17. Liberada de la piedra #2
Me senté en la cama y lo miré de frente.
¿Cómo no lo vi antes? Ahí estaban los iris verdemares de lady Igraine, salpicados de pequeñas motas rojizas.
Esas pecas en su espalda. Y el cabello. Sí, era dorado, pero, dependiendo de cómo le diera la luz, tornaba a cobrizo. ¿Cómo no lo vi? ¡¿Cómo no lo vi?!
—Oh… Arturo… —gemí—. No puede ser. Yo ya te quería antes de amarte.
—¡Yo también! Soñaba contigo. Y cuando te vi en el mercado…
—¡No! ¡No lo entiendes! —le interrumpí gritando—. Eres el hijo de Úter Pendragón y de lady Igraine.
—Lo sé… Merlín me explicó todo…
—No… no te ha explicado todo. Lo que no sabes —seguí diciendo— es que yo soy la hija que lady Igraine tuvo con su primer esposo.
La sonrisa entusiasta que había lucido desde que nos despertamos se borró de golpe del rostro de Arturo.
No creo que alcanzase a entender el enorme lío en el que estábamos metidos.
Me vinieron a la memoria un puñado de ejemplos bíblicos: Amón y Tamar, ambos engendrados por el rey David; Abrahán y Sara; Lot y sus hijas…
Aquellos encuentros incestuosos siempre acababan fatal.
Arturo quiso acercarse a mí para abrazarme, supongo que con la intención de acunar mi llanto.
—¡No! ¡No me toques! —exclamé, alejándome de él como si tuviera la peste—. No podemos volver a tocarnos. Tenemos que mantener en secreto lo que ha pasado. Nadie debe saberlo.
—Morgana, por favor…
—¡Vete! —ordené—. Contigo delante no puedo pensar. Vete…
Se vistió despacio. En silencio, caminó en dirección a la puerta. Antes de aferrar el pomo, se volvió para mirarme.
—Yo te amo, Morgana. Sea lo que sea que tienes que pensar, quiero que tengas eso presente.
—Márchate, por favor. Déjame sola.
Quiso el burlón destino que justo acabara de encontrar, en el fondo de un cajón, el anillo de Giges 79 , cuando Merlín se presentó sin avisar en mi gabinete. Estuve tentada de colocármelo en el dedo y desaparecer. Pero no fui lo bastante rápida, ya me había visto. Lástima.
—¡Qué agotador me resulta tratar con todos esos zafios!
— espetó antes de derrumbarse sobre uno de los divanes—.
Ahí los tienes, peleándose por la corona como perros rabiosos.
¡Cómo lo complican todo! Con lo sencillo que sería que se limitaran a seguir mis instrucciones.
—Suspiró y, acto seguido, añadió con despreocupación—: Por cierto… , te fuiste sin avisar.
Lo observé en silencio, intentando hacer acopio de entereza.
La personalidad de Merlín se desvelaba poco a poco ante mí; siempre tan seguro de lo indefectible e irreprochable de sus métodos.
Ni siquiera se había dado cuenta de que haber descubierto su necesaria participación en la concepción de mi hermano iba a marcar un antes y un después en nuestra relación.
—A veces me dan ganas de matarlos a todos —indicó juntando las manos, con un descriptivo movimiento que sugería que los estrangularía gustoso.
—Deberías hacerlo —sugerí, arqueando la ceja izquierda—.
¿Quién te lo impide? Podrías transfigurarte y colarte en sus castillos en mitad de la noche.
Hacerte pasar por alguno de los criados y envenenar sus copas de vino.
O por sus esposas, para apuñalarlos mientras descansan tranquilamente en su lecho.
Idear conspiraciones es uno de tus mayores talentos.
Algo se te ocurrirá para deshacerte de ellos sin mayores consecuencias… , como hiciste con mi padre.
Noté cómo el cuerpo se le tensaba. Se incorporó. Parecía incómodo por no haber previsto esta situación y no tener preparado un buen discurso con el que atajarla.
—Oh…, Morgana —dijo al fin—. Quizás debería haberte hablado antes de esto.
—¿Tú crees?
—Sí. Claro que sí. —Era evidente que no había captado el tono irónico de mi pregunta—.
Morgana…, las experiencias humanas que has experimentado a lo largo del tiempo pueden parecer determinantes.
Y quizás lo sean en la vida de una persona normal, pero, en tu caso, son solo anécdotas.
Detalles sin importancia. Creí que ya te habrías dado cuenta.
—¿Detalles sin importancia?
—Sí… sí…, sin duda lo son —insistió—. Llevas siglos empeñada en salir de Ávalon.
Y puedes hacerlo…, claro. Eres libre de hacer lo que quieras.
Pero te pasan cosas cuando te relacionas con ellos.
Los que han de morir, seguramente asustados por lo efímero de su existencia, desaprovechan sus vidas dictando leyes absurdas que dan lugar a sueños frustrados que se les enquistan por dentro.
Y luego pretenden que otros paguen por sus padecimientos.
Todo ese fracaso nada tiene que ver con nosotros.
—¿De qué hablas?
—Ávalon te ha perdido tantas veces…, tantas…
—Se puso de pie y comenzó a recorrer el gabinete de un lado a otro, con las manos detrás de la espalda—.
