22. El Valle Sin Retorno
Historia de Lanzarote del Lago Anónimo
El baladro del sabio Merlín Anónimo
Era temprano. La Ciudad de Cristal aún estaba adormilada.
Atravesé las calles casi vacías. En una casita vi a una joven regando las macetas de emociones que adornaban el alféizar de su ventana: exuberantes nostalgias de amante, verdes orgullos pisoteados, floridas dichas por el bien ajeno…
Justo en ese momento, el hombre de la limpieza pasó por delante de la casa.
Iba rezongando por la cantidad de sombras que los descuidados abandonaban.
—¡Qué barbaridad! ¡Cómo me han dejado esto! —se quejaba mientras las barría, depositándolas en el recogedor.
Al pasar junto a la muchacha, se quitó el sombrero y la saludó de manera cortés. Acto seguido, volvió a cubrirse la cabeza y continuó con su perorata:
—Toda la calle llena de sombras. ¡Cuánta desconsideración!
Respiré tranquila. ¡Al fin estaba en casa!
Al cruzar el puente sobre el río Ululante, el sol se alzó entre las algodonosas nubes, arrancando destellos de luz en los edificiosde la ciudad.
Todo volvía a tener sentido. Había necesitado salir de Ávalon para saber que allí era donde debía estar.
Recuperaba la fuerza por segundos, la magia dormida iba despertando.
Cloto fue la primera en verme entrar en el castillo de Chariot. Lanzó un grito y Láquesis y Átropos salieron corriendo a ver qué ocurría.
—Oh…, por la reina Mab, ¡estáis helada! —exclamó Cloto cogiéndome de la mano.
—Taranis está en la puerta. ¿Alguien puede llevarlo a las cuadras? —musité antes de derrumbarme.
Láquesis se aproximó a mí con una manta y me la echó por los hombros, mientras que las otras dos me sujetaban cada una por un brazo. Con cuidado, me condujeron al salón principal, en cuya chimenea ardía un gran fuego.
—Pero ¿qué os ha pasado? ¿Dónde habéis estado? —preguntó Átropos.
—He atravesado el lecho de nieve que se extendía sobre la hierba dormida… He visto al mar lanzando una cuna contra los acantilados… He hablado a los pájaros, a las nubes, a los árboles… Me han obedecido… Me han obedecido… — murmuré.
—Pero bueno… ¿tú lo sabías? —inquirió Cloto a Láquesis.
—Algún nudito había visto en su hilo… —respondió mientras alzaba las cejas y apretaba los labios.
Dicen que pasé los siguientes días en un duermevela inquieto, balbuceando desatinos, hasta que por fin logré recuperarme.
Una vez calmados mis ánimos, fui a visitar a Ganieda.
Se alegró de tenerme de vuelta en Ávalon.
Le hice un somero resumen de todo lo que había pasado, incluyendo que su hermano había sido el artífice de la muerte de mi hijo.
—Lo siento mucho, Morgana —dijo con sinceridad.
—¿Sabes dónde está ahora Merlín? He intentado localizarlo, pero me es imposible.
Ha tenido que envolverse en algún hechizo de ocultación.
Intuí su brillo, interrogando al agua contenida en una copa de cristal.
Era como una gota de aceite flotando en el centro…
, pero va y viene. No reconozco nada en torno a él que me ayude a situarlo. ¿Has hablado con él?
—¿Para qué quieres encontrarlo? —preguntó preocupada.
Yo me hice entonces esa misma pregunta: ¿para qué quería encontrarlo? Y también: ¿qué le haría si lo tuviera delante? Guardé silencio. Hasta a mí me dio miedo la respuesta. ¿Era capaz de hacer aquello que acababa de atravesar mi mente?
—¡Cuánta maldad existe ahí fuera, Ganieda! —exclamé al fin, derrumbándome sobre un diván.
Al otro lado del techo de cristal, una aborregada nube atravesaba el cielo, ajena a mi pésimo estado de ánimo.
—Ya casi había olvidado lo cruel que es el mundo de los que han de morir —seguí explicando—.
Parece mentira que no valoren el único bien que poseen.
Malgastan su vida y la de los demás, como si fueran eternos.
Maldad sobre maldad. Maldad que queda impune, porque afecta a personas que no le importan a los que han de impartir justicia.
Ganieda asintió mientras me servía una copa de néctar de lo nunca. Bebí despacio antes de volver a hablar.
—Llevo tiempo dándole vueltas a una idea. Es posible que lleve pensando en esto desde la injusticia que se cometió con Gorlois. —Esperé un par de segundos y concluí—: ¡He decidido establecer un Juzgado Feérico en Ávalon!
—Un… ¿Juzgado Feérico?
