23. El rey Pescador #2
—Por aquí no puede vadearse y no alcanzaréis el puente más cercano con la luz del día. Puedo acogeros esta noche en mi castillo. Está ahí arriba —señaló—, en lo alto de la colina. No hay pérdida.
—Gracias —respondió Perceval, y se encaminó solo en la dirección que el pescador le había indicado.
Llamar sendero a la línea difusa de grava, invadida por hierbas salvajes, que trepaba la ladera sería demasiado generoso.
Las ramas de los arbustos obstaculizaban el paso en algunos tramos y el viento (que seguía manteniendo su pugna con la lluvia) las agitaba, de manera que, de cuando en cuando, el caballero Perceval recibía algún que otro verdugazo.
Al cabo de una media hora sentía como si se hubiera enfrentado a varios duelos con otros tantos caballeros.
Se recriminaba mentalmente haberle hecho caso a aquel hombre porque, pensándolo bien, ¿cómo iba a vivir un pescador en un castillo en lo alto de un cerro?
Pero desandar lo andado le parecía menos razonable que llegar arriba y otear desde allí el lugar exacto en el que se encontraba.
Debió haber recorrido un par de millas cuando alcanzó la cima.
Quizás en otro momento de la historia de la humanidad hubo allí un prado florido, pero lo que Perceval tenía delante de sus ojos no era más que una maraña de escaramujo, perifollo y ortigas.
No había rastro alguno de un castillo. Pensó que no le sorprendería en absoluto que el pescador estuviera en ese preciso instante en una taberna, con un grupo de amigos, carcajeándose a su costa.
Pero, de pronto, cuando la luz anaranjada y violeta del atardecer alumbró la loma, surgió una fortaleza de enormes proporciones, que desplegó ante él su puente.
Al atravesarlo, cuatro elegantes donceles le dieron la bienvenida.
Dos de ellos se encargaron de sus armas, otro se llevó su caballo a las cuadras y el cuarto le cubrió con una capa escarlata.
—Le estábamos esperando —aseguraron, dándole paso al salón.
Allí estaba el pescador, sentado ante un gran fuego de leña seca que ardía en una chimenea de bronce macizo.
—Disculpad que no me levante para recibiros. Estoy enfermo. Muy enfermo —insistió—.Tomad asiento a mi lado.
Perceval obedeció. Al instante, apareció un paje.
Llevaba en sus manos una lanza blanca, de cuyo extremo manaba una gota de sangre.
Lo seguía una bella doncella que portaba un grial.
Era este de oro puro, con piedras preciosas incrustadas.
Desprendía tanta luz que opacó el brillo de las velas del gran salón del rey Pescador, al igual que les ocurre a las estrellas con la salida del sol.
El pajecillo y la doncella los transportaron ceremoniosamente hasta una cámara anexa.
Perceval bullía de curiosidad, pero recordaba el consejo de su maestro: «Quien habla demasiado, se daña a sí mismo». Así que se mantuvo en silencio.
El rey Pescador ordenó entonces servir la cena.
Los donceles lavaron las manos de los dos comensales y montaron la mesa de ébano sobre caballetes de marfil.
La cubrieron con el mejor y más blanco de los linos y sobre ella colocaron fuentes cuajadas de las más delicadas viandas: pierna de ciervo asada con pimienta, nuez moscada y clavo, manjar blanco, truchas, quesos, higos y granadas, todo ello regado con vinos de diferentes clases.
Aunque la charla era agradable, a Perceval no se le borraba una pregunta de la cabeza: ¿A quién se servía con el grial? Pero jamás la pronunció en voz alta.
Eso marcaría su destino y el del resto de caballeros de la Mesa Redonda.
Cuando regresó a Camelot y contó su aventura, pronto se hizo una analogía entre la enfermedad del rey Pescador y la decadencia en la corte de Arturo.
En ambos casos, los reinos estaban heridos.
No por lanzas o espadas, sino por la desmesura, la soberbia y las costumbres desordenadas.
Arturo estaba rodeado de pasiones ocultas, ambiciones, arrogancia y violencia glorificada.
La herida por la que sangraba Camelot era espiritual.
Y por eso el amor entre el rey y la reina no estaba dando frutos.
Perceval no había preguntado (cuando era evidente que debía haberlo hecho), pero a todos les quedó meridianamente claro que la lanza que sangraba era la que el soldado romano Longinos clavó en el costado de Jesús para certificar su muerte en la cruz.
Siguiendo esta lógica, el grial no podía ser más que la copa en la que el hijo de Dios ofreció su sangre a los apóstoles durante la última cena.
Si querían salvar Camelot, debían encontrar el grial.
Una tarde, la reina de Northgales, la reina de la Tierra de Oriente y la reina de las Islas Lejanas encontraron a Lancelot durmiendo la siesta a los pies del manzano que crecía junto a la fuente que había en medio del Valle Sin Retorno.
En un principio no lo reconocieron. Hacía tiempo que no visitaba Ávalon.
Se le habían ensanchado los hombros, se había dejado crecer la barba, pero, sobre todo, no esperaban que llegase a la isla por allí.
