22. El Valle Sin Retorno #2
Ordené construir una torre con varios pisos en la que alojar a los prisioneros, agrupándolos por el tipo de crimen que hubieran cometido.
La llamé la Prisión de los Ingratos. El nivel I lo ocuparían los Enamorados de Corazón Inconstante: aquellos que aman con intensidad, pero que son incapaces de resistirse a otros abrazos.
En el nivel II estarían los Fingidores, aquellos que simulan afectos que no sienten para conseguir placer, dinero o estatus social.
En el nivel III, los Amigos de Conveniencia, esos que piden y piden, pero que desaparecen cuando más se los necesita.
El nivel IV estaría reservado para los que, simplemente, Se Marchan Sin Despedirse.
El V lo ocuparían los Seducidos por el Dolor: aquellos que persiguen a quien los ignora hasta que son correspondidos, momento en el que pierden el interés.
El nivel VI sería para los Ladrones de Confianza, esos que revelan los secretos más íntimos de las personas que se fían de ellos.
En el nivel VII, los Profanadores del Amor Verdadero: seres que hieren a las personas que los aman, tras lo cual piden disculpas solo para recuperar su confianza y volverlas a herir.
Por supuesto, habría un último nivel, en el sótano: el Pabellón de los Quebrantadores de Luz, reservado a villanos como el prior Aldred y el obispo Paulinus, capaces de apagar vidas luminosas.
Pronto se corrió la voz sobre el propósito de mi proyecto y se formó una cola delante del castillo de Chariot para solicitarme audiencia.
Una mañana fue Melusina quien se sentó en el diván de mi gabinete.
Por la manera en la que se frotaba las manos y suspiraba, deduje que algún tipo de inquietud le sacudía el alma, así que me dispuse a servirle una infusión de hojas de melisa, flores de manzanilla y raíces secas de valeriana, que tenía la virtud de sosegar hasta los espíritus más revueltos.
Melusina se la tomó muy despacio. Ya más calmada, se alisó la falda, sacudió levemente la cabeza para que los rizos dorados se acomodaran en torno a su rostro y juntó las manos sobre el regazo antes de comenzar a hablar.
—Querida Morgana, como bien sabes, mi origen es similar al tuyo.
Soy hija del hada Presina y de un hombre humano, el rey Elinas, que se enamoró de ella perdidamente nada más verla, hasta tal punto que aseguró que bajaría la luna del cielo, o cualquier otro astro que ella anhelara, si accedía a casarse con él.
Como mi madre no estaba interesada en dejar el firmamento sin estrellas, aceptó la propuesta matrimonial a cambio de una única condición.
¡Una mínima, ridícula y simple condición!
—Por si no había quedado lo bastante claro, levantó el dedo índice.
Un dedo nacarado, delgado, larguísimo—. Una sola.
Tengo que reconocer que Melusina era muy buena manteniendo el suspense de una narración.
—¿Qué le pidió? —pregunté intrigada.
—Que no la viera dar a luz a los hijos que engendrasen.
¿Es eso extraño? ¿Es acaso sospechoso, Morgana, querida?
—Negué con la cabeza—. Pues él debió de creer que sí, porque incumplió el pacto.
Entró en la alcoba en la que mi madre (sangrando, retorciéndose de dolor, con el pelo alborotado, etcétera) traía al mundo a mis hermanas Méliné y Palatine, y a mí.
—Melusina me observó con el ceño fruncido en espera de algún tipo de reacción por mi parte.
Como se impacientaba, preguntó—: ¿Consideras que eso estuvo bien?
—Claro que no.
Pareció satisfecha con mi respuesta, así que continuó con su historia:
—Mi madre, como es lógico, abandonó el castillo con nosotras sin dar mayor explicaci ó n.
Nos instalamos en Ávalon, en la Isla Escondida.
Aquí crecimos felices. Nos despertábamos con los cantos de esos pájaros dorados de cola azul y cresta púrpura.
Esos grandotes que se alimentan de lágrimas de incienso y jugo de amomo.
Los que sin más ni más agitan las alas y salen ardiendo…
99 ¿Sabes de los que hablo? —Asentí—. Mis hermanas y yo nos bañábamos desnudas en el lago, espantábamos la niebla del amanecer con nuestros bailes, bebíamos cerveza de espelta aromatizada con miel y menta, comíamos huevos de ganso, nueces silvestres, etcétera, etcétera, etcétera.
Así estuvimos durante quince años, hasta que nos enteramos del motivo de nuestro exilio.
Vivíamos alejadas de todos y todo por culpa de la traición de mi padre.
Como imaginarás, cada poro de mi piel clamaba venganza.
—Lógico.
—Lo acorralé con una red de palabras y lo encerré en las montañas de Northumberland, sobre las que lancé un hechizo para que su piel nunca más recibiera la caricia del sol, ni en sus noches tuviera el consuelo del sueño.
¿Y qué crees que pasó? ¿Piensas que mi madre se mostró complacida?
¿Agradecida? ¿Desagraviada? —Volvió a esperar mi respuesta durante un par de segundos antes de estallar—.
