Morgana 17. Liberada de la piedra
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17. Liberada de la piedra

La muerte del rey Arturo Anónimo

«El rey Arturo fue coronado en la tierra de las hadas». John Lydgate

Regresé al castillo de Chariot como el que vuelve de librar una batalla.

Todo lo que sucedía lejos de Ávalon ahora me parecía frío y cruel.

En mi reino la realidad se mantenía a una prudencial distancia para no interferir en los anhelos más profundos.

Sin embargo, sí había algo del mundo de los que han de morir que quería para mí: Arturo.

Pero hacía ya varios días que no lo veía.

Le pregunté a Lancelot, pero tampoco supo darme noticias de él.

Como estábamos próximos al solsticio de invierno, tiempo de celebración de la Navidad cristiana, supuse que su ausencia podría estar relacionada con ello.

Sopesé nuestras posibilidades. Él era joven, valiente, de buen carácter, e igual de hábil montando a caballo que blandiendo una espada que debatiendo sobre injusticias.

En Britania era un simple escudero. En Ávalon podría reinar a mi lado.

Ni siquiera tuve que escrutar la viabilidad de esa hipótesis en las estrellas: así debía ser. En cuanto volviera, se lo diría.

Una noche, por fin, se presentó en mi alcoba.

Lo vi distinto; parecía haber madurado. La imagen del hombre que caminaba hacia mí, murmurando mi nombre, poco se parecía a la del muchacho jovial de nuestro último encuentro.

No me miraba con los ojos embelesados de siempre; su rostro denotaba deseo y urgencia.

Nos abrazamos en silencio. Hundí la nariz en su pecho y aspiré su olor a hierba mojada y salvia.

Me sentí pequeña y frágil cuando me recorrió el cuello con los labios.

Aquella calidez hizo que mis huesos se volvieran de algodón.

Nos desvestimos despacio, dejando que la ropa se ovillara a nuestros pies, y entonces me tomó entre sus brazos y me llevó a la cama.

Nos frotamos el uno contra el otro, nos buscamos con las lenguas, enredados en las sábanas, sin nada que decirnos porque no nos hacía falta; los cuerpos hablaban por nosotros.

El sol comenzaba a asomarse cuando entreabrimos los ojos para sonreírnos, felices.

—Tengo que contarte algo que ha pasado. ¡Algo increíble, Morgana!

—Y yo tengo una propuesta —señalé, recostando mi cabeza en su pecho.

—Lo he dicho yo primero —respondió con tono infantil.

Levanté la mirada. Desde ahí podía ver la piel perfecta de su rostro, la pelusilla albina en las mejillas, como el halo de los ángeles, enmarcando la firmeza de su mandíbula. ¡Cuánto me gustaba! Casi casi dolía.

—Está bien… tú primero —rezongué fingiendo disgusto.

—Pues resulta que el rey Úter ha muerto. —Lo dijo con tanto entusiasmo que se apresuró en aclarar—. No es que me alegre de que el pobre haya muerto, pero es que eso ha dado lugar a una situación absolutamente impensable.

Me tensé. Aparté la cabeza de su pecho para incorporarme. Era oír el nombre de « Úter» y el alma se me encrespaba.

Arturo me explicó que el arzobispo de Canterbury había enviado mensajeros a todos los señores del reino y a cada uno de los gentiles hombres de armas, convocándoles en Londinium el día de Navidad. Su padre adoptivo, Héctor, y su hermano de leche, Kay, se contaban entre ellos.

—A Kay le hicieron caballero en Todos los Santos y yo, como escudero suyo, le acompañé.

¿Has estado alguna vez en Londinium, Morgana?

—Negué con la cabeza sin dejar de mirarle.

Estaba entusiasmado—. ¡Cuánta belleza! Los edificios son sublimes, pero la iglesia se eleva por encima de todos los demás.

Es como si las murallas que rodean la ciudad estuvieran abrazadas por ella.

No sé cómo explicarlo. Así de excelsa es.

Arturo me siguió contando que, antes del amanecer del día 25 de diciembre, ya se encontraban todos los prohombres del reino reunidos junto al templo, observando ojipláticos un inmenso bloque de mármol colocado ante la puerta.

Sobre él había un yunque de acero, atravesado por una espada desnuda.

Se hundía tan profundamente que llegaba hasta el corazón de la piedra.

En la empuñadura, con letras de oro, estaba grabado lo siguiente:

Aquel que la espada logre sacar por la voluntad de Cristo habrá de reinar.

—Imagina la sorpresa de todos, Morgana. La gente hacía preguntas, pero nadie respondía. Salió a la puerta el arzobispo para advertirnos de que nadie tocase la espada hasta que hubiésemos escuchado la misa mayor.

Al parecer, al terminar la ceremonia, el religioso dio la explicación que todos estaban esperando.

Los habían citado el día de Navidad porque Jesucristo, que había venido al mundo para ser el rey de la humanidad, nació tal día como ese.

De igual manera, se esperaba que el llamado a ser el nuevo rey de Britania se presentara ante sus súbditos en la misma fecha. Un clamor general recorrió el templo.

