21. La masacre de los bebés de mayo #3
Al día siguiente tomé un camino despejado que me condujo directamente a una aldea.
Junto a una cabaña, vi un manojo de ramas atado a un poste exterior, indicando que se trataba de una posada.
Más adelante había una plaza con una fuente en el centro.
Me cubrí la cabeza con la capa y fingí estar saciando mi sed.
Un grupo de personas se arremolinaban en torno a una columna en la que había un cartel: el bando real de Arturo.
Y entonces le presté atención a la conversación que mantenían.
—¡Qué desgracia! —gimoteaba una de las mujeres—. Criaturitas…
—Era una locura hacerse a la mar con este temporal. ¿Tanta prisa tenían? —dijo el más joven.
—Si es que un barco llamado Abyssus, por fuerza tenía que irse al fondo más pronto que tarde —añadió el que debía de ser el más sabio del lugar.
—Treinta y cinco infantes se ha llevado con él —volvió a lamentarse la mujer.
A partir de ese momento, no escuché más. Todo se volvió borroso.
Llegué a Ávalon la misma mañana en la que decidí dejar de buscarlo.
Las nubes plomizas que nos habían acompañado durante todo el camino se despejaron.
La luz vibrante, cálida y reconfortante me acariciaba el rostro.
Pese a todo el tiempo que habité en el pasado en Ávalon, aquel día tuve la sensación de no haberme adentrado nunca en un paisaje tan acogedor como aquel.
Allí pude escuchar las voces de mi mundo.
Al fin recordé su lenguaje: los lexemas de la tierra, las piedras y las montañas; las declinaciones de las plantas y los árboles; la sintaxis de mares y ríos…
Ávalon llevaba años hablándome y yo me había resistido a escucharlo.
Había arrinconado su idioma en algún lugar de mi mente y ahora lo recuperaba.
¡Qué sorda había estado! ¿Me perdonaría Ávalon semejante desatención?
Ante mí se extendía una alegre pradera cuajada de dedaleras y lilos.
Me volvió el recuerdo de haberla recorrido siendo una niña, hacía más de mil años.
O mil vidas, quizás. Serpenteando por la colina había un camino que atravesaba el campo de ambrosía.
Sobre él, una enorme bandada de pájaros volaba trazando círculos.
Uno de ellos fijo en mí su aguda visión, y avisó al resto.
Comenzaron a ejecutar una elegante coreografía por encima de mi cabeza.
Sus alas recortaron en el cielo letras, que a su vez formaban palabras, que a su vez formaban frases.
—¿Habéis vuelto, reina Morgana?
—Aquí estoy —confirmé.
Estaba cerca del manantial que alimenta el río Ululante. Entre las rocas brotaban líneas de agua que escribían preguntas sobre el terreno. Los pequeños charcos eran signos de puntuación.
—¿Sois vos? ¿Es eso cierto?
La brisa me acariciaba el rostro, me alborotaba el cabello, susurrándome al oído:
—Morgana… Morgana…
—Estoy aquí. Ya estoy aquí…
Me adentré en el bosque de Dardantes.
—¡He vuelto! —les anuncié a los árboles.
Los robles, en un principio, desconfiaron de mí. Sus ramas se agitaron hasta componer una pregunta.
—¿Sois en verdad Morgana? —bosquejaron en el cielo.
—¡Sí! —les respondí yo—. Soy yo.
Los sauces se desenraizaron para acompañarme en mi marcha.
—¿Sois acaso la reina de Ávalon? —me susurraban al oído.
—¡Sí! —confirmé.
Los saúcos y los fresnos, tan protectores y generosos, quisieron acunarme entre sus ramas.
—¡Cuánto habéis tardado! —decían conmovidos—. Hacía tiempo que os estábamos esperando. ¿Por qué os fuisteis? ¿Cómo os ha ido lejos de Ávalon?
Un nudo me apretó la garganta. Inspiré el aire boscoso y volvió a mí su ancestral conocimiento.
—No debí irme nunca. Estaba perdida… y me han hecho daño.
—¿Os han hecho daño?
—Sí… Y duele mucho. Me duele el corazón.
Intuí que los árboles sentían lo que yo sentía. Y su dolor se tornó en rabia. Las ramas se agitaron iracundas, proyectando sombras fantasmagóricas en el lecho del bosque. Las campánulas azules danzaban, se arremolinaban por zonas y se alejaban en otras, hasta formar una pregunta en el suelo.
