25. Salvado por el mar #2
Quizás denotes seguridad en mis palabras, pero estoy inquieta.
Volver a ver a Arturo me pondrá a prueba.
Nos pondrá a prueba a ambos. A estas alturas tal vez me odie.
Juré amarlo por el resto de mi vida y lo abandoné por otro.
Y luego abandoné a ese otro. ¿Habrá regresado Lancelot a Camelot?
De ser así, Arturo ya ha de saber que no estoy muerta.
¿Le habrá descrito el Valle Sin Retorno?
Reconozco que, con semejantes datos, es factible que me considere una bruja malvada (más lo segundo que lo primero).
Si aún consiente en hablar conmigo, me queda la duda de qué hacer con la información que tengo. ¿Debería desvelar el romance que su esposa mantiene con su mejor amigo? ¿Acaso Lancelot y Ginebra no son tan víctimas del destino como nosotros?
Deséame suerte, Ganieda querida.
Con el corazón de la chova piquirroja brincando en mi pecho, se despide de ti,
Morgana
No me costó convencer a Mordred para que me acompañase a Camelot.
Según me dijo, Ellan Vannin se le quedaba pequeño.
Durante el viaje me fue desvelando detalles de sus primeros años de vida.
La esposa del pescador se encargó de que nunca olvidase que era distinto.
Le insistió en que, de no haber naufragado el Abyssus, él estaría viviendo en un castillo, rodeado de lujos.
La mujer le repetía que él era mejor, mucho más guapo y alto que los mocosos que correteaban entre el fango, con churretes en los carrillos.
Ensalzaba su porte distinguido, sus huesos largos, su mandíbula cuadrada, sus ojos brillantes, su piel blanca…
, pues todo en su conjunto, según le decía, señalaba la nobleza de su origen.
Durante su infancia, Mordred tuvo un sueño recurrente en el que se hundía en el mar junto a un buen número de criaturas envueltas en lino.
Entonces, cuando estaba a punto de ahogarse, se daba cuenta de que podía respirar.
Sentía el placer del agua inundando sus pulmones, igual que se siente aspirar el aroma de un bosque.
Lo interpretaba como la señal inequívoca de que estaba destinado a grandes logros.
Al fin y al cabo, algo tendría que significar que hubiese sido el único superviviente del Abyssus.
Pero crecía y nada parecía cambiar. En aquella zona infestada de niños rústicos, con padres tan rústicos como ellos, Mordred se sentía atrapado y solo. Se burlaban de él y de sus aires de grandeza.
—Tuve que ganarme el respeto de los muchachos de la aldea—me contó—.
Decían que mis padres me entregaron a los hombres del rey para librarse de mí.
Que estaba maldito. Queera mi presencia en el barco lo que hizo que naufragara.
Que Merlín lo sabía y que por eso convenció al rey para reunir a todos los niños nacidos en mayo en un barco que el propio mago estrelló contra las rocas.
Se me encogió el corazón al escucharlo. Aunque Merlín me hubiera asegurado que había sido un desgraciado accidente, el hecho de que las gentes creyesen que el naufragio había sido intencionado acrecentaba mis dudas.
—El rey Arturo jamás ordenaría una cosa tan terrible —le aseguré—. Él es un hombre justo. Es un hombre bueno. Compasivo. No creas eso. Arturo es…
—Así que tuve que rebanarle la oreja de un tajo a uno de ellos para que aprendieran a respetarme —me interrumpió—. Se la di de comer a los cerdos.
Le observé, aturdida. En mi mente Mordred siempre fue la criatura suave e indefensa que yo había tenido en mis brazos en sus primeros días de vida. Incluso ahora, tan grande y fuerte, lo presupuse impulsivo y valiente, sí, pero con el alma cándida.
—¿Que le rebanaste la…?
—Así es como los hombres se hacen respetar…, madre. ¿Puedo llamaros «madre»? —preguntó. No me dio tiempo a responder porque, acto seguido, retomó la palabra—: Ese es el único lenguaje que comprendían esos cenutrios.
—¿Cuántos años tenías?
—Siete.
—¡¿Siete años?! ¿Le cortaste la oreja a otro niño cuando tenías siete años?
—¡Y eso que él tenía doce! —se jactó.
—¿Te respetaron desde ese momento? —pregunté conmovida.
Mordred se encogió de hombros.
—Supongo que sí. Aunque no volví a verlos.
Fue entonces cuando el pescador y su esposa se dieron cuenta de que Mordred era un pura sangre al que estaban obligando a vivir como un vulgar jamelgo. Y se lo entregaron al noble Nabur para que comenzase su formación como caballero.
En la puerta del castillo de Camelot, me anuncié al centinela.
Como no me conocía, desconfió cuando dije que era la hermana del rey, así que nos dejaron esperando en el patio.
Al cabo de unos minutos, escuché la voz de Arturo aproximándose.
Iba lanzando improperios en los que describía la torpeza del centinela y la estupidez de los que me habían impedido entrar en el salón.
De pronto, su figura traspasó el umbral.
