Morgana 16. Arturo
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16. Arturo

Los cuentos de Canterbury Geoffrey Chaucer

Al parecer, Lancelot, en su empeño por ser nombrado caballero, llevaba bastante tiempo haciendo caso omiso a las recomendaciones de Merlín.

No creía que hubiera nada más gallardo que poner en peligro su propia existencia por una caballerosa causa.

Quería ser el héroe del que hablarán los bardos, aquel que derribase a gigantes y liberase a damiselas decastillos encantados.

Quería demostrar su valía ante quienesde verdad pudieran valorarlo, pero, en un lugar tan plácido como Ávalon, sus belicosas ambiciones se veían truncadas.

Así que, siempre que podía, abandonaba el maravilloso castillo en el que la Dama del Lago lo había criado (entre sedas y ambrosía) y huía al mundo de los que han de morir, feliz de enfangarse y hacerse chichones midiéndose con jóvenes que compartieran sus mismas inquietudes. Así conoció a Arturo.

Lancelot me contó más tarde la historia que se escondía detrás de la amplia sonrisa de azúcar y los verdes ojos de sal del muchacho.

Se trataba de un niño abandonado. Lo habían criado el caballero Héctor y su esposa como si fuese su propio hijo.

Aunque el amor no era tan grande como el que sentían por el que realmente llevaba su sangre, un muchacho llamado Kay, de manera que a este le esperaba un destino de caballero y a Arturo el honor de ser su escudero.

Pero Arturo era hábil con la espada, valiente y bien dispuesto, virtudes que resultaron determinantes para que Lancelot y él entablasen una buena amistad que no tardaron en compartir conmigo.

Y con Cabal, por supuesto. Juntos los cuatro pasábamos las tardes en el prado que queda junto al lago de Diana.

Ahora tenía a dos entrenadores en las lides caballerescas dispuestos a señalar todos y cada uno de los defectos que cometía en el ataque y la defensa.

«Ponte más recta». «No, no bajes la mirada».

«¡Cielos, Morgana, así no entrarás nunca en batalla! ». «Menudo alivio», pensaba yo.

Cuando me aburría de tanta energía masculina, me sentaba en el césped y Cabal se tumbaba a mi lado, jadeante y feliz.

Arturo siempre encontraba alguna excusa para abandonar también el entrenamiento, sentarse a nuestro lado y robarme las almendras, las nueces, las avellanas…

o lo que fuera que yo estuviera picoteando en ese momento.

Mientras tanto, Lancelot seguía ahí, inagotable, empuñando su espada de madera, desafiando a los árboles, sacudiendo mandoblazos a diestro y siniestro, como un gato intentando atrapar el haz de luz que se filtra por la ventana; mucho aspaviento para poco resultado.

Por mi parte, lo que más me gustaba eran las lecciones de resistencia, porque nos liberábamos de la ropa, nos quedábamos en camisa y nos lanzábamos a nadar en las cristalinas aguas del lago hasta agotarnos.

Luego salíamos y nos tumbábamos en la hierba a comer manzanas mientras le buscábamos parecidos a las formas de las nubes.

Una de esas tardes en las que estábamos tirados a la sombra, como corderos sin pastor, volvieron a hablar del recurrente asunto de la situación de Britania.

A tenor de sus comentarios, imaginé que la isla se encontraba tal y como la había dibujado Ganieda, pero esta vez parecía que Arturo y Lancelot la esbozaban sobre un pergamino que comenzaba a chamuscarse por los bordes.

—Deberían haberme investido ya caballero —se quejaba Lancelot (otra vez)—.

El mando del ejército de Britania recae ahora en Lot de Lothian, pero está obteniendo escasos resultados.

El rey Úter ha convocado a los barones para reprocharles su tibieza.

Y nosotros aquí —dijo dirigiéndose a Arturo—, mordisqueando briznas de hierba.

Lanzó con desprecio la que llevaba un buen rato mareando entre los dientes.

—Dicen que el rey ordenó construir una litera para que lo transportasen al campo de batalla, porque su enfermedad le impide moverse de otra manera —informó Arturo.

—Algo he oído —respondí yo con desgana.

De su última visita al mundo de los que han de morir, Merlín me había traído una de las espaciadas cartas que me escribía mi madre.

Me contaba que ella y mi hermanastra Ana estaban solas en Tintagel.

Los sajones tenían sitiada la ciudad de Verulam y Úter había partido hacia allí junto a su ejército.

Lo transportaron en una litera de seda color cereza, bordada con hilos de oro.

Con idea de infundirle ánimos, mi madre había decorado el habitáculo interior con algunos de sus tapices más elaborados; los que reproducían las gestas gloriosas de su marido.

Ya imaginaréis que leer el desarrollo de aquella historia me resultaba tan interesante, conmovedor y apetecible como sentarme bajo un aguacero a observar cómo brota un roble de una bellota.

Mi mente dio forma a la imagen de un Úter abotargado, tumbado en su litera carmesí, recorriendo la campiña con su purulento pie en alto, abanicado por sus soldados, como una faraona egipcia.

—Los sajones lo vieron llegar, pero no se atrevieron a atacarle —siguió diciendo Arturo—. Les parecía indigno de grandes hombres medir sus fuerzas con un moribundo.

—Vaya…, no sabía que fuesen tan considerados —ironizó Lancelot.

Al parecer, los sajones habían visto tan mal al rey que se retiraron a la ciudad, dejando sus puertas abiertas, dando a entender que, con el líder de sus enemigos en semejante estado, no los consideraban una amenaza.

Úter aprovechó esa debilidad y ordenó sitiarlos y atacar las murallas.

Aquello desató el infierno en Verulam. Los britanos estaban a punto de colarse por las brechas que habían logrado abrir en el muro cuando los sajones se dieron cuenta del peligro que eso suponía y ofrecieron resistencia.

Desde la parte alta de las murallas les arrojaron piedras, flechas y aceite hirviendo.

Ambos ejércitos estuvieron luchando hasta la caída del sol, momento en el que decidieron darse una tregua para descansar y replantearse la situación.

La arrogancia de los sajones podía haberles costado muy cara, así que decidieron dar un paso al frente.

Antes del amanecer salieron en formación compacta, con la idea de alejar la batalla de la ciudad y enfrentarse a los britanos en campo abierto.

Aquel día fue muy largo. Ambos bandos contaron cientos de muertos entre sus filas, hasta que Octa y Eosa, los cabecillas sajones, perdieron la vida.

Entonces fue cuando sus hombres se dieron por vencidos.

—Los soldados cuentan que la alegría del rey Úter fue tan grande que recuperó de golpe la salud. Se incorporó de la litera y dijo riendo: «Esos ladrones me llamaban “el rey moribundo”, pero prefiero estar medio muerto y vencer que estar sano y ser vencido» —narró con entusiasmo Lancelot.

—Si hay algo que me resulta sorprendente de los hombres, es su empeño en arreglar las cosas poniendo la muerte encima de la mesa —repliqué, asqueada.

—¿Y tú qué harías en una situación como esa? —preguntó Lancelot con displicencia—. ¿Lanzar un hechizo a los calzones del enemigo?

Reímos los tres.

—No deberías subestimar el poder persuasivo de un buen picor de trasero —me jacté.

—Has de reconocer, Lancelot, que en eso tiene razón —intervino Arturo.

—Tú no tienes criterio. Le das la razón en todo.

Arturo me miró sonriente, arqueando las cejas. Le devolví la sonrisa y entonces vi un cambio en sus ojos. Hizo una de esas pausas previas a decir algo genuino, un pensamiento surgido del alma.

—Lo que quiero decir es…, bueno, ¿no habrá otra manera? —preguntó sin esperar respuesta—. ¿La solución es matar a mil jóvenes muchachos que vinieron a luchar porque les prometieron un pedazo de tierra en el que poder vivir? La tierra estará aquí para siempre, pero la vida es única y efímera.

Se hizo el silencio. Me gustaban esos silencios en los que incluso Cabal parecía reflexivo. Silencios que no tenían urgencia por ser espantados. Me gustaba pasar el tiempo con ellos. Me gustaban Lancelot y Arturo. Me gustaba Arturo.

Me gustaba Arturo.

Y una vez que acepté ese pensamiento, este se fue haciendo grande dentro de mi corazón.

¿Cuánto tiempo estuvimos Arturo y yo coincidiendo de casualidad sin que Lancelot nos acompañara?

No podría decirlo con certeza, pero se convirtió en algo tan inevitable como las mareas o el baile de los astros en el firmamento.

Nos encontrábamos en lugares poco transitados: el claro junto a los Campos Infinitos, donde crecen los dientes de león; o al lado del roble hueco que está en el bosque de Briosque; o en el meandro donde el río Fonteval es poco profundo y pueden verse las piedras azules del lecho.

Hablábamos de nada, pero también de todo. Del miedo, de la esperanza, de la vida y de la muerte.

—Llegas tarde —le dije cuando nos encontramos por casualidad junto al rosal del jardín del castillo de Chariot.

—O tú demasiado temprano. Eso nunca me queda claro. — Hizo una pausa mientras miraba en derredor—. Creo que nunca he estado aquí —dijo al fin—. O quizás sí. ¿He estado antes aquí, Morgana?

Lancé una carcajada. Me sentía feliz a su lado.

—Por supuesto que has estado. Siempre estás donde yo esté.

La brisa traía el aroma del mar, de las manzanas asadas y de la miel; aquello debió de resultarle familiar a Arturo, porque él también sonrió.

El jardín llegaba hasta el borde del acantilado.

Desde allí tomamos el camino que serpentea entre brezos, aulagas y tojos en dirección a la playa.

Tenía la certeza de que, en ese preciso momento, éramos las dos únicas personas que habitaban el mundo, y sentí un cosquilleo en el estómago.

No hubiera querido estar en ningún otro lugar.