Morgana 18. Camelot #3
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18. Camelot #3

—En él encuentran cobijo las hadas buenas —seguí diciendo yo. Y enumeré—: Y el fresno protege de los espíritus malévolos. Y el avellano da frutos que aportan sabiduría. Y el manzano, poder y juventud; pero aquellos que duerman bajo sus ramas corren el riesgo de ser secuestrados por las hadas.

Entonces, Uriens y yo recitamos al unísono la antigua tonada.

El olmo se lamenta, el roble odia, el sauce camina si viajas tarde.

Ambos lanzamos una carcajada que ningún otro en la sala secundó.

—Es como si ya hubieseis estado en el reino de Rheged — concluyó Uriens.

—No tengo el gusto, pero estoy segura de que debe ser un lugar maravilloso.

—Debe de ser difícil negociar tratados en vuestro reino — intervino Arturo—. Los mensajeros tardarán años en llegar, si han de atravesar bosques habitados por árboles tan temperamentales.

Uriens aceptó la broma. Antes de volver a sentarse, me dedicó una mirada mientras inclinaba levemente la cabeza. Fue un gesto tan sutil que pudo haber pasado inadvertido para la mayoría, pero no para Merlín, que no había dejado de observarme desde la otra esquina del gran salón.

Entonces se dispuso a hablar Cador, al que me costaba considerar el actual duque de Cornualles. Se trataba de un anciano con manos como raíces que carraspeó de forma insistente hasta que consiguió que la atención recayese en él.

—En mis tierras hay un círculo de piedra que llamamos las Alegres Doncellas 89 —informó—.

Son un grupo de diecinueve muchachitas de la zona que recibieron un castigo por bailar los domingos, en lugar de asistir a misa.

Al parecer, un mago, puede que algún antepasado vuestro, señor Merlín, las convirtió en piedra —explicó, dedicándole una mirada de reojo—.

Ahí han quedado las pobres, paralizadas mientras danzaban en corro.

Cerca de ellas están también el gaitero y el tamborilero que las acompañaban en su diversión.

—De ello se podría extraer la moraleja de que es mejor no invitar a un mago a una fiesta —añadió Arturo. Una carcajada generalizada sacudió el salón—. Disculpad, Merlín, solo bromeaba.

La charla había relajado el ánimo de los asistentes, lo cual, tratándose de aquellos caballeros, podía considerarse todo un logro.

Pero entonces el rey Lot se incorporó con estudiada lentitud. Antes de hablar, besó la mano de su esposa, Ana, para que todos se hicieran conscientes del parentesco que le unía con el rey.

—Espero majestad que, con vuestro ascenso al trono, las fronteras de Lothian sean por fin respetadas —dijo—. Hace años que tenemos un conflicto con la aldea de Dunbrae. Según consta en los anales de nuestra familia, ese territorio nos pertenece desde mucho antes de la llegada de los romanos.

—Lamento vivamente que quienes escribieron esos anales tuvieran tan frágil memoria —replicó Uriens, incorporándose también, con gesto desdeñoso—. Los hombres olvidan, pero las piedras no. Y mi bisabuelo alzó allí un enorme torreón, del cual aún pueden verse los cimientos.

—En algo estoy de acuerdo con vos —contestó Lot—: la piedra no miente. Y en Dunbrae también está la cruz de piedra que mi familia hizo colocar sobre la colina.

El ambiente se enrareció. Por un momento, temí que la armonía se deshiciera por culpa de dos hombres que se disputaban una aldea que pocos de los presentes sabrían localizar en un mapa. Pelinor tomó la palabra:

—Caballeros, si me permitís un inciso… Yo pasé por Dunbrae el pasado invierno y allí no había más que campos llenos de maleza, una cruz estropeada y un torreón derruido.

Uriens lo fulminó con la mirada.

—Quizás seáis tan hábil valorando terrenos como atrapando bestias invisibles —espetó con desprecio.

Pelinor apretó los puños. Entonces Arturo se aproximó a ellos y dijo con voz calmada:

—Mis señores, os he escuchado con atención y me surge una duda. Dunbrae parece un lugar que a ambos interesa. Sin embargo, ¿por qué hay campos sin cultivar y construcciones derribadas?

Uriens frunció el ceño, incómodo.

—Los campos no se cultivan porque allí no hay nadie… —dijo.

—… ni nadie quiere reconstruir algo en un territorio cuya propiedad se pone en duda —remató Lot.

—Os disputáis una piedra preciosa que ninguno quiere tallar, pero sí heredar —resumió Arturo.

Un leve murmullo recorrió el gran salón—.

No habrá disputa —concluyó—. Dunbrae será gobernado por un concejo de dos: uno elegido por Lot y otro por Uriens.

Firmaréis un pacto ante mí. Cada uno contribuirá en la reparación de las construcciones y en el cuidado de los campos de cultivo.

