26. Excalibur
Las nieblas de Ávalon Marion Zimmer Bradley
El Esqueleto Danzante era el lugar al que Mordred huía cuando el formulismo del castillo acababa con su paciencia.
La taberna quedaba al otro lado de las murallas y por allí pululaban gentes de diverso pelaje: peregrinos, tramposos, campesinos, cortabolsas, escuderos y borrachos buenos para nada.
Ellos fueron quienes la bautizaron con ese nombre.
Y es que, en otro tiempo, El Esqueleto Danzante había sido una herrería, célebre por la escasa calidad de sus espadas.
Un mal día el herrero desapareció. Su esposa recorrió la ciudad de una punta a otra, intentando dar con él, sin éxito.
Preguntó a familiares, amigos y vecinos.
Nada. Nadie sabía dónde estaba. Semanas más tarde, le despertó el sonido del martillo golpeando contra el yunque.
Emocionada, corrió a la herrería, pero allí no había ni rastro de su marido.
En medio de la estancia solo estaba el yunque, aún caliente.
Sobre él reposaba una sonriente calavera.
La historia de la misteriosa desaparición del herrero se fue deformando con el tiempo.
Llegó a decirse que un esqueleto completo, cubierto con jirones de lino, pasaba las noches bailando sin música en el espacio que había ocupado la herrería.
Al parecer, el cloquear de los huesos terminó por desquiciar a la pobre esposa del herrero.
Ya no dormía, no comía, no trabajaba. Y que por eso (y por las múltiples deudas que el herrero dejó por saldar) tuvo que vender la casa.
El nuevo dueño, tras comprobar el macabro interés que la historia del esqueleto bailarín despertaba entre los vecinos, decidió montar allí una taberna.
Nadie supo de dónde sacó el esqueleto (aunque muchos tenían sus sospechas) que instaló detrás del mostrador.
Sirviéndose de un ingenioso sistema de cuerdas y poleas, cada vez que alguien dejaba propina, el esqueleto bailaba, haciendo reír a los borrachos y persignarse a los devotos.
Al resguardo de la noche, Mordred se deslizaba por las calles de Camelot y atravesaba las murallas cubierto con una capa. Los parroquianos de El Esqueleto Danzante creían que se trataba de un simple mozo de cuadras. Allí jugaba al merellus o a los dados, echaba pulsos y bebía hasta vomitar.
Hacía dos días que el rey Arturo lo había armado caballero. Aquello, pese a ser mucho mejor de lo que podría haber soñado meses atrás, ponía trabas a su intento de pasar inadvertido, así que, mientras estaba en la taberna, se tapaba el ojo con un parche y vulgarizaba su lenguaje.
Esa noche, Mordred se sentó en una apartada mesa en compañía de un aspirante a caballero llamado Jaufré.
El doncel llevaba varios días rondado el castillo en espera de ser recibido por el rey.
Una muchacha les llevó dos jarras de peltre rebosantes de cerveza de brezo, una vela de sebo y el tablero de latrunculi.
Dieron un par de buches a la bebida mientras colocaban las piezas.
—¿Cómo van tus asuntos? ¿Has conseguido audiencia con el rey? —le preguntó Mordred, abriendo el juego.
Jaufré suspiró antes de responder.
—Creo que he llegado en un mal momento. Típico en mí.
—¿Por qué lo dices?
—El rey está dedicando su atención a otros asuntos —respondió, encogiéndose de hombros—. Al parecer, hace unas semanas se presentó en el castillo su hijo bastardo. Lo acaba de nombrar caballero y ahora los demás tenemos que esperar.
Mordred se envaró en el asiento. Echó mano a la jarra, se la llevó a los labios y la cerveza le supo a vinagre.
—¿El rey tiene un bastardo? —preguntó.
—Como todos, ¿no? —rio Jaufré—. El propio rey fue concebido en circunstancias, digamos, particulares .
Su madre, lady Igraine, estaba casada con el duque de Cornualles en ese momento.
Pero este caso es aún más retorcido. —Utilizó un tono de confidencia para añadir—.
Se dice que el rey Arturo tuvo este hijo con su propia hermana.
Mordred sintió que toda la sangre del cuerpo se le acumulaba en el rostro y que el corazón se le desbocaba.
—¿No movéis? —preguntó Jaufré, señalando el tablero.
—¿Qué?
Mordred observó a Jaufré y luego dirigió la mirada a las piezas blancas y negras colocadas ante él; en ese momento era incapaz de distinguirlas.
Se superponían las unas a las otras formando una masa grisácea ante sus ojos.
Las líneas rectas se curvaban. Lo que acababa de escuchar lo dejó tan conmocionado que temió que el doncel se diera cuenta de su azoramiento.
Sin prestar atención al juego, empujó una de ellas con la yema del dedo, antes de seguir preguntando.
—Pero su hermana… ¿Morgana? ¿Así es como se llama? — dijo, fingiendo desconocimiento—. Ella estaba casada con Uriens de Rheged, ¿no? Ese hijo debe ser de su marido.
