21. La masacre de los bebés de mayo #2
Uriens lanzó un rugido de cólera y se abalanzó sobre mí.
Atrapó mi muñeca y la retorció, obligándome a darme la vuelta.
Me empujó sobre la mesa y aplastó mi cabeza contra la madera, con su pecho apoyado en mi espalda, en una postura que deduje ya había utilizado para someter a otras mujeres.
Quizás esa era la única manera en la que su virilidad respondía.
Podía sentir su aliento acelerado en mi oreja, en mi mejilla, sacudiendo mi pelo.
Así estuvimos un buen rato, estáticos, como los personajes de un mosaico romano.
Y entonces sentí el filo del cuchillo en mi cuello, y recordé todas las lecciones de defensa y ataque que me enseñaron Arturo y Lancelot.
Buena parte de ellas se guiaban por las leyes básicas de la física: desequilibrar al enemigo, usar el impulso del propio cuerpo, golpear puntos sensibles.
Y recordé algo más: alguien demasiado seguro de su superioridad se vuelve vulnerable.
Aflojé los músculos y doblé levemente las rodillas, como si me rindiera.
Eso le hizo aflojar la presión del cuchillo en mi cuello y, con rapidez, giré la cadera.
El ángulo cambió, y su centro de gravedad se desequilibró.
Tiró un poco más de mi brazo, pero yo me zafé.
Me impulsé desde los talones, embestí hacia atrás con el hombro y oí cómo el cuchillo golpeaba contra el suelo de piedra.
Me agaché para cogerlo y lo empuñé, lanzando un gruñido que me salió de las entrañas.
Las antorchas del salón volvieron a prenderse.
Las velas se consumieron en segundos. Las llamas se alzaron por la chimenea, rugiendo rabiosas.
El viento acudió a mi llamada, sacudió los tapices, los emblemas y pendones que colgaban de las paredes.
La copa, la jarra, el plato, los cubiertos y los candelabros que estaban sobre la mesa cayeron al suelo, envueltos en un estrépito de cacharrería.
Aquello debió de impresionar realmente a Uriens.
Tenía los puños apretados, pero sus ojos estaban velados por la sombra del miedo.
De no haber entrado en ese momento Ywain, seguramente lo hubiera degollado con su propio cuchillo, pero el hijo me atajó por la espalda y me lo arrebató de la mano.
Y entonces Uriens recobró la valentía. Se aproximó a nosotros y descargó un puñetazo sobre mi rostro.
Me hizo trastabillar. Me pisé el vestido y caí al suelo.
—¡¡Maldita bruja!! —gritó, lleno de rabia.
Me agarró por el pelo y me levantó en vilo.
Mientras tanto, Ywain me aferró el brazo derecho.
Los dos me sacaron del salón a empujones.
Intenté zafarme de nuevo, pero ya expliqué en el pasado que no fui una gran pupila en las artes caballerescas.
Y si esa justificación no os basta, estaréis de acuerdo conmigo en que contener a dos hombres acostumbrados a guerrear, guarnecida con una túnica interior de lino, otra exterior de lana y una capa sobre los hombros, no resulta empresa sencilla.
Vestida así es imposible ganar una batalla. Y menos tras un parto reciente.
Me arrastraron por los fríos pasillos de piedra, iluminados levemente por la luz de las antorchas, mientras Uriens me gritaba blasfemias sin importarle en absoluto el gesto espantado de los sirvientes con los que nos cruzábamos, que se apartaban a nuestro paso.
Bajamos dos tramos de escaleras muy empinadas, de manera que tropecé y caí varias veces.
Pero ellos me levantaban con facilidad, sin perder el brío.
Llegamos a algún lugar del ala este del castillo en el que yo nunca había estado.
Abrieron una puerta y me lanzaron al interior de un habitáculo.
Caí al suelo. Me incorporé rápidamente, intentando escapar.
Pero no llegué a tiempo. Antes de poder alcanzar la puerta, ellos ya habían cerrado y echado la llave.
—A ti te bajo yo los humos, maldita bruja —le escuché decir a Uriens antes de oír sus pasos alejándose.
Cuando los ojos se me acostumbraron a la oscuridad, vi que estaba en una lúgubre celda, de apenas cinco pasos de largo por otros cinco de ancho.
Había paja en el suelo y, en una esquina, una litera bajo un ventanuco enrejado con hierro forjado.
Entre barrote y barrote cabía perfectamente un pájaro.
Si me daba prisa, quizás podría alcanzar a los hombres del rey y recuperar a mi hijo.
Me subí a la litera para ver dónde me encontraba.
Acto seguido, me quité toda la ropa y la lancé al otro lado de la ventana.
Cerré los ojos e inspiré el aire frío con fuerza.
