23. El rey Pescador
Historia de Lanzarote del Lago Anónimo
Durante el tiempo en el que me casé, tuve a mi hijo, hui de las garras de mi repulsivo esposo y regresé a Ávalon para darle forma al Valle Sin Retorno, Arturo tuvo que enfrentarse a la realidad de lo que suponía ser el rey de Britania.
Camelot era un diamante que deslumbraba a los reinos que llevaban decenas de años enfrentándose los unos a los otros, liderados por caudillos locales, mitad celtas, mitad romanos.
El cristianismo mezclaba su dogma con los antiguos cultos, dando como resultado un guiso cuyos ingredientes incluían un pellizco de misticismo, otro de desesperanza, algo de magia, sacrificios animales y humanos y un buen número de visiones apocalípticas.
Era este un galimatías en el que mi hermano pretendía poner orden, pese a no considerarse el más sabio, ni el más fuerte, ni el más piadoso de los caballeros.
Tenía algo de romano: era organizado y creía en la necesidad de legislar para desterrar la arbitrariedad en los juicios.
Pero también latían en su interior una parte celta y otra cristiana, de manera que la magia y el propósito espiritual inspiraban cada uno de sus pasos.
En definitiva, Arturo poseía aptitudes de las que, hasta entonces, carecieron todos los aspirantes a rey de Britania.
Era justo, pero no inflexible. Soñador, pero no ingenuo.
Contaba con otro elemento que nada tenía que ver con sus cualidades individuales, pero que le daba lustre al conjunto de la corte a ojos de sus vasallos: su bella y piadosa esposa.
Ginebra era el equivalente humano a un broche de perlas sobre un sencillo vestido: adornaba sin ser ostentosa.
Era la virtud visible del reino. Mientras Arturo hablaba, los súbditos miraban a Ginebra y pensaban: «Debe de ser un gran hombre, ¿cómo si no habría merecido tan distinguida esposa? ».
Pero cuando los dos se quedaban a solas, a mi hermano le aburría su compañía.
Y a ella la de él; el tedio era recíproco.
Ginebra estaba acostumbrada a su vida en el reino de Carmelide; a las fiestas, a los bailes, a la conversación con sus damas de compañía.
Algunas la habían acompañado, pero también languidecían en Camelot.
En un primer momento pensaron que, entre tanto caballero, encontrarían allí a un digno esposo.
Pero los hombres de Arturo no pensaban más que en salir a buscar aventuras, y las únicas mujeres que parecían interesarles eran las que tuvieran que rescatar de las garras de ogros, gigantes o dragones malencarados.
Ginebra lloraba y lloraba. Su estado de ánimo se adaptaba al ritmo de la meteorología de Camelot; a veces estaba tempestuosa, otras veces nublada, algunas atormentada y casi siempre sombría.
Y esta situación, que se prolongaba en el tiempo, hacía que la sola visión de su esposa le resultara a Arturo agotadora.
Junto a ella sentía dolor en el pecho, se le quitaban las ganas de comer y le costaba respirar, síntomas que todos relacionaron con el amor más profundo.
Pero se equivocaban.
A mi hermano le parecía que Ginebra era como una lámpara alabastrina: traslucida y perfecta, que, encendida, daba una débil luz que consumía el aire en torno a ella.
Su presencia le provocaba una tristeza fina y constante, como el rocío de la mañana, que empapa hasta los huesos sin que uno se dé cuenta.
Y el hecho de que pasaran los meses sin que su matrimonio se viese bendecido con un heredero al trono le resultaba abrumador.
Para la fortuna de Arturo (y de Ginebra), Lancelot estaba allí para aliviar el padecimiento de ambos.
A ojos de la reina, el mejor amigo de su esposo era un caballero encantador que nada tenía que ver con el resto de hombres que empantanaban la corte con el barro de sus botas y el rugir de sus improperios.
Educado, hermoso, gallardo… Lancelot le parecía el caballero perfecto.
Nadie la había mirado jamás con los ojos con que la miraba Lancelot.
Nadie había reído con tanta dulzura sus comentarios sobre tapices y telas brocadas.
Nadie escuchaba las melodías que interpretaba al salterio como lo hacía él.
Si alguna vez habéis sentido el aguijonazo del amor clavándose en vuestra piel, poco más puedo añadir para que comprendáis el sentimiento que brotó en los corazones de Lancelot y Ginebra.
Arturo, por su parte, se sentía muy agradecido de que su amigo quisiera aligerar la carga de entretener a su esposa, con lo aburrida que a él le resultaba.
Un día se presentó en la corte un asilvestrado muchacho solicitando la audiencia del rey.
Al parecer, el joven había tropezado semanas antes con un grupo de caballeros de Arturo y, tal fue la impresión que le causaron, que creyó que se encontraba ante el mismísimo Dios y su séquito de ángeles.