Se acercaron a él, envueltas en cuchicheos y risitas, porque, daba igual el tiempo que pasara, Lancelot siempre resultaba atractivo.
Las tres reinas, con iguales ojos melosos, igual risa pícara e iguales ganas de seducirlo, le hablaron en igual tonillo musical. Lancelot, que aún estaba medio dormido, al verlas, creyó encontrarse en el cielo, rodeado de ángeles.
La reina de las Islas Lejanas, que era la más refinada, habló primero. Le pidió disculpas por abordarle de aquella manera, pero se preguntaba (en realidad las tres se lo preguntaban, según aclaró) cuál era el motivo por el que estaba allí. Lancelot dudó. Él también se lo preguntaba.
—¿Y dónde estoy exactamente?
Ellas sonrieron, juguetonas.
—En el lugar en el que debéis estar —aseguró la reina de Northgales—. Aquí tendréis la oportunidad de encontrar la calma que andáis buscando.
—Esperamos que todo esté a vuestro gusto, caballero —intervino la reina de la Tierra de Oriente—.
No debéis juzgar el Valle Sin Retorno por esta pradera y esta fuente.
Hay mucho más al otro lado de las colinas: elegantes castillos, jardines cuajados de rosas, granados y perales, arroyuelos cantarines donde sumergir los pies durante el estío…
—¿Valle Sin Retorno? —preguntó él, observando el entorno con gesto de perplejidad.
—Y los bailes. Cuéntale lo de los bailes —apuntó la reina de Northgales, sin borrar la sonrisa de los labios.
—Y también tenemos bailes. Todos los días bailamos y bailamos sin parar durante horas, hasta que amanece. Bailes eternos —indicó la reina de la Tierra de Oriente—. ¿Sois amante de los bailes, caballero…?
Dejó la pregunta en suspenso, en espera de que él se presentase. Tres miradas iguales se posaron sobre él con la misma e interrogante intensidad.
—¿Cómo os llamáis? —le preguntó impaciente la reina de las Islas Lejanas.
—Lancelot du Lac.
Superada la sorpresa, vinieron a avisarme. ¿Qué hacía Lancelot en el Valle Sin Retorno? No quise darle demasiadas vueltas; a fin de cuentas, Ávalon también era su hogar. Ordené que lo trajeran al castillo de Chariot y dispuse una suculenta cena. Corrí a su encuentro y nos abrazamos.
—Oh…, Lancelot —le dije, colocando mi mano sobre la suya—. ¡Qué alegría verte!
—¡Morgana! ¿Cómo es posible? Creímos que habías muerto.
—¿Muerto…?
—Oh…, sí. Llegamos a esa conclusión cuando Ywain nos contó que habías dado a luz a un niño y que, tras el parto, perdiste la cabeza. Dijo que abandonaste el castillo en plena tormenta de nieve con tu hijo recién nacido en los brazos. Uriens partió en tu busca, pero tampoco él regresó.
—¿Eso os contó? —pregunté, alzando una ceja.
No me había parado a pensar qué explicación habrían dado desde el reino de Rheged para justificar mi ausencia y la de Uriens. Ahora tenía ante mí la respuesta. Lancelot siguió explicando:
—Cuando la ventisca cesó, recorrieron los campos y no hallaron rastro alguno de vuestros cuerpos.
Supusimos que habíais sucumbido los tres.
Pese a ello, Arturo no lo creía. Pasó meses intentando encontrarte.
Estaba seguro de que habías regresado a Ávalon, pero los caminos parecen cerrados.
Ninguno de los dos podíamos llegar aquí.
¡Y Merlín también ha desaparecido! Es como si la magia se estuviera alejando de Britania.
—Pero ¡¿qué haces aquí?! —le pregunté, cambiando de tema.
—Ni siquiera yo lo sé —dijo encogiéndose de hombros—.
Me quedé dormido y desperté en ese lugar, rodeado por esas damas tan encantadoras.
—Bebió de un trago el vino de su copa—.
¡Vaya! Est á delicioso —comentó antes de volver a llenarla y seguir hablando—.
Salí de Camelot hace semanas. En busca del grial.
—¿El grial?
Y entonces me contó que se habían enterado de que José de Arimatea había amasado su fortuna comerciando con el estaño que obtenía en Cornualles.
Al parecer, en más de una ocasión le vieron recorrer las zonas del oeste de Britania con su sobrino, el pequeño niño Jesús, sobre los hombros.
Años más tarde, regresó para difundir la palabra de Dios acompañado por doce personas, entre las que se encontraba María Magdalena.
Según me contó Lancelot, era de sobra conocido que llevaba consigo dos vinajeras con la sangre y el sudor de Cristo, la corona de espinas y el cáliz sagrado que su sobrinito (convertido ya en hombre) ofreció a sus discípulos durante la cena celebrada la noche anterior a su crucifixión. 102
—Un joven caballero llamado Perceval lo ha visto, pero de nuevo ha desaparecido. —Suspiró y bebió—. Varios caballeros hemos salido en su busca, Morgana. Camelot necesita el grial.
—¿Para qué necesita Camelot el grial?
Recorrió el salón con la mirada antes de volver a llenar su copa.
—¿Qué vino es este? —preguntó—. Está delicioso.