Al verle, después de tantos años, mi alma se vio inundada por la emoción.
Estaba igual pero distinto. Era la versión madura del muchacho que vivía en mi memoria.
Más fornido, con sutiles líneas de expresión en torno a sus ojos, con el rostro enmarcado por una barba rojiza.
Se había convertido en un rey espléndido, majestuoso, solemne.
Durante el viaje, valoré la posibilidad de que aquel encuentro, en compañía de nuestro hijo, colocase el punto final perfecto que la historia necesitaba: emotivo y justo.
Pensé que el paso del tiempo habría soplado sobre mis heridas, que a esas alturas ya serían cicatrices, que reencontrarme con Arturo provocaría en mí la misma conmoción que oír caer la lluvia en el tejado.
Pero ahora que lo tenía ante mis ojos, parecía que una mano gigante y húmeda me aferrase a la garganta, impidiéndome respirar.
—¿Cómo es posible? Morgana. Morgana. No puedo creerlo. ¿De verdad eres tú?
Nos abrazamos y el mundo dejó de moverse. El aire se paralizó.
—¿Es un sueño? —me murmuraba al oído—. Dime que no estoy soñando.
—No estás soñando. Estoy aquí. Sí. Estoy aquí —respondí, contagiada de su emoción.
Nuestro abrazo duró un instante eterno. Al alejarnos, Arturo posó sus ojos en Mordred, que se había mantenido a nuestro lado, en completo silencio.
—Arturo, quiero presentarte a mi hijo.
En menos de una jornada, Camelot al completo supo que Morgana, la hermana del rey, a la que todos habían dado por muerta, había regresado.
Y aunque en el pasado os aseguré que Ginebra era para ellos la perfecta reina a la que rendir pleitesía, en el fondo sentían que algo les faltaba.
No había luz sin sombra, ni dicha sin dolor, ni calor sin frío y, en este caso, no había reina sin su correspondiente bruja.
Jamás lo reconocerían, pero los súbditos echaban de menos el contrapunto perverso que me presuponían.
Elucubrar sobre lo que en ese momento se estaría viviendo dentro del castillo era lo más emocionante que les había pasado en años.
El deseo de verme era generalizado, sobre todo desde que supieron que no había regresado sola, sino que conmigo venía mi hijo.
Buscarle parecidos fue entonces mucho más divertido que salir a cazar conejos.
El día siguiente a nuestra llegada, nos mantuvimos en un recatado retiro.
Arturo dispuso que acomodasen a Mordred en una cámara del ala este y a mí me reservó la que ocupé durante el tiempo en el que viví en el castillo.
Ordenó a los sirvientes que no nos molestasen bajo ninguna excusa, ya que debíamos recuperarnos del largo viaje.
En cuanto a él, nadie sabía con exactitud dónde se había metido.
Algunos dijeron que lo vieron cabizbajo, caminando por los jardines.
Otros que rezando y encendiendo velitas en la iglesia.
Y los más lenguaraces decían que habíamos vuelto a las andadas y que, desde que puse un pie en el castillo, no se apartaba de mi lado.
Si no hubiera sido por los sirvientes (siempre bien dispuestos a compartir confidencias), la gente de la ciudad habría quedado privada de información.
Para su fortuna, pronto el panadero compartió con el molinero el rumor de que yo reclamaba para mi hijo el ducado de Cornualles y que Arturo nos lo había negado, ya que ahora pertenecía a Cador.
Más tarde, el lechero comentó a la cocinera que el copero le había dicho que mantenía mi aspecto juvenil porque había pactado con el diablo.
Después, una de las damas informó a la doncella que traía en mi equipaje un cuerno mágico, guarnecido de oro, que tenía la virtud de señalar las deslealtades.
No había reina ni noble señora infiel que no se derramase el vino sobre el vestido al beber del dichoso cuerno.
Al parecer, mi intención era entregárselo a Ginebra para ponerla en evidencia delante de mi hermano.
Luego el herrero le dijo al mozo de cuadras que el rey Arturo quería armar caballero a Mordred, con la promesa de colocarlo a su derecha en la Mesa Redonda, ya que, en ausencia de hijos, estaba considerando seriamente la posibilidad de nombrar a su sobrino heredero de la corona.
¡Cuánta intriga y desasosiego para los buenos ciudadanos! ¿Cuál de todas esas informaciones sería cierta? ¿Quizás ninguna? Era posible que jamás llegaran a saberlo.
Arturo, mientras tanto, parecía ajeno a lo que se comentaba.
Al menos eso le decía a Ginebra, que, a esas alturas, ya había descubierto que ambas éramos las protagonistas de múltiples elucubraciones.
A través de sus damas, la reina recibía decenas de mensajes en los que se sugerían remedios para contrarrestar mis supuestos sortilegios perniciosos: llevar siempre una cebolla en el bolsillo izquierdo, para que esta absorbiera los maleficios; cruzar los dedos de los pies cuando bostezara, ya que los malos espíritus entran por las bocas abiertas; golpear tres veces la mesa con el tenedor antes de comer, para evitar los encantamientos culinarios…