprobación. O puede que no. Pero no iba frenarle. Su historia no me pertenecía. Igual que la mía no le pertenece a nadie. Antes o después, conocerían su origen. Quizás ya había decidido que era el momento de enfrentarnos a todos con su verdad.

—Fui el único superviviente de un barco que naufragó — dijo al fin.

—¡Santo cielo! —exclamó Ginebra.

—Me han contado la historia del milagro de mi vida tantas veces, y de formas tan diferentes, que tengo crudas visiones de sucesos que, evidentemente, no puedo recordar, ya que solo era una criatura cuando acontecieron.

—Parecía estar narrando un cuento frente a una hoguera—.

Me dijeron que, el día del naufragio, el mar estaba en absoluta calma y que, sin embargo, en apenas unos minutos, unas grandes nubes negras opacaron el cielo.

Un viento del norte despertó las olas que sacudieron el barco, empujándolo contra las rocas.

Allí se destrozó. Los que lo vieron decían que parecía cosa de magia.

Arturo observaba al que creía su sobrino con viva curiosidad, mientras Mordred describía un ataúd flotante, un rebaño de criaturas demasiado pequeñas para ser recordadas por sus nombres, olas que elegían a quién abrazar primero y llantos que se ahogaban antes de poder oírse.

—Pero conmigo el mar se entretuvo —siguió explicando sin pasión—.

La cuna en la que me encontraba hizo de barca.

Ni se sabe cuánto tiempo estuve solo, flotando en mitad del mar.

Me encontró un pescador, que me llevó a su casa y me colocó en los brazos de su esposa.

Como no tenían hijos, supusieron que aquello era el milagro por el que tanto habían rezado —se carcajeó—.

Me criaron hasta que cumplí los siete años.

Después me entregaron al noble Nabur. Allí es donde aprendí a luchar.

—Morgana…, ¿de qué está hablando? —me preguntó Arturo.

—Del inicio de su vida…

—Oh…, majestad, no debéis preguntar a mi madre.

Ella no tuvo nada que ver. Fue su esposo el que me entregó a vuestros mensajeros.

Seguían vuestras órdenes. ¿Recordáis el bando real en el que exigíais la entrega de todos los niños nacidos en mayo?

Ese bando real determinó mi destino. O quizás no.

Me gusta pensar que el mar aún celebra haberme liberado de las garras de la muerte.

—¿Eres uno de los niños que navegaba en el Abyssus?

Pero eso no es posible —prorrumpió Arturo—.

No… Tú no pudiste nacer en mayo. —Arturo había comenzado a hacer cuentas.

Y no le cuadraban—. Morgana… Te desposaste dos días después que yo.

Y eso fue a finales de diciembre. Si tu hijo nació en mayo…

Le observé sin decir nada. Durante unos segundos, Arturo buscó la respuesta en mis ojos. Allí la encontró.

—No…, no… —dijo sujetándose la cabeza con las manos—. ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡¿Por qué no me lo dijiste?!

—¿Qué ocurre? —preguntó aturdida Ginebra—. ¿Qué está pasando?

Arturo no le respondió. Levantó la mirada y observó a Mordred.

—Un hijo tuyo y mío. Lo que siempre quise. Lo hubiera dejado todo por esto.

—Lo sé… —respondí.

Ginebra se levantó de la mesa. Era la primera vez que la veía perder la compostura. La rabia le sentaba bien, daba un toque rosado a sus pálidas mejillas.

—¡Entonces eran ciertos los rumores! Dos hermanos amancebados. Has procreado con tu hermana, la bruja. ¡¡Y ahora soy yo la que paga por vuestros pecados!! —gritó, dirigiéndome por primera vez la mirada—. Por eso Dios ha condenado mi matrimonio con la infertilidad.

Evité ofenderme por su justa cólera. Ginebra no tenía ni idea de cuánto nos parecíamos ella y yo.

Las dos amando a hombres con los que no convivíamos.

Pero esa era otra historia que quizás podríamos debatir en otro momento.

Ginebra nada pintaba ahora en aquella conversación.

La ignoré por completo. Eso mismo debió de pensar Arturo, porque la reina abandonó airada la sala y él ni siquiera la siguió con la mirada.

—¡Al fin solos los tres! —exclamó Mordred, con una sonrisa en los labios, tras apurar de un trago su copa de vino. Parecía realmente complacido.

Al fin se encontraba frente a su padre. Ahí estaba el rey Arturo, abriéndole los brazos, llamándole «hijo». Prometiendo que su nombre figuraría en letras de oro en la Mesa Redonda, justo a su derecha; donde siempre debió estar.

Lo que Jaufré le había contado era cierto y, ahora que nuestros gestos se lo confirmaban, no podía dejar de pensar en lo extraordinario de que una única persona compendiase ambas circunstancias.

Pero ¿cómo podría describirlo? Había visto al rey presidiendo los vitrales de la capilla del pueblo en el que creció, portando el escudo con la imagen de la Virgen María.

De una de las paredes del gran salón de Nabur colgaba un tapiz bordado con sedas en el que rey Arturo, con la corona ceñida, clavaba en la tierra el estandarte del Pendragón.

Las damas guardaban sus mejores vestidos en cofres de madera labrada con relieves en los que el rey cabalgaba a lomos de un brioso corcel; el ceño fruncido, la barba bíblica.

Cada doncella britana había lanzado un suspiro imaginando los dedos reales buceando entre sus ropajes y no era extraño que acabasen llamando Arturo a los hijos que concebían con los hombres que nunca alcanzarían a hacerlas sentir como el rey de sus sueños.

Mordred había crecido rodeado de chiquillos que llamaban Excalibur a las espadas de madera que fingían arrancar de las piedras y de muchachos dispuestos a cabalgar hasta el fin del mundo (o hasta el fin de Britania, que para ellos era lo mismo) si eso les concedía el honor de ver su nombre en letras de oro en la gloriosa Mesa Redonda.

Algunos incluso rayaron la humilde mesa del comedor de sus casas con una navaja, anteponiendo la palabra «sir» a su nombre, con el posterior castigo de sus progenitores.

Y ahora él, Mordred, estaba allí, ante el rey que los britanos llevaban en el alma.

Ante el hombre que le había dado la vida para luego intentar arrebatársela.

Y no sabía qué sentir. ¿Debía inundarse de emoción por el honor que ello suponía o se dejaría arrastrar por el rencor que burbujeaba en sus venas? Aún no lo había decidido.

Cuando Arturo y yo al fin nos quedamos solos, salimos a la amplia terraza de piedra blanca que se abría al gran salón. En el cielo, la luna era una finísima línea curvada. Esa noche, todoel protagonismo lo tenían las estrellas.

—Puede que Ginebra tenga razón —indicó sin asomo de drama—.

Puede que ella esté pagando por mis pecados.

Mi matrimonio no ha dado ningún fruto. Y es mejor así.

¿No es acaso un hijo el compendio de dos personas que se aman?

Debí suponer que, después de lo que vivimos…

, nada tan grandioso podía desaparecer sin más. Es curioso, Morgana…

—¿El qué?

—Lo sencillo que le resulta al pueblo juzgarte. Cuán fácil confunden el amor que te profeso con un hechizo. Tus bálsamos con pócimas. Tus silencios con maleficios…

—Me condena su certeza —respondí en el mismo tono calmado—.

Alguien murmuró una vez la palabra « bruja » ytodo encajó a partir de ese momento.

Mi capacidad de volar y desanar, la libertad que reclamo, las hierbas que uso, las estrellas que miro, incluso el aspecto que presento…

Cuando una idea se hace hueco en la cabeza de las personas, la defienden con su propia sangre.

Cambiar de opinión es más doloroso que aceptar que estaban equivocados, que no son tan sabios.

Se aferran a sus certezas porque eso los mantiene unidos contra un frente común.

Siempre hace falta una oveja negra para que el rebaño pueda seguir sintiéndose blanco y puro.

Mientras me miran a mí, se sienten unidos, sienten que yo estoy condenada y que ellos se han salvado.

Ese es el hechizo más poderoso que existe.

—Te admiro tanto, Morgana —susurró—. Ahora que sé todo lo que pasó, me resulta increíble que llegases a amarme, siendo el hijo de aquel que por primera vez te condenó. El hombre que cambió toda tu vida.

—Bueno…, no voy a engañarte. He odiado a Úter durante años, pero no puedo cambiar el pasado. Mi poder de bruja tiene sus límites —reí—. Y ahora…, ¿qué puedo decir? Ese hombre es el abuelo de mi hijo. El padre del hombre al que nunca he dejado de amar —confesé, bajando el tono de voz.