19. La Mesa Redonda #3
Asentí. Se incorporó y caminó deprisa hasta desaparecer de mi vista.
Me quedé un buen rato con la mirada perdida, sentada en aquel jardín en el que no mucho tiempo atrás yo había pensado en emplazar el hortus sanitatis .
El castillo de Camelot ya no sería mi casa.
Jamás el lecho de Arturo sería mi tálamo nupcial.
«No, no… No puede ser. ¿En serio he aceptado la proposición de matrimonio de Uriens?
», pensé. En lo más profundo de mi corazón, bajo la capa de frialdad y dureza, sentía un inmenso dolor.
Una punzada muy humana, nada feérica. Amaba a Arturo.
Lo había amado desde el primer día que lo vi, cuando aún era una criatura de pecho.
Y sabía que él me amaba a mí. Y aunasí, estaba dispuesta a hacer todo lo posible por alejarlo de mi lado.
Esa noche, de madrugada, Arturo se presentó en mi alcoba, erguido y solemne. Ya comenzaba a mostrar destellos regios; pese a ello, al verme, su rostro se iluminó.
—Vengo a buscarte —dijo—. No quiero que vuelvas a evitarme esta noche.
Quise forzar una sonrisa sarcástica, pero mis labios no me respondieron.
—No te estoy evitando. Solo te protejo.
Una sombra de duda emborronó su mirada limpia; tan joven, tan transparente. No quería hacer lo que tenía que hacer. No quería envenenar su inocencia.
—¿Protegerme? —repitió—. ¿De qué crees que debes protegerme?
—De mí —susurré.
—¿De qué hablas? Tú eres lo único que le da sentido a todo esto. Lo único que no me pesa.
Le di la espalda. Fijé la vista en el brillo del fuego.
—Arturo, esto que hacemos no está bien.
Un silencio tenso nos envolvió.
—¿Hablas tú o habla Merlín?
—Eres un rey cristiano. Debes desposar a una dama que el pueblo acepte. Que los obispos puedan bendecir vuestra unión. Lo que hacemos no está bien —repetí.
—Si quererte está mal, no me interesa el bien —aseguró con voz firme.
No me sorprendió su respuesta. Él era lo que se veía: honorable, leal y puro.
Por un instante sentí que el peso del mundo se volvería leve si cedía, si me abandonaba a su terquedad juvenil.
Pero entonces recordé quiénes éramos él y yo.
Ahora me amaba. Sí. Pero ¿me seguiría amando si el mundo se volviera en su contra por mi culpa?
¿Si su destino de rey tuviera que verse sacrificado por elegir estar a mi lado?
No. Yo no podía aceptar eso. No lo permitiría.
No quería cargar con esa responsabilidad.
—Arturo —dije, forzando que mis palabras sonasen firmes—, no puedes elegirme.
Él se situó a mi espalda. Sujetó mis brazos y colocó sus labios en mi pelo. Sentí en mi nuca el calor de su respiración y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
—Ya te he elegido —murmuró.
Entonces lo supe: nada iba a convencerle de que no debíamos estar juntos. Si quería alejarlo de mí, y alejarlo de verdad, debía romper su corazón.
—Yo también he elegido. Estoy enamorada de otro —dije secamente, separándome de su cuerpo.
Contrajo el rostro, y en él vi el dolor convertirse en incredulidad para, un segundo después, hacerle hueco a la esperanza.
—No te creo.
—Deberías hacerlo —continué hablando, mientras fingía ordenar unos libros que había en la mesa—.
Es mi naturaleza feérica. Merlín ya te lo habrá advertido.
Somos criaturas inconstantes y huidizas.
Mi corazón va y viene…, como las olas. Te he querido, pero ya no.
Se me ha pasado —suspiré—. Ahora quiero a otro.
—¡Mientes! —exclamó, con los puños apretados—. He sentido cómo tu cuerpo se estremecía a mi contacto hace apenas un segundo.
—Oh… Arturo. ¿Eso te ha parecido? —Reí sin ganas—. El estremecimiento que has notado no era deseo, sino aversión. ¿Acaso no te has dado cuenta de que hace ya unos días que evito tu cercanía?
La crueldad de mis palabras me arañaba el alma. Podía oír el sonido de su corazón resquebrajándose. Le vi derrotado. Tuve que resistir la tentación de correr a abrazarlo, besar sus labios, susurrarle al oído que era suya y solo suya. Y que así sería hasta el fin de los tiempos.
—¿Quién es ese gran hombre, merecedor de tu amor? — preguntó, afligido.
—Uriens de Rheged.
—¿Uriens de…? ¿Ese viejo? No te creo.
—Él es un hombre. Tú solo un niño.
Sus ojos ardían.
—No te parecía un niño cuando venías a buscarme a mi lecho.
Me faltaba el aire.
—Por favor, hermano. Vete —balbuceé, agotada.
—¿Hermano? ¿Volvemos a ser hermanos? Entiendo… Entonces, si Uriens quiere casarse contigo debe pedirme tu mano. Y yo no se la concederé.
