Morgana 22. El Valle Sin Retorno #3
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22. El Valle Sin Retorno #3

Los bardos bautizarían más tarde mi valle encantado con el nombre de Valle Sin Retorno, aunque eso es en sí mismo una incongruencia, porque fueron muchos los que retornaron a sus vidas como si tal cosa tras purgar sus culpas.

Dijeron, entre otras locuras, que el valle estaba cercado por aire, que había que atravesar un caudaloso río sobre un puente de tablas maltrechas y que dos dragones custodiaban la entrada.

¡Patrañas! Lo único cierto es que, en su momento de mayor aforo, la Prisión de los Ingratos llegó a acoger a doscientas cincuenta y cuatro personas.

Una noche soñé con Merlín. Me esperaba sentado en un peñasco, junto a un cruce de senderos desdibujados.

Estaba solo, sin caballo y sin conciencia de cómo había llegado hasta allí.

Examinaba el horizonte en busca de algo, aunque por su gesto confundido no parecía saber el qué.

Tras él quedaba su capa, ondeando al viento, como un negro estandarte en plena batalla.

Los recuerdos sacudieron mi mente: Merlín con mi cuerpo infantil entre sus brazos la noche en la que Arturo fue concebido.

El poder que sentía crecer en mí cuando él estaba cerca.

Sus manos recorriéndome los muslos cuando yo aún no sabía lo que era amar amando.

El largo tiempo en el que pensé que yo le pertenecía… ¿Estábamos irremediablemente unidos?

El mago, antes de verme, intuyó mi presencia. Se incorporó sobresaltado, hundiendo en la tierra el cayado de madera de serbal que llevaba en la mano derecha. Giró la cabeza en todas direcciones, pero solo vio troncos de árbol y la luz tamizada arrancando sombras intrigantes en el suelo del bosque.

—No puede ser —le oí murmurar—. No tiene ningún sentido. ¿De verdad estoy aquí? —Guardó silencio y prestó atención a los sonidos, al canto de los mitos y los arrendajos. Con ojos opacados por el recelo, fijó la mirada en las ramas—. ¿Era eso el canto de una chova?

Sonreí. Él aún no podía verme, pero los cascos de Taranis golpeando el suelo delataron mi presencia y escudriñó el sendero, entornando los párpados.

—Estás aquí… —murmuró cuando al fin pudo localizarme—. No… ¡No! —se contradijo, lanzando un gruñido que sonó desentonado—. ¡Soy yo el que estoy aquí! No te has colado en mi sueño, ¡me has arrastrado al tuyo!

—Aquí estás —confirmé.

—Supuse que antes o después esto iba a pasar. Llevo tiempo esperando este momento —añadió con cierta resignación.

Tiré de las riendas y desmonté. Él me recorrió con la mirada, sin asomo de recato. Un ramalazo de su interiorizado talante seductor habló por él.

—Ávalon te sienta bien. Saca a la luz tu verdadera naturaleza. En tu cuerpo no queda rastro del embarazo y el parto. Tu cintura es aún la de una joven virgen.

—Pues no lo soy —contradije con infinito desprecio—. Soy madre.

Frunció el entrecejo, considerando que era esa una afirmación que se prestaba al debate.

¿Podía una mujer cuyo único hijo había muerto proclamarse madre?

¿Acaso una mujer casada no pasaba a ser viuda si su marido fallecía?

¿Podía un lago seguir llevando ese nombre si el sol había robado su humedad, dejando únicamente una cáscara de sal y una sombra de aquello que fue en la superficie de la tierra?

Merlín pensaba tan alto que pude escucharlo.

—¡Soluciónalo! —exigí, interrumpiendo sus especulaciones.

—¿A qué te refieres?

—Retrocede el tiempo y salva a mi hijo. ¡Devuélveme a mi hijo! —ordené.

—Sabes que no puedo hacer eso.

—¿No puedes o no quieres?

Soltó un suspiro de resignación.

—Sigues empeñada en considerar que tus deseos están por encima de todo.

—Devuélveme a mi hijo —repetí masticando cada palabra.

