18. Camelot
La muerte del rey Arturo Anónimo
Los romanos habían atravesado Britania con carreteras que se extendían desde los fuertes que defendían el muro de Adriano, en el norte, hasta las aldeas bañadas por el mar, en el sur.
De las fortalezas de los legionarios asentadas en el oeste, hasta el estuario del Humber, en el este.
Se decía que todos los caminosconducían a Roma, pero, en Britania, Merlín hizo que todosconfluyeran en Camelot.
Cuentan (y lo cuentan gentes que lo presenciaron) que el mago levantó la ciudad en el transcurso de una noche.
Eligió una colina arbolada, asentada sobre una gran llanura.
No muy lejos del camino de acceso se encontraba el río, escoltado por sauces y álamos.
Tras ellos, en ambas riberas, se extendían campos de cebada y centeno hasta donde se perdía la vista.
El viajero que llegara a Camelot a primera hora de la mañana vería surgir el castillo del rey Arturo entre la bruma del bosque, como un espejismo.
Las agujas, torres, almenas y tejados estaban salpicados con la enseña del Pendragón.
Quien se aproximase al caer la noche, vería las lucecillas de las casas en la falda de la colina, las antorchas que alumbraban el camino de acceso al puente levadizo, las hogueras tras las saeteras.
Camelot centelleaba entonces como una piedra preciosa.
Los días previos a la coronación de Arturo, la ciudad era un hervidero de actividad: aldeanos, campesinos, pastores, corpulentos clérigos, pajes con libreas de mil colores…
Se habían enviado mensajeros con las invitaciones a todos losreinos conocidos, desde las Galias hasta las islas cercanas.
Los invitados accedían por las vías romanas o navegandoel río en grandes barcazas.
Venían cargados de presentes parael futuro rey: espadas del mejor acero, arcos de tejo, lanzas, armaduras, hermosos caballos, sillas de montar y arneses, barriles de vino, hidromiel y cerveza.
También llegaron carromatos con mercaderes, saltimbanquis, bardos y curiosos atraídos por la promesa de hacer negocio durante los festejos de la coronación.
En ese tiempo se confirmó mi sospecha de que los seres humanos, por lo general, tienen alma de súbditos.
Ansían encontrar un dirigente a quien seguir y admirar, alguien que les diga exactamente lo que tienen que hacer, para así depositar sobre hombros ajenos la pesada carga que supone ser responsable del propio destino.
He de añadir que los atributos que encuentran más atractivos en esos líderes son la juventud, la belleza, la virilidad y los orígenes humildes.
Si sois sagaces, os habréis dado cuenta ya de que Arturo reunía todos ellos, así como otros cuantos más que solo hacían aumentar el interés en su persona.
A saber: concebido por el rey en extrañas circunstancias, protegido por Merlín, criado como un humilde escudero en el mayor de los secretismos…
La mayoría de sus súbditos pensaban que no encontrarían a nadie más adecuado al que rendir pleitesía.
El deseo de verlo, sentirlo, admirarlo y postrarse ante él era enorme.
Aquel halo de encanto que envolvía su figura se extendía a los que, de una u otra manera, habían formado parte de su existencia hasta ese momento.
Las gentes que se acercaron a la coronación oficial formaron largas colas a la puerta del castillo de Camelot con la esperanza de poder hablar con alguno de los allegados del futuro rey.
Para su fortuna, su padre adoptivo, Héctor, y su hermano de leche, Kay, se encargaron de distribuir información oficiosa sobre Arturo, al que consideraban de su propia sangre, según explicaron a todo el que los escuchaba.
Más de cien veces les solicitaron una descripción del momento en el que liberó la espada de la piedra.
Ellos con gusto satisfacían su curiosidad, añadiendo nuevos detalles en cada una de las versiones.
Héctor recordaba cómo Arturo, humilde como pocos, le había entregado la espada a Kay.
Y cómo Kay había insistido en que él era el verdadero rey.
Y cómo los tres se habían abrazado y habían llorado juntos.
Luego Arturo les había pedido que lo acompañaran a la corte y rogó a Kay que fuese su senescal.
En nuestra primera noche en Camelot, cuando todos se hubieron retirado a sus aposentos, Arturo acudió al mío acompañado de Cabal. Golpeó la puerta con los nudillos.
—Pero bueno…, ¿se puede saber qué hacéis aquí? —le pregunté al abrir. Eché un vistazo a derecha e izquierda para comprobar que no había nadie en el pasillo antes de tirar de su camisa y meterlo dentro de la alcoba. Cabal siguió sus pasos, meneando la cola—. ¿Estás loco? ¿Te ha visto alguien?
Él negó con la cabeza antes de hablar.
—Acabo de dejar a Lancelot en la iglesia para que vele sus armas durante la noche. 86 Mañana le armaré caballero. ¡Yo! — exclamó señalándose el pecho—. ¡Yo armando caballero a Lancelot! Esto es una locura. Estoy nervioso, Morgana. No sé a qué diablos he venido.
—Pues a coronarte —le recordé.
—A eso me refiero. ¿Crees que sacar una espada de una piedra prueba que puedo gobernar un reino?
Cuando todos esos hombres me vean con la corona en la cabeza, se reirán a carcajadas.
O, aún peor, quizás me atraviesen con sus espadas por considerarme un advenedizo.
—Se encogió de hombros antes de añadir—.
Ni siquiera me ha salido aún la barba, Morgana.
Hasta hace menos de un año le tenía que pedir permiso a mi padre para beber un vaso de hidromiel.
Reí.
—¿Y para qué quieres tomar hidromiel? Si no te gusta —le recordé.
—No bromees. Ya sabes a lo que quiero decir…
Ellos son guerreros veteranos. Conocen la geografía de Britania como la palma de su mano.
Y yo nunca, hasta ahora, había salido de mi ciudad.
Ellos están curtidos por mil batallas. Saben quiénes son sus aliados y sus enemigos…
, en quién pueden o no confiar. ¿Qué podría yo ofrecerles? ¿Por qué iban a seguirme a mí?
—Porque ya han seguido en el pasado a otros tan belicosos como ellos y ahí tienes la prueba de los pocos resultados obtenidos: décadas con los campos de cultivos arrasados, jóvenes enviados a luchar antes de aprender a vivir, alianzas entre nobles tan endebles como cirios expuestos al sol del verano, caminos inseguros por los que transitar, los sajones siempre al acecho…
—¿Y por qué iba a hacerlo yo mejor de lo que lo han hecho otros antes?
—Porque tú tienes algo que ellos ni siquiera reconocen como un valor necesario para reinar con sabiduría. —Me observó con gesto interrogante—. Tienes corazón .
Cabal, que para ser un cuadrúpedo contaba con bastante sentido común, lanzó un par de ladridos mientras meneaba la cola, dándome la razón.
—Ya… —suspiró Arturo, abatido.
—No me refiero a eso que palpita en tu interior.
—Coloqué la mano en su pecho y pude sentir que sus latidos se aceleraban a mi contacto—.
Ellos también tienen uno. De no ser así, ya estarían muertos —bromeé—.
Me refiero al corazón que da sentido a la vida.
A la capacidad de movilizarse por algo más elevado que la rabia o el orgullo.
Eres respetuoso con los que no están de acuerdo contigo.
Eres bueno y justo, Arturo. Y estás lleno de alegría…
, aunque te hayas puesto tan serio desde que llegamos a Camelot.
—No es seriedad, Morgana, es preocupación. Si algo he aprendido en estos años de mi padre y mi hermano es que, en esta tierra, la fuerza es lo que cuenta. Estoy seguro de que Lancelot, o incluso Kay, están más preparados que yo para ser reyes.
—No estoy en absoluto de acuerdo —rebatí—. La fuerza puede ganar batallas, pero son los astutos quienes ganan la guerra. Tu destino es unificar a un reino históricamente dividido. Imagina poder hacerlo sin derramar ni una gota de sangre. Britania ya ha sangrado demasiado, ¿no te parece?
—Ojalá ellos me vieran como me ves tú —dijo dulcificando la voz.
—Te veo así porque te conozco. —Le sujeté la barbilla para enfrentarme a sus ojos—.
¡Haz que te conozcan! ¡Conócelos tú a ellos!
Si quieres que te sigan…, si quieres saber quiénes son por dentro, desbroza su fachada de grandes guerreros.
Llega hasta su corazón. Para amar primero hay que conocer.
Pregúntales por sus tierras, que te hablen de ellos, de sus problemas y conflictos, de sus sueños y esperanzas.
Nadie se rebela contra aquel a quien ama.
—Yo te amo a ti —murmuró sonriendo, dirigiendo su mirada a mis labios.
Era evidente que la seguridad en sí mismo estaba regresando.
—Debes irte —espeté de manera rápida para espantar la fascinación del momento—. Mañana es tu gran día. No es buena idea que vayan a buscarte y te encuentren en la alcoba de tu hermana.
—Mi querida…, querida hermana… —pronunció despacio, con voz seductora.
—Que te vayas.
Inspiró ruidosamente por la nariz y echó atrás la cabeza, cerrando con fuerza los ojos.
—Tienes razón…, como siempre —protestó.
Sonreí. Abrí la puerta y miré a ambos lados del corredor para confirmar que no había nadie. Agarré a Arturo por el cuello de la camisa y lo saqué de mi alcoba con fingida resolución. Le di un par de palmaditas en el trasero a Cabal, y este salió tras él alegremente.
—Hasta mañana, majestad —me despedí, haciendo una burlona reverencia justo antes de cerrar la puerta.
Una vez a salvo, tras esa leve frontera de madera, me coloqué la mano en el pecho.
Aún podía sentir allí los latidos del corazón de Arturo.
Chasqué la lengua. Qué difícil iba a resultarme conocer y amar a quien todos consideraban mi hermano, y acallar al mismo tiempo las ansias de arrastrarlo hasta mi lecho.