Morgana 16. Arturo #2
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16. Arturo #2

La cala se abría tras el descenso a una explanada de arena blanca, perfecta para dar paseos lánguidos, tumbarse a ver pasar a los cormoranes o recoger conchas.

Nos descalzamos para caminar rumbo a la orilla.

Habíamos perdido la vergüenza de desvestirnos delante del otro, así que Arturo se quitó la camisayyo el vestido.

Entramos en el agua, él cubierto con sus calzas yyo con mi túnica interior de lino fino.

—Esta noche he soñado contigo —le dije mientras avanzábamos, saltando las olas.

Él alzó una ceja y puso gesto interrogante.

—Quiero saberlo todo.

—Pues te diré que tenías el tamaño de un dedal, vivías en un tazón roto bajo un rosal, te lavabas la cara con el rocío de la mañana, les robabas migas de pan a los gorriones para desayunar y tu vecina era una lombriz que escribía versos trágicos sobre la humedad de la tierra.

—¿Qué diantres cenaste?

Me reí.

—Por favor, sigue. Quiero saber cómo salgo de esa. Y, sobre todo, quiero saber cómo permitían los gorriones que les robara el pan, con el carácter tan terrible que tienen.

—Llevabas un sombrero puntiagudo. Les parecías muy distinguido.

—Sabía que respetar el protocolo de Ávalon salvaría mi vida en algún momento.

Reímos los dos. El agua nos llegaba por la cintura y de reojo vi que unas gotas perlaban su pecho desnudo.

—Y tú, ¿qué has soñado? —le pregunté, apartando la mirada de ellas.

Echó hacia atrás la cabeza, cerró esos ojos verdes suyos y arrugó la nariz, como si estuviera sopesando la respuesta.

—Hummm…, pues lo cierto es que no sé si todo este lugar es un sueño. O si soy solo un personaje de uno de los tuyos —respondió al fin—. En cualquier caso, me preocupa desaparecer cuando despiertes. O, peor aún, despertar yo y que seas tú la que desaparezca.

Su voz estaba impregnada del tono burlón de siempre, pero había algo más. Estábamos lo bastante cerca como para haber traspasado ya las fronteras de la cautela y lo bastante lejos como para seguir fingiendo que entre nosotros no había nada más que una amistad.

Todavía estábamos a tiempo de salvarnos.

—Quiero probar el sabor de tu boca —dijo de pronto. Sonreía—. ¿Crees que sería posible?

—Vaya…, es un poco osado por tu parte —señalé, tanteando si estábamos de nuevo inmersos en uno de nuestros juegos de palabras.

—Ya me conoces. Me gusta el riesgo —respondió mirándome a los ojos, sin asomo de broma en su voz.

Era una de esas tardes perfectas en Ávalon: el cielo azul, el mar cristalino, las olas meciéndonos.

Nos reflejamos en las pupilas del otro. Reparamos en las formas de nuestros rostros: las cejas, la curva de la barbilla, los labios entreabiertos…

, y entonces lo supimos. Todo lo que habíamos vivido…

, los caminos torcidos, los mapas ajenos…

, todo nos conducía al momento en el que Morgana llegaba a Arturo y Arturo llegaba a Morgana.

Y además era viernes; el día perfecto para amarse. 76

Me acerqué a él un poco más y pude sentir su respiración acariciando mi cara, agitando los mechones mojados de mi cabello.

Quería que me respirara, introducirme en ese pecho salpicado de gotas marinas que ya me permitía observar sin cortapisas.

Alcé la mano derecha y la coloqué en su cuello para acercar mis labios a los suyos.

Aquel primer contacto, cálido y húmedo, despertó en mí la codicia.

Caímos desnudos en la orilla. Lamimos la sal en nuestras pieles.

Recorrimos la geografía de nuestros cuerpos: colinas, valles, selvas, ríos…

Murmuramos palabras que no alcanzaban a describir la intensidad del deseo.

Sentí que formaba parte de mí. Era él en mí .

Nos mecimos con los vientres unidos, y yo también deseé ser en él .

Le acaricié el rostro, delicado y perfecto, contraído por el placer que mi cuerpo le provocaba.

Todo a nuestro alrededor era luz y silencio.

El sol estaba fijo en el firmamento, la luna ya no agitaba las mareas, el universo había detenido sus movimientos para observarnos.

Era imposible que, en ese momento, en algún lugar del mundo estuviera sucediendo una guerra.

Nadie podía estar muriendo en ese momento porque nada malo podía pasar si Arturo y yo nos amábamos.

