Morgana 18. Camelot #4
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18. Camelot #4

Aún me sorprende que Arturo y yo lográramos pasar nuestro primer mes juntos en Camelot sin tocarnos un pelo ni rozarnos una mano.

Insistí en ello. Explicar al resto del mundo los motivos por los que nuestra sangre no era la misma no haría más que alimentar mi legendaria imagen de bruja.

Por otro lado, la presencia de Merlín suponía un elemento disuasorio.

Pero está claro que no hay nada mejor para despertar el insomnio que reprimir una pasión.

El amor oculto no apaga la sed, ni sofoca el fuego, ni calma los nervios; muy al contrario, crece y crece y te devora por dentro.

Una noche, después de que Merlín hubiera desaparecido de Camelot sin avisar, como solía hacer, nuestras buenas intenciones se desbarataron.

Habíamos pasado parte de la tarde esbozando los elementos necesarios para poner en pie el hospital, hasta que Arturo insistió en enseñarme uno de los regalos que había recibido el día de su coronación: una cama que acababan de colocar en el centro de la cámara real.

Se trataba de una especie de armario horizontal, un cofre gigante de madera de roble que acogía al durmiente como si fuese un tesoro, encerrándolo completamente por los cuatro costados en una especie de cámara oscura.

Por fuera estaba labrado con trenzados geométricos y dragones alados, cuyas escamas parecían ondularse con el crepitar de las llamas de la chimenea de la alcoba.

—Ven —me propuso Arturo adentrándose en el interior de la cama armario.

Le seguí. Las sábanas eran de lino y estaban colocadas delicadamente sobre un colchón de esponjosa lana.

Él cerró la portezuela.

—Sirve para protegerse del frío y de las corrientes de aire… y de las miradas indiscretas —pronunció, casi en un susurro—. Se me ha ocurrido algo. Quizás podríamos acariciarnos sin hacerlo realmente. ¿Qué te parece?

En ese momento me pareció la mejor idea que un rey hubiese tenido hasta el momento; mejor que la búsqueda dela inmortalidad de Gilgamesh o los planes de conquistade Alejandro Magno. Así que nos desvestimos, convencidos deque las compuertas de madera nos aislarían de las críticas del mundo.

—Acaríciame sin acariciarme —ordené.

Colocó su mano cerca de mi mejilla y, a una pulgada de distancia, dibujó con el dedo índice mis labios.

Recorrió la curva de mi mandíbula, descendió por mi cuello y ahuecó su mano para acoger el halo de mis senos.

Sentí un estremecimiento aún mayor que el que sentía cuando de verdad nos tocábamos.

Perfiló el espacio entre mis costillas y el hueco de las caderas.

Respiré hondo, atraída por esa mano cálida, buscando ser yo la que acariciase la palma de su mano con mi vientre, pero él la alejó.

—Uy… casi te rozo —apuntó con picardía—. No estarás intentando hacer trampas. ¿O sí?

Por un segundo pensé en seguirle el juego. Me encantaba enzarzarme en duelos dialécticos con él, pero en ese momento no podía. De verdad que no.

—Bésame sin besarme —dispuse.

Y el rey acató mis órdenes. Acercó sus labios a mi boca; tan lejos como para no rozarnos, tan cerca como para que nuestros alientos se mezclasen.

Me hice dueña de sus jadeos, que se enredaron con los míos, formando un nudo que nos impedía respirar con normalidad.

Me rendí. Aferré su nuca y lo arrastré hasta mí.

Él no se resistió. Cerramos los ojos y el instinto nos espoleó como nunca, dejándonos desarmados de buenos propósitos, vencidos por esa sensación pujante, cálida y única que solo puede despertar el cuerpo del ser amado.

Pasamos gran parte de esa noche fustigados por el deseo que llevábamos semanas conteniendo.

La penumbra nos envolvía; era como melaza, dulce y pegajosa.

No teníamos intención de dormir, pero en algún momento debió de atraparnos el sueño, porque Arturo soñó.

Se despertó agitado, con el corazón acelerado.

Se incorporó de golpe. Extendí la mano y le acaricié la espalda, con los ojos aún cerrados.

—¿Qué pasa? —balbuceé.

—Algo ha ocurrido —afirmó.

Me incorporé y le abracé, posando mis labios en su hombro. Allí coloqué un beso.

—Estabas soñando —le aseguré.

—Era algo más que un sueño. Era… Era… No sé.

Entonces Arturo, entre titubeos, comenzó a desgranar lo que había soñado.

