24. El caballero de la carreta
Sir Gawain y el Caballero Verde Anónimo
Historia de Lanzarote del Lago Anónimo
Los bardos contarían más tarde que yo amaba a Lancelot con una pasión desmedida, que lo quería para mí, y que por eso lo recluí en el Valle Sin Retorno.
Dijeron que imploré por sus caricias y besos, ofreciéndome sin recato, como flor que abre sus pétalos a los abejorros durante la primavera.
Según estas historias, este caballero puro y perfecto me negó sus afectos con aspavientos despectivos, pues amaba a Ginebra con un amor tan puro y perfecto como él (sin duda inducido por la pureza y la perfección de ella).
Al parecer, esas cualidades (pureza y perfección) me eran ajenas porque, por vengativa, celosa y siniestra, se me habían enturbiado las facciones y ahora resultaba hasta fea.
Y que por eso odiaba a Ginebra con la misma intensidad con que deseaba a Lancelot.
No juzgo las ridículas teorías de los bardos.
Se deben a un público tan burdo y simple como ellos.
Es más sencillo condensar la esencia de una mujer que trasciende los márgenes marcados por la sociedad con términos como «envidia» o «resentimiento».
Imaginad cuán difícil debe ser resumir en verso que la amistad y la confianza no se vieron quebradas por tormentas o guerras, sino que murieron asfixiadas por sus propios lazos.
A los que ahora leéis mi historia intranquilos por la suerte que pudo correr Lancelot, quiero tranquilizaros.
Siempre estuvo bien atendido. Comía y bebía los mejores manjares y pasaba sus días en una elegante alcoba cuyas ventanas daban a un florido jardín cuajado de campánulas y lilos, sin conciencia alguna del paso de las estaciones.
Cada noche, sin falta, se requería su presencia en el baile que celebrábamos en el gran salón del castillo de Chariot.
Allí se codeaba con cientos de damas y caballeros elegantemente vestidos que danzaban al ritmo de la música, que escuchaban con atención todas sus historias y ledaban la razón en todo.
Pese a lo despreciable que me parecía su traición, nunca pudo percibir en mí muestra alguna de resentimiento. Siempre fui constante en afecto y cordialidad, y se lo manifestaba cada día, seleccionando para él los mejores frutos y vistiendo su cuerpo y su lecho con las mejores telas.
Tampoco podía quejarse de llevar una existencia ociosa.
Sirviéndome de la magia, Lancelot disfrutaba de mil y una aventuras.
Recorría tortuosos caminos en busca del santo grial.
Cruzaba puentes sobre ríos de lava. Se batía en duelo con caballeros con los que apenas había cruzado dos palabras.
Desahuciaba a gigantes atrincherados en castillos.
Rescataba de las tiránicas garras de sus captores a delicadas damitas que acababan (siempre) locamente enamoradas de él (aunque Lancelot las despreciara con desdén).
—Se escribirán cientos de versos narrando tus hazañas —le aseguraba yo con entusiasmo cuando le notaba decaer—. Creo que aún no te has enfrentado a ningún dragón. ¿Te gustaría enfrentarte a algún dragón, querido Lancelot?
—No lo sé… —respondía algo confundido—. Han pasado tantas cosas en tan solo unas horas… ¿O llevo aquí dos días?
—¿Estás seguro de que no quieres enfrentarte a un dragón?
—continuaba proponiéndole yo, porque me disgusta mentir, pero no tenía intención alguna de responderle con la verdad—.
Las aventuras con dragones siempre resultan vivificantes, tanto para el héroe como para los espectadores.
Un dragón grande, que lance mucho fuego por las fauces.
Los dragones de las islas del norte tienen fama de fieros y…
—Preferiría que no.
Yo observaba su decaimiento en silencio, sintiendo un regocijo de placer. Antes de que pudiera percibir mi dicha, le daba un par de palmaditas en el hombro.
—Tienes toda la razón. Es mejor que no te enfrentes a un dragón ahora. Hay baile esta noche y debes vestirte de gala.
—¿Un baile? Estoy un poco cansado, Morgana. Quizás podrías disculpar mi ausencia ante tus invitados, decirles que yo…
—Oh…, ¡de ninguna manera! Las damas te esperan. Melusina, la reina de Northgales, la reina de la Tierra de Oriente, la reina de las Islas Lejanas… —le enumeraba—. ¡Todas las mujeres del valle, en realidad! Todas desean pasar tiempo a tu lado y bailar contigo. ¿Acaso las desprecias?
—No, no es eso…
—Entiendo que ninguna te parezca tan delicada y hermosa como la reina de Camelot, pero no me negarás que son encantadoras.
¿O no son lo bastante buenas para ti, Lancelot, querido?
Tal vez prefieras la compañía de damas cantarinas como sirenas.
¿Peligrosas como gorgonas? ¿Dramáticas como Melpómene, quizás?
¿Mudas para que se obnubilen sin rechistar cuando les narres tus hazañas?
Dime…, dime…, querido Lancelot. Pídeme lo que quieras.
No se resistía más. En realidad, no podía.
Yo no lo hubiera permitido. Regresaba al baile con ojeras y aspecto apesadumbrado.
Ni la admiración de los danzantes con los que coincidía cada noche ni ninguna de las aventuras que enfrentaba durante el día conseguían que Lancelot se sintiera dichoso.
Languidecía a ojos de todo el mundo, pese a que él no parecía darse cuenta del motivo de su desdicha.
La gente que le rodeaba lo saludaba cada día y cada noche como si acabaran de conocerlo, lo cual le perturbaba porque cada vez se hacía más patente para él que llevaba en Ávalon demasiado tiempo.
Se sentía cansado de tantas aventuras, de tantos bailes, de escuchar la misma música, de que le riesen hasta los silencios.
Pero, sobre todo, estaba agotado de añorar a Ginebra.
Habían transcurrido ya más de catorce años en el mundo de los que han de morir, pero para Lancelot seguía siendo la tarde de su llegada al valle.
107 No compartía con nadie más que conmigo su extraña sensación de que el tiempo pasaba (y no).
Yo me burlaba de sus absurdas ocurrencias sacudiendo mi mano ante sus ojos, como el que espanta una mosca molesta.
Un día, Lancelot osó compartir su inquietud con uno de los caballeros que asistían al baile.
Serio y compungido, relató una de sus aventuras.
Había cabalgado hasta el Bosque Esmeralda, llamado así porque las hojas de los árboles eran de delicado vidrio verde.
Cuando el viento las agitaba, chocaban, produciendo el sonido de la primera gota de vino al caer en una copa, pero multiplicado por mil (o por mil veces mil).
Allí debía rescatar a una doncella dormida que yacía desde hacía cien años en el centro de un círculo de espejos, hechizada por un infame mago.
Lancelot siguió explicándole a su interlocutor que, tras observar su rostro multiplicado y escuchar el titilante murmullo de las hojas, supo que debía romper uno de los espejos con la empuñadura de su espada para deshacer el hechizo.
Una vez roto el primer espejo, el resto comenz ó a agrietarse.
Los pedazos se depositaron en el lecho del bosque, desmenuzándose hasta convertirse en un polvillo brillante y blanquecino, similar a la nieve.
Llegó la primavera y el polvo de espejo se transformó en agua que dio forma a un arroyuelo.
La doncella despertó, le dio las gracias a Lancelot por haberla liberado y lo invitó a pasar una larga temporada en su castillo.
—Acepté. Pasé allí el resto de la primavera. ¡Y todo el verano! —siguió explicando Lancelot—. ¿Os dais cuenta?
El caballero lo observó, alarmado por la aparente turbación de su interlocutor y sin comprender adónde quería llegar con su pregunta.
—¡En ese castillo hablaban en francés! ¡Debí tardar semanas en llegar hasta allí! En cambio, no parece que haya abandonado jamás este lugar. ¿Lo habré soñado?
El caballero no respondió.
—Lo he soñado —concluyó Lancelot.
Pero no se quedaba tranquilo y al poco tiempo volvía a la carga.
Calculaba y calculaba, sumaba horas, las restaba, y no le salían las cuentas.
Decía que había llegado en septiembre, pero que recordaba las celebraciones del solsticio de invierno en Ávalon.
¿Acaso no había pasado ya la Pascua? Desde su ventana observaba el jardín, pero allí siempre era primavera.
En una de las tapias, un pintor representaba, con todo lujo de detalle, una antigua historia: la huida de Eneas de Troya.
Debajo de cada imagen describía, con una frase corta, cada paso del recorrido del héroe.
Lancelot pensó entonces que él no se sentiría tan abatido si lograse perfilar una imagen de su amada Ginebra en las paredes de la lujosa alcoba, que en ocasiones le parecía una prisión.
Justo en ese momento, sintió que algo se movía a sus espaldas y se giró.
Allí no había nadie más que él. Quizás se tratase de una sombra en el espejo, o de los pliegues en las telas del dosel deformando las flores bordadas en seda, arrancándoles muecas siniestras.
Una vez más, los muros parecían no tener consistencia, como si filtrasen un viento llegado de un lugar remoto.
—¡Sir Lancelot! ¡Sir Lancelot! —Escuchar su nombre hizo que se sobresaltara. Era el pintor al que había estado observando, colocado al pie de su ventana—. Esto es vuestro.
Estiró la mano y le tendió un pincel nuevo, sin rastro alguno de pintura.
—¿Mío, decís?
—Se os ha debido de caer —añadió el pintor, obviando por completo el gesto de sorpresa de su interlocutor—.
A veces dejáis los pinceles en el quicio de la ventana, tras limpiarlos, para que se sequen.
Una ráfaga de viento habrá tirado este. —Agitó la mano en la que llevaba el pincel ante el rostro de Lancelot, y a este no le quedó más remedio que cogerlo.