Sonreí con amargura.
—No pierdas la dignidad, Arturo…, te lo ruego. Deja que recuerde nuestro tiempo juntos con cariño.
Su corazón terminó de romperse.
Bajó la mirada y se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta. Cada parte de mi ser clamaba por correr hacia él y fundirme con su cuerpo. Pero no lo hice. No debía hacerlo.
—Nunca dejaré de amarte —dijo antes de salir.
—Nunca dejaré de amarte —respondí yo, cuando ya no podía oírme—. Nunca. Nunca…
En ese instante percibí la esencia de ese nunca .
De lo que nunca seríamos. Nunca más nos abrazaríamos como aquella primera vez en la playa del Amor Prohibido, ni planearíamos juntos mejoras para su reino.
Él nunca vería crecer a su hijo, ni yo acunaría entre mis brazos sus pesadillas.
Nunca mi beso sería su protección, antes de entrar en batalla, y ya nunca sabríamos hasta dónde hubiéramos llegado de reinar juntos. Nunca más seríamos Arturo y Morgana.
Ahora solo estaba Morgana separada por siempre de Arturo.
Ya nunca más estaríamos el uno para el otro.
Ya no seríamos.
Ya no.
Arturo y Ginebra se casaron en la iglesia de San Esteban.
La tenue luz crepuscular de finales de noviembre se descolgaba de los vitrales.
Atravesó en diagonal la penumbra gris verdosa, difuminando los contornos de la Virgen, de los santos, de la cruz que descansaba sobre el altar, rodeando las cabezas de los novios con un halo de santidad.
Cuando vi a otra mujer enlazada al brazo de Arturo, sentí que el alma se me quebraba como si estuviera hecha del frágil cristal de esas copas a las que se les puede arrancar música recorriendo su borde con la yema del dedo.
Intenté concentrarme en la quemazón que sentía en la boca del estómago, pero eso solo me devolvió el recuerdo de que algo de Arturo habitaba en mi vientre. Eso nos uniría para siempre.
Me sentí extenuada. Una mordiente agitación de espíritu me hacía desear esconderme bajo la cama y desparecer. Pese a ello, asistí al enlace en el papel de la prometida de Uriens, investida de fingida calma.
La ceremonia culminó en un espectacular banquete de cinco servicios.
Sopas doradas a base de caldo de ave con especias traídas de Oriente, verduras hervidas con mantequilla y finas hierbas, salmón al horno, anguilas en gelatina, truchas fritas con salsa de ajo y perejil.
Todos aquellos olores se enlazaban al ambiente enrarecido por el humo de la chimenea, por la cercanía humana, por los efluvios de sus bocas cuando me hablaban demasiado cerca.
Comencé a sentir una terribles náuseas, pero todo empeoró cuando se dispusieron a servir el plato principal. Un mayordomo reclamó nuestra atención.
—Distinguidas damas… Nobles caballeros… —vociferó con entusiasmo—.
He aquí el rey de las aguas: el cisne blanco, símbolo de pureza, nobleza y del perpetuo amor que se profesan los recién casados.
Hasta hace poco, estas criaturas se mecían sobre espejos de plata, pero, gracias al Creador, y a nuestro distinguido cocinero —añadió, y después guiñó un ojo al susodicho antes de continuar hablando—, nadarán hasta vuestros platos sin perder un ápice de la elegancia que los caracteriza.
¡Que su sacrificio bendiga este banquete!
Mientras él hablaba, un grupo de sirvientes arrastraban mesas rodantes sobre las que descansaba un ejército de cisnes.
Se deslizaban por la sala como si aún se mantuvieran a flote sobre un lago.
Parecían vivos, pero se trataba de un truco.
Los habían cazado, desplumado, asado y vuelto a emplumar.
Aquellas aves, que en algún momento debieron fulgurar bajo la luz del sol como copos de nieve, estaban ahora tiesas y apelmazadas.
Habían colocado brillantes coronas sobre sus cabezas, y una cinta roja atada a sus cuellos.
Las damas celebraban el espectáculo con risitas nerviosas.
Los caballeros golpeaban las mesas con los puños.
Me llevé una mano al vientre y otra a la boca, no tanto para sostener a la criatura que crecía en mis entrañas como para aguantar las náuseas.
Las lágrimas acudieron a mis ojos. Imaginé a esos pobres cisnes deslizándose sobre tranquilas aguas, acogiendo entre las alas a sus crías, alzando elegantemente su cabeza, ajenos a las ridículas celebraciones humanas en las que se consideraba refinado rellenarlos de huevo, verduras y especias que despedían un aroma dulzón y asfixiante.
Mi estómago se revolvió con violencia. Desvié la mirada hacía los tapices de la sala, pero en ellos se representaban escenas de caza: jabalís abatidos a lanzadas, caballeros acosando a zorros, osos despedazados… Sangre, vísceras, sudor…
Me incorporé de la silla y abandoné a toda prisa el gran salón.
Trastabillé por los corredores, en dirección al patio.
