25. Salvado por el mar #3
Que los súbditos se creyeran con derecho a hacer comentarios sobre su intimidad le parecía a Ginebra una intromisión intolerable. Y debo reconocer que en eso estaba de acuerdo con ella.
—No debes prestar atención a las habladurías —le dijo Arturo, intentado calmar su preocupación—. La indiferencia es la mejor manera de acallar un rumor. Acaba muriendo por sí solo.
—Y eso intento —respondió Ginebra—, pero no sé cómo mostrarme indiferente ante… ante los… ante las…
Dudaba, la pobre, porque no sabía cómo poner orden en el cúmulo de información que tenía sobre su cuñada.
Y ahora, además, estaba Mordred. ¿Cómo tratar con él?
¿Debía llamarle «sobrino»? ¿Iba a quedarse allí, con ellos, en Camelot?
¿Acaso su esposo ya había dado por seguro que no concebirían un hijo juntos?
¿Era eso? Ginebra también estaba llena de preguntas que no sabía ni quería pronunciar.
Mientras tanto, Mordred parecía ser el único que disfrutaba de toda aquella conmoción.
—Jamás me he sentido mejor —decía—. Estoy justo donde debo estar. Esta mañana, nada más salir el sol, he salido a recorrer la ciudad. He visto los colores, he olido los aromas… Nunca pensé que caminaría por un lugar tan hermoso como este. ¡Camelot es una maravilla!
Desde que lo conocía, jamás le había escuchado enlazar tantas frases seguidas, ni tan deprisa, y mucho menos con una sonrisa tan amplia dibujándose en sus labios.
Estaba alegre, animado, jovial, dicharachero.
Tenía los ojos brillantes ylas mejillas encendidas.
Era como si Camelot ejerciera un influjo mágico en él, quizás por haber sido concebido enese lugar.
—Tal vez no deberías… Quiero decir que… Quizás debas preguntarle al rey si es oportuno salir sin avisar y sin acompañamiento.
—Tranquila, madre. Sobreviví a un naufragio y he llegado a esta edad sin vuestra vigilancia. Ya ha quedado probado que puedo defenderme solo.
Una noche, tras la cena, Arturo y yo nos quedamos solos. Los colores se habían diluido con la caída del sol y éramos dos figuras silenciosas que caminaban sobre un lienzo pintado en tonos azul pizarra.
Recorrimos los corredores y los patios porticados, que, a esa hora, estaban vacíos.
El castillo se mantenía tal y como lo recordaba, pero en sus muros se dejaba sentir el paso de los años.
Nos adentramos en la iglesia de San Esteban, donde ambos celebramos nuestros respectivos matrimonios.
Allí vislumbré nuevos cuadros, candelabros y reliquias que los caballeros de la Mesa Redonda trajeron de los lugares en los que estuvieron buscando el santo grial.
La luz lechosa de la luna se colaba por los vitrales.
Un enorme mural cubría por completo la pared sur.
En el centro estaba representado Arturo, desnudo de cintura para arriba, irradiando la juventud del comienzo de su reinado.
Empuñaba uncetro y estaba coronado de laurel.
Componía su séquito un buen número de criaturas mágicas: unicornios, centauros, mantícoras, faunos y un par de dragones junto a un ave fénix, que volaban sobre su cabeza.
Junto a él, una dama pálida, de oscuros cabellos y ojos azul cobalto, sujetaba su mano con expresión indescifrable.
—¿Te reconoces? —me preguntó señalándola.
—¿Soy yo?
—Fue la única manera que encontré para que Ávalon y tú permanecierais a mi lado. Hay quien piensa que representa a santa Colomba de Sens, pese a que le insistí al pintor para que no colocase ningún halo en torno a tu cabeza.
—Muy acertado —indiqué—. Se me desharía el peinado.
Él sonrió. Una sonrisa melancólica que quise espantar de sus labios.
—La serpiente saliendo de tu costado… —señalé.
—¿Aún recuerdas mi pesadilla?
—Claro. Me acuerdo de todo.
Me observó, mientras intentaba mantener viva la sonrisa.
—Pese a no ser un hada —dijo en un tono que pretendía sonar burlón—, me dio miedo que fuese verdad aquello queme contaste que decía mi madre sobre las pesadillas. Asíque mandé pintar mi sueño para romper su posible influjo.
—Nada como un fresco en la pared de una iglesia para espantar una profecía —me burlé.
La curva de sus labios pronto se debilitó.
—Quería que la justicia prevaleciera sobre el hierro de las espadas, pero la paz que consigo para estas tierras siempre parece frágil, Morgana, como un vidrio que tiembla al menor soplido.
La unificación sigue siendo un sueño que nunca termina de cumplirse.
La idílica hermandad de los caballeros no ha llegado a materializarse.
Hay entre ellos orgullo, vanidades, envidias, recelos…
Muchos han partido en busca de un grial escurridizo, creyendo que encontrándolo alcanzaremos una virtud que nos es esquiva.
Quizás la idea que teníamos de un idílico Camelot no sea más que eso: un hermoso espejismo, reflejo de lo que soñamos, pero que nunca llegaremos a tocar.
La eterna promesa que nunca llega a hacerse realidad.
Siento que soy una decepción para todos.
Merlín ha desaparecido. Lancelot ha desaparecido. Tú… tú…
—Tú sigues siendo el hombre en el que el pueblo confía — le interrumpí—. No hay nadie mejor para esta labor.
—Quizás ese fuera yo en el pasado. No lo sé… Casi no recuerdo al joven que fui.
—Pues yo te lo describiré: eras optimista, divertido, justo, leal, apasionado.
Confiabas en la buena voluntad de los que te rodeaban, pese a que en ocasiones tuvieses motivos para sentir que te habían decepcionado.
Tus diálogos eran ingeniosos, mordaces e inteligentes.
Cuando hacías acto de presencia en un salón, lo iluminabas.
Y todo parecía más tibio y gris cuando te ibas.
No creí adecuado añadir que, durante años, aquel joven había pervivido en mi recuerdo, acariciándome, besándome, amándome…
, igual que en los tiempos en los que nos creímos capaces de todo.
Ese muchacho fue la razón que me permitió soportar su ausencia, porque todo sacrificio me pareció poco si con ello conseguía que la vida fuese más fácil para él.
—Vaya… —Rio con melancolía—. Por lo que cuentas, no estuviste muy acertada abandonando a un hombre tan estupendo.
Quise sonreír, pero no pude.
Salimos de la iglesia. El aire era tibio, y olía a la lavanda y la salvia que yo misma había ordenado sembrar años atrás en el jardín que quise convertir en el h ortus sanitatis . Nos detuvimos bajo uno de los sauces. Sus ramas parecían conspirar para resguardarnos del mundo.
—¿Fuiste feliz con Uriens? —preguntó con voz serena.
Pese a que pretendí imitar su tono templado, tuve que tragar saliva y tomar aire antes de responder con sequedad.
—No existía ninguna posibilidad de que eso sucediera.
—Sin embargo, te fuiste.
—Me fui…
—¿Por qué?
—Ya lo sabes.
—Quiero que me lo digas.
—En aquel momento, consideré que era lo mejor.
—Y, tras lo sucedido, ¿lo sigues pensando?
—¿Qué importancia puede tener eso ahora?
—¡Por supuesto que la tiene! —Su calma parecía haberse diluido. Le brillaban los ojos—. Tu decisión ha ocupado mi mente todos estos años. O me amabas y te marchaste para no entorpecer mi reinado, o lo que tuvimos no significó nada para ti.
—Arturo…, por favor…
Dio un paso hacia mí. De pronto fui consciente de que su mano rozaba la mía. Intenté retroceder, pero me quedé atrapada en su mirada.
—Nunca he llegado a sentirme en casa viviendo en este lugar, salvo cuando tú estabas aquí —confesó—.
Intenté odiarte, pero no lo conseguí. Y cuando te creí muerta…
¡Oh…, Dios santo! No paraba de darle vueltas a una idea.
¿Dónde estaría tu alma? ¿Adónde iría la mía cuando me llegara la hora?
Mi única certeza era que quería estar donde tú estuvieras.
—Arturo…
Su nombre saliendo de mis labios se mezcló con su aroma.
—He puesto mayor empeño en olvidarte que en gobernar —musitó.
En la penumbra, sus ojos verdemares me devolvieron el recuerdo de la Morgana que fui junto a él. La Morgana contagiada de entusiasmo, dicha, optimismo y bondad. ¡Me gustaba tanto aquella Morgana! Era sencillo, al mirar sus ojos, dejarme llevar.
—Y ahora que estás de nuevo aquí —siguió diciendo—, lo único que deseo es besarte…
—Y yo que me beses —confesé.
—… pero no lo haré —me interrumpió—. No podría recuperarme si volvieras a alejarte de mí.
Inspiré de forma agitada y me aparté de él.
—Morgana…
—Lo siento. Tienes razón —indiqué con resolución—. No sé qué me ha pasado. Olvida mi última frase. Ha debido de ser el vino. Buenas noches, hermano.
Me di media vuelta y escapé en dirección a mi alcoba.
108 Malory, S. T., de Cuenca, L. A. (2024). La muerte de Arturo . España: Siruela.
109 Steinbeck, J. (2022). Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros . España: EDHASA.
110 Nombre gaélico manés para la Isla de Man. Significa ‘Isla de Manannan’. Manannan es el dios celta del mar.