Extendí los brazos. Ahí estaba: las plumas, la fuerza, las alas…
y esa seguridad de que podría despegarme del suelo al llegar al nueve.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho…
Salté al alfeizar. Y de ahí alcé el vuelo.
No fui muy lejos. Volví a mi forma humana, recogí la ropa, me vestí y corrí a las cuadras para buscar a Taranis.
Mientras lo ensillaba, rezaba para no tropezarme con nadie.
Encontré una navaja que los mozos de cuadra debían de utilizar para cortar cuerdas y la aferré con una cincha a mi muslo.
Cuando estuvimos fuera, azucé a mi caballo para que corriese lo más deprisa que pudiera.
El castillo de Uriens se encontraba en lo más alto de una colina desde la que se divisa una amplia extensión de terreno.
La nieve cubría el campo. El oscuro pelaje de Taranis nos delataría, como tinta derramada sobre un pergamino de escarcha, así que nos adentramos en el bosque frondoso que rodeaba la colina, un lugar que incluso en verano resultaba umbrío.
Por el norte se aproximaban unas densas nubes grises y rogué para que descargasen mientras estábamos al resguardo de las ramas.
Y así fue, pero, al salir, nos esperaba un fuerte viento que levantaba la nieve del suelo para arrojarla sobre nosotros con formas de bestias ululantes, similares a demonios albinos lanzando zarpazos.
El cabello se me alborotaba, danzando ante mis ojos, azotando mis mejillas.
Si hubiera extendido el brazo hubiera visto mi mano, pero sin duda no las uñas.
El final del mundo podría estar a solo un paso de distancia y yo me enteraría cuando cayésemos al vacío, así que confié en el agudo instinto de Taranis para seguir avanzando.
Cuando la ventisca nos dio una tregua, y al fin logré entreabrir los párpados, me di cuenta de que la nieve se había pegado al pelaje de Taranis, a sus crines y a mi capa.
Éramos sombras blancas atravesando caminos níveos, dejando atrás un paisaje blanco sobre fondo gris.
Tomé un sendero que transcurría entre colinas.
Atravesé desolados páramos, velados por el tétrico aliento invernal.
En las orillas de los arroyuelos, entre los juncos, se agazapaban patos salvajes que graznaban con voz ronca al mismo tiempo que los cascos de Taranis resquebrajaban el hielo de los charcos.
De cuando en cuando surgía un bosquecillo con las copas de los árboles cubiertas de nieve, o veía alzarse un penacho de humo, anunciando algún tipo de actividad humana.
Se trataba de casitas aisladas. En cualquier caso, todo aquel terreno parecía poco civilizado, y al ser consciente de ello, el miedo me atenazaba.
A saber qué podrían hacerle a una mujer que se adentra sola en los marjales.
Había aprendido a temer a los humanos, así que, cuando el sol comenzaba a descender, buscaba cobijo cerca de algún arroyuelo, en algún claro, abrazado por árboles que frenaran la fuerza del viento nocturno, donde hubiera pasto para Taranis y leña seca con la que encender una hoguera.
Improvisaba una almohada de hojas y extendía sobre ella mi manta.
Dormía con un ojo abierto, como los caballeros que han vivido mil guerras, siempre alerta para echar mano a la navaja, preparada para destripar a quien quisiera hacerme daño.
Al menos durante unas horas, tenía por techo el cielo estrellado, me acunaba el canto del agua y me protegía la calidez de mi querido Taranis.
Con mi acelerada huida, dejé en el castillo de Uriens mi espejo, así que, en cuanto encontraba un lago o un charco donde el agua estuviera tranquila, intentaba localizar en el reflejo a mi hijo, como en el pasado hice con su padre, obteniendo los mismos escasos resultados.
Pero, de pronto, una tarde, en el cuadrante del infierno vi algo terrorífico y una voz murmuró en mi cabeza:
… el crujir de la madera de un barco desastroso; una vela deshilachada sacudida por el aliento del diablo; una rama de espino atrancada en el timón, atravesada por heridas que sangran savia blanca; el reflejo de la luna en la superficie del mar; un farol parpadeante con una estrella en su interior; cunas meciéndose al compás de olas que no responden a las órdenes de los vientos; un mascarón de proa con forma de dragón que llora algas negras; un reloj cuya arena circula de abajo a arriba; una nana susurrada por sirenas que guían el barco con los ojos cerrados; una red tejida con palabras prohibidas, atrapando sombras de peces; la línea fina del horizonte, más allá de los linderos del mundo; un arcón colmado de sollozos de los que no serán; una campana hundida que tañe al pronunciar el nombre de los niños arrastrados a las aguas azules del Annwn…
El corazón se me paralizó. No había localizado antes a mi hijo con el hechizo Vestigia serica porque no estaba en tierras britanas, sino en el mar. ¿Era eso? Necesitaba saber si lo que había visto en el reflejo era la realidad o solo producto de mi mente agotada.