19. La Mesa Redonda #2
Bella como un querubín, de expresión dulce y aire aniñado, ella se adaptaba a la perfección a la imagen de cómo debía ser una reina: cabello rubio ceniza, sutilmente ondulado, largo hasta la cintura, ojos glaucos, piel blanca blanca blanca, con un saludable tono sonrosado en las mejillas, en perfecta armonía con sus finos labios, que casi no despegaba.
Porque Ginebra hablaba poco, lo cual era un acierto.
Eso permitía que la gente se hiciese una completa idea sobre su carácter con solo observar durante unos segundos su aspecto angelical.
Así, los que opinaban que se debía edificar un puente de piedra al estilo romano para cruzar el río estaban seguros de contar con la aprobación de la futura esposa del rey.
Y los que pensaban que con el de madera bastaba, pues también.
En cualquier caso, Ginebra sabía pronunciar un sumiso «sí» cuando era necesario, y bajar la mirada y guardar silencio en las ocasiones en las que yo hubiera alzado la voz, de manera que todos le supusieron (incluida yo misma) un carácter inocente, de encantadora mansedumbre femenina.
Por resumir diré que, si de encontrar una analogía entre nosotras y dos mujeres de la Biblia se tratara, sin duda los cortesanos responderían que yo bien podría pasar por discípula de Jezabel, mientras que Ginebra era la viva imagen de la Virgen María.
Pero ese era el menor de mis problemas en aquel momento.
Una mañana en la que me encontraba etiquetando damajuanas en el germen del domus herbarum, comencé a sentirme mal.
Los hasta entonces familiares aromas herbales se me hicieron insoportables.
El amargor de la ruda me retorcía el estómago.
El frescor mentolado del poleo me mareaba como si estuviera navegando en un mar agitado.
Los efluvios de la salvia, que siempre me resultaron balsámicos, ahora me provocaban náuseas.
Apoyé la frente contra la madera fría de uno de los estantes, y tragué con fuerza.
—No… no puede ser… —musité.
¿Y por qué no? Mi cuerpo era joven. El de Arturo también. Había visto a muchas mujeres en la misma situación cuando atendía el hospital. Aquello no eran los síntomas de un resfriado o una indigestión. La vida se abría paso.
—No… no… —repetí, aferrando mi vientre.
Entonces oí voces avanzando por el corredor. Escuché mi nombre. Unos hombres hablaban de mí. Me acerqué a la puerta. Posé la mano en el pestillo, pensando en salir para hacer notar mi presencia, pero la curiosidad me frenó las intenciones.
—Esa mujer terminará por destruir un reino que aún no ha echado raíces —decía uno de ellos—. Ya desquició en su momento al rey Úter y ahora está haciendo lo mismo con su hijo.
—Nada peor que una mujer con ambiciones propias —secundaba otro.
En eso último parecían estar todos de acuerdo.
—¿Hervir hierbajos y levantar torres para observar las estrellas? —añadió un tercero—. ¿Acaso no es eso lo que hacen las brujas?
Los demás le dieron la razón.
¿Qué sabrían ellos? ¿Tan falto de personalidad creían que era su monarca? Arturo estaba de acuerdo conmigo en que no bastaba con defender Britania con espadas: también había que resguardarla de la ignorancia y la enfermedad.
—¿Y qué me decís de su manera de mirar? Se come a los hombres con los ojos. —dijo la segunda voz—. Se comenta que la han visto coquetear incluso con el rey Uriens.
Corearon una sonora carcajada.
—Y él va diciendo que esa mujer no le interesa en absoluto, pero la realidad es que está deseando emparentarse con el rey Arturo.
—Pues a mí no me gustaría que una mujer como esa viviera bajo mi mismo techo, teniendo Uriens como tiene a un joven hijo —respondió el segundo—. Seguro que intenta pervertirlo también.
Reían, elevaban el tono de voz y luego lo bajaban, se interrumpían y susurraban las frases que consideraban más comprometedoras.
Decían que las manos de Arturo se deslizaban de vez en vez bajo la mesa para recorrerme los muslos y que aquello me encendía.
Que lo había hechizado. Que bastabauna de mis miradas para que él abandonara todo lo que estaba haciendo, para huir conmigo a la cámara real.
—¿Imagináis si la gente se enterase de que se enreda en líos de alcoba con su hermana? —susurró uno de ellos—. Morgana será su ruina.
Concluyeron que el nuevo rey y yo éramos dos caras de un espejo: él era el brillo y yo la sombra que acechaba a su espalda.
La rabia y la humillación hicieron que se me helaran las manos y se me secara la garganta.
En ese momento hubiera querido destruir el germen del dispensario y el hospital, sacudir la tierra para que la Torre de Astronomía se derrumbase, salir de mi escondite y destrozarles las entrañas a esos imbéciles, reposar la cabeza en el regazo de Sibila y llorar hasta que se secasen mis lágrimas.
Hubiera querido…, oh…, cielos…, tantas cosas.
Regresar a Ávalon. Esconderme de todos. Incluso de Arturo.
Pero no hice nada.
Estaba aprendiendo a domesticar mis emociones y no iba a movilizarme por motivos ajenos. No. No podía irme. Si me iba en ese estado…, ¿qué sería de la criatura que comenzaba a crecer en mi interior?
