Morgana 24. El caballero de la carreta #2
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24. El caballero de la carreta #2

En ese mismo instante, alguien llamó a la puerta de su alcoba y fue a abrirla, aún con el pincel en la mano. Al hacerlo, un grupo de muchachas de unos catorce años entraron sin pedir permiso. Cada una llevaba un par de cubos que depositaron en el centro de la sala.

—Aquí tenéis la pintura que nos encargasteis, sir Lancelot —dijo una de ellas mientras ejecutaba una delicada genuflexión ante él.

—¿La pintura que encargué?

—No hemos encontrado el color tormento de amor —aña- dió—, pero creemos que podréis lograr un tono similar mezclando besos escondidos con promesas rotas.

Con la misma rapidez que entraron, las muchachas abandonaron la alcoba justo en el momento en el que yo llegaba. Encontré a Lancelot con el pincel en la mano, mirando aturdido los cubos de pintura.

—Tenías razón —dije extendiendo el brazo para señalar los muros—. Este cuarto luce mucho más con tu historia reflejada en las paredes. ¡Quién hubiera imaginado que también eras diestro con los pinceles!

—¿Cómo dices? —preguntó él, alzando la vista del suelo.

Y entonces reparó en que el muro norte estaba distinto, decorado con su propia imagen representada al óleo. En él, Lancelot aparecía arrodillado frente a Arturo, que le nombraba caballero posando a Excalibur sobre sus hombros.

—Pero… —Se acercó despacio hasta llegar a acariciar la representación de su rostro con la yema de los dedos—. Yo no he pintado esto, Morgana. Yo no sé pintar. ¡Yo no he pintado jamás!

—¿De qué estás hablando? —pregunté, fingiendo confusión.

Pero enseguida cambié el gesto y lancé una carcajada—.

¿Te burlas de mí? ¿Sí? Sí…, es eso. Te burlas.

Como si no llevaras horas trabajando en este fresco.

Incluso terminaste con toda la pintura que había en Ávalon y las muchachas han tenido que ir al mundo de los que han de morir para traer más.

—Seguía observando atónito el muro—. ¿Qué castillo es este? —le pregunté, señalando una esquina.

—El de la Gozosa Guarda. Así era cuando lo conquisté — respondió.

—Y aquí tus armas son rojas —indiqué señalando la esquina contraria.

—Eso fue el día que el rey de los Cien Caballeros me hirió en un torneo —explicó en un susurro, cabizbajo, como trayendo a su memoria cada uno de esos momentos.

—Te dejaré solo para que puedas decorar el resto de las paredes con tus recuerdos más anhelados —le dije señalando los muros vacíos—. Así será como si los vivieras otra vez.

Lancelot estuvo pintando las paredes de aquella alcoba de ecos tenues con entrega casi monacal.

Aspiraba el aire cuando los pelillos del pincel rozaban el muro, como si sus recuerdos doliesen más en pintura que evocados.

Elegía los colores con sumo cuidado. Un ramillete de tonalidades doradas para representar el cabello de Ginebra, ceñido por una corona más leve que su mirada.

Verdes musgo, glaucos, turquesas y esmeraldas para plasmar la vegetación del bosque en el que se besaron por primera vez, sin que un solo sonido los interrumpiera.

En el dintel oriental trazó la ondulación índigo del vestido de la reina, justo en el momento en el que ella se le acercó para acariciarle la oreja; ni siquiera un espadazo en plena batalla hubiera resultado tan devastador.

Entre los dos ventanales coloreó una fuente sobre la que ella se inclinaba a beber.

Y a él mismo a su lado, buscando robar el agua fresca de sus labios rojos, como el sol un segundo antes de desaparecer tras las montañas.

Regresé a la alcoba de Lancelot después de la Pascua cristiana y contemplé perturbada su gran obra.

No quedaba una pulgada de muro sin pintar.

Cada escena era vívida presencia. Cada penumbra, la promesa de un amanecer.

