Morgana 19. La Mesa Redonda
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19. La Mesa Redonda

Historia de Merlín Anónimo

Arturo era optimista, aunque yo estaba segura de que a mí me veían como a la reina Cleopatra y a él como a su hermano Ptolomeo XIII , que terminó sus días en el fondo del Nilo. Pero el amor nos volvía valientes e irreflexivos. Borrachos de pasión, nos creíamos invencibles.

Aprovechamos la ausencia de Merlín para rediseñar Camelot a nuestro gusto.

Aquel verano pasamos muchas horas juntos ideando una Torre de Astronomía similar a la que había en Ávalon, un edificio circular que se elevaría sobre la colina oriental.

Su piedra blanca estaría labrada con inscripciones cristianas, pero también con signos druídicos, ya que todas las sabidurías tendrían cabida allí.

Unas escaleras de caracol darían acceso a la planta superior, donde una cúpula conformada por paneles móviles se abriría a la totalidad del firmamento.

Convocaríamos a astrónomos de tierras lejanas: al hispano Severiano de Mérida, experto en eclipses; a Maelán Fiachra, de Hibernia, guardián de los antiguos cantos de los cielos; a la sabia griega Heliodora de Alejandría, voz viva de los estudios de Hipatia.

Desde allí se trazarían los nuevos mapas de las estrellas.

La Torre de Astronomía de Camelot sería la envidia del mundo.

Para la construcción del dispensario y el hospital, donde atenderíamos las enfermedades de la población, y guiada por mi experiencia, diseñé salas con amplios ventanales para que entrasen la luz del mediodía y el fresco aire de las arboledas cercanas, capaz de alejar el miasma.

Los lechos estarían dispuestos en orden, cubiertos con sábanas limpias de lino blanco y cálidas mantas.

Habría un domus herbarum donde almacenar y preparar las fórmulas medicinales: tinturas, polvos, ungüentos, tisanas, electuarios…

Las hierbas aromáticas se cultivarían en un h ortus sanitatis anexo.

Insistí en que las mujeres que atendieran ambas entidades no dependiesen de ninguna orden monacal: serían libres de elegir su destino. Bastaría su deseo de ayudar al prójimo para ser aceptadas. En Camelot se haría realidad el sueño de mi querida Sibila.

Pero la población se mostraba escéptica a creer que torres para mirar las estrellas o almacenes de hierbas secas mejorarían su calidad de vida. A estas alturas esperaban que el nuevo rey estuviese ya embarcado en alguna campaña militar, en lugar de andar jugando a las casitas con su hermana.

En un momento dado comenzaron los rumores de que Arturo y yo nos amábamos de manera poco fraternal.

Nos delataban los movimientos lentos, el lenguaje sin palabras, la piel buscando la piel del otro.

Nos sentábamos muy juntos durante las comidas, aunque la mesa fuera enorme.

Reíamos de manera floja los susurros. Masticábamos despacio cada bocado, mirándonos a los ojos, saboreando en realidad al otro, aunque estuviésemos comiendo un trozo de repugnante remolacha.

Desaparecíamos durante horas o días, envueltos en un ardiente torbellino que nos incitaba morir en los brazos del otro para luego resucitar; así una y otra vez.

Nos fundíamos, nos enlazábamos, piernas, bocas, humedad, olores suyos y míos que unidos destilaban una fragancia única; como de acantilado derramándose en un mar salvaje.

Tras varias semanas viviendo acordes al dictado de nuestros deseos inmediatos, Merlín se presentó de nuevo en Camelot para devolvernos a la realidad.

Llegó encabezando una hilera de carros tirados por bueyes que dejaron marcas de roderas en el impecable camino de ascenso al castillo.

Fue más tarde cuando nos enteramos de que transportaban el símbolo de lo que sería, a partir de ese momento, el reinado de Arturo: la que llegó a conocerse como la Mesa Redonda.

Era tan inmensa que tuvieron que traerla despiezada.

Merlín se plantó en el gran salón y comenzó a dar órdenes a los esforzados hombres que cargaban los doce segmentos de roble macizo, cada uno reforzado con herrajes, que podían volver a unirse mediante encajes invisibles ajustados con espiguillas y llaves de bronce.

Todo el conjunto se apoyaba en un anillo interior de vigas cruzadas que mantenían la mesa nivelada.

—Tu padre me encargó su diseño —le explicó Merlín aArturo, estando yo presente, mientras los montadores iban y venían de los carros—.

Quería que pudiese acoger cómodamente a doce caballeros, pero también a cincuenta…

, o a ciento cincuenta, o a ochocientos.

Que se adaptara a las necesitades del momento. Es mágica —aclaró.

Siguió explicando que su forma no se decidió a la ligera.

El propósito era que todos los que se sentaran en torno a ella se sintieran iguales al rey.

Así fortalecerían la alianza de Britania.

Serían más que compañeros; casi hermanos, una familia por la que no lamentarían abandonar a la de su propia sangre.