—El arzobispo dijo que sería la propia espada de la entrada la que determinaría quién debía reinar —siguió explicando Arturo—.

¡Solo había que sacarla del yunque! Cualquiera delos allí presentes podía intentarlo, pero advirtió que únicamente el hijo legítimo del anterior monarca lo lograría.

Oh…, Morgana…, no te imaginas, se desató el caos.

Todos los grandes caballeros querían probar suerte.

Se formó un tumulto ante la piedra. Se empujaban unos a otros, se insultaban…

Hubo incluso peleas a puñetazos y varios estuvieron dispuestos a batirse en duelo.

Pero ninguno de los que lo intentaron logró mover la espada ni una pulgada.

¡Y algunos eran muy fuertes! Nada. Ni ese día, ni los siguientes.

Así que, en espera de que llegara el hombre que lograra sacar la espada del yunque, los barones decidieron celebrar un torneo el día de Año Nuevo.

Mi hermano Kay iba a participar, pero cuando quiso echar mano a su espada, la había dejado olvidada en la posada.

Me rogó que fuese a buscarla. Y eso hice, pero al llegar, la puerta estaba cerrada.

¡Todos se habían ido a ver justar! No podía entrar en el establecimiento y no sabía qué hacer.

Ese era el primer encargo realmente importante que tenía como escudero y fallaba en mi cometido.

Entonces se me cruzó una idea por la cabeza.

¡Una locura, Morgana! Corrí al atrio de la iglesia.

Tampoco había nadie. Miré la espada, ahí clavada y…

y… sin más, lo supe. ¡Lo supe! —El corazón se me iba a paralizar—.

Me acerqué, aferré la empuñadura y tiré de ella.

Salió sin oponer resistencia, igual que sale un cuchillo de un bloque de mantequilla y…

—¡No! —aullé.

Tiré de la sábana para cubrir mi desnudez. Me levanté de la cama, alejándome de él.

—Sí, Morgana, sí —seguía diciendo entusiasmado—.

Como no me había visto nadie, supuse que no me creerían.

Así que fui con la espada en la mano hasta el campo de justas.

Me acerqué al pabellón donde estaba Kay y se la mostré, contándole loque había ocurrido.

Él me la arrebató. Fue a ver nuestro padre y le dijo…

le dijo: «Padre, he aquí la espada liberada de la piedra, por tanto, debo ser yo el nuevo rey de esta tierra».

Pero mi padre, como es lógico, no le creyó, porque habían dejado claro que el llamado a ser rey era hijo del fallecido Úter.

Y él confiaba ciegamente en la fidelidad de su esposa.

Así que comenzó a preguntar y a preguntar…

, hasta que terminó por descubrir la verdad.

Salió del pabellón para anunciárselo a los prohombres allí presentes y, por supuesto, tampoco ellos lo creyeron.

«¿Cómo iba a ser un escudero el nuevo rey?

¿Cuándo se había visto algo semejante?», decían.

Lo debatieron durante unos minutos y llegaron a la conclusión de que, efectivamente, se trataba de una situación sin precedentes.

Arturo estaba tan exaltado explicando cómo había descubierto que era hijo de Úter que no percibía mi angustia.

—Héctor propuso volver a colocar la espada en su lugar, con la idea de que esta vez hubiera testigos que pudieran corroborarlo —siguió relatando—.

Y eso hicieron. Fuimos en tropel por las calles de Londinium hasta llegar a la puerta de la iglesia donde se encontraba el bloque de mármol.

Introdujeron la espada en el hueco abierto en el yunque.

Me dio miedo que esa vez no pudiera sacarla, pero volvió a pasar lo mismo: la extraje con facilidad.

Como no se fiaban, me apartaron y volvieron a colocarla.

Los hombres más fuertes lo intentaron de nuevo.

¡Nada! Entonces llegué yo y… ¡otra vez! Cinco veces tuve que hacer la demostración.

¡Cinco! Hasta que al fin vino el arzobispo a confirmarlo.

—¡No! —Volví a gritar—. ¡No puede ser!

Con una mano aferraba la sábana a mi pecho y con la otra me mesaba los cabellos, caminando de un lado a otro de la habitación. No podía creerlo.

—Sí, Morgana. Se postraron ante mí. Y entonces Héctor confesó delante de todos que Merlín me había entregado a él sin darle información alguna sobre mi origen, siendo yo una criatura de pecho.

El mago de vez en cuando nos visitaba y hablaba conmigo.

Me preguntaba cosas rarísimas, pero yo no tenía ni idea…

—No… no… no…

—Sí, Morgana, ¡soy el rey de Britania! Y si ahora mismo no estuviera en paños menores, te pediría que me hicieses el honor de convertirte en mi reina.

—¡No! No puedo ser tu reina, Arturo. —Lo miré con una pena infinita.

Regresó a mi memoria el recuerdo de aquel bebé bellísimo al que había querido tanto; al que aún quería tanto. Había añorado su regreso como se añora la lluvia en otoño o el sabor de las frambuesas en enero. Y ahora volvía a mí convertido en el hijo del dragón.

—Sí… sí puedes serlo. Podemos hacer lo que queramos…, supongo. ¡Ahora soy el rey! —se carcajeó.