21. La masacre de los bebés de mayo
La muerte de Arturo Sir Thomas Malory
Mi hijo vino al mundo una primavera que jamás llegó.
El crudo invierno fue el equivalente meteorológico a esas visitas que llegan por Navidad y, pasado enero, entran en la cocina bostezando y rascándose el trasero para preguntar qué hay de cena.
El sol no consiguió ganarle la batalla a las pesadas nubes grises cargadas de nieve, y un viento helado gemía en las chimeneas.
Las tormentas se desplegaban un día sí y otro también, librando en el cielo una batalla a espadazos que ponía los pelos de punta.
Con este panorama tan poco apacible tuvieron que recorrer los mensajeros del rey los campos en busca de niños nacidos en mayo.
Partieron de Camelot y tomaron la vía romana de Fosse Way.
Un grueso manto de nieve cubría el paisaje.
A uno y otro lado del camino, el campo parecía cristalizado, quieto, como muerto.
El primer lugar que visitaron fue Kaercaradoc.
Allí encontraron a un par de criaturas. En Güintonia había cinco familias nobles bendecidas con el milagro de la vida, aunque tres de las criaturas eran niñas, por lo que solo pudieron recoger a dos.
Al llegar a Silchester ya se había corrido la voz del bando real y cuatro familias se sintieron muy honradas de que sus hijos fueran del interés del monarca a una edad tan temprana, así que los cedieron sin mayor problema, imaginando para ellosun futuro lleno de gloria.
En Londinium encontraron otros nueve niños.
En Lindum Colonia, tres. Después los mensajeros cruzaron el Humber para llegar a Eboracum; allí les entregaron a otros tres.
Atravesaron La Muralla para alcanzar el reino de Lothian, donde Lot ya se había encargado de cosechar a otros siete.
Incluso se atrevieron a atravesar el encantado bosque Celyddon y llegar a tierra de los pictos.
Allí torcieron el rumbo hacia el oeste para ir descendiendo de regreso a Camelot.
Entonces fue cuando recalaron en el reino de Rheged.
Ganieda, amiga, querida:
¡Estoy desolada! Ni siquiera sé cómo explicar lo que ha sucedido; la única certeza es que mi hijo ha desaparecido.
Y digo «desaparecido» porque tengo la esperanza de que siga vivo, y de poder recuperarlo.
Me desperté hace tres días y no estaba en su cuna.
Lo he buscado por todo el castillo, he preguntado a los sirvientes, a todo con el que me he cruzado, pero se apartan de mí y cuchichean a mis espaldas ¡Malditos esbirros!
Les destrozaría con gusto el alma a zarpazos, si eso me sirviera para algo más que para aplacar mi justa cólera.
Aseguran que no saben nada, o guardan silencio y miran hacia otro lado.
Uriens y su hijo faltan también, así que temo que sean los responsables de su desaparición. Tras el parto recupero poco a poco mi poder y he formulado todos los hechizos de localización que conozco, en vano.
Hay una larga lista de recriminaciones que me hago a mí misma: la principal es la de no haberme marchado a Ávalon cuando descubrí que estaba embarazada.
En el momento en el que tomé la decisión, pensé que era lo mejor para Arturo y para nuestro hijo, lo cual demuestra que mi talento para prever mi propio futuro es (siendo muy generosa) mejorable.
Te escribo con la esperanza de que tú puedas hacer algo. Quiero que interrogues a Merlín. ¿Lo harás por mí? ¿Me escribirás en cuanto hables con él? Lo que está pasando es una pesadilla que se repite, y espero que tu hermano no sea de nuevo el responsable.
Oh…, Ganieda. Ni siquiera le había señalado con un nombre aún. Quería esperar a que mostrase algo de su carácter para decidir.
Atravesada por el dolor de la escarcha, desde la raíz hasta el ala, se despide de ti,
Morgana
Cuando descubrí la ausencia de mi hijo, corrí en busca del espejo de plata.
Me concentré en el cristal hasta que dejó de devolverme mi propia imagen para oscurecerse como el ónice.
Con la yema del dedo índice, tracé un círculo sobre la superficie y dos líneas cruzadas en su interior.
Intenté localizarlo en el momento presente y pronto pequeñas estrellas de luz salpicaron tres de los cuatro cuadrantes; señalaban el cielo, pero también el infierno, así como el mundo real.
El único que permanecía oscurecido era el cuadrante del País de las Hadas.
Fui pellizcando en cada uno de ellos, pero ninguno me devolvía una imagen nítida; todo eran brillos, espacios grises y algo similar a la niebla sinuosa que se forma en ocasiones sobre el lago de Diana.
Di la vuelta al espejo e intenté tranquilizarme.
Caminé en círculos, mientras pensaba y pensaba en dónde podría estar mi hijo.
