Morgana 15. ¿Dónde está el país de las hadas? #3
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15. ¿Dónde está el país de las hadas? #3

A estas alturas ya he dejado de preguntarme hasta dónde hubiéramos llegado de no haber oído pasos aproximándose al otro lado de la puerta.

Nos quedamos paralizados. Relajó la mano y mi falda se deslizó hacia el suelo un segundo antes de que Ganieda golpeara con los nudillos y entrara sin esperar aque le dieran permiso.

—La prensa de manzanas está dando problemas y lo mejor sería que…

Algo debió percibir por nuestra actitud, porque dejó la frase en suspenso. La sala estaba iluminaba únicamente por la luz del faro y por las velas que titilaban al lado de nuestra cena, ya fría.

—Disculpad, no sabía… —titubeó, evidentemente avergonzada.

—Tranquila. Yo ya me iba —aseguré.

Comencé a caminar en dirección a la puerta. Merlín me acompañó.

—Morgana —me susurró cuando estábamos bajo el umbral—, ¿quieres que vaya a visitarte esta noche?

El deseo que había sentido minutos antes comenzaba a desvanecerse. Su lugar lo ocupaba la idea, pegajosa e intensa, de que no nos fiábamos el uno del otro. Quizás era mejor esperar a que la confianza se instalara entre nosotros.

—No hay prisa —respondí también entre susurros—. En Ávalon disponemos de todo el tiempo del mundo.

Me alejé de su cuerpo.

—Buenas noches, Ganieda —dije elevando la voz antes de irme.

El hechizo se había evaporado.

En Ávalon, el tiempo no se computa con medidas humanas. No existe la vejez y la muerte no penetra, de manera que, desde el momento en el que puse un pie en la isla, perdí la cuenta de los años que habían transcurrido en el mundo de los que han de morir.

Una mañana en la que se celebraba el mercado de los goblinsme acerqué para adquirir una ampollita de colorante olivar de Hispania después de la lluvia.

Me había autoimpuesto la tareade reescribir Remedios y otras maravillas para cuerpos quebradizos y almas atormentadas que el ceporro del obispo Paulinus lanzó al fuego, y necesitaba ese tono exacto para representar las bilis.

Yentonces sentí que flotaba en el aire olor a forastero.

Podía percibirlo, religado con el aroma del incienso, el anís y el amomo.

En ocasiones, tal y como me había dicho Merlín, algún humano se colaba sin querer en Ávalon.

Al no tratarse de un espacio geográfico al que se tenga acceso de manera subterránea o subacuática, basta con introducirse en un círculo feérico, o con tropezar con una cabalgata de hadas, o con escuchar el canto de un pájaro para que la delicada barrera que separa los dos mundos se disipe.

Las prímulas son especialmente sensibles a ese respecto.

Hacen visible lo invisible y comerlas con gusto es un método seguro si se quiere ver a las hadas.

Tocar una roca feérica con el número exacto de prímulas en un ramillete abre la puerta a Ávalon.

Ahora bien, un error al contarlas aboca a una muerte segura.

Por lo general, los humanos que violan la intimidad de las hadas suelen recibir algún tipo de castigo; sin embargo, si se comportan con respeto y cortesía, puede que regresen a su mundo con alguna recompensa. 73

Caminé entre los puestos, recorriendo con la mirada a las personas con las que me cruzaba para localizar al intruso, hasta que sentí que algo me rozaba el vestido y se deslizaba entre mis pies. Se trataba de un perrito negro y asustado que gimoteó cuando lo alcé en brazos.

—¿De dónde has salido tú? —lo interrogué, observando sus ojillos castaños—. ¿Tienes sed? ¿Sí? ¿A que sí?

Me metí con él en la taberna del Dragón Verde, que se encontraba en la misma calle en la que se celebraba el mercado. Pedí una escudilla con agua y se la ofrecí. El perrito la aceptó gustoso. Justo en ese momento, escuché gritos en el exterior.

—¡Cabal! ¡Cabal!

Un muchacho de rizos rubios, de unos quince años, miraba por debajo de los puestos, silbaba y chascaba la lengua.

Salí de la taberna y comencé a seguirle.

Era él quien desprendía el olor a forastero.

Repasé su anatomía con curiosidad. Iba vestido como un escudero.

Tenía los hombros anchos, la cintura estrecha y las piernas bien torneadas.

Cada vez estábamos más cerca. De pronto, sin esperarlo, se dio la vuelta y chocamos.

—Oh… perdón —se disculpó, haciendo una especie de reverencia que quedó en un torpe traspiés—. Estoy buscando a mi perro. ¿Lo habéis visto pasar? Es pequeño. Más o menos así. —Tanteó el aire, calculando las dimensiones con las manos—. Negro. Seguramente lleve la lengua fuera. ¿Lo habéis visto?

—No es sensato llevar un perro suelto en un mercado.

—Un sabio consejo, sin duda. —Detecté una sombra de ironía en sus palabras—.

Pero he de informaros que no sé cómo ha llegado hasta aquí.

Ni yo tampoco. Estábamos caminando por el bosque y de pronto…

—Paseó la mirada por el mercado y lo señaló con teatralidad—.

¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Vos lo sabéis?

—Bajó el tono de voz para susurrarme—.

Esa mujer de ahí ha intentado venderme un licor hecho con la sonrisa de juventud de mi madre. Me ha pedido un diente a cambio.

Tuve que contener una carcajada.

—Me parece un precio más que razonable. Las sonrisas de juventud de las madres son un bien preciado. ¿De qué mujer habláis? —pregunté elevando la barbilla, mirando a su espalda.

—La que está justo detrás de mí. La de cara de eriz…

Se dio la vuelta. Pero allí ya no había nadie. Estábamