Morgana 20. El hijo del pecado
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20. El hijo del pecado

« Este niño… Aunque Arturo tenga muchos hijos varones, este es el primogénito.

Las nieblas de Ávalon Marion Zimmer Bradley

Los motivos por los que acepté casarme con Uriens me eran ajenos; solo servían para mantener la paz de espíritu de los demás, así como para asegurar la supervivencia de mi hijo.

No os negaré que, en un primer momento, tuve la tentación de huir a Ávalon y aguardar allí el nacimiento de la criatura sin dar ninguna explicación.

Pero Arturo o Merlín habrían atado cabos, tarde o temprano.

Hacer las cuentas en estas circunstancias es sencillo, y a la gente le gusta especular.

El recuerdo de cómo el mago separó a mi hermano de sus padres y de mí, siendo aún una criatura de pecho, para evitar que lo asesinasen antes de que llegara a la edad adulta, terminó de convencerme.

Mi matrimonio también se celebró en la iglesia de San Esteban, a los dos días del de Arturo y Ginebra.

De esa manera aprovechábamos que estaban allí el obispo y los grandes señores y damas del reino, así como los adornos florales y las múltiples viandas y bebidas que sobraron de la anterior celebración.

A mí todo aquello me pareció un trámite absurdo y absolutamente prescindible.

Durante el banquete, los sirvientes rellenaban las copas con vino especiado, hidromiel, cerveza, sidra.

Traían y llevaban fuentes con sardinas asadas, caballas, lenguados, merluza en salsa de almendras, setas salteadas con ajo, puré de nabos y zanahorias.

Para mi fortuna, los cocineros no se esforzaron tanto en elaborar el plato principal como lo hicieron para la boda real, así que no hubo asomo de cisnes navegando entre las mesas.

Se conformaron con trabajar con esmero los ingredientes de la masa dura del coffyn pie 94 para edificar réplicas en miniatura del castillo de Camelot, en cuyo interior se cocinó en su salsa venado aromatizado con canela, nuez moscada, pimienta y clavo.

De postre, un dispendio de natillas con agua de rosas, peras al vino, dátiles rellenos de almendras y otras muchas delicias que no quise ni mirar. Me sentía desolada.

Merlín, que desde un principio había mostrado su absoluto rechazo a mi enlace, decidió no asistir. Se recluyó en la Torre de Astronomía con la excusa de que debía ultimar su puesta en marcha.

Arturo sí estuvo presente; al menos, en cuerpo, pues tenía la mirada perdida y el rostro serio.

No me dirigió la palabra en todo el día, pero, como el gran rey que ya era, acalló las posibles murmuraciones pronunciando el primer brindis en honor a los recién casados, procurando mostrarse amable con todos los presentes.

Lo acontecido durante aquella jornada aparece borroso en mis recuerdos, seguramente porque había pasado la noche llorando y tenía los párpados hinchados y los ojos vidriosos.

Por contra, Uriens estaba feliz. Alzaba su copa una y otra vez para brindar con alegría mientras se preciaba de haber emparentado con el mismísimo rey.

Sin lugar a duda, nuestro enlace era un trámite del que ambos salíamos beneficiados.

De cuando en cuando, volvía su rostro hacía mí y me acariciaba la mano, me palmoteaba la rodilla o me rodeaba con el brazo, por ver si así me animaba, justificando mi apatía por la emoción del enlace.

Pasamos la primera noche de bodas en la cámara que hasta ese momento yo había ocupado en el castillo de Camelot.

Fue una agradable sorpresa que mi recién estrenado esposo no mostrase interés alguno en consumar el matrimonio.

Ebrio como una cuba, alcanzó el lecho dando traspiés.

Allí se desparramó un segundo antes de ponerse a roncar con la boca abierta y la baba deslizándose por la comisura de los labios.

Un espectáculo solo un poco menos desagradable que contemplar a un peregrino descalzándose para reventar las ampollas de sus pies ante una fogata.

Pero el alivio inicial dio paso a la inquietud.

Si quería que mi plan funcionase, debía involucrarme en el acto conyugal con Uriens, aunque fuese una única vez.

Solo imaginarlo me perturbaba y me impedía conciliar el sueño.

Podría entregar mi cuerpo a otro hombre que no fuese Arturo, pero jamás mi intimidad.

No hay mejor manera de acallar la lujuria que compartir el lecho con alguien a quien no amas.

Llegamos al reino de Rheged una semana después.

Se trataba de un territorio fronterizo, encajonado entre montañas, verdes colinas y valles salpicados de casitas de madera arracimadas junto a los ríos.

Allí los bardos aún cantaban en la lengua antigua las gestas de sus héroes e invocaban protección a dioses ya olvidados en otras partes de Britania.

Sus habitantes estaban orgullosos de sus raíces y tradiciones.

El castillo, construido en piedra gris verdosa, se alzaba sobre un paraje solitario rodeado de páramos.

Era el equivalente arquitectónico de Uriens; macizo, tosco y cubierto de cicatrices que el musgo intentaba disimular.

Sus torres no se erigían paralelas unas a las otras.

Levemente ladeadas, parecían discutir con el viento o murmurarse entre sí recuerdos de personas que hacía tiempo descansaban bajo tierra.

El descuadrado portón crujía como las rodillas de un viejo guerrero.

En suma, se trataba de un lugar inquietantemente tranquilo, casi como imaginas que debe de ser el fin del mundo.

Pasé mi primer día allí recorriendo el castillo para intentar hacerme con sus particularidades.

En primer lugar, fui al establo, en donde instalé a Taranis.

Cerca había huertos, almacenes de granos y semillas, un patio con pozo y la sala de guardia.

Ya en el interior, además del gran salón, encontré diversas piezasen torno a la cocina repletas de utensilios para elaborar queso, recipientes en los que encurtir verduras, barriles devino, cántaras de aceite y miel.

De las vigas de una sala bienventilada colgaban alimentos que se estaban oreando.

También encontré un espacio reservado a todo tipo de instrumentos que parecían sacados de un manual de torturas, utilizados para despiezar, embutir y salar animales.

Otro de los cuartos era la armería, donde un desbarajuste de espadas, cuchillos, lanzas de caballería, cotas de malla, cascos, grebas de cuero endurecido, arcos, flechas, guantes y escudos de madera pintados con el emblema de Uriens esperaban ser útiles en una nueva batalla.

Pero también tropecé con una extraña estancia a la que solo podía accederse a través de una red de complicadas escaleras.

Hubiera estado vacía de no ser por una reproducción en miniatura del castillo colocada en el centro, construida con piedrecillas grises.

En ella estaban representados todos los lugares que ya había recorrido: establos, cocinas, almacenes, armería…

, pero también otros con los que no me había topado.

En cada uno de los cubículos había figuritas hechas con miga de pan, delicadamente pintadas.

Una personificaba a Uriens, con el blasón decorando su pecho.

Otra parecía ser Ywain de niño. También había soldados, sirvientas, mozos de cuadra, cocineros, patos, vacas, caballos y cerdos diminutos.

Seguí el rastro de las escaleras que me habían llevado hasta aquella habitación y la localicé en el reducido castillo.

Asomada a la minúscula ventana, se encontraba una estatuilla con la forma de una dama.

La cogí. Casi no me había dado tiempo a estudiar sus ojos, pintados de un intenso tono cárdeno, cuando escuché un sollozo.

Levanté la vista. Frente a mí, asomada a laventana de la habitación, vi a una dama vestida exactamente igual a la muñeca.

Parecía concentrada en la contemplación melancólica del paisaje que quedaba más allá de la arboleda.

—Disculpad —dije como saludo—. No os había visto. Mi nombre es Morgana —me presenté.

Y entonces ella se dio la vuelta. Me miró con sus ojos amoratados. Un hilillo de sangre brotaba de su nariz.

—¡¡¡Huye!!! —le oí gritar dentro de mi cabeza.

De la impresión, perdí el conocimiento.

Al recobrarlo, estaba tumbada en el suelo de aquella misma sala. Dos sirvientas agachadas junto a mí mostraban signos de gran conmoción. Una de ellas me sujetaba la cabeza sobre sus muslos mientras que la otra me daba aire con el mandil.

—Está… Está herida —musité—. Hay que ayudarla.

—¿De quién habláis, señora? —preguntó la que me abanicaba.

—La mujer en la ventana —señalé con una mano en esa dirección.

Volví a mirar, pero allí no había nadie. Tampoco estaba ya el castillo en miniatura.

Las dos muchachas intercambiaron una mirada que, en ese momento, no supe interpretar.

Me ayudaron a incorporarme y se empeñaron en acompañarme hasta mi alcoba.

Colocaron almohadones tras mi cabeza y me cubrieron con varias mantas.

Repetían que el cuerpo se me había destemplado por culpa del viaje, que las corrientes en el castillo eran traicioneras yque debía tomarme un caldo de pollo.

Pese a que yo insistía en queya estaba bien y que solo quería que me dejaran tranquila, sospeché que aquellas dos muchachas estaban encantadas de librarse de cualesquiera que fueran sus obligaciones de ese día para atender la fragilidad de la nueva señora.

La dama de rostro tumefacto fue la primera visión que tuve en ese lugar.

Entre unas cosas y otras, Uriens y yo llevábamos cerca de dos semanas casados y aún no habíamos consumado el matrimonio.

No os sorprenderá saber que hubiera preferido que me arrancaran la piel a tiras, o que me clavaran astillas encendidas entre las uñas de los pies, antes que quedarme a solas con mi marido, pero era consciente de que aquel encuentro no podía aplazarse por más tiempo.