Cuando alcancé a dominar un poco mi respiración, volví a asomarme al espejo.
Un nuevo círculo. Dos rayas cruzadas. Cuatro cuadrantes. Una vez. Otra. Otra…
Nada.
Recordé que, en Situatis corporibus, Tertilius Bellamy proponía un hechizo que él llamaba Vestigia serica .
Se necesitaban un cabello del sujeto que se pretendía localizar, tres gotas de rocío recogidas de un trébol de cuatro hojas y un mapa dibujado a carboncillo sobre pergamino.
Había que enrollar el cabello en la punta del índice de la mano derecha y humedecerlo con el agua de rocío.
A continuación, se debía desplegar el mapa y recorrer con ese dedo la superficie, lo bastante cerca cómo para que el pergamino percibiera la esencia del cabello, pero lo bastante lejos como para no llegar a rozarlo con él.
Si se hacía bien, pronto debía aparecer una mancha negruzca señalando el punto exacto en el que se hallaba la persona que se deseaba localizar.
Encontré un par de cabellos de mi pequeño entre las sabanitas de su cuna.
Tracé con carboncillo el mapa de Britania, tal y como recordaba que era el que me mostró Ganieda: conel monte Yr Wyddfa, con los ríos Humber y Támesis, con Londinium y Eboracum.
Tuve que esperar a que llegara un nuevo día para recoger el rocío del amanecer sobre el trébol, y poder así completar el hechizo.
Pero ninguna mancha apareció en la superficie del pergamino. Nada. Ni rastro. Estaba desolada.
Y entonces escuché ajetreo y voces en la planta inferior.
Deduje que Uriens e Ywain acababan de regresar.
Corrí escaleras abajo. Encontré a mi marido en el gran salón.
Un buen fuego ardía en la chimenea y estaba cómodamente sentado a la mesa.
Tenía ante sí una copa de vino y un plato con pollo asado.
Acababa de ensartar un pedazo, pero se quedó con el tenedor a medio camino de la boca cuando me vio entrar.
—¡¿Adónde te has llevado a mi hijo?! —le grité.
Parecía sorprendido. Pese a que nuestra relación había distado de ser cordial, jamás le había levantado la voz, más bien al contrario. Si podía evitarlo, no le dirigía la palabra. Pero ahora… Ahora mi mirada lo estaba atravesando como un rayo.
—Dime dónde está. Dímelo… No sabes de lo que soy capaz —amenacé.
Él seguía estupefacto y boquiabierto. Supuse que se debatía en la duda sobre qué tono debía imprimirle a la historia que iba a contarme.
—Solo he cumplido órdenes de tu hermano —respondió al fin con desdén. Se levantó de la silla y vi por el rabillo del ojo que cogía el cuchillo con el que había trinchado el pollo—. Si necesitas explicaciones, pídeselas a él. ¡Ywain! —vociferó al aire, llamando a su hijo.
—¿Órdenes de mi hermano? —pregunté confundida.
¿Acaso Arturo se había enterado de mi embarazo y quería llevarse a la corte a su primogénito? De todos los calamitosos escenarios que se habían desplegado ante mis ojos en los últimos días, ese sin duda era el más halagüeño.
—El bando real —siguió diciendo Uriens—. El bando…
—¿Cómo dices?
—El bando real —repitió—. El que tu hermano ha hecho colgar en todas las plazas de ciudades, pueblos y aldeas. ¡Ywain! —volvió a llamar a gritos.
—¿Qué dice ese bando?
Agitó la mano con desgana y chascó la lengua.
—Algo de que, por consejo de Merlín, se había de entregar a todos los varones nacidos en mayo para formarlos como caballeros desde la cuna.
—¿Les has entregado a mi hijo? ¡Rata miserable! ¿Dónde está ahora? —Mientras hablaba, caminaba hacia él, dispuesta a despellejarle si no me contestaba.
Uriens hizo un rápido movimiento con la mano para girar el cuchillo sobre su palma y asirlo como si fuera un puñal. Entreabrió los labios y él también vino a mi encuentro.
Entonces alcé las manos. Un viento rabioso recorrió el salón, apagando las antorchas de las paredes, las velas de los candelabros y el fuego de la chimenea. Bajé las manos y el viento cesó. Nos quedamos en silencio, envueltos en penumbras. Uriens me observaba perplejo, lívido por la confusión.
—Bruja —musitó.
Alcé las manos de nuevo y una bandada de chovas piquirrojas se coló por el hueco de la chimenea y se lanzaron sobre él.
Uriens se cubrió el rostro con uno de sus antebrazos mientras agitaba la mano en la que blandía el cuchillo, no sé si intentando espantarlas o ensartarlas en él.
Bajé las manos y las chovas desaparecieron.