Morgana 25. Salvado por el mar
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25. Salvado por el mar

La muerte de Arturo Sir Thomas Malory

Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros John Steinbeck

Olvidad todos los hechizos de localización de los que he hablado hasta el momento.

Ninguno de ellos serviría para un caso como este, cuando el rastreador desconoce el aspecto del rastreado, cuando no sabe su nombre, cuando no posee ninguna de sus pertenencias.

Es imposible que, de esta forma, determine en el mapa dónde se encuentra la persona buscada de una forma mínimamente aproximada.

Lo único que en estos casos funciona es De vinculis subtiles et catenae invisibilibus, gracias al cual Mereditha de Darnwych ubicó en Ávalon al amante feérico que asaltaba su lecho en las oscuras noches sin luna (contra todo pronóstico, se casaron y llevan más de mil años viviendo felices en el Bosque Perdido).

El hechizo consiste en dar forma lumínica al hilo invisible que existe entre dos seres unidos por lazos de sangre, afecto, deuda, enemistad o destino.

Resulta indiferente si ese hilo ya se rompió.

O si es difuso. O si aún está por tejer.

Cuando se convoca de la manera adecuada, el hilo surge como un filamento de luz tenue, traslúcida e impalpable, uniendo los dos cuerpos sin que el rastreado pueda percibirlo.

Se necesitan: un ovillo de hilo blanco (hecho con una hebra continua, jamás usada ni anudada), una espina de zarza, una gota de sangre del buscador y un suspiro del Minotauro (contenido en un saquito de lino).

A continuación, hay que sentarse en el centro de una habitación iluminada por una única vela, frente a una puerta abierta.

El buscador se ha de pinchar el dedo índice (que es el que señala) con la espina y mojar el cabo del hilo con la sangre.

Luego se coloca el ovillo en el suelo y se libera el aliento del Minotauro, mientras se pronuncia alto y claro:

Como la Ariadna del laberinto, anhelo encontrar su paradero. El ovillo avanzará ligero conectando almas por instinto.

El hálito del monstruo lo impulsará hacia delante y el hilo, en un inicio palpable, se irá diluyendo hasta alcanzar la textura del suspiro de un fantasma, únicamente visible a los ojos del buscador. Entonces, solo habrá que seguirlo.

A esas alturas Taranis ya se había acostumbrado a su plácida vida en Ávalon, pero, en cuanto le volví a colocar la silla de montar, sentí vibrar su piel bajo ella.

Las pupilas y los ollares se le dilataron.

Piafó alegre, barruntando la emoción de un viaje.

Así son los caballos del reino de Danann: vehementes, leales, siempre dispuestos a emprender una aventura.

Ni el propio rey tenía (ni tuvo, ni habría de tener en un futuro) un caballo tan fuerte y veloz como Taranis.

Juntos trotamos de nuevo por los nostálgicos caminos del otoño en Britania, recorriendo bosques y arroyuelos, tropezando de vez en vez con los círculos de piedra que erigieron los pueblos antiguos.

El paso del tiempo había desdibujado los motivos por los que fueron colocados de aquella manera; donde antaño los druidas lanzaron sus plegarias al viento, ahora los niños jugaban a esconderse.

Atravesamos pueblos y aldeas con casas de barro, madera y paja, arremolinadas en torno a capillas que espantaban a los entes feéricos con el repicar de sus campanas.

La magia se diluía como el humo que escapa por la chimenea, alejado por la brisa.

Era en el cristianismo donde el pueblo encontraba consuelo para el alma.

Los milagros sustituyeron a los hechizos, las reliquias de los santos a los talismanes, las oraciones a los conjuros, los sacramentos a los ritos ancestrales.

Quizás Merlín tuviese razón al decir que Britania y Ávalon se estaban desconectando sin remedio.

En este lugar apenas quedaban briznas de magia.

El hilo de luz me guio hasta un puerto pesquero.

Una vez allí, se adentró en el mar, perdiéndose entre el vaivén de las olas.

Se me encogió el corazón. ¿Certificaba aquello el cruel destino de mi hijo?

¿Sería otra la criatura que sobrevivió al naufragio?

Enseguida me quité la idea de la cabeza.

El hechizo De vinculis subtiles et catenae invisibilibus solo unía cuerpos que se hallaban en el mismo plano espiritual.

Al otro lado del hilo, encontraría a mi hijo vivo.

Los aldeanos tuvieron la deferencia de mostrarme el acantilado contra el que se estrelló el Abyssus.

Aún quedaban trozos del casco desperdigados en las rocas del fondo.

Había rumores acerca del niño que se salvó.