Allí vomité bilis y rabia a partes iguales.
Cuando al fin conseguí recuperarme, me incorporé y me alisé el vestido.
Justo entonces, sentí que no estaba sola. Al darme la vuelta, vi a Merlín.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —espeté con desagrado.
—¿Te encuentras mal?
No consideré que fuese descortés ignorar su pregunta, ya que él había ignorado la mía. Comencé a caminar, pero, al pasar por su lado, me sujetó el brazo para retenerme.
—¿Has vuelto a jugar con la humanidad, Morgana? Se murmura que has sublimado el amor que deben profesarse los hermanos.
Me di la vuelta y le enfrenté la mirada durante un instante eterno.
—¿Piensas que debo rendirte cuentas, mago?
—¡Vas a echarlo todo a perder! —increpó—.
Creí que habías comprendido cuán importante era la alianza entre Britania y Ávalon.
Pero eres ingobernable. Sigues igual de egoísta que siempre.
Sigues sin dejarte aconsejar por mí. ¿Cómo es eso posible?
Yo, que siempre te he sido fiel, que siempre estoy a tu disposición, que te ofrezco todo lo que soy —dijo, y comenzó a enumerar—, mi lealtad, mi magia, mi experiencia, todos mis conocimientos y sabiduría… sin pedir nada a cambio.
Lancé una carcajada amarga.
—¿Que no pides nada a cambio? —grité—. Solo nuestra libertad y dicha.
—He sido tan generoso con vosotros —suspiró abatido—. Tan generoso…
—Escúchate, mago. Crees que todo gira en torno a ti. —Y le imité con desprecio—. «Yo te he sido fiel». «Mi sabiduría». «Mi lealtad». «Mi experiencia». «Yo». «Yo». «Yo».
—De acuerdo —resopló agotado—. Hablemos de ti. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que ansías?
—Ya tengo lo que quiero.
—¿Te refieres a ese ridículo matrimonio con Uriens?
— Me observaba perplejo. No contesté—.
¿Te refieres a eso? Es para mí un enigma que elijas una vida anodina en el reino de Rheged por encima de tu soberanía en Ávalon.
No es digno de ti. ¿Qué sabe Uriens de magia?
¿Qué sabe ese patán sobre los misterios que se ocultan en tu alma?
Estás llena de pasión: amas y odias con viveza.
Eres elemental e indómita, como el agua, el fuego o el viento.
¿Qué puede ofrecerte ese hombre? ¡Nada! ¡Nada en absoluto!
Languidecerás en el reino de Rheged. Yo puedo elevar tu poder hasta límites insospechados.
Puedo hacer que tus suspiros muevan las hojas de árboles que habitan al otro lado del mundo y que la tierra vibre bajo tus pies desnudos.
Puedo convencer a los pájaros para que trinen al ritmo de tu risa.
Puedo lograr que amanezca cuando abres los ojos y que caiga la noche cuando los cierras, o al contrario, si es ese tu deseo.
Haría lo que tú quisieras. Estoy agotado de vivir persiguiéndote…
—Deja de perseguirme, entonces.
—No puedo… Oh…, Morgana. ¿Es acaso mucho pedir? Deja que te gobierne y el mundo entero será tuyo. Deja que mis caricias agiten tus entrañas. Idolátrame…, ámame… y me postraré a tus pies. No habrá esclavo más fiel que yo.
—Lo siento, mago. Yo soy la única reina a la que rindo pleitesía —respondí, antes de dar la vuelta y alejarme de él.
Los planes que Merlín tenía para nosotros solo se cumplieron a medias.
Aquella alianza entre hermanos, que durante un breve periodo de tiempo parecía haberse rozado con la yema de los dedos, se malogró por culpa del amor.
El amor apasionado que Arturo y yo nos profesábamos.
El amor enfermo que Merlín sentía por el poder y que personificaba en mí.
Y el amor prohibido que había nacido entre Lancelot y Ginebra, del que aún no teníamos conocimiento.
90 García Gual, C. (2020). Historia de Merlín . España: Siruela.
91 Ptolomeo II repudió a su primera esposa y se casó con su hermana Arsínoe.
Juntos reinaron en Egipto. Ambos se amaban con pasión, hecho que conmocionó a la opinión pública griega.
Al parecer, Sótades, uno de los poetas que disfrutaba de los privilegios de ser un erudito en la gran Biblioteca de Alejandría, osó componer un epigrama jocoso en alusión al enlace entre los hermanos.
Según la leyenda, Ptolomeo II ordenó encerrarlo en un ataúd de plomo que terminó en el fondo de mar.
Y es que en Alejandría los intelectuales eran agasajados y consentidos (siempre que honraran a sus mecenas).
92 Merlín dejó un espacio en blanco, reservado para el mejor de todos ellos: el caballero destinado a encontrar el santo grial.
No debía ser ocupado por otro, a no ser que se quisiera sufrir un terrible destino.
Quien lo intentase, perecería en el acto, fulminado por un fuego invisible. Lo llamaron el «Asiento Peligroso».