La primera en los tiempos en los que las sirenas aún tenían alas.
Parténope 80 , que siempre fue muy rebelde —aclaró—, se alejó de Ávalon volando y cantando, con esa voz deliciosa que heredó de la madre.
Pero ya sabes cómo son las Musas: se negaban a compartir el escenario del Olimpo, así que le arrancaron las plumas.
Todas. No le dejaron ni una. Avergonzada, se recluyó en una isla apartada, recortada por acantilados.
Y allí siguió cantando, hechizando a los marineros, que se lanzaban contra las rocas como polillas a una lámpara de aceite.
Un recuerdo volvió a mi memoria.
—Pero entonces pasó por allí el barco de Ulises —musité—. Circe le había avisado, así que taponó los oídos de sus hombres con cera. Y él se ató al mástil. Lograron sortear el peligro. La voz de Parténope se fue desvaneciendo, hasta quedar silenciada definitivamente.
—Ya sabes que si una sirena no logra seducir con sus cantos a un mortal, su destino es la muerte —añadió Merlín—.
Las corrientes marinas arrastraron su cuerpo hasta una playa cercana.
Allí la encontraron unos pescadores. Le dieron sepultura y levantaron junto a su tumba un templo y una ciudad 81 .
Te empeñaste en recuperar el sonido de su canto, el que se había quedado atrapado en los acantilados. Y desapareciste de Ávalon durante años.
—No quería que el eco de su voz siguiera provocando la muerte de más personas —susurré.
—La siguiente vez que te marchaste, fue para buscar la espada que Sedna le robó al espíritu del mar.
Una espada poderosísima, forjada en Ávalon.
¡Qué terrible fue aquello! ¡Cuánto drama!
—se quejó, elevando las manos por encima de la cabeza—.
Esa alocada joven era más curiosa que juiciosa.
Abandonó el hogar paterno para fugarse con un marinero carente de virtudes que pudieran apreciarse a primera vista.
Sedna no tardó en darse cuenta de que además era mezquino, egoísta y mal conversador, de manera que decidió abandonarle.
Pero no lo hizo con las manos vacías: se llevó con ella una espada prodigiosa que el marinero escondía entre pieles de oso.
El padre de Sedna fue en su busca, la recogió en su barca y juntos navegaron rumbo a la casa familiar.
En mitad del trayecto, las olas se rebelaron: el mar reclamaba la espada.
Al padre se le ocurrió que la mejor manera de aplacar su ira era lanzando a Sedna al agua, pero ella insistía en sobrevivir y se aferró al borde de la barca con ambas manos.
Entonces el padre tomó la espada y con ella le cercenó los dedos de un solo tajo certero.
De cada uno de ellos nacieron focas, ballenas, morsas…
y todas esas criaturas de cuerpo fusiforme que ahora nadan en el agua fría.
El padre tiró al mar la espada, horrorizado por lo que había hecho.
Y tú fuiste en su busca, con el peligro que eso suponía…
—La encontré. El espíritu del mar me la dejó en custodia —murmuré—. Está en el castillo de la Dama del Lago.
Merlín asintió con pomposidad.
—Y la siguiente vez… quisiste recuperar un beso.
—¡¿Un beso?!
—Un beso asesino. Un beso que no era tuyo ni mío —me aclaró—.
Se habla poco de eso, pero las sirenas no tienen alma.
Y a la mayoría no les importa. Pero a Ondina sí.
Ondina se negaba a aceptarlo; siempre fue muy testaruda.
Según las leyes antiguas, si una sirena se enamora, recibe un alma, pero a cambio pierde su inmortalidad.
Como Ondina era más corazón que instinto de supervivencia, eso le dio igual.
Le pareció un módico precio a pagar si a cambio podía pasar los años que le restasen de vida al lado del hombre al que amaba.
—Y un día lo encontró en brazos de otra —recordé—. Cuánto daño le causó eso a Ondina… Le partió su alma recién estrenada en mil pedazos.
—¡Qué se puede esperar de un humano! —respondió Merlín encogiéndose de hombros, sacudiendo la cabeza con resignación.
—Ella no lloró, ni gritó, ni le pidió explicaciones —seguí diciendo—.
Solo esperó a que se durmiera. Se inclinó sobre él y depositó en sus labios un beso.
Un beso tierno, dulce, lleno de ternura, dolor…
y muerte. El beso lo dejó sin aliento. Quedó adherido a los labios del hombre, que se lo llevó a la tumba.
Pasaron los años. La humedad se coló en el ataúd, arrastrando el beso, que se filtró a la madera y de ella a la tierra.
Acabó por destilarse en un río subterráneo.
De ahí pasó a otras corrientes de agua. Al final, la esencia de aquel beso quedó a la deriva, flotando en lagos, ríos, mares, océanos…
Cualquiera que estuviera nadando en esas aguas podría tragárselo en un descuido y acabar muerto —justifiqué.
—Volviste a desaparecer —dijo Merlín con resignación—. Lo último que supimos de ti es que te habían hecho santa.
—Me hicieron santa…
A mi mente regresaban lejanísimas imágenes de redes, vidrieras de colores, velitas e incienso.