18. Camelot #2
A primera hora de la mañana me encontraba en la ventana de mi cámara, convocando a la diosa Iris 87 para enviar un mensaje a Ganieda, cuando el atronador sonido de las trompetas anunció la procesión de los asistentes a la coronación.
Carrozas y caballos engalanados quedaron enmarcados por el arco iris que conectaba en ese momento Camelot y Ávalon en lo que todos interpretaron como una señal divina.
Recorrieron las calles de la ciudad a ritmo de tambores, en dirección a la iglesia que Merlín había alzado bajo la advocación de san Esteban.
Recortados contra la luz dorada del amanecer, ofrecían un espectáculo embriagador, casi quimérico.
Los heraldos y portaestandartes trotaban orgullosos entre los carruajes, con sus enseñas, pendones y banderas ondeando al viento.
Más de setecientas personas, entre reyes, duques, condes, barones, caballeros y nobles, con sus esposas e hijos, fueron convocados a la ceremonia.
Entre ellos estaba Cador, al que Úter había entregado el ducado de Cornualles; el rey Angusel, de Albania; el conde Urbgenio, de Kaerbadum; el rey Gilomán, de Hibernia; Malvasio, rey de Islandia, y Hoel, duque de los britanos de Armórica.
También llegaron un buen número de renombrados héroes: Donaut, hijo de Papo, célebre por extraer una muela dolorosa al dragón que asolaba su aldea; Queneo, hijo de Coil, que en una ocasión detuvo una batalla tras anunciar a sus enemigos que esperaban refuerzos (sin ser cierto); o Peredur, hijo de Eridur, famoso por enfrentarse a una manada de lobos armado con una cuchara de madera y su mirada retadora.
Asistieron los obispos de las tres sedes metropolitanas: Londinium, Eboracum, así como Dubricio, de Caerleon, que había sustituido al obispo Paulinus.
Él fue el encargado de oficiar la ceremonia en la iglesia de San Esteban.
Al finalizar, la comitiva al completo se dirigió al gran salón, situado en el corazón del castillo de Camelot. Allí juraron lealtad al nuevo rey.
El techo abovedado, apoyado en gruesas columnas de piedra, se intuía entre las humeantes sombras. Un roble ardía en la formidable chimenea. Bajo un dosel de seda brocada en tonos escarlata, elevado sobre una plataforma, se alzaba el trono.
Tal y como Arturo había sospechado, pese al interés que su persona había despertado en el pueblo llano, los grandes señores parecían recelosos de su juventud.
Algunos lo miraban con escepticismo; otros, con cautela, y aquellos que en algún momento juguetearon con la idea de suceder a Úter, con rivalidad.
Y aunque ninguno en el pasado demostró tener una mínima predisposición a la concordia, la diplomacia o la avenencia con sus vecinos, todos se consideraban mucho más preparados que él para hacer grande a Britania.
Era costumbre aprovechar las coronaciones para renegociar toda clase de privilegios.
Buena parte de los presentes venía con la intención de calibrar el talante del nuevo rey, esperando poder manipularlo y sentar las bases de sustanciosas condiciones para sus tierras.
En ese primer encuentro esperaban escuchar un discurso bélico por parte de Arturo.
Pero él parecía dispuesto a romper con todo lo que habían conocido hasta ese momento, comenzando por el protocolo.
El monarca, en lugar de dejar clara su superioridad sentándose en el trono, paseaba entre ellos con gesto templado: más observador que insolente, más respetuoso que apocado.
Comenzó su discurso felicitando a los presentes por sus gloriosos linajes.
Enumeró las múltiples ocasiones en las que su padre, el fallecido rey Úter, encontró apoyo en ellos y señaló la certeza de que, de no haber sido por esas circunstancias, él no se encontraría allí en ese momento.
E hizo hincapié en la conmoción que le había supuesto descubrir lo que el destino le tenía deparado.
—Estimados caballeros —continuó diciendo—, al conocer cuán grandes son vuestras virtudes y logros del pasado, me surge una pregunta: ¿por qué, pese al tiempo que llevamos sufriendo el acoso de los bárbaros, y pese a que me consta que estáis dispuestos a dar la vida por Britania…
, por qué, en suma, no se ha logrado jamás mantener el reino unificado?
Se trataba de una pregunta sencilla. O eso parecía. Pero no lo era. De hecho, a ninguno de los presentes le agradó escucharla, pues no tenían la respuesta. Se oyeron un par de tosecillas al fondo. Tras varios segundos eternos, Arturo añadió:
—Intuyo por vuestro silencio que es nuestra responsabilidad el trabajar juntos para encontrar una solución.
El rey Angusel, de Albania, que tenía la virtud de hablar como si estuviese presentando una acusación formal, tomó la palabra:
—Majestad, hemos venido a jurar lealtad, como manda latradición, pero también queremos tratar ciertos asuntos…
—¡Me encantan los asuntos! —exclamó Arturo con tono jovial—. Resolver asuntos antes de que se conviertan en problemas es una de mis aspiraciones. ¿Cuáles son vuestros asuntos? Ansío conocerlos. Conocerlos de verdad. Quiero conocer el alma de cada una de vuestras tierras y gentes.
Los caballeros se miraron los unos a los otros con gesto interrogante.
—¿Conocernos? —preguntó el rey Angusel como si le estuviesen ofreciendo una copa de vino en la que se sospecha que también se han deslizado unas gotas de veneno.
—Sí. Eso me complacería. —Arturo se acercó a él—.
Si voy a reinar en un territorio tan lleno de historia, quiero estar al tanto de sus particularidades.
Quiero saber quién vive en él y cómo lo sienten sus habitantes.
Y nadie describe mejor su tierra que aquellos que la aman.
—Arturo me dirigió una mirada cómplice. Yo sonreí.
Los grandes señores hicieron un esfuerzo por dejar a un lado los discursos severos que traían preparados para rebuscar en su memoria las peculiaridades de sus regiones. Al fin, Pelinor de Listenois intervino:
—En mis tierras no tenemos dragones, ni gorgonas, ni endriagos…, pero sí a la Bestia Aulladora.
—Habladnos de ella —instó Arturo.
—Se trata de una criatura realmente aterradora. Llevo persiguiéndola desde el día de San Miguel.
—No hace demasiado, entonces…
—Desde el día de San Miguel de hace diecinueve años —aclaró Pelinor.
—Oh…, bueno…
—Es una tradición de los hombres de nuestra familia el perseguirla —justificó—.
Nos educan con la conciencia de que debemos darle caza.
Lo primero que aprendemos es a inspeccionar sus fiemos.
Los buscamos, recogemos y conservamos en recipientes que etiquetamos con minuciosidad, señalando el lugar y fecha en los que los hemos encontrado.
Así podemos determinar sus recorridos, sus costumbres alimentarias y su estado de salud.
Aquello produjo una exclamación generalizada de repugnancia, pero he de señalar que a mí me pareció una táctica de lo más inteligente.
De hecho, en el hospital, apoyábamos muchos de nuestros diagnósticos en la uroscopia.
Utilizábamos la mátula para observar el color, consistencia y olor de los orines, lo cual nos permitía saber si alguien padecía problemas en el hígado o sufría la enfermedad del azúcar.
Es seguro que lo mismo puede hacerse con las deposiciones animales.
—¿Y qué aspecto tiene la Bestia Aulladora? —preguntó Arturo, interrumpiendo la chanza.
—Mide cien pies de alto. Tiene cabeza de serpiente, cuerpo de lagarto, grupa de león y pezuñas de ciervo. —La genteguardó silencio ante la espantosa descripción—. Produce un espeluznante bramido, como de cuarenta lobos hambrientos aullando a la vez.
—Debe de resultar impresionante —señaló Arturo.
—Por supuesto —se jactó Pelinor—. Por eso le llamamos la Bestia Aulladora.
—Se encogió de hombros antes de seguir explicando—.
Pese a ello, se trata de una criatura relativamente razonable.
No devora ganado ni arrasa cosechas. Se conforma con recibir cada primavera un barril de cerveza que dejamos ante la entrada de una cueva, en la que creemos acude a pasar el invierno.
—¿Y cuándo la avistasteis por última vez? —preguntó el rey.
—Bueno…, no la hemos visto jamás.
Se hizo el silencio.
—¿Solo la oís?
—A decir verdad, nadie puede asegurar que la haya oído.
El obispo arqueó una ceja.
—Comprendo… —respondió Arturo.
Entonces tomó la palabra Uriens de Rheged.
Era uno de los hombres que en el pasado luchó junto a mi padre para conseguir que Aurelio Ambrosio se hiciese con el trono de Britania.
Pese al paso de los años, seguía conservando una imponente presencia.
Se trataba de un hombre maduro, de cabello gris y pequeños ojos verdosos enmarcados por finas arrugas.
Tenía la piel curtida y hombros anchos de guerrero, pero la amplitud de su vientre denotaba que ya no era el luchador de antaño.
Su esposa había fallecido hacía más de diez años, y él no había mostrado ningún interés en volver a desposarse.
Venía acompañado de su hijo, Ywain, que era una copia más joven de él.
—En Rheged, los robles se ofenden terriblemente si los cortan 88 —indicó con media sonrisa.
—La gente antigua los consideraba semidioses —señalé yo.
Todos volvieron la cabeza para mirarme. Uriens también. Parecía complacido.
—Así es —afirmó—. Las gentes de mi tierra aseguran que un bosque de robles que haya crecido sobre las raíces de uno talado tiene carácter perverso y resulta un peligro para los caminantes que lo atraviesan.
—Más aún si en su lecho crecen campánulas azules —añadí.
Él volvió a sonreír antes de seguir hablando.
—Aunque los sauces son aún más siniestros —precisó—. Se desenraizan en las noches sin luna y siguen a los viajeros solitarios, susurrándoles tormentos. En cambio, el saúco es generoso, siempre que se le muestre cortesía.