20. El hijo del pecado #2
Uriens debió de pensar lo mismo, porque los sirvientes recibieron órdenes de acomodar la alcoba de mi esposo, y una noche en la que este se mostró especialmente afectuoso nos retiramos temprano.
Sobre la cama habían desparramado pétalos de flores, un gran fuego ardía en la chimenea y los pebeteros, colocados en las esquinas, desprendían el intenso aroma del incienso y la mirra, que en mí evocaban sensaciones más místicas que sensuales.
Me quedé de pie en medio de la estancia, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. En ese momento Uriens me pareció más desconocido que en el mismo día en el que lo vi por primera vez.
Comenzó a caminar a mi alrededor, recorriendo con sus ojos cada pulgada de mi anatomía.
Su mirada se demor ó enla curva de mis hombros, en la parte baja de mi espalda,en el realce de la falda a la altura de las caderas.
Tomó un mechón de mi cabello y se lo llevó a los labios.
Luego volvió a dejarlo, acercando su nariz a mi cuello, entrecerrando los ojos, olisqueándome.
Contraje el rostro mientras me repetía internamente que podía hacerlo. «Solo una vez, solo una. Solo una ».
Uriens creyó reconocer, en mi gesto repugnado, claras señales de excitación.
Eso debió gustarle, porque me agarró el cuello con su mano callosa y pegó sus labios a los míos.
Los apretó, abriendo y cerrando la boca, aspirando el aire.
A mí me recordó a la manera en la que los desdentados sorben caracoles en salsa. Tuve que contener una arcada.
—Quién hubiera pensado que me traería de Camelot un bocado tan delicioso —murmuró con voz ronca cerca de mi oreja—. Tienes la piel suave, pero intuyo que está firme donde debe estarlo.
Al decir eso, la mano con la que aferraba mi cuello descendió hasta uno de mis senos. Lo presionó sin ninguna delicadeza. Eso me hizo dar un respingo; mis pechos estaban muy sensibles a esas alturas. Fruncí el ceño. Le aparté de un manotazo.
—Debes tener más cuidado —exclamé indignada.
Él dudó durante unos segundos. Parecía sorprendido de que una mujer le plantase cara. Levantó el mentón antes de volver a hablar.
—Ya me habían advertido de tu carácter indócil, pero a fe mía que a ti te domo yo. Aquí no eres la hermana del rey. En el reino de Rheged, mi esposa acata mis órdenes.
Apreté los puños y los dientes, intentando apaciguar la rabia que me hacía hervir la sangre. Si perdía los nervios, todo mi sacrificio sería en vano. Debía hacerlo por el bien de mi hijo. Me concentré en eso. Hice un esfuerzo por relajar mi gesto. Y guardé silencio.
Uriens desató los cordones de mi corpiño y luego me abrió la camisa.
Mis pechos quedaron expuestos ante sus ojos; plenos, con los pezones oscuros, alterados por el embarazo.
Si él tenía la suficiente información sobre los ciclos reproductivos de las mujeres, así como sobre las variaciones en su anatomía, lo desconozco.
Los observó extasiado, con los ojillos brillantes.
Un segundo más tarde los estaba manoseando, pellizcando, succionando.
Yo le miraba de reojo; tenía el rostro enrojecido.
De pronto, me agarró por el brazo y me arrastró al lecho. Me levantó la falda y rebuscó en su pantalón antes de lanzarse sobre mí. Cerré los ojos y rogué para que aquella tortura acabara lo antes posible.
Pero no pasó nada. Nada de nada.
Su virilidad era titubeante, endeble… Iba y venía, sí, pero incluso las veces que venía resultaba insuficiente.
—¡Muévete, zorra! —bufó.
Quise hacerlo, pero me aplastaba bajo su peso.
Se zarandeaba, jadeante, cada vez más y más irritado, sudoroso, envuelto en olor a bravío.
Tras un rato de infructuosos esfuerzos, se derrumbó sobre mí, resoplando junto a mi oreja, tan exhausto como el que lleva horas intentando vaciar el mar con un cubo.
Cuando recuperó el ritmo de su respiración, se incorporó para mirarme con desprecio. Y entonces me abofeteó, de izquierda a derecha. Y luego, al contrario. Al observar mi sorpresa, pareció tan satisfecho como si hubiera culminado el acto sexual con éxito.
Después se recolocó la ropa, se alis ó el pelo y abandonó la alcoba. Cerró dando un portazo.
Mi querida Ganieda:
Decir que me gustaría volver a Ávalon sería faltar a la verdad: la realidad es que lo echo desoladoramente de menos.
Planeo huir de aquí en cuanto nazca la criatura.
Mi estado ya es más que evidente a los ojos del mundo.
Estoy inmensa, y eso ha debilitado mi magia, como si el embarazo me enraizara a la simpleza de la humanidad.
