Morgana 17. Liberada de la piedra #3
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17. Liberada de la piedra #3

—¿Recuerdas la historia del rey Eochaid y Etain que te conté de niña, cuando te enseñé a jugar al ajedrez?

—¿La noche que te hiciste pasar por Britael? —Era una pregunta capciosa—. ¿Cómo podría olvidarla?

Él arrugó el ceño antes de seguir hablando.

—Naciste de esa unión. Te llamaron Liban.

Pero en el año 90 de la era cristiana, una fuente sagrada de vuestro reino se inundó.

Las aguas te arrastraron junto a tu perrito Branán.

Os salvasteis milagrosamente al alcanzar una cueva subacuática.

Aprendiste a respirar agua, te brotó una cola escamosa y a Branán lo convertiste en nutria, para que pudiera acompañarte.

Pasasteis más de trescientos años nadando de Hibernia a los mares del norte y al contrario.

El cristianismo ya se había asentado en la zona y un día, san Conmgall y uno de sus clérigos, Beoc, se embarcaron rumbo a Italia para hacer unas consultas al papa.

En mitad de la travesía, Beoc escuchó una voz melodiosa que brotaba de las profundidades marinas.

Pensó que eras un ángel. Pero tú enseguida le sacaste de su error.

Te presentaste de forma oficial y le hablaste de tu aventura.

Te pescaron yte llevaron a tierra firme.

—¿Me pescaron? ¿Y qué pasó con Branán?

—Escapó. Ya se había acostumbrado a la caricia de las olas, a comer pescado y a surcar los mares.

—Me parece lógico.

—Y más que te lo va a parecer cuando sepas los tiras y aflojas que se formaron cuando llegaste a tierra firme.

Todos se consideraban tus dueños. San Comgall alegaba que te habían capturado en la parte del mar que dependía de su diócesis.

Beoc, en cambio, pensaba que eras de su propiedad, ya que en un primer momento te habías dirigido a él.

Incluso el capitán del barco te reclamó para sí.

—No puedo creerlo.

—Así son los humanos, Morgana. —Suspiró, encogiéndose de hombros—.

No duraste mucho. Ya habías perdido la prácticade respirar fuera del agua y la piel se te secaba.

Te fuiste marchitando hasta morir. Devolvieron tu cuerpo al mar y llegaron a la conclusión de que eras una santa, así que decidieron levantar una iglesia en tu honor.

Tallaron en madera tu imagen pisciforme, policromaron tus cabellos y tu cola, colocaron una aureola de oro en torno a tu cabeza y bordaron un manto con corales y madreperla que depositaron sobre tus hombros.

Ese manto es lo único que pude recuperar de ti cuando fui en tu busca, al conocer por los bardos la historia de la sirena santa.

Antes de que dejases el mundo, te bautizaron a la usanza cristiana con el nombre de Muirgen 82 .

—Nacida del mar…

—¡Imagina mi sorpresa cuando supe que la hija del duque de Cornualles se llamaba Morgana! ¡Morgana! Casi ni podía creerlo. ¿Era cierto? ¿El mar te había devuelto al mundo de los que han de morir?

Al escuchar mi nombre, salí de la ensoñación a la que me había arrastrado la voz del mago.

Me volvió el palpable recuerdo de Tintagel, del miedo y del engaño.

Aquello era real para mí. Era mi vida. Mis sentimientos.

No iba a permitir que Merlín invalidase el amor de mi padre, ni que decidiese lo que era o no importante en la historia de mi vida.

—¿Intentas decirme que la muerte del duque fue un «detalle sin importancia»? —grité.

—¡Eso ya estaba decidido! Nada tenía que ver conmigo.

— Él también alzó la voz. Guardó silencio unos segundos, respiró y se serenó—.

Poco podía hacer, más allá de intentar suavizar el golpe.

Úter estaba obsesionado con Igraine. Hubiera arrasado Cornualles para conseguirla, con o sin mi ayuda.

Habría entrado en el castillo de Tintagel y os habría matado a todos.

Ese hombre no iba a pararse ante nada ni ante nadie.

Algún día te darás cuenta de que, cuando las cosas se hacen a mi manera, todo es más sencillo.

—¿Era más sencillo si mi padre moría?

Se aproximó a mí. Me sujetó por los brazos, obligándome a mirarle a los ojos.

—Tu padre es Affalach, el espíritu soberano de la isla sagrada de Ávalon.

Y tú eres la diosa Modron. Pronto el barniz de humanidad con el que te has recubierto todos estos años terminará por descascarillarse y entonces el duque de Cornualles, Tintagel, lady Igraine, Úter Pendragón…

serán solo un sueño lejano. Esta es tu realidad.

Ya estás en casa. Despierta. Ávalon te necesita.

