20. El hijo del pecado #3
Me di la vuelta, sobresaltada, aferrándome el vientre, en un intento absurdo de ocultarlo a sus ojos.
Allí estaba el mago. ¿O quizás no? ¿Era una ilusión?
Su rostro lucía tan hermoso, perfecto y afilado como la noche que acampamos camino a Ávalon.
«Mi aspecto lo determina la esperanza del que me observa», me había dicho entonces.
¿Era eso? ¿Quería verlo igual al día en el que quise confiar en él?
Se acercó a mí lentamente. Sus pasos no hacían ruido, como no los harían los de una alucinación, pero su aroma seguía flotando en el aire. Apreté los párpados.
—No eres real… No eres real… No eres real… —musité.
Al volver a abrirlos, solo nos separaba un paso.
—¿Creías que podías ocultarme esto? —preguntó, posando los ojos en mi vientre abultado.
El miedo me atravesó de pies a cabeza, como un rayo. Cerré los ojos de nuevo. Cuando los abrí, el mago había desaparecido.
La criatura que crecía en mi interior absorbía toda mi energía.
El debilitamiento de mis poderes avanzaba al mismo ritmo que aumentaba el tamaño de mi vientre.
Eso me impedía discernir si mis visiones eran solo producto de mi imaginación o si se trataba de avisos.
En cualquiera de los casos, las visitas de Melín se hicieron más habituales y vívidas.
¿Me estaría volviendo loca o era cierto que me estaba espiando?
Se me aparecía cada día, susurraba mi nombre mientras estaba leyendo junto a la ventana, lo encontraba al doblar una esquina, oía sus pasos a mi espalda cuando caminaba por los corredores…
La última noche, antes de dar a luz, me despertó una voz musitada junto a mi oído:
—Morgana.
Al abrir los ojos, vi el rostro de Arturo. Con la yema de sus dedos, acarició la curva de mi mandíbula, mi barbilla y el contorno de los labios. Sus rizos de color oro viejo oscilaban bajo la luz cálida del fuego que ardía en la chimenea.
—Morgana… Morgana… —repetía entre susurros.
Si se trataba de un sueño, quería disfrutarlo.
Busqué acomodarme en sus brazos y lo apreté contra mi cuerpo, anhelando volver a sentirme en casa.
Él y yo, unidos, junto al fruto de nuestro amor.
Nos besamos dulcemente en los labios, despacio, saboreándonos.
Acaricié sus brazos, la piel firme y suave de su espalda, la leve curva entre la cintura y su cadera.
—Te he echado tanto de menos… —murmuré.
El ritmo del corazón se me aceleró, bombeando sangre ardiente que se extendía por todo mi cuerpo, dando paso a un deseo apremiante que había estado dormido durante los últimos meses. Solo se oía el rumor de las sábanas de lino enredándose al ritmo de nuestros suspiros.
—Morgana…
Arturo se incorporó para observarme, con su dulce sonrisa dibujada en los labios.
Apartó las sábanas para recorrerme con sus manos los tobillos, las pantorrillas, la cara interna de los muslos.
Cerré los ojos, al borde del delirio. Pero entonces sentí sus dedos, rebuscando entre mis piernas y una aterradora certeza me atravesó de pies a cabeza.
Abrí los ojos, pero las sábanas revueltas y mi abultado vientre me impedían ver su cara. A duras penas, logré aferrarle el pelo y tiré de él. La luz de la chimenea decaía, sus rizos dorados ahora eran negros y lisos cabellos, enredados a mis dedos. Su mirada se oscureció.
—¡No! —grité.
—Yo también te echo de menos.
La voz de Merlín sonó metálica y fría.
Aparté como pude las sábanas.
—¡No! —volví a gritar, saliendo a trompicones de la cama.
Al incorporarme, sentí un terrible dolor en el vientre, que me obligó a doblarme en dos.
—¿Qué me has hecho? —aullé.
Pero Merlín ya había desaparecido.
Mis chillidos despertaron a las sirvientas, que me encontraron de pie, sobre un charco, con el rostro contraído y perlado de sudor.
Me ayudaron a subirme a la cama y ellas mismas se encargaron de asistir el parto.
Mientras una presionaba mi vientre con todo el peso de su cuerpo, la otra agarraba firmemente a mi hijo, obligándole a enfrentarse al mundo de los que han de morir.
—¿Está bien? —pregunté, aterrada, al oír sus llantos, convencida de que Merlín vino con la intención de arrancarlo de mi lado igual que en el pasado había separado a Arturo de lady Igraine.
—Está bien —aseguró la dama que lo cargaba en sus brazos—. Es un niño. Un niño muy hermoso. Aquí lo tenéis, señora.
Lo colocó sobre mi pecho y el miedo se esfumó, espantando de un plumazo los instantes de terror previos.
Los siguientes días los pasé deleitándome con los detalles de su leve humanidad.
Mi hijo era glorioso, tal y como lo soñé.
En su cuerpecito reunía la totalidad de nuestra esencia: el verde de los ojos de su padre mezclado con el añil de los míos daba lugar a una tonalidad musgosa, vivísima, similar a la que se esconde en el corazón del bosque, bajo las piedras húmedas; su piel era tan blanca como la luz de los espejos en los que nadie se ha reflejado, y había heredado mi cabello.
Era un prodigio ver a una criatura tan pequeña con la cabeza cubierta por cabello oscuro y ondulado.
¡Y su olor…! A llovizna de verano sobre la hierba de Tintagel.
¡Había nacido una fuerza de la naturaleza! Estaba segura.
Tan dichosa estaba de tener a mi hijo aferrado a mi pecho, tan segura de que nada ni nadie podrían hacerle daño estando yo cerca, que infravaloré la perseverancia que Merlín imprimía a sus planes.
93 Las nieblas de Ávalon . (Edith Zilli, trad.) Barcelona: Ediciones Salamandra.
94 Harina, agua y manteca.
95 Arturo tuvo, a lo largo de su reinado, una variada gama de armas,todas ellas con nombre propio y poderes especiales, desde la lanzaRhongomyniad, que brilla hasta el fin del mundo; la dagaCarnwennan, que volvía invisible a su propietario, o el escudo Pridwen, sobre el que estaba pintada la santísima Virgen María, protegiendo la integridad de su portador.
También tenía varias espadas:Clarent,Seure,que solo utilizó en un combate, tras el cual se la entregóaLancelot; Marmiadoise, que originalmente había pertenecido a Hércules, y, por supuesto, la celebérrima Caliburnus (Excalibur), llamada Caledfwlche en la leyenda galesa, la mejor de las espadas, forjada en la isla de Ávalon.
No había armadura que se le resistiese, ardía en llamas al desenvainarla y mataba al instante a quien tocase.
Por si fuese poco, Excalibur se guardaba en un tahalí que evitaba a su portador cualquier derramamiento de sangre.