Y aquel mar, reino de divinidades, hogar de sirenas, selkies y tritones, proveedor de alimentos y perlas, el mismo que en ocasiones se enfurece y lanza zarpazos a las costas, el mismo que mece los barcos de los hombres si está de buenas o los arrastra al fondo si se le desafía, ese mar, fuente de belleza y ferocidad…

, nos lamió los pies, los tobillos y los muslos, como un perrito faldero.

La Morgana que regresó esa noche al castillo de Chariot era diferente.

El canto de los grillos sonaba en un tono más melódico y olía más puro el aroma de las flores.

Caminaba descalza y el frescor de los escalones de piedra mordisqueaba mis pies.

Ávalon era aún más hermosa y sensorial estando enamorada.

Aunque todo ese encanto se deshizo cuando llegué al salón y vi que Merlín estaba allí, esperándome.

—¿Dónde estabas?

La pregunta sonó como un reproche.

—Paseando por la playa.

Media verdad. Ninguna mentira.

—Tenemos que ir a Britania. Úter ha muerto. Considero adecuado que acompañes a tu madre en este trance.

Aun muerto tenía que venir ese hombre a opacar mi felicidad.

Partimos a la mañana siguiente. Merlín a lomos de su yegua blanca y yo a lomos de Taranis.

Por el camino el mago me fue explicando que los sajones, tras perder a sus líderes en la última batalla, habían multiplicado su rabia.

En su huida, habían atacado las provincias septentrionales y hostigado a sus habitantes.

Úter se empeñó en perseguirlos, pero sus príncipes le habían disuadido.

Si bien era cierto que la alegría de la victoria había espoleado su ánimo y revitalizado su quejumbroso cuerpo, a los pocos días su enfermedad empeoró y tuvo que instalarse en un palacio de Verulam.

Mientras, sus hombres intentaron frenar los avances de los sajones por el norte.

Al enterarse de que el rey languidecía, sus enemigos tramaron un plan para terminar con su vida de una vez por todas.

Se colaron en la ciudad disfrazados de mendigos y envenenaron el agua de la fuente de la que bebía.

Además de Úter, también murieron otras cien personas que saciaban habitualmente su sed en el mismo lugar.

El óbito regio se celebraría en un monasterio cercano al Círculo de los Gigantes, donde recibiría sepultura junto a su hermano Aurelio Ambrosio.

Llegaron obispos de todos los rincones del reino acompañados por su clerecía.

Y también todos los reyes y príncipes que le guardaban lealtad desde hacía años, junto con sus esposas e hijos.

Hacía más de siete años que no veía a mi madre. Seguía hermosa, esbelta, dignísima. Llevaba el cabello recogido en un moño. Vestía de negro y realzaba la blancura de su cuello con un collar de cuentas azabaches.

—Morgana… —suspiró al verme.

Lloraba, lloraba mucho, como no la vi llorar por mi padre.

—Lady Igraine —le dije antes de hacer una breve genuflexión.

Junto a ella había una joven, de unos catorce años, también llorosa y ataviada de negro de los pies a la cabeza, que supuse era mi medio hermana Ana.

El ambicioso Lot de Lothian, un gigantón barbudo, sujetaba entre sus dedos callosos la manita que Úter le había prometido a cambio de su lealtad.

¿Era posible que me encontrase ante los nuevos reyes de Britania?

Locierto es que eso se prestaba a debate.

Al menos así pensaban un buen número de los allí presentes que se consideraban igual o más merecedores de hacerse cargo de esa responsabilidad.

Uriens, del reino de Rheged, por ejemplo, carecía del defecto de que adoleció Úter, pues él había sido capaz de procrear un hijo varón, un muchacho que ya tenía edad de luchar junto a su padre.

A las pocas horas de entregar el cuerpo del rey a la tierra, se abrió un agrio debate entre los prohombres. ¿Quién portaría a partir de ese momento la corona de Britania? Al parecer, Merlín tenía la respuesta.

—El hijo de Úter —proclamó.

Un murmullo recorrió la sala.

—El fallecido rey no tuvo hijos varones —clamó Lot—. Solo una hija legítima: Ana Pendragón. Mi prometida —precisó, por si no les había quedado lo bastante claro.

—Os equivocáis —insistió Merlín—. Úter tuvo un hijo varón, engendrado en el vientre de Igraine, viuda del duque de Tintagel.

—¡Un adulterino! —clamaron varias voces.

—¡No lo es! —interrumpió el mago—. Ese hijo fue engendrado pasadas tres horas exactas de la muerte del duque.

El rey Úter se casó con Igraine un mes después.

Entenderéis que las particulares circunstancias que rodeaban su nacimiento ponían en peligro la vida de la criatura, de ahí que Úter depositara en mí la responsabilidad de su custodia.