En ese momento, el amor que sentía por Arturo pasó a un segundo plano. Ahora él formaba parte de ese reino que me ultrajaba. Ahora se trataba de mi futuro hijo y de mí.
Hice un esfuerzo por recuperar el ritmo de mi respiración, tal y como Sibila me había enseñado, mientras esperaba a que esos zafios abandonasen el corredor. Cuando me aseguré de que fuera ya no había nadie, salí del domus herbarum con el firme propósito de abandonar ese proyecto para siempre.
Al dar la vuelta a la esquina, vi a Uriens aproximándose por el pasillo. Lo esperé. Una idea tomaba forma en mi cabeza.
—¿Os encontráis bien, señora? —me preguntó—. Estáis muy pálida y os brillan los ojos.
No respondí. Estaba pensando.
—Disculpadme, soy un grosero. Llevo tanto tiempo solo que he perdido la costumbre de hablar con una dama. Si me permitís, querría señalar que esa palidez y el resplandor de vuestra mirada resultan deslumbrantes. Lamentaría haberos molestado. Es más, yo…
—Quedad tranquilo. No lo habéis hecho —interrumpí, forzando una sonrisa—. Iba a dar un paseo por los jardines. ¿Deseáis acompañarme?
Vi que en su rostro se dibujaba un gesto de sorpresa.
¿Quizás era demasiado atrevido que una mujer invitase a un hombre a pasear?
Posiblemente sí. Uriens carraspeó varias veces con la intención de decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca.
Para aligerar el peso del momento, batí las pestañas y bajé la barbilla, simulando turbación.
—Será un placer —dijo él al fin.
Caminamos en silencio, el uno al lado del otro. Eso me permitía seguir ahondado en mis pensamientos. Llevaba demasiado tiempo movilizada por mi corazón; ahora debía hacerle caso a mi cabeza.
Era evidente que le gustaba a ese hombre.
¿Por qué no casarme con él? Si ya no iba a pasar el resto de mi vida con Arturo, ¿qué más daba este que otro?
El reino de Rheged quedaba lejos de Camelot.
Si me casaba con Uriens sin dilación, mi hijo pasaría como suyo y quedaría bajo su protección, alejándolo de la sospecha de ser el primogénito bastardo del rey, concebido en el vientre de una bruja (que además era su hermana).
Lo que tuviera que pasar después, lo pensaría tras el parto.
Mientras estas ideas rondaban mi cabeza, Uriens no dejaba de hablar de la enorme mesa que los carpinteros y artesanos acababan de terminar de instalar en el gran salón, con los nombres de cada uno de los caballeros escritos en oro sobre la tabla.
Merlín había asegurado que se trataba de letras mágicas.
Que el nombre de cada caballero que falleciera desparecería, surgiendo en su lugar el del que debía reemplazarlo. 92
—Ya se dice que hay tres grandes mesas en el mundo: la que acogió la última cena de Nuestro Señor, la que José de Arimatea y sus discípulos usaron la primera noche que pasaron en Britania ¡y la Mesa Redonda del rey Arturo! —concluyó Uriens.
—Vaya… —comenté, sin saber qué otra cosa decir al respecto.
Pero mi «vaya» sonó a: «¡Qué interesante! Por favor, contadme más. No dejéis de hablarme con vuestra dulce voz…».
Así que Uriens se envalentonó y me propuso que nos sentáramos en uno de los bancos de piedra que quedaban junto a los rosales.
Nuestros ojos se encontraron. Un segundo después deslizó su mirada a mis labios y entreabrió un poco los suyos.
Intuí que estaba imaginando cómo sería besarme. Osó tomar mi mano.
—Sois tan hermosa…
Suspiré, un poco sorprendida de lo rápido que estaba funcionando un plan que aún no estaba segura de querer llevar a término.
—Sé que es un momento complicado, con la reciente coronación de vuestro hermano y con sus planes de boda…, pero me preguntaba… Me preguntaba…, ¿cómo es que una mujer tan bella como vos aún no está casada?
—Pues… yo…
Volví a tomar aire. Sentía una gran presión en el pecho que me impedía respirar con normalidad.
—Disculpadme de nuevo. He vuelto a ser ofensivo y descortés.
Lo que quiero decir es que me gustaría pedir vuestra mano.
Habría hablado ya con vuestro padre, si se encontrase aún entre nosotros.
—Encogí el gesto—. Oh…, no, perdón. No tengáis en cuenta mis desaciertos.
Hablaré con vuestro hermano. Lo haré ahora mismo.
—No hace falta —interrumpí.
—¿No deseáis que lo haga?
Tragué saliva antes de responder.
—Lo que yo quiera hacer con mi mano no lo decide mi hermano. Os la entrego sin duda.
Uriens me contempló con los ojos brillantes.
—Me hacéis el hombre más feliz del mundo —aseguró—. Podemos casarnos en el reino de Rheged. Dentro de unas semanas, tras la boda del rey y lady Ginebra.
—Quiero casarme inmediatamente. Quizás podamos celebrar una sencilla ceremonia aquí mismo, tras la de mi hermano —sugerí.
—Pues he de darme prisa, entonces. He de ultimar los detalles del enlace. ¿Me excusáis?