Dijo que creyó haberse despertado con hambre.

Que miró a su derecha y me vio dormida, con las ondas negras de mi cabello derramadas sobre la almohada.

Acarició la curva de mi cadera desnuda antes de incorporase, cubrir su desnudez y caminar hacia la despensa.

Allí encontró una suculenta manzana roja.

La mordió con ansia. Estaba masticando el bocado, saboreando el dulzor jugoso, cuando de pronto sintió un movimiento en su costado derecho.

Bajo una de sus costillas se sacudía una lengua viperina.

Se agitaba de arriba abajo, y de pronto asomó la cabeza de la serpiente.

Se abrió paso sin dificultad entre su carne, haciéndose gigante.

En cuestión de segundos, el reptil ocupaba todo el espacio de la cocina.

Le brotaron alas y escapó por la ventana en completo silencio.

Sobrevoló la ciudad de Camelot, lanzando llamas por sus fauces abiertas.

Las casas, los campos de cultivo, los bosques… Todo ardía.

—Todo ardía —se estremeció Arturo—. Así que tomé un arco y flechas.

Comencé a disparar a la serpiente, hasta que al fin acerté en su corazón.

Pero ella posó sus ojos en mí. Voló a mi encuentro y, antes de morir, me clavó sus dientes afilados.

Sentí el veneno correr por mis venas y supe que yo moría con ella.

Caí al suelo junto al cuerpo de la serpiente.

Y entonces alguien susurró mi nombre y…, me desperté.

Lo atraje hacia mí, recostándole contra mi pecho, mientras lo acunaba como si fuera un niño.

—Tu madre siempre decía que las hadas no debían contar sus pesadillas, porque la reina Mab las convierte en realidad — le informé.

—Es una suerte que yo no sea un hada —se burló él.

—Pero eres encantador.

Él me miró de reojo y alzó una ceja. Imité su gesto.

Intentaba parecer relajado, pero yo podía sentir la inquietud que aún bullía en su interior.

—¿Te acuerdas cuando me dijiste que lo que me diferenciaba de los reyes anteriores eran mi corazón y mi alegría? — preguntó mientras me acariciaba suavemente el pecho.

—Por supuesto. Siempre recuerdo mis frases gloriosas.

Sonrió.

—Tengo algo más valioso que eso —dijo.

—Ilumíname.

—Te tengo a ti.

Había algo de magia en la manera en la que pronunciaba ciertas palabras que provocaba que se me desbocara el corazón.

—Me alegro de que no seas un hada. Te prefiero humano —musité un instante antes de besar sus labios.

La pasión volvió a adueñarse de nuestros cuerpos, pero el sueño de la serpiente no terminó de diluirse; perduró palpable en el recuerdo de Arturo.

Días más tarde, requirió los servicios de un célebre pintor. El rey quiso que lo representara en un fresco, en la pared sur de la iglesia de San Esteban.

Así fue como la serpiente que hacía arder Camelot pasó a ser un ingrediente más de los poemas y canciones de los bardos hasta que se convirtió en profecía.

85 La muerte del Rey Arturo . (1996). España: Alianza Editorial.

86 La imagen del caballero velando sus armas se desarrolló en la Edad Media.

En la práctica consistía en varios pasos.

El caballero en cuestión se bañaba como símbolo de purificación; se cubría con una túnica blanca como señal de pureza; con un manto rojo como señal de valor; y otro negro, en señal de luto por los caballeros caídos en batalla.

Debía acudir a una iglesia y depositar las armas sobre el altar.

Pasaba la noche en vela, rezando de rodillas, pidiendo a Dios ser digno del honor de ser armado caballero.

Por la mañana, se celebraba la misa y, acto seguido, se le armaba caballero.

87 En la mitología griega, Iris es la diosa del arco iris, mensajera de los dioses, sobre todo de Hera.

Suele representarse como una joven alada que desciende por el arco iris para llevar las órdenes divinas al mundo de los mortales.

A diferencia de Hermes, que a menudo servía de emisario a Zeus, Iris representa una conexión delicada y sutil, casi poética, entre la tierra y el cielo.

Es portadora de noticias que, aunque sean inevitables, se entregan envueltas en la belleza colorida del arco iris.

88 Casi todos los árboles se asocian a algún concepto sagrado desde el inicio de los tiempos. Los druidas rendían culto a los robles. Existe un viejo dicho: Faerie folks are in old oaks (‘Las hadas están en los viejos robles’).

89 Merry Maidens .