El joven se ha criado lejos de toda intriga, con el alma limpia y ajena a cualquier conflicto.

El corazón me dio un vuelco: hasta el momento, nunca había puesto en duda que mi hermano fuese hijo de mi padre.

Cuando llegó al mundo, yo era aún demasiado pequeña para llevar las cuentas de la gestación de una mujer.

Con el paso de los años hice mis cálculos, al igual que antes lo había hecho todo el mundo: mi hermano nació durante el solsticio de invierno, de manera que tuvo que ser concebido a finales de marzo o principios de abril, cuando mi padre aún vivía.

Úter y mi madre se casaron en mayo, pero, si tal y como estaba afirmando Merlín, ese niño era hijo de Úter, eso quería decir…

De pronto me vino el recuerdo de la noche en la que mi padre no parecía mi padre, cuando Britael me enseñó las reglas básicas del ajedrez.

Esa noche, envuelta en un extraño duermevela, creí ver a Merlín sentado en el borde de mi cama.

Y el llanto de la banshee, su terrible y dramático llanto, anunciando la muerte de mi padre, pese a lo incongruente que resultaba que aún estuviera vivo, delante de mis ojos, en el castillo de Tintagel.

Entonces lo entendí todo. ¡Maldito Merlín!

Mientras tanto, el mago seguía justificando la legitimidad del hijo perdido, desbaratando las dudas de los escépticos.

—¡¿Y cómo sabremos que se trata del verdadero hijo deÚter?! —gritó Uriens. Se hizo el silencio.

—Debería bastaros con mi palabra —dictaminó—. Pero de sobra sé que no sois más que una pandilla de necios arrogantes, que necesitaríais meter el dedo en la llaga para creer, como Tomás, el apóstol.

Se alzaron algunas voces ofendidas, pero pronto quedaron silenciadas. Una corriente de viento helado, procedente de quién sabe dónde, hizo oscilar la luz de las velas, oscureciendo el salón. El ambiente se enrareció. Entonces Merlín se puso en pie. Cerró los párpados e inspiró el aire con ansia.

—En Londinium, ante el templo alzado —musitó con los párpados entreabiertos—, un yunque y una piedra he colocado.

—¿Y eso qué quiere decir? ¿De qué está hablando? —se escuchó murmurar.

Pero Merlín continuó:

—De hierro será el yunque —elevando un poco el tono de voz, añadió—: por una espada atravesado. —Se tambaleaba, como si estuviese ebrio—. Firme es su hoja, labrada su hermosura, el filo en la roca es su sepultura. Más no habrá fuerza humana que extraiga esa hoja de forma temprana.

—Esto es una profecía… como la del dragón —se oyó decir.

Me vino el recuerdo de la estrella sobrevolando el cielo de Tintagel, preámbulo de todas mis desgracias.

—En la empuñadura, cual sacro patrimonio —Merlín hacía caso omiso a las voces que seguían preguntando. Continuó con su perorata—, letras de oro darán testimonio.

Y entonces alzó la voz para concluir.

Aquel que la espada logre sacar por la voluntad de Cristo habrá de reinar. Monarca en la tierra, elegido por el cielo. Coronado con justicia, sin mácula ni duelo.

Tras la última frase, un par de mujeres perdieron el conocimiento.

La corriente de aire frío desapareció, las velas volvieron a iluminar el salón y Merlín salió del trance.

Los hombres comenzaron a discutir mientras él se desperezaba, se crujía los nudillos y picoteaba de un plato con dátiles, observando sin pasión cómo abanicaban a las damas desmayadas.

Tragué saliva para contener las lágrimas que pugnaban por brotar de mis ojos.

Mi hermano, el maravilloso tesoro que acariciaba en mis sueños desde hacía años, convencida de que era carne y sangre de mi padre, era en realidad el hijo del responsable de su muerte.

¡Y yo había besado los labios del traidor que facilitó su concepción! No podía parecerme más repugnante.

Salí de la sala con el estómago revuelto. Avancé por el pasillo lo más deprisa que pude en dirección a las cuadras. Subí a lomos de Taranis y me alejé de allí.

75 Chaucer, G. Los cuentos de Canterbury , Ediciones Cátedra (Letras Universales), 2006; ed. Pedro Guardia Massó.

76 Tiw, dios de la guerra, le dio nombre al martes (Tuesday).

Wednesday (miércoles) era el día del más grande de todos los dioses: Woden (Odín).

Thursday (jueves) era de Thunor, el dios de los truenos.

Y durante el viernes reinaba el amor, tanto por la Venus romana como por la diosa Frigg, que le daba nombre al Friday.