Cada mirada que la Ginebra y el Lancelot pintados cruzaban denotaba la intensidad de sus anhelos.

Las paredes gemían y suspiraban de placer y gozo, dejando el olor de los cuerpos que se aman flotando entre las vigas.

Podía reconocerlo porque yo también lo había respirado.

Yo fui en un tiempo cuerpo que perfumó de amor el aire.

Una lágrima furtiva e inesperada se deslizó a toda prisa por mi mejilla derecha.

—Oh…, Lancelot. —Suspiré conmovida—. En verdad os amáis.

—Tanto como Arturo y tú.

La angustia se me aferraba a la garganta, impidiéndome respirar; no por rabia, sino por pena.

Por la certeza de que ninguna de esas imágenes podía deshacerse.

Los cuatro vivíamos alejados de las personas a las que amábamos, siguiendo sin rechistar el camino marcado por otros.

Nuestros cuerpos ocupaban un espacio en el que no estaban nuestras mentes.

Habíamos convertido el amor físico en sacramento herético ante los ojos del Dios cristiano, pero estábamos irremediablemente unidos por una de las magias más antiguas, la que liga un alma a otra sin necesidad de pronunciar votos ante un altar.

Cada persona que cruzase desde ese momento el umbral de esa alcoba sentiría un peso cálido, como el de una mano amada reposando en el pecho justo antes de retirarse, o el de una pena que se intuye, pero que aún no se ha sentido.

A partir de ese momento, en esa habitación, se hablaría solo entre susurros.

—Pienso muchas veces en qué hubiera pasado si Arturo y tú no hubieseis sido hermanos —dijo de pronto Lancelot, rompiendo el silencio—.

Seguro que os habríais casado. Ese hijo que tuviste con Uriens sería ahora el heredero al trono.

Y Ginebra y yo habríamos tenido la oportunidad de amarnos sin secretos.

Por cierto… —añadió, variando el tono de su voz—.

Llevo todo un día aquí y aún no te he preguntado por tu hijo. ¿Dónde está?

A esas alturas de la conversación, mi estado de ánimo había decaído mucho. El amor representado en las paredes me devolvió el recuerdo de mi propio amor frustrado, revolviéndome por dentro. Que Lancelot nombrase al fruto malogrado de ese amor me encogió el corazón.

—Lo que Ywain contó acerca de mi huida del reino de Rheged no era cierto —confesé—. Al menos, no en su totalidad.

—¿A qué te refieres?

Le hice un somero resumen de los meses que viví junto a Uriens; los insultos, el aislamiento, los malos tratos, el encierro…

—A los pocos días del parto, mi hijo desapareció. Uriens e Ywain se lo llevaron sin decirme nada. —Me costaba seguir hablando. Casi no podía respirar. Pronuncié la siguiente frase entre sollozos—. Mi hijo era uno de los niños que se ahogó en el naufragio del Abyssus.

Lancelot abrió los brazos para consolarme.

Coloqué la cabeza en su hombro y ese contacto humano hizo que se resquebrajaran las compuertas que retenían mi pena; pegajosa y exagerada.

¡Qué pena más grande sentía! Lloraba por Ginebra y por Lancelot.

Por Arturo. Por mí. Por nuestro hijo, desapareciendo en las profundidades del mismo mar que me vio nacer.

—Quizás no debería decirte esto, Morgana… Quizás… Quizás sea algo que es mejor que no sepas…

Le escuché bisbisear palabrejas entre lamento y lamento. ¿Aún le quedaban cosas por confesarme? Lancelot estaba resultando una caja de sorpresas.

—Supongo que, si tu hijo estuviera vivo, ya lo habrías descubierto. Tú lo sabrías. Tú acabas por saberlo siempre todo.

—¿De qué estás hablando? —Me incorporé para observarle. Le había dejado en el hombro un cerco de lágrimas.