Las cosechas se repartirán a partes iguales entre ambos reinos.

Si uno de los dos falla, el otro tendrá derecho a administrar Dunbrae al completo durante el siguiente año.

—¿Y si ambos cumplimos? —replicó Lot.

—Entonces Dunbrae será un lugar en el que muchos desearán vivir.

Hubo una pausa. Los hombres se miraron durante unos segundos, hasta que Lot levantó su copa. Uriens le imitó. Ambos apuraron de un trago su vino.

—Señores —dijo al fin Arturo—, quiero que este castillo sea el lugar en el que encontréis acomodo.

Como podéis ver, he ordenado decorar la pared de este salón con escudos aún sin pintar.

Mi intención es que en ellos luzcan los blasones de vuestros lugares de origen.

—Empezó a caminar entre los caballeros y las damas—.

Si queremos ser grandes, tenemos que permanecer unidos.

Que nada nos excluya o aleje. Todos seremos uno.

Pongamos el corazón y el alma al completo en lo mínimo que hagamos.

Y así toda Britania se reflejará en los lagos y ríos del norte.

Toda Britania danzará al ritmo de las Alegres Doncellas.

Toda Britania conocerá nuestras glorias.

¡Quiero ver todo el universo desde Camelot!

Y quiero que me veáis a mí desde vuestras tierras.

Seremos entonces del tamaño de lo que vemos.

—Levantó su copa, antes de seguir hablando—.

Brindemos, damas y caballeros. ¡Por Britania!

—¡Por Britania! —gritamos al unísono.

Tras terminar aquella primera reunión, un grupo de nobles decidieron quedarse en Camelot durante una temporada con la idea de dar forma a una alianza de caballeros, una unión que les permitiría elevar Britania por encima de cualquier otra tierra conocida hasta ese momento.

Uriens era uno de los que mostraron su buena disposición a apoyar al nuevo rey. Esa noche, cuando caminaba por el corredor camino de mis aposentos, le oí pronunciar mi nombre. Un leve rubor brotó en su rostro cuando me di la vuelta.

—Solo quería deciros que me es muy agradable volver a veros —comentó, colocándose a mi altura.

—¿Volver a verme?

—Os conocí cuando erais solo una niña. Vuestro padre nos acogió en el castillo de Tintagel el día que regresamos de Hibernia de…

—Recuerdo bien esa noche —le interrumpí.

—Lamento lo que ocurrió… Yo…

—Por favor…, preferiría no hablar de eso en este momento.

Casi balbuceando, me pidió disculpas, tras las cuales se enredó en un discurso en el que halagaba el color añil de mis ojos, al mismo tiempo que describía la climatología del reino de Rheged, responsable del carácter de los árboles de los que había hablado durante la reunión.

—Mi castillo, así como el resto de mis tierras, quedan a vuestra entera disposición, si deseáis conocerlas —indicó.

Le di las gracias antes de despedirme.

Mi queridísima Ganieda:

Camelot es una maravilla. Aquí la magia se respira en todo lugar. De las trompetas que suenan en las torres brotan notas de plata; ello indica que las hadas aún perfeccionan detalles de la ciudad.

Creo no faltar a la verdad (ni pecar de presunción), si señalo que, pormuy elegantes y célebres que hayan sido los asistentes alacoronación, fue mi persona quien más miradas atrajo.

Podía sentir loscuchicheos que se vertían a mi paso.

Los pocos que no conocían lahistoria de que la hermana del rey se había librado de una condena por brujería, se enteraron ese día.

Les parezco la prueba palpable de que hasta las más insignes familias cuentan con su propia oveja negra.

Y hablando de brujería… Le he propuesto a Arturo dedicar una de las torres más altas de su castillo al estudio de los astros, así como crear un dispensario y un hospital similares a los que teníamos en Almesbury. Creo que se pueden hacer grandes cosas en esta ciudad.

Arturo y su madre se conocieron al fin. Él besó su mano y le dio las gracias por traerle al mundo.

Lady Igraine no paró de llorar. Ha decidido retirarse a un convento y vestir hábito lo que le reste de vida; así de afectada está por la muerte de su marido.

Ahora que conozco lo que es el amor, entiendo lo mucho que sufre.

Aunque, para ser sincera, su dolor no me conmueve lo más mínimo.

Me está costando aceptar que el ducado de Cornualles esté ahora en manos de alguien nombrado por Úter.

Gorlois sigue en mi corazón, ocupando el lugar de un padre.

Ya le he explicado a Arturo que nuestros árboles genealógicos parten de raíces separadas.

Pese ello, el resto del mundo nos considera hermanos, lo cual supone un conflicto en estas circunstancias.

Parece típico de mí elegir caminos tortuosos.

Oh…, Ganieda…, a su lado siento alteraciones muy hu- manas.

Desde el otro lado de la bruma, se despide de ti,

Morgana