¡Pues no! Mi señora madre no estaba contenta.
Consideró que me había metido donde nome llamaban y lanzó sobre mí un hechizo bastante molesto.
Cada sábado me quedo sin piernas y recibo a cambio una cola de dragona.
—Oh…
—No te voy a engañar, querida Morgana, es muy incómodo.
Las escamas son un ornamento insólito y fascinador, pero requieren de muchísima hidratación.
Tengo que pasar los sábados sumergida en una tina con agua si quiero mantenerlas brillantes —dijo encogiéndose de hombros—. Pero a todo se acostumbra una.
—Cierto.
—Incluso así, encontré al amor de mi vida: Raymondín.
— Suspiró—. Bello, joven, valiente, leal, habilidoso en el lecho…
En definitiva, todo lo que un hada pudiera desear en un amante humano.
Me pidió en matrimonio y yo lo acepté… con una única condición.
¡Una sola! —Volvió a mostrarme su dedo índice.
—Que no te viese los sábados —interrumpí.
Ella asintió con pomposidad.
—Vivimos felices durante muchísimos años. Oh…, ¡qué días tan maravillosos, Morgana! Edificamos ciudades, iglesias, puentes…, engendramos diez hijos, etcétera, etcétera, etcétera.
Todo el mundo en Ávalon conocía la historia de amor de Melusina.
Era la clase de hada que abandonaba el mundo feérico para instalarse en la corte de su consorte humano.
De este tipo de uniones surgen a veces extrañas criaturas.
Tuvieron un niño, por ejemplo, que hubiera parecido normal, de no ser por la pata de león que le brotaba en plena mejilla izquierda.
Luego Melusina dio a luz a otro niño, hermosísimo, pero con un único ojo en la frente.
Con él podía divisar a los enemigos que llegaban por mar a una distancia de más de veinte leguas.
Otro de sus hijos tenía en la boca un único diente de tamaño descomunal; lo llamaban Jofré, el del Gran Diente.
Y les nació otro con tres ojos y un talante tan cruel que antes de cumplir los cuatro años ya había asesinado a dos de sus nodrizas. 100
—En fin…, ya te imaginarás que si estoy aquí contándote mis miserias es porque Raymondín también incumplió el pacto. ¡Qué inconstante es la lealtad de los humanos, Morgana!
—Lo sé…
Suspiró de nuevo antes de sacar de su bolsillo un pergamino escrito con una caligrafía tan delicada como las patitas de una libélula.
—He hecho una lista con los nombres de las personas que merecen estar en tu maravilloso valle y los castigos que considero adecuados para ellas.
Por cierto —se interrumpió, y me dio un par de palmaditas en el envés de la mano—, es una idea sublime; elegante a la par que firme. Digna de una reina, querida.
—Muchas gracias.
—Vayamos al meollo de la cuestión. —Comenzó a leer—: Para mi madre, Presina.
Delito: ingratitud. Condena: dar a luz cada nueve lunas a una cría de dragón.
—Levantó la vista del pergamino para hacer una aclaración—.
Me da igual la raza: cambrianos verdes, ridgeback del norte, dragones-león, hocicortos, colacuernos, hébridos negros…
Lo dejo a tu elección. Cualquier ser con la piel llena de escamas y que vuele.
Quiero que los dragoncitos bebé la sigan a todas partes, que demanden su atención llamándola «madre» con sus lenguas viperinas y que pasen las noches enroscados a su cuello, como collares tibios.
—Eso debe de ser muy incómodo —apunté.
Me dedicó una mirada displicente antes de seguir leyendo.
—Para mi padre, el rey Elinas. Delito: felonía.
Castigo: parir con dolor cada uno de los días que le resten de vida sin obtener a cambio la recompensa de la paternidad.
—Se dispuso a explicar—. Que le nazca una metáfora, una copa de cristal que se rompa en mil pedazos al exponerse a la luz, un sueño imposible de realizar, una piedra redonda del fondo del río, etcétera, etcétera, etcétera.
—Oh…
—Lo sé, querida, lo sé…, soy demasiado blanda.
Pero a fin de cuentas se trata de mi padre.
A cada cual le toca la familia que le toca.
—Devolvió la vista al pergamino—. Para mi esposo, Raymondín.
Delito: alta traición. Castigo: dejarle ciego de un ojo y que vea con el otro todo lo infame del mundo a través de la bocallave, al igual que me vio a mí.
¡Todo el tiempo! Ya esté despierto o dormido.
Sin poder cerrar el párpado, ni apartar la mirada.
¡Todo! —recalcó—. Que vea felonías, ejecuciones, intrigas palaciegas, asesinatos, letrinas sin limpiar…
Inspiró aire y lo soltó de golpe. Dobló el pergamino. Lo colocó delicadamente sobre su regazo y, tras unos segundos, recuperó la serenidad.
—Por supuesto, son solo sugerencias —aclaró—. Si consideras que me he quedado corta y te parece oportuno añadir algún otro castigo, siéntete libre de hacerlo, Morgana querida.