Morgana 23. El rey Pescador #3
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23. El rey Pescador #3

—De moras. De las que crecen cerca del lago —respondí—. ¿Para qué necesita Camelot el grial? —insistí. Lancelot tenía tendencia a divagar—. ¿Acaso mi hermano piensa que es cómo el caldero mágico de Dagda, con el que se puede aplacar el hambre en el mundo? —Reí.

—Morgana… Morgana… Morgana…

Repitió mi nombre lentamente, como si estuviese recitando una oración. Al parecer no tenía intención de responder a mi pregunta.

—¿Recuerdas cuando estábamos solos los tres?

Arturo, Morgana y Lancelot —pronunció nuestros nombres y dejó que flotaran por la sala—.

¡Qué felices éramos! Nos creíamos dueños del mundo.

Pensábamos que nuestros deseos estaban ahí…

ahí…, al alcance de nuestros dedos. —Estiró la mano y tanteó el aire—. Pero nada ha salido como imaginamos.

Me miró a los ojos y atisbé una sombra de compasión. Supuse que se refería a Arturo y a mí.

—Tu sueño sí que se cumplió —le dije—. ¿O es que la vida de caballero no ha cumplido tus expectativas?

—No, no es eso. Ser caballero de la Mesa Redonda es un honor. Pero hay más cosas en la vida, ¿no es cierto? —Volvió a servirse vino. Bebió y siguió hablando—: Tengo un hijo, Morgana —confesó—. Galahad. La madre se llama Elaine. Lo llamó así por el nombre que me pusieron mis padres.

—¿No te has desposado con ella?

—No podría. No sería justo. Amo a otra mujer. Creí estar en sus brazos cuando concebimos a Galahad. Dios me perdone.

—Lo siento —respondí, posando mi mano sobre la suya.

Rio sin ganas.

—A final tú no tuviste un hijo con Arturo y yo no lo tendré con Ginebra. Pero ellos dos tampoco lo tienen estando juntos. Quizás si encontráramos el grial, al menos eso podría solucionarse.

—¿De qué hablas? ¿Qué… qué es eso de que tú no tendrás un hijo con Ginebra? ¿Qué quieres decir?

Lancelot parecía a punto de echarse a llorar. Resultaba evidente que el vino le estaba haciendo efecto; ya había alcanzado ese estado en el que uno se siente el ser más desdichado del universo.

—Desde el primer momento en el que la vi, Morgana… —siguió diciendo—. Esos días que pasamos juntos antes de su boda… Es tan bella. Sus labios son tan dulces. Mi reina. Mi hermosa Ginebra… —Suspiró.

—¿Sus labios son tan dulces? —musité—. ¿Arturo lo sabe?

—¡Claro que no! Él es mi mejor amigo. Yo… —Se interrumpió para mirarme a los ojos—. Oh…, creo que no me loperdonaría. Ni siquiera yo me lo perdono. Y tú… ¿tú podrásperdonarme, Morgana?

Me esforcé en dibujar una compasiva sonrisa en mi rostro. Pero era la mía una sonrisa que no me llegaba a los ojos. Aunque él no se dio cuenta. Estaba demasiado borracho. El pobre…

—Mi querido Lancelot… —pronuncié sin pasión.

Sentía los músculos de mis mejillas tensos como las cuerdas de una viola—.

¿Enfadarme contigo? ¿Qué motivo podría encontrar para ello?

¿Crees que sería justo que me permitiera sentir resentimiento, o incluso ira, contra aquel cuya ingratitud y deslealtad se desvelan con la naturalidad del Perro de Orión en el cielo nocturno?

—Me dolían los labios. Era bastante difícil mantener una sonrisa al mismo tiempo que se enunciaban preguntas mordaces—.

¿Debería alguien enfadarse con un amigo en quien se ha depositado la confianza sin reservas, con quien se entreteje el destino, a quien colocas a tu derecha en la mesa y entregas glorias terrenales?