—Son solo habladurías. Ya sabes cómo es la gente de las aldeas costeras. Son medio peces. Y los peces son muy fabuladores. Y luego esa gente-pez habla con otra gente. Y al final un montón de gente del interior cree que es real lo que en un principio solo era una simple habladuría de peces.

Me estaba empezando a poner nerviosa. Lancelot era una pesadilla cuando divagaba. Si hubiera servido de algo, le habría partido la cabeza en dos y extendido sus pensamientos sobre la mesa para echarles una ojeada.

Suspiré con impaciencia, retirándome los restos de lágrimas con el envés de las manos.

—Lancelot… Lancelot… A ver…, dime, ¿de qué estás hablando?

Él también suspiró.

—Son solo habladurías de…

—¡Lancelot!

—Está bien… Está bien. Hay rumores de que no todos los niños que navegaban en el Abyssus se ahogaron. Uno se salvó. Al parecer, lo atrapó un pescador entre sus redes y se quedó con él.

Comencé a dar vueltas de un lado al otro de la habitación, sujetándome la cabeza con ambas manos. Ecos de una pena lejana resonaban en mi mente, evocando siniestras escenas.

… el crujir de la madera de un barco desastroso…

la vela deshilachada sacudida por el aliento del diablo…

una rama de espino atrancada en el timón…

cunas meciéndose al compás de olas… una nana susurrada por sirenas, guiando el barco con los ojos cerrados…

un arcón colmado de sollozos de los que no fueron…

—No puede ser… No puede ser…

—Si fuese tu hijo, ya te habrías enterado. Tú lo sabrías — repitió.

Me di la vuelta para recorrer su gallarda anatomía con la mirada de Medusa.

—¡¿Por qué no me lo has dicho antes?! —le grité.

—¿Antes? Si acabo de llegar —protestó.

Intenté tranquilizarme. Recordé las recomendaciones que Sibila daba para sosegar la mente y le presté atención al aire entrando y saliendo de mis pulmones. Una vez. Otra vez. Otra vez más. Inspira… Espira…

—No acabas de llegar, Lancelot —musité con resignación cuando alcancé cierta calma.

—¿Qué quieres decir? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? —Observaba cada pulgada de las paredes—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? —repitió. Parecía preguntar a su propia imagen plasmada en ellas.

Me sujetó por los brazos y me zarandeó mientras gritaba:

—¡¿Cuánto tiempo llevó aquí?!

Guardé silencio. Nos sostuvimos la mirada durante varios segundos. Supongo que encontró la respuesta en el fondo de mis pupilas.

—¡Eres una maldita traidora! —gruñó antes de abandonar la alcoba.

El descubrimiento de la verdad había roto el hechizo. No lo detuve. Ahora tenía un asunto importante en el que centrar mi atención.

Tiempo después, Lancelot contaría que envié una bandada de cuervos a perseguirlo.

Decía que pudo sentir el batir de sus alas sobrevolando su cabeza, que se adentró en el Bosque Perdidopara resguardarse y que allí las ramas de los árboles se agitabanpara atraparlo, enganchándose en su ropa, desgarrándola. Vio una luz y corrió hacia ella.

Cuando quedó expuesto a la bóveda celeste, cuando pudo oír el dulce canto de los pájaros y el familiar murmullo de voces de hombres y mujeres que trabajaban en un sembrado, supo que estaba a salvo.

No había en ese lugar sombra alguna de magia, solo ramplona cotidianidad. Apacible y reconfortante vulgaridad.

Pidió auxilio, pero la gente se apartaba de él.

Llevaba la barba descuidada, el pelo hasta los hombros, enredado con nudos de elfo, la ropa hecha jirones…

Lo tomaron por un loco. Estuvo varios días caminando exhausto, perdido por senderos que jamás había transitado, hasta que llegó a una apartada posada.

El matrimonio que la atendía se apiadó de él.