Seguimos manteniendo la pugna visual un buen rato, con los rostros apenas separados por la distancia de un suspiro. Forcé un gesto de conformidad, esperando que su clarividencia no le permitiera descubrir lo que en verdad estaba pensando. Cuando sus ojos se posaron en mis labios me alejé de él.

—Así sea —dije, dando por finalizada la conversación.

De ese encuentro había sacado valiosísimas conclusiones.

La primera, que Merlín siempre iba dos pasos por delante de todos, lo cual exigía que yo fuese lo bastante astuta como para ir un paso por delante de él.

La segunda era aún más interesante: lady Igraine no mintió al decir que el mar me había depositado en la playa en la novena ola.

Y esa certeza me llevaba a la tercera conclusión: Arturo sería mi hermano ante los ojos del mundo de los que han de morir, pero carnalmente no lo era.

Merlín nos convocó a ambos en su torre a los pocos días. El mago no tenía ni la menor idea de que Arturo y yo nos conocíamos, así que nos presentó, endulzando su discurso con bonitas palabras sobre el amor fraternal y nuestro glorioso destino.

Arturo se inclinó ante mí, con esa mezcla de dulzura y reverencia que lo hacía tan adorable.

—Hermana mía —musitó antes de depositar en mi mano un beso que duró más que un milagro.

—Hermano mío… —respondí, con el calor de sus labios latiendo en mi piel.

Cuando se incorporó, nuestros ojos se encontraron y no hizo falta decir más.

Todas las dudas que había sentido los días anteriores sobre cómo debía actuar con la información que ahora tenía se disiparon.

Arturo no heredaría el odio que sentí por su padre.

No me alejaría del que siempre había considerado mi familia.

No iba a consentir que, ni Úter, ni Merlín, me robaran eso también.

La voz del mago espantó el silencio, como si hubiera lanzado una piedra del tamaño de la cabeza de Goliat a un estanque. Como siempre, parecía convencido de que la historia se inclinaba para obedecer sus deseos.

—Al fin estamos en el punto exacto en el que nos quería el destino —proclamó con voz sentenciosa—.

A partir de este momento, vuestros caminos han de transitar en paralelo.

Sois los llamados a poner en orden lo que hay que ordenar: el caos, la corona y la memoria de nuestros ancestros. Tomemos asiento.

Sirvió tres copas de néctar de lo nunca, un licor color zafiro hecho con gotas de rocío recogidas en Samhain y con la infusión de una planta llamada «mnemelís» (rarísima.

Solo crece entre los dos mundos). No tiene alcohol, pero alegra igualmente el espíritu, porque trae a la memoria recuerdos felices que jamás se han vivido.

—Puede que no me creáis, pero os he prestado más atención de la que hubiera dedicado a unos hijos nacidos de mi carne.

Tuve que contener una carcajada. Efectivamente, era como el padre que quiere ofrecer a sus hijos lo que considera mejor para ellos, aunque para conseguirlo tenga que traicionarlos.

—Os necesito unidos. Vosotros dos sois la única esperanza de que Britania vuelva a sus orígenes.

Arturo —se dirigió a él—, el destino te ha elegido para unificar los reinos y expulsar a los extranjeros de nuestras tierras.

Antaño, Britania era un país encantado. Reyes feéricos correinaban con reyes humanos.

Vivían en castillos llenos de tesoros maravillosos, solo disponibles para los que no ansiaban poseerlos.

Había miles de torres livianas como plumas recortándose en el horizonte, mucho más impresionantes que esta en la que nos encontramos.

Las banderas de Ávalon y Britania se fusionaron y ondeaban en ambos mundos con orgullo.

En las plazas había estatuas con las figuras de los gloriosos caballeros y las ilustres damas, célebres por sus logros en uno y otro lado.

Y criaturas como dragones, centauros y mantícoras se paseaban por las calles como si tal cosa.

Britania no podrá reconstruirse sin la magia de Ávalon.

—Se volvió hacia mí, antes de continuar hablando.

Le sostuve la mirada—. Pero la magia es rencorosa.

Le cuesta olvidar cuando la defraudan. Morgana, tú serás la encargada de extender el bálsamo que repare esa herida.

Abrirás los caminos que en el pasado unían los dos mundos y que ahora están ocultos por la maleza.

Y tú, Arturo, te encargarás de que solo las almas nobles puedan atravesarlos.

—¿Y cuál será tu papel en todo esto, Merlín? —le pregunté.

—Yo seré el puente que os una. Si Ávalon y Britania se funden o entrelazan demasiado, acabarán por devorarse.

La magia no soporta las rígidas leyes de los que han de morir, y la razón humana enloquecería si llegase a absorber la onírica lógica del mundo feérico.

Me encargaré de medir la distancia necesaria.

Os mantendré unidos, pero no juntos. Es la única manera de que ambos mundos sobrevivan.

Me quedaré observando, con orgullo de padre, cómo os convertís en leyenda.