Jaufré soltó una sonora carcajada antes de hacer un resumen de mi existencia, seleccionando los hitos que consideró que pintaban por completo el cuadro de mi perversidad.
A saber: el rey Úter tuvo que enviarme a un convento cuando solo era una niña porque había hechizado el castillo de Tintagel.
Pervertí a las monjas que me acogieron. Provoqué la peste en el pueblo.
Me condenaron por brujería y el mismísimo diablo vino a rescatarme.
Y había seducido a mi hermano para concebir un hijo con él con la intención de vengarme, de esa retorcida manera, de su padre.
—¡Ahí lo tienes! —exclamó—. El círculo se cierra. Esa mujer es una arpía. Se casó con Uriens de Rheged para ocultar el embarazo. Y, cuando él lo descubrió, ella lo asesinó.
—¿Lo asesinó? ¿Una mujer asesinó a un reputado guerrero? —se extrañó Mordred.
—Es una bruja muy poderosa —aclaró Jaufré—.
Dicen que ha vencido incluso al mismísimo Merlín.
Hace años que nadie sabe dónde está. Cuando el mago supo que Morgana había tenido un hijo con su hermano, avisó al rey de que había nacido el que lo iba a matar.
Ordenaron entonces embarcar a todos los niños nacidos de nobles en el Abyssus y Merlín lo hizo naufragar.
Pero ella consiguió con su magia que su hijo sobreviviera.
Y ahora lo ha traído aquí. Dicen que tiene hechizado al rey.
— El doncel suspiró—. Así que me temo que…
¡¿Adónde vais?! ¡No hemos terminado la partida!
Pero Mordred ya había dejado atrás la puerta de El Esqueleto Danzante.
Pese a que no se había terminado ni la primera jarra de cerveza, caminaba en dirección al castillo, borracho de dolor y de resentimiento fermentado por años.
Iba haciendo un repaso de lo que había supuesto para su existencia la información que acababa de conocer.
¿Su concepción se debió al ardid de una bruja?
¿Era el protagonista del infame vaticinio de un mago?
Había sido el único superviviente de un naufragio.
Algunos lo consideraban un milagro, pero ¿acaso no podría tratarse de nigromancia?
Todas esas venganzas, conjuros, profecías del pasado…
¡qué terrible carga sobre sus hombros! Llevaba desde el comienzo de su vida pagando una deuda ajena.
Primero en una choza de pescadores, rodeado de miseria.
Incluso en la casa de Nabur no había sido más que un desventurado de orígenes inciertos, acogido por caridad.
Para los hijos de Nabur no existía diferencia entre él y cualquiera de los sirvientes a los que su padre tomaba afecto.
Mucho le había hecho sufrir a Mordred esa circunstancia.
Una de las diversiones favoritas de sus hermanos adoptivos era sacarle de la cama para lanzarlo a las pocilgas en mitad de la húmeda y fría noche.
Allí, rebozado en excrementos y paja, imaginaba que algún día se vengaría de todos ellos.
Ahora acababa de conseguir la pieza que le faltaba para completar el rompecabezas de su existencia, pero se dio cuenta de que el crío de la aldea al que rebanó la oreja tenía parte de razón: estaba maldito porque sus padres lo concibieron cometiendo el repugnante pecado del incesto.
Su madre lo había utilizado para tramar su venganza y el mago Merlín hizo naufragar el barco para librarse de él.
Pero ¿qué sabía el rey de todo ello? Si su hermana le había engañado y era una bruja, ¿por qué la trataba con tanta deferencia?
Si fue su padre quien firmó el bando real que orden ó entregar a todos los niños nacidos en mayo, ¿por qué no lo había asesinado al darse cuenta de que seguía vivo?
Quizás todo lo que Jaufré le había contado eran habladurías de aldeanos.
Quizás el rey ignoraba los tejemanejes que otros realizaban a su alrededor.
Quizás creía de verdad que él solo era su sobrino.
Tenía que comprobarlo. Si todo se torcía, podría defenderse.Ahora ya era un hombre. Ahora sabía de tácticas y estrategias. Ahora tenía un as bajo la manga.
Al despertar, Mordred aún seguía confundido.
Decidió que no abandonaría su alcoba en todo el día; necesitaba pensar.
Le encargó a una de las sirvientas que le subiese algún refrigerio para almorzar y se dispuso a sopesar sus opciones.
Pero llegó la hora de la cena y se dio cuenta de que, encerrado en completa soledad, lo único que conseguía era reconcomerse por dentro, así que decidió bajar a cenar con nosotros para disponer cuanto antes de la información que necesitaba para tomar decisiones.
Aquella noche nos sentamos en torno a la mesa Arturo, Ginebra, Mordred y yo. Se parecía a cualquier otra cena de los anteriores días, de no ser porque yo había tomado una decisión que pensaba comunicarles en ese momento.
—Mañana regresaré a Ávalon —dije tras dar un sorbo a mi copa de vino.
—¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó Arturo.
No quise mirarle a los ojos, de manera que me dispuse a responder mientras fingía quitarme una pelusa de la manga.