Dejaron que se aseara. Le dieron comida y le ofrecieron su cobertizo para que pudiera descansar sobre un improvisado colchón de paja.

Pasó varios días en un duermevela febril, atormentado por sueños plagados de sombras danzantes, de caballeros y damas carcajeándose ante su cara con las bocas muy abiertas.

Abría levemente los ojos cuando la posadera le forzaba a sorber un poco de caldo, pero enseguida apretaba los párpados por temor a encontrarse de nuevo conmigo.

Al cabo de una semana, pudo al fin levantarse.

Entonces relató que era uno de los caballeros de la Mesa Redonda, hijo de Ban de Benoic y de Elaine, la reina del Gran Sufrimiento.

Les habló también del Valle Sin Retorno, de mi malévola crueldad, del vino con el que le había hechizado, de su encarcelamiento de una noche que había durado años, de bailes infinitos…

—Me llamo Lancelot del Lago —se presentó—. Le debo mi nombre a la hermosa dama que me crio en el legendario reino de Ávalon.

Los posaderos no dieron muestra de poner en duda sus afirmaciones. Le proporcionaron un pantalón y una camisa de aldeano con los que sustituir el deteriorado atuendo de caballero que traía al llegar y le prestaron su vieja carreta, tirada por una mula color polvo.

—Regresaré con un cofre lleno de oro con el que recompensar vuestra infinita generosidad y nobleza —prometió Lancelot justo antes de partir.

La luz pálida del amanecer lamía los escaramujos y las madreselvas cuando Lancelot tomó el camino que lo llevaría a Camelot.

El matrimonio lo vio alejarse, apostados en el umbral de la posada.

El rostro de ella reflejaba una mezcla de compasión y ternura.

Mientras tanto, él mordisqueaba con desgana un tallo de hinojo.

—¡Qué lástima de muchacho! —suspiró ella cuando la destartalada carreta se desdibujó en el horizonte—. Con el buen porte que tiene y con la cabeza ya perdida.

—Lo que es seguro es que nos hemos quedado sin carreta y sin mula —replicó él, encogiéndose de hombros.

Y entraron en la posada cerrando la puerta tras de sí, como el que pone la palabra «fin» a un cuento de hadas.

105 Sir Gawain y el Caballero Verde . (2008). España: Siruela.

106 Historia de Lanzarote del Lago: Libro de Galahot. Libro de Meleagant o de la Carreta. Libro de Agravaín . (2010). España: Alianza Editorial.

107 El transcurso del tiempo en el país de las hadas es similar al que se percibe en los sueños.

Un baile de pocos minutos puede significar un año y un día del mundo real, al igual que una semana de banquetes y celebraciones puede alargarse unos doscientos años.

En cualquier caso, se trata de una medida del tiempo inexacta, ya que no se pueden contabilizar los minutos y horas vividos en el mundo feérico con un sistema lógico e inflexible.

Eso fue lo que le ocurrió a Urashima Taro, un humilde pescador japonés que rescató a una tortuga maltratada por unos niños.

En agradecimiento, el animal lo guio hasta un palacio en el fondo del mar (el país de las hadas se encuentra en muchas ocasiones allí), donde conoció a una bella princesa que recompensó su buena acción con bailes, banquetes y dicha.

Pese a que Urashima Taro se sentía feliz en ese lugar, también añoraba su casa, y se lo hizo saber a la princesa.

Ella, apenada, le dejó marchar, no sin antes hacerle entrega de una cajita lacada.

Urashima Taro se aferró de nuevo a la tortuga y regresó a la playa donde había dado comienzo su aventura.

Pero ya nada era igual. El tiempo había pasado, su familia había fallecido y nadie lo reconocía.

Entristecido, abrió la cajita. De su interior surgieron todos sus años, su vejez y su muerte.

Para concluir, habéis de saber que la persona que se adentra en el país de las hadas corre el riesgo de regresar cuando su vida mortal ya se haya consumido.