—Tu tornadiza moralidad de hada te convierte en una criatura egoísta.

Lancé una sonora carcajada.

—¿Vas a darme lecciones de integridad? ¿Tú? ¿Precisamente tú?

—Llevo media vida ordenando lo que tú desordenas —dijo compungido.

—¿Es eso lo que hiciste con el barco en el que iba mi hijo? ¿Te encargaste de que naufragara para «ordenar lo que yo había desordenado»?

—Fue un accidente. Yo no tuve nada que ver en el hundimiento del Abyssus —aseguró.

—No te creo —respondí con amargura—. ¿Sabes por qué? Porque lo único que has hecho desde que te conozco es manipularme. ¡Nos manipulas a todos! A Gorlois, a lady Igraine, a Arturo, a…

—Sigue… sigue… —Agitaba la mano en el aire—. ¡Me necesitabas! —gritó—. ¿Qué sería de esta historia sin un antagonista a la altura de la divina Morgana le Fay? Yo nunca te decepciono.

—Te equivocas. Jamás te he necesitado. Siempre fui suficiente.

—Es lo que dicen tus labios, pero no lo crees de verdad. Puedo sentir tus dudas.

Taranis se rebulló inquieto. Volví la cabeza para observarlo y vi cómo escarbaba la tierra con su pezuña derecha. Tras él se extendía el robledal.

No soy capaz de encontrar las palabras exactas para explicar lo que pasó en ese momento.

El aire que acababa de respirar se transformó en una brisa que arrancaba murmullos de las hojas lobuladas.

Sentía que, en el pasado, el agua de los arroyos había recorrido mis venas, que mi corazón fue una vez el de los pájaros y que aquella tierra había comenzado a ser después de que yo caminara sobre ella.

—No voy a permitir que sigas manejando los hilos de nuestra existencia —farfullé.

—Hay algo más importante que nosotros, Morgana. ¿Acaso crees que me gusta veros sufrir?

Un leve lamento salió de su boca. Si no le hubiera conocido tan bien, habría pensado que estaba a punto de llorar. Languidecía ante mis ojos. Su cabello negro ahora era gris y se religaba a una barba larga, igualmente canosa. Parecía un anciano, ahí, apoyado en su báculo.

—¿Recuerdas cuando me preguntaste si te veía como a un hombre al que amar?

Él asintió compungido, sin dejar de mirarme.

Caminé hacia él, tratando de reproducir en mi rostro el gesto inocente y asombradizo que sabía que tanto le gustaba: el de la niña que descifró para él la estrella con forma de dragón en el cielo de Cornualles.

La inofensiva muchacha que se bebía sus palabras como si fueran agua fresca de una fuente.

La disciplinada criatura a la que hubiera deseado poseer en cuerpo y alma.

Sonreí con la certeza de saber que le había vencido. Extendí la mano y rocé su mejilla con la punta de los dedos. Me acerqué más, sosteniéndole la mirada, hasta que las formas de su rostro comenzaron a desdibujarse.

—¿Cómo me ves ahora, Morgana? —musitó cuando apenas nos separaban unas pulgadas.

Aferré su barbilla con fuerza, tiré de ella y le besé en los labios. Un beso corto, desabrido, helado…

—Ajado, como un roble moribundo —espeté con desprecio.

Retrocedí varios pasos para poder observar mi obra con perspectiva.

Merlín abrió la boca para hablar, pero su voz se desmenuzó como un murmullo de hojas secas atrapadas en un remolino de viento.

Cayó sordamente sobre la tierra y trató de gatear para alejarse de mí.

Pero ya era tarde para eso. Sus brazos nudosos no podían con su cuerpo, e iba arrastrando las piernas.

Tuvo que ayudarse del cayado para volver a ponerse en pie.

Giró la cabeza para observarme, estupefacto.

Supongo que nunca imaginó que yo pudiera hacerle algo así.

La turbación y el dolor retorcían sus facciones, volviéndolas casi irreconocibles. Viejo, jadeante, marchito…

—¿Qué me has hecho, Morgana?