Decían que un pescador de la isla de Ellan Vannin 110 se encontraba faenando cuando vio la cunade madera meciéndose sobre las olas, como una barquita a la deriva.

Al acercarse pudo oír los débiles gemidos de una criatura.

Echó las redes, lo pescó y se lo llevó a su casa.

Poco más pudieron contarme, pero con esa información me bastaba.

Tuve la certeza de que el dios Manannan se había encargado de proteger a mi hijo arrastrándolo hasta su isla.

Ellan Vannin estaba en el centro del mundo, en constante negociación con la niebla y el mar.

En los días claros se divisaba desde la costa como una roca dispuesta a enfrentar los embates del océano.

Esperanzada, hablé con el dueño de una de las naves más grandes que había en el puerto.

Le entregué un brazalete de plata a cambio de que nos transportara, a Taranis y a mí, hasta allí.

Llegamos uno de esos días brumosos en los que la isla es solo un espejismo ceniciento que parece deshilacharse en el horizonte.

Preguntando supe que el pescador que lo encontró y su esposa habían cuidado de mi hijo durante sus primeros años.

Ella se encargó de señalarle con el nombre de Mordred, que significa ‘afortunado’, para que nunca olvidara la suerte que había tenido.

Pero ambos eran demasiado mayores para encargarse de una criatura tan vital y, a los pocos años, le traspasaron laresponsabilidad de su crianza a Nabur, un noble caballero de la zona.

Lamentablemente, tanto el pescador como su mujer habían dejado el mundo hacía un par de años y no pude agradecerles lo que habían hecho por mi hijo.

El hilo me condujo hasta una fortaleza de piedras lamidas por la lluvia que se encontraba al otro lado de la isla.

Descendí de Taranis y anuncié mi presencia.

No me costó convencerlos de que era la madre de Mordred: me aseguraron que era mi viva imagen.

Me guiaron hasta el patio de armas donde entrenaba; allí pude verlo por primera vez.

Alto, de hombros anchos, con el cabello oscuro, algo más rizado que el mío; era, más bien, como el de Arturo.

Sus ojos seguían siendo de un verde intenso, apasionados, enmarcados por oscuras pestañas.

Conteniendo la emoción, lo vi luchar. Se movía con seguridad y elegancia.

La espada era una prolongación de su mano; giraba en el aire emitiendo sonidos silbantes y se detenía en seco contra el escudo de su maestro.

Acto seguido, reanudaba el ataque sin perder el aliento.

Los demás muchachos que entrenaban en el patio de Nabur habían abandonado sus ejercicios para observarle, con una mezcla de admiración y envidia, como si el talento de Mordred opacase sus propias virtudes.

Al terminar, inclinó gentilmente la cabeza ante su maestro y se dio la vuelta. Una brisa juguetona le acarició el cabello, apartándolo de su rostro. Su mandíbula seguía la perfecta línea de las estatuas griegas.

Había imaginado que, en ese primer encuentro, lo tomaría entre mis brazos para acunarlo como a un niño.

Pero cuando caminó hacia mí, luciendo una cortés sonrisa en los labios, me di cuenta de que el tiempo de los arrullos había pasado.

Tuve que alzar la mirada: me sacaba una cabeza.

Sentí una punzada de inquietud en mi pecho.

—Mordred… yo…

—Me han dicho que sois mi madre —atajó—. Sabía que, antes o después, vendríais a buscarme.

Mi querida Ganieda:

He encontrado a mi hijo. Quince años en Ávalon no son nada, pero, en el mundo de los que han de morir, significa que tengo ante mí a un hombre.

Le he explicado de forma somera su origen.

Que mi marido lo arrancó de mi lado para entregarlo a los heraldos del rey y que, durante años, lo creí muerto. Asegura que no me guarda ningún rencor.

Le sorprende que sea su madre; le parezco demasiado joven.

Al describirle el fluir del tiempo en Ávalon, ha bromeado.

También cuando le he explicado cómo he dado con él.

Creo que me considera una excéntrica. Y es que no muestra ni un ápice de magia.

Ha rechazado el ofrecimiento de venir a vivir conmigo al castillo de Chariot.

Considera que su destino ya está escrito: quiere ser un caballero de la Mesa Redonda.

Le he visto blandiendo una espada. Pese a ser tan joven, Mordred se mueve con una destreza inusitada; sin duda, heredada de sus abuelos.

Le llevaré a Camelot. Se lo presentaré a Arturo como su sobrino, como hijo mío y de Uriens.

Y demandaré para él el ducado de Cornualles.

A fin de cuentas, yo debí heredarlo en su momento.

Creo que es justo que ahora el duque sea Mordred.

La vida le ha robado muchas cosas, así que le facilitaré todo lo que esté en mi mano.