Esto me hace rememorar el pasado, Lancelot.

Historias ya muy antiguas protagonizadas por mi padre, Gorlois, y el padre de Arturo.

El duque de Cornualles y Úter Pendragón fueron también grandes amigos.

Al igual que vosotros, había entre ellos más que afecto, había una fraternidad.

Todo lo que poseía mi padre lo puso a la disposición del padre de Arturo, que lo recibió como la tierra reseca recibe la lluvia, enjugando hasta la última gota.

—Me di cuenta de que tenía los puños apretados, de que me estaba clavando las uñas en las palmas y de que había pronunciado la palabra «enjugando» con demasiada pasión, así que me detuve un par de segundos para coger aire y recuperar mi dulce tono anterior—.

Todo —recalqué—. Todo lo que mi padre tenía fue para Úter.

También su esposa. Gracias a eso ahora soy la orgullosa hermana del rey más grande que jamás haya visto Britania.

¿Enfadarme contigo, dices? Mi amigo… Nuestro amigo…

Si el enojo hubiera anidado en mi pecho, te darías cuenta, pues en este valle quedan confinados los que han mancillado la lealtad de los que les aman, ya sea de pensamiento o con la intención. 103

Me miraba perplejo. Casi podía escuchar los engranajes de su cerebro dar vueltas.

Suspiró. Yo también (sin dejar de sonreír).

Si la inteligencia de Lancelot fuese equiparable a su atractivo y gallardía, hubiera resultado el hombre perfecto.

Para su fortuna, la reina Ginebra no requería de ingeniosas conversaciones para despertar su interés romántico.

Lancelot volvió a suspirar.

—Sabía que tú no serías capaz de guardarme rencor — concluyó.

Le dio un último sorbo a su copa de vino. 104

—Está delicioso.

—¿Verdad que sí?

Asintió.

—Estoy agotado. Creo que aceptaré tu hospitalidad y que pasaré la noche aquí.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, querido Lancelot. Semanas, meses, incluso años…

Lanzó una carcajada floja.

—¿Años dices? Te lo agradezco, pero mañana temprano he de partir.

—Como tú desees…

Lo acompañé a su alcoba.

—Buenas noches, amiga —me dijo, poniendo especial énfasis en la última palabra.

Tras ello, depositó un breve beso en el envés de mi mano.

—Buenas noches, Lancelot. Que pases una reparadora estancia con nosotros —me despedí.

101 Historia de Lanzarote del Lago: Libro de Galahot. Libro de Meleagant o de la Carreta. Libro de Agravaín . (2010). España: Alianza Editorial.

102 Hay quien piensa que ese cáliz sagrado (el santo grial que acogía la sangre de Cristo) era en realidad la propia María Magdalena, embarazada del hijo de Dios.

El grial se asocia en ocasiones con fertilidad y abundancia, cualidades que tradicionalmente aluden al útero femenino.

En diversas descripciones se dice que es un «vaso nutricio que procura alimento», una «matriz de la diosa-madre tierra».

Algunos estudios argumentan que el cristianismo subvirtió la relación madre-hijo, reemplazando el simbolismo del útero femenino por el del cáliz que contiene la sangre masculina de Cristo.

En cualquiera de los casos, las interpretaciones varían según la tradición y los enfoques de estudio, en los que se mezclan mitología, religión y simbolismo.

103 Las hadas no mienten, solo utilizan un lenguaje que puede dar lugar a confusión.

104 Se ha de rechazar cualquier tipo de ofrecimiento de comida o bebida hecho por un hada.

Contravenir esta sencilla instrucción podría derivar en eterna esclavitud.

En ese sentido, el orden del mundo feérico se parece bastante al del Hades griego.

Eso fue lo que le sucedió a la pobre Proserpina, obligada a quedarse en el inframundo por haber comido allí seis miserables granos de una granada.