Ni siquiera me tomé la molestia de perseguirle; no era necesario.

Sus movimientos, cada vez más lentos, crujían como broza con la que alimentar el fuego.

Estiró la mano izquierda y, de las puntas de los dedos, bajo sus uñas, comenzaron a aflorar ramitas.

Las hojas se enredaban en su pelo y en su barba.

Sus extremidades se cubrían de corteza. La tierra aferró el cayado y mordisqueó los pies del mago, devorándolos, impidiendo que pudiera avanzar un paso más.

En pocos minutos se hizo difícil intuir su cuerpo tras ese tronco nudoso, forrado de musgo en la cara que daba al norte.

El Merlín fuerte y poderoso había desaparecido.

Acaricié el árbol, en el que aún se podía intuir algo de calidez humana. Sus ramas tremolaban, como queriendo conjurar un último hechizo.

—No debiste entrar en mi sueño —le susurré, palmeándolo.

Después me di la vuelta. Subí a lomos de Taranis y nos alejamos de allí, dejando atrás un nuevo roble en el Valle Sin Retorno.

97 Historia de Lanzarote del Lago: Libro de Galahot. Libro de Meleagant o de la Carreta. Libro de Agravaín . (2010). España: Alianza Editorial.

98 El baladro del sabio Merlín . (1988). España: Miraguano.

99 Fue Herodoto, allá por el siglo v a.

C., quien habló por primera vez de un pájaro sagrado que visitaba Egipto cada quinientos años, transportando el cadáver de su padre, para sepultarlo en el santuario de Helios.

Lo describió semejante a un águila, con plumas doradas y rojas en sus alas.

Plinio, en su Historia natural, destacó el color oro de su cuello, púrpura en el cuerpo y tonalidades rosáceas en las plumas próximas a su cola azulada.

El poeta romano Ovidio fue el primero que lo nombró al decir que los asirios lo llamaban «fénix».

Añadió que se alimentaba de lágrimas de incienso y jugo de amomo.

Se ciñó a la teoría de sus cinco siglos de vida, tras los cuales construía un nido en las ramas de una encina (o en la copa de una palmera), con casia, espigas de nardo, trozos de cínamo y mirra.

Una vez terminado, se colocaba encima y sacudía las alas hasta prenderse en llamas, envuelto en dulce aroma. De las cenizas surgía un nuevo fénix.

100 El caballero Raymon de Poitou se casó con su amante, el hada Melusina, y tuvieron diez hijos.

Un sábado, saltándose la norma que ella le había impuesto (y que él había jurado respetar), Raymon de Poitou hizo un pequeño agujero en la puerta donde su mujer se escondía ese día de la semana.

Quería saber qué hacía cuando no estaban juntos.

La vio chapoteando en una cuba de mármol; su piel de blancura alabastrina terminaba en la cintura.

A partir de ahí brotaba una cola. Son habituales las leyendas que narran las reiteradas visitas de diosas y ninfas a los humanos, así como su interés romántico por ellos (sobre todo en los países célticos).

Casi siempre estos encuentros resultan sensuales, misteriosos y trágicos.

Algunas historias hacen referencia a matrimonios entre seres de espectacular belleza y hombres mortales, dotados de cualidades de mando.

Pese a todo, aunque se tienda a agrupar bajo el término general de «hadas» a estas amantes feéricas, los estudiosos de sus predilecciones las dividen entre melusianas (por el hada Melusina, casada con el caballero Raymon de Poitou) y morganianas (herederas del arquetipo de Morgana le Fay).

Si bien es cierto que ambos arquetipos corresponden a hadas que seducen a los hombres, las melusianas serían quienes abandonan su reino sobrenatural para adaptarse al día a día de su amante.

Viven entre los humanos imponiendo alguna condición absurda que, generalmente, el hombre termina por incumplir.

Eso hace que el hada melusiana se aleje de él.

En cambio, las morganianas no abandonanel mundo feérico, incitando a los humanos a que crucen el umbral y vivan envueltos en la magia que las rodea.