Es cierto que el mundo mágico ya poseía un código moral propio y la mayoría de las criaturas eran estrictas respecto a su observancia por parte de los humanos.
Eran especialmente punibles la curiosidad ilícita, la mezquindad, el desaliño, el mal talante y la falta de respeto.
A los que espiaban las fiestas de las hadas, por ejemplo, se los solía castigar con pellizcos.
En una ocasión, un viejo avaro de San Just tuvo la osadía de observar a hurtadillas un banquete de hadas.
Las mesas estaban cubiertasde fuentes de oro y plata.
Los cubiertos tenían piedras preciosas en los extremos y las propias hadas iban elegantemente enjoyadas.
El avaro, con sigilo, intentó deslizar alguna de esas riquezas dentro de su sombrero de ala ancha.
De pronto se hizo el silencio. El avaro percibió que un millar de ojos brillantes estaban posados en él.
Se apagaron las luces y notó que una red caía sobre su cabeza, inmovilizándolo.
Oyó el zumbido de alas acercándose y recibió pinchazos y pellizcos por todas las partes de su cuerpo.
Al amanecer, encontraron al avaro tendido al piede una colina, con la piel llena de moratones y cubierto de telarañas.
También se castigaban con severidad las costumbres desordenadas y la pereza.
Es conocido el caso de la lechera que no dejó en la repisa de la ventana de la cocina un cuenco de leche recién ordeñada para los bebés de las hadas, tal y como era costumbre.
Se dio cuenta de ello cuando ya estaba acostada.
Era invierno, hacía demasiado frío y la cama ya estaba calentita, así que desechó la idea de volver a levantarse.
La lechera recibió como escarmiento una cojera que le duró siete largos años.
Pero estaréis de acuerdo conmigo en que estos castigos no alcanzan siquiera el nivel para poder considerarlos pueriles.
—Hablo de justicia real —me expliqué—.
De castigos severos a crímenes que quedan impunes.
Úter organizó una guerra en la que murieron cientos de personas solo para quedarse con mi madre.
El día que entró por primera vez en el castillo de Tintagel, ejecutó en el patio a dos hombres de honor.
Y murió sin llegar a pagar por el daño que nos hizo.
¿Y qué me dices de cuando me juzgaron por bruja?
¡Hay hombres por el mundo asesinando en nombre de Dios!
¿Qué Dios en su sano juicio sería tan cruel?
—Sopesé un momento mi afirmación—. No me refiero a los dioses del Olimpo, claro, ellos sí…
, pero, en este caso concreto, el Dios de los cristianos es célebre por su indulgencia y bondad.
Aquello me devolvió el recuerdo de Sibila. Una cosa llevó a la otra y también recordé a Merlín, pero no me atreví a volver a nombrarlo ante Ganieda.
—Instituir un Juzgado Feérico en Ávalon me parece una tarea descomunal, Morgana.
—Pero absolutamente necesaria —insistí—.
Ningún tribunal de Britania tiene en cuenta a las víctimas del abuso de poder, de la prevaricación, de la barbarie…
—seguí explicando—. ¿Quién va a juzgar a los hombres que violan a las mujeres?
¿A los que traicionan su confianza, a quienes las engañan, manipulan o asesinan?
¿Deben quedar impunes los falsos, los perversos, los desleales, los conspiradores y todos sus cómplices?
Ganieda escuchó mi argumentación sin interrumpirme. Cuando habían transcurrido más de diez segundos de silencio tras mi última frase, dijo:
—¿Quién determinará lo que es o no un crimen? ¿Y quién juzgará? ¿Quién decidirá los castigos?
—Pues yo…, supongo —respondí, encogiéndome de hombros.
Ella no parecía muy convencida, pero, cuanto más lo pensaba yo, más segura estaba de la necesidad de instaurar un Juzgado Feérico.
En mi cabeza, le fui dando forma a la idea.
No detendríamos a los criminales: llegarían a Ávalon por su propio pie.
Jamás se darían cuenta de que estaban condenados.
Pasarían el tiempo disfrutando de todo tipo de entretenimientos: juegos, bailes…
, y cada día tendrían la oportunidad de enmendar sus errores.
Extendí un encantamiento por el valle que quedaba junto al Bosque Perdido, en el espacio comprendido entre las elevadas montañas que se formaron tras mis pasos el día que regresé.
En el centro, donde crecía hierba fresca, coloqué una fuente.
El valle atraparía de forma mágica a quienes hubieran cometido actos punibles sin recibir ningún castigo por ello.
Una vez dentro, les resultaría imposible retroceder.
También sería el propio valle el que decidiría quién había cumplido ya su condena y podía marcharse.