—¿Queréis que arranquemos la piel de vuestros enemigos?
—Sí…
Oí un ruido a mi espalda y me di la vuelta.
La tierra se encrespaba, ondulándose y chirriando.
En pocos minutos, la pradera se erizó. Como si una muela gigante se abriese paso desde el interior de una encía verde, una cordillera de piedra brotó del césped.
Tras ella, otra paralela la imitó, dando forma un valle profundo entre ambas.
Y tuve la certeza de que tenía a mi disposición la fuerza de las frías rocas.
—¿Queréis que aplastemos a vuestros enemigos? —me preguntaron entonces las montañas.
—Sí… sí…
El manantial corría en busca del mar. Cada vez más caudaloso, cada vez más inquieto. Me acerqué para escucharle. Espumaba; parecía estar hirviendo.
—¿Queréis que ahoguemos a vuestros enemigos? —vocalizaron las burbujas que iban explotando en la superficie.
—¡Sí!
Y de repente reconocí una forma humana, que bajaba arrastrada por la corriente.
No tardé mucho en darme cuenta de que se trataba de Uriens.
Intentaba asirse a las ramas de los árboles próximos a la ribera.
Manoteaba, se sacudía, les arrancaba las hojas, pero ellas se zafaban y se agitaban para latigar su repulsivo rostro.
Durante un breve instante, logró aferrarse a una roca de aristas agudas que sobresalía del agua, pero esta también se desembarazó de él.
Lo único que Uriens consiguió fue arrancarse las uñas.
La corriente lo empujaba río abajo y las piedras lo golpeaban mientras braceaba, luchando por salir a la superficie.
Pero yo sabía que no iba a lograrlo, pues era mi deseo el que se lo impedía.
—¿Qué hacemos con él? —me preguntó la cantarina voz del agua.
—Que se postre a mis pies —indiqué.
El cuerpo de Uriens frenó de golpe y ahí se quedó, en el lecho del río, ante mí; su ropa se agitaba con la corriente.
El rostro se le contraía, gesticulaba, abría mucho los ojos, dibujaba muecas que lo mismo podían indicar rabia que pánico.
Un pensamiento se cruzó por mi cabeza: ¿cuánto tiempo tardaba un humano en ahogarse?
Demasiado poco para lo que aquel hombre merecía.
Un segundo antes de que el agua entrase en sus pulmones, me miró con ira mientras vocalizaba:
—Bru… ja…
Dos burbujas estallaron en la superficie, liberando el sonido.
Bru … ja…
Y después un último sonido: blop . Luego la corriente arrastró su cuerpo río abajo.
De todas las palabras que ese patán conocía, «bruja» fue la que eligió para poner punto final a su vida.
Bruja… bruja… bruja… ¡Cuánta insistencia!
Si todos me consideraban una bruja, ¿qué razón había para decepcionarlos? ¿Por qué habría de temer ese nombre? Bruja sabe a grito de cobre que arde en el pecho. Bruja suena al verdor de una raíz que se quiebra. Bruja huele a flor venenosa cantando en el idioma de la naturaleza.
Entonces, lo pronuncié en voz alta por primera vez:
—Bruja.
Y me dirigí a los árboles, a las rocas, a las montañas y al río:
—Abrazaré mi luz, en lugar de opacarla. Brillaré como un faro en plena tormenta, orgullosa, deslumbrante…
, exhalando la magia que nunca me ha abandonado.
Lo acepto, sí, bruja. Reclamo mi poder, y las piedras antiguas serán las encargadas de anunciarmi retorno.
No habrá magos ni reyes que puedan detenerme.
Seré la bruja que hunde sus pies en los arroyos para que el agua le bese los pasos.
Abriré los brazos con la majestuosidad de una diosa antigua, con el peso del invierno en los párpados y la lluvia de verano en la mirada.
Caminaré con la cabeza erguida, el viento cambiará de dirección solo para acariciar mi rostro, los árboles inclinarán sus ramas para rendirme pleitesía, la noche alzará la frente para retrasar el alba.
El universo al completo murmurará mi nombre en cada madrugada.
La naturaleza que me rodeaba me escuchaba atenta, esperaba mis palabras.
—Bruja… bruja… Si todos me consideran bruja, es posible que lo sea.
96 Malory, S. T., de Cuenca, L. A. (2024). La muerte de Arturo . España: Siruela.