Pese a que Uriens intentó en diversas ocasiones (y de diferentes formas) depositar su semilla en mi vientre, no lo logró, así que es consciente de que no es suyo.
No lo proclama. Le resulta menos vergonzoso que la criatura que crece en mis entrañas pase por su hijo que reconocer su incapacidad.
Mi estado actual le ofende. Las contadas ocasiones en las que coincidimos en la misma estancia, percibo cómo se crispa, así que evita mi presencia y me ignora.
Dormimos en alcobas separadas, lo cual agradezco.
Su piel, su voz y su olor me repugnan en la misma medida que antes me arrastraban al delirio el aroma, el aliento y las caricias de Arturo.
¡Cuán diferente es el encuentro entre dos cuerpos que se aman!
La magia que ello produce debería estudiarse.
Si pudiésemos condensar la esencia de esa emoción para administrarla como un medicamento, no existirían las guerras.
Con rocío en las alas y un nido en el corazón, se despide de ti,
Morgana
Las semanas que restaron hasta que di a luz aparecen desdibujadas en mis recuerdos.
Nos llegaban noticias de que Arturo se ganaba el cariño de su pueblo día a día, por su bondad innata y su generosidad, sí, pero, sobre todo, por su valor.
Liberado de mi influencia, emprendió la campaña militar contra los sajones, como en un principio se esperó de él.
Los bardos cantaban su gallardía. Había reemplazado la corona por un yelmo de oro, cuya cresta estaba tallada con forma de dragón.
Guarnecido con una loriga digna de un rey, con la lanza Rhongomyniad sedienta de sangre, con su escudo Pridwen decorado con la imagen de la Virgen María y con la inefable Excalibur procedente de Ávalon ceñida a su cintura, se enfrentaba sin temor a sus enemigos.
95 La fe y la magia se unían para hacer grande al pueblo de Britania, tal y como Merlín deseaba.
Tras varios infructuosos intentos, me rendí a la evidencia de que Uriens no podría ser el padre de mi hijo.
Temí que me asesinase con sus propias manos al darse cuenta de que se había casado con una mujer embarazada, así que intentaba pasar desapercibida.
Supongo que él no quiso entrar en un conflicto diplomático con el rey por mi culpa.
Quizás rezaba para que falleciese durante el parto.
Muchas mujeres no sobrevivían a ese trance. En Almesbury fui testigo de ello.
Me sentía incómoda en aquel lugar, pero ya era demasiado tarde para huir sin poner en riesgo mi vida o la de mi hijo.
Los sirvientes me observaban con desconfianza, parecían cuchichear entre ellos cuando me daba la vuelta y atendían mis demandas con ineptitud, pero yo no les prestaba atención.
A medida que mi vientre engordaba, me iba sumiendo en una extraña placidez.
Apartada del mundo, mi único entretenimiento era escribir cartas a Ganieda y preparar un ajuar para el bebé.
Pasaba gran parte del día durmiendo y las noches lasdedicaba a observar las estrellas, intentando descubrir en ellas lo que le depararía el futuro a mi hijo.
Y es que a esas alturas estaba segura de que se trataba de un niño, ya que Aldebarán, el ojo ardiente del Toro, considerada desde tiempos remotos estrella de reyes, revelaba que sería un muchacho fuerte que no se inclinaría ante nadie, ni siquiera ante los dioses.
En el norte, justo al borde de la noche, Capella, la cabraceleste, guía de los náufragos, coincidía con Deneb, la cola del cisne, y eso auspiciaba que le ganaría la partida a lafatalidad.
Aunque me inquietaba Altais, de la constelación de Draco, porque señalaba que vendría al mundo a enfrentarse a dragones.
Lo cual podía interpretarse en sentido literal o figurado.
En la recta final del embarazo, me aislé por completo.
A nadie pareció importarle. Uriens desaparecía durante días junto a su hijo.
Los sirvientes me servían el desayuno, la comida y la cena en mi alcoba.
Envuelta en ese sopor, me olvidé de mi propia desgracia.
Solo gestaba y esperaba. El recuerdo apasionado de Arturo también se aplacó y llegué a creer que, debido a la desagradable experiencia vivida junto a Uriens, le había cogido asco a los encuentros carnales.
Pasaba interminables horas contemplando por la ventana la evolución de las nubes cargadas de nieve.
El viento del norte destruyendo la vegetación.
La tenue luz crepuscular, entre el gris pizarra y el verde mar.
Los árboles desnudos, como crispadas manos raquíticas, intentando arañar el cielo.
Me imaginaba a mí misma asomada a la ventana, como esa dama que vi el primer día.
A esas alturas tenía la certeza de que se trataba del espectro de la primera esposa de Uriens intentando advertirme de su tendencia a golpear a las mujeres con las que compartía la vida.
Un día percibí el olor boscoso de Merlín. Su olor a madrugada. Su olor a fuego. Le busqué entre las sombras, inhalando profundamente.
—Morgana —escuché a mi espalda.