Entenderéis su desconocimiento cuando os explique que Perceval (así es como se llamaba) fue criado por su madre lejos de todo y de todos, en lo más profundo de un bosque de Cambria.
La pobre mujer detestaba más que nada en el mundo todo lo que tuviera que ver con la caballería.
Le parecía cruel y violenta, y se había propuesto criar a su vástago alejado de ella.
Pero como el destino es juguetón y caprichoso, ahí estaba el joven Perceval, frente a los caballeros, deslumbrado como una urraca por el color de sus estandartes y el brillo metálico de sus armas, preguntándoles:
—¿Qué es esto, buen señor?
—Un escudo.
—¿Y esto?
—Es mi loriga, tan pesada como el hierro.
—¿Y para qué sirve?
—Pues si me lanzas un venablo o una flecha no me podrás herir.
—Espero que de tales lorigas preserve Dios a las corzas y a los ciervos, o no podría cazar a ninguno de ellos.
Los caballeros no tenían intención de negarle información, pero estuvieron de acuerdo en que el muchacho se estaba poniendo un poco pesado. A la enésima pregunta, en la que Perceval quiso saber quién les había ordenado caballeros, le respondieron que el celebérrimo rey Arturo.
El joven registró mentalmente todo lo que le habían contado.
Como además de preguntón era testarudo, y tenía en alta estima sus cualidades, decidió que él también quería ser nombrado caballero.
Su pobre madre, al enterarse de que su hijo se empeñaba en tomar el camino del que ella había intentado apartarlo, sufrió una apoplejía.
Quiso la mala fortuna (o la buena, según cómo se entienda) que Perceval llegase a la corte de Arturo justo en el momento en el que el temible caballero Bermejo de la Floresta de Quinqueroi se estaba presentando ante mi hermano para insultarlo.
Ataviado como una puesta de sol, a saber: armadura roja, escudo rojo, penacho de plumas rojas, gualdrapa de terciopelo rojo cubriendo las ancas de su montura…
, arrebató la copa de oro que Arturo tenía en las manos, alzándola con tal desaire que derramó sobre el vestido de Ginebra la totalidad de su contenido.
El vino alcanzó la pechera dando forma a una flor roja y húmeda que se fue extendiendo con rapidez sobre la seda, como un diente de león escarlata.
Cuando la reina vio la mancha sobre su pecho, lanzó un grito y cayó sobre el suelo del salón.
Lancelot la tomó entre sus brazos y la llevó a su cámara.
Sus damas los siguieron, enjugándose las lágrimas con sus pañuelitos bordados.
A Perceval todo esto no le causó efecto alguno.
Su juventud, añadida al poco conocimiento que el muchacho tenía de las normas básicas de urbanidad y cortesía, le impulsaba a ser impetuoso, demandante y falto de empatía.
Si no había desarrollado las virtudes contrarias no fue por maldad; simplemente, era la primera vez que trataba con otras personas que no fueran su madre.
Ajeno al desasosiego en el que estaba inmersa la corte, lo único que le preocupaba era saber cuándo le darían las armas; más concretamente, las del caballero Bermejo.
¡Las quería ya! ¡Las necesitaba! Tenía prisa por lanzarse a vivir aventuras.
Tan impertinente se puso que Kay, el senescal, le dijo:
—Vuestras son. Id a por ellas.
Y Perceval, que tampoco sabía lo que era el sarcasmo, la mala uva y la acritud, se lanzó alegremente a retar al caballero Bermejo.
Nadie se puso de acuerdo más adelante sobre lo que pasó a continuación.
¿El destino? ¿La suerte del novato? ¿Un exceso de confianza por parte de su terrorífico oponente?
El caso es que Perceval lanzó su venablo con tan buena fortuna que acertó en el ojo del caballero Bermejo, atravesando limpiamente su cabeza.
Por la nuca brotó una fuente de sangre, en total sintonía con su atuendo.
Tras aquella demostración de talento, un prohombre llamado Gornemant de Goort se encargó de la educación caballeresca del muchacho, porque no se podía esperar que todos sus enfrentamientos estuvieran tocados por la misma suerte.
Así aprendió Perceval los rudimentos básicos de la caballería: el buen uso de las armas, el arte de cortejar a las damas y a mantener su desbordante verborrea bajo control porque, como le dijo su maestro: «Quien habla demasiado, se daña a sí mismo».
Decidido a ir en busca de aventuras, Perceval tomó un sendero con la intención de alcanzar Watling Street.
El aire parecía competir con la lluvia, lo que dio lugar a una confusión húmeda y ululante.
Pronto se hizo evidente que se había perdido.
En el lugar donde esperaba encontrar la vía romana había un río y, sobre su cauce, navegando en una barquita, un pescador.
—Disculpad, buen hombre —le saludó—. ¿Tendríais la amabilidad de indicarme por dónde puedo cruzar este río?
—No.
Perceval no estaba preparado para semejante laconismo, así que lo miró con decepción. El pescador debió de apiadarse de él, por lo que añadió: