Morgana 17. Liberada de la piedra #4
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17. Liberada de la piedra #4

No había apartado mis ojos de él mientras hablaba.

Era interesante ir descubriendo sus manipulaciones y, al mismo tiempo, ser consciente del envoltorio de hermosas justificaciones con el que las revestía.

Merlín quería ser un puente, sí, pero también quería cobrar tributo en uno y otro lado.

Quería ser el cortesano sigiloso que nunca elige bando para poder influir en ambas cortes.

Esa ambigüedad le hacía fascinante a los ojos de ambos mundos porque parecía que se unía a nosotros por un afecto genuino pero peligroso.

Al día siguiente se extendió una fina neblina sobre el lago de Diana.

No se trataba de una niebla común, sino que parecía plata vaporizada o aliento de cisne, la clase de niebla que solo aparece cuando el mundo de los hombres se vuelve permeable.

El nuevo rey de Britania se iba a legitimar ante Ávalon.

Arturo me estaba esperando en la orilla, junto a Merlín.

Ahora que conocía sus orígenes pude distinguir la herencia de lady Igraine: esa belleza que se ensombrecía ante el mínimo asomo de nostalgia.

En ese momento, los contornos de su rostro eran más angulosos, como si ya comenzara a reflejarse la responsabilidad depositada sobre sus hombros.

Nos subimos a la barca, tejida con hojas de fresno, costillas de sauce y con los cabellos de todos aquellos que aspiraron en algún momento a reinar sin llegar a conseguirlo.

Era tan estrecha que, de perfil, parecía el arañazo de una sombra, de manera que yo me situé en la proa y Arturo se colocó a mi espalda.

Aquella barca no necesitaba remos, ni velas, ni brisa; navegaba sola sobre un surco abierto por las propias aguas.

Se asomaban a la superficie las hermosísimas gwragedd annwn, los grindylow, los kappas, las delicadas asrai…

para corear a nuestro paso canciones que hablaban de viejas glorias y de profecías a punto de cumplirse.

—El lago de Diana se abre para nosotros —le informé, volviendo ligeramente el rostro.

—No deberías hablar en plural, sabes que se abre porque tú estás aquí.

—Ser el rey de Britania es un honor…, parece ser.

—Un honor que cuesta muy caro…, parece ser —musitó, colocando su mano sobre mi hombro.

Cedí a la tentación y acerqué mi mejilla.

Aquel sutil contacto me hizo dudar. ¿Podríamos huir?

Lejos. Donde nadie nos conociera, donde nadie esperase grandes sacrificios por nuestra parte.

¿Podríamos ser felices así? O acabaríamos dudando.

¿Era de verdad un honor ser quienes éramos?

Si era cierto lo que decían los bardos, si yo era una criatura de afectos inconstantes, ¿por qué me dolía tanto el corazón en ese momento? ¿Por qué me costaba respirar?

No me dio tiempo a seguir explorando esos pensamientos; nos acercábamos a la Isla Escondida.

Allí estaban Melusina y Circe, con su séquito de bestiecillas y elfos, observándonos desde la orilla.

Lanzaban pétalos de rosa que, al tocar la superficie, cambiaron la densidad del lago.

Seguía transparente, pero espesó hasta adquirir la consistencia del mercurio.

Sin previo aviso, emergió de entre las aguas el brazo nacarado de la Dama. Empuñaba una espada que parecía un fragmento de la propia aurora. Su filo no reflejaba la luz: la emitía, brillando como treinta antorchas alimentadas con aceite de nuez. La espada que Sedna le robó al espíritu del mar.

Me arrodillé para cogerla y se la ofrecí a Arturo. La sujetó por la empuñadura y el peso del acero pareció aligerarse, adaptándose al hueco de su mano. Poco tiempo atrás, esa misma mano se había adaptado a mi cuerpo.

Sus manos en la curva de mi cadera, en mis senos, en mi cintura…

—Excalibur 83 —informé, espantando el recuerdo—.

Forjada por Gofannon 84 en la fragua del otro mundo.

Con ella expulsarás al enemigo y unificarás Britania.

Y así ha de ser, porque se ha labrado como manda la tradición, al son de cánticos que profetizan la gloria eterna.

Es más ligera y manejable a mediodía. —Y susurré—: Es solo un préstamo; en el momento de tu muerte, deberás devolverla al lago.

Escuchar esa frase saliendo de mis labios me asustó. Lejos de Ávalon, él era un simple mortal.

—Arturo —musité.

No quería que me viera llorar, así que me agaché para tomar la vaina que había depositado en el fondo de la barca.

La había confeccionado con mis propias manos, aprovechandoel manto de terciopelo que los humanos bordaron con corales y madreperla para cubrir la imagen de santa Muirgen.

Añadí un dragón con escamas de oro que se enroscaba en espiral y que intentaba atrapar con la boca una manzana de rubí, símbolo de amor, pasión y valentía.

Coloqué dos zafiros en sus ojos para infundirle sabiduría, protección y nobleza, y pequeñas amatistas en el revuelo de sus alas, que convocan la templanza.

—La vaina vale diez espadas —le informé—. Mientras la lleves contigo, no sangrarás, por muy profunda o grave que sea la herida que te inflijan.

Se la ofrecí con el mismo gesto reverencial.

Al tomarla, los dedos de Arturo me rozaron la mano.

Fue un contacto acompañado de una intensa mirada.

Escuché que una voz en mi cabeza decía: «Huyamos».

Y leí en sus ojos un: «Pídeme que huyamos».

Pero ninguno de los dos pronunció palabra alguna y el sonido de los cuernos desde la orilla reclamó nuestra atención, devolviéndonos a la realidad del momento.

La barca reanudó su marcha.

Arturo introdujo a Excalibur en la vaina y colgó el conjunto en su cinturón. Suspiró antes de hablar.

—Pesa demasiado —dijo—. Solo no podré… No voy a poder… No me dejes solo, Morgana.

—Jamás. Siempre estarás donde yo esté —le aseguré antes de alcanzar la orilla, en la que nos esperaba Merlín.

77 La muerte del Rey Arturo . (1996). España: Alianza Editorial.

78 Homero hizo alusión al influjo de los astros en La Iliada con una predicción sobre el Perro de Orión, nombre por el que era conocida desde tiempos antiguos la estrella Sirio.

Dijo así: «EI anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de Perro de Orión, el cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta porque trae excesivo calor a los míseros mortales».

79 El anillo de Giges aparece en La República de Platón.

El personaje Glaucón reflexiona sobre la naturaleza de la justicia.

Según el relato, un pastor llamado Giges descubre una tumba.

En su interior, encuentra el cadáver de un gigante que lleva un anillo.

Giges lo coloca en su dedo y descubre que vuelve invisible a su portador.

Aprovechando esa circunstancia, seduce a la reina, asesina al rey y toma el trono.

Se trata de una fábula que plantea una pregunta: si los actos no tuvieran repercusiones punibles, si no se temiera contravenir las leyes o no se sufrieran las consecuencias del juicio de la sociedad, ¿seguiríamos comportándonos éticamente?

80 Hija del dios-río Aquerloo y de Calíope, nombre que deriva del griego kálos (‘bello’) y opos (‘voz’).

Tenía otras dos hermanas: Leucosia y Ligia.

Cuando las Musas les arrancaron las plumas, se retiraron a las islas Sirenusas, un archipiélago cuya isla más grande, Gallo Lungo, tiene forma de delfín.

81 La actual Nápoles.

82 Muirgen. Contiene los elementos gaélicos muir (‘mar’) y gen (‘nacido de’).

83 Existe cierta confusión respecto a Excalibur. Hay quien piensa que se trata de la espada que el rey sacó de la piedra. No es cierto. Aquella espada era pura utilería; de hecho, se rompió pocos días después mientras Arturo se batía con Pelinor de Listenois.

84 Deidad celta, experto trabajador del metal.