Una vez ensamblada, la mesa parecería hecha de una sola pieza, inquebrantable y sin fisuras, lo cual era al mismo tiempo práctico y simbólico: un círculo formado por diversas partes que solo podría sostenerse con la unión de todas ellas.

—He tenido que ir a buscarla al reino Carmelide —explicó Merlín—.

Úter se la dejó en custodia al rey Leodegrance.

Y él la devuelve junto a cien caballeros que quedarán a tu servicio.

Ya están de camino. Vienen algo retrasados porque escoltan a su hija Ginebra y su séquito de damas.

Calculo que tardarán un par de días en llegar.

Estos cien guerreros son su regalo de boda.

—¿Regalo de boda? —exclamó Arturo.

—Oh…, sí. Tu padre y el rey Leodegrance sellaron la promesa de unir sus casas hace años, cuando Ginebra y tú erais unos niños.

El corazón me dio un vuelco.

—Lo siento. Eso no va a suceder —aseguró Arturo.

Merlín lo miró con firmeza antes de responder.

—No puedes romper un compromiso como este.

Sería una ofensa para un rey que siempre fue fiel a tu padre.

Si rechazas este matrimonio, no solo se quebrará la palabra de tu linaje: también te mostrarás como un rey caprichoso e inconstante.

¿Quién querría en el futuro pactar contigo si no respetas los compromisos heredados de tu padre?

—¿Y qué confianza puede despertar un rey que acata órdenes de un hombre al que ni siquiera conoció? Unos huesos no dictarán desde la tumba con quién debo compartir mi vida. Mi padre tuvo su tiempo de reinado, durante el cual tomó sus propias decisiones. Reclamo para mí el mismo derecho.

—No debes ver esta alianza como una cadena, Arturo. Al contrario —aseguró Merlín—. Es una armadura para Britania. Cuando veas a la joven Ginebra, cambiarás de opinión. No hay joven más bella en el mundo conocido. Es culta, delicada… es…

—Amo a otra mujer.

Se me heló la sangre en las venas. Por un momento temí que pronunciase mi nombre y que el reino se rompiese en mil pedazos.

Ya había atravesado por mi mente la idea de lo que pasaría si descubrían nuestro amor.

¿Cómo explicar el embrollo de nuestros orígenes?

¿Cómo equilibrar la vida mágica de Ávalon con la cristiana de Camelot?

¿Qué implicaría eso para un rey recién coronado que aún debía ganarse la confianza de su pueblo?

Todas esas preguntas, y otras muchas más, habían navegado en mi mente, pero las había lanzado al olvido al no encontrar respuesta.

En los últimos tiempos no quería pensar, solo sentir.

Merlín observaba a Arturo, perplejo, pero enseguida retomó la firmeza para insistir.

—El amor es una llama que termina por languidecer. La diplomacia es el acero que perdura.

—Lo siento —zanjó Arturo—. Mi decisión ya está tomada.

Se dio la vuelta y abandonó el gran salón.

Queridísima Ganieda:

¿Recuerdas la dicha que revelaba mi anterior carta?

Puedes hacer una bola con ella y lanzarla al fuego.

Cuando creí haberme librado de las intrigas de Úter, descubro que no.

Desde el más allá sigue empeñado en perjudicarme.

Parece que no estaba tan desentendido de la vida de Arturo como pensaba.

Tu hermano y él decidieron su destino hasta en el más mínimo detalle.

Adquirieron un compromiso con el rey Leodegrance de Carmelide para enlazar a su hija con él, una vez accediese Arturo al trono.

La muchacha se llama Ginebra y ya está en Camelot. Es angustiosamente perfecta.

Arturo ha manifestado su firme oposición al enlace, algo que tu hermano no puede entender, lo cual demuestra que somos mucho más hábiles que Merlín ocultando secretos.

Pese a todo, me inquieta que nuestro amor sea un lastre para ambos.

Como estrategia política, el matrimonio con Ginebra es incuestionable; hasta yo se lo recomendaría si no estuviese enamorada de él hasta más allá de la luna.

Por otro lado, temo que las consecuencias sean catastróficas si Arturo expresa a alguien más su deseo de romper el compromiso.

De momento, el rey Leodegrance no se ha dado cuenta de la resistencia de Arturo a pasar tiempo con su hija. Merlín excusa la falta de atención a las demandas de un reinado que comienza a dar sus primeros pasos.

Ginebra tampoco parece afectada por el desinterés de su prometido. Lancelot la acompaña en todo momento. Él se está encargando de que se sienta cómoda en Camelot.

Necesito pensar. Abrí una ventana en mi corazón para que entrase la luz de Arturo, pero temo que sea mi propia luz la que está escapando por ella.

Buscándote en mis sueños, se despide de ti,

Morgana

Junto al joven rey había ahora dos mujeres a las que admirar y reverenciar, y me asombraría si por un momento habéis pensado que las gentes del reino me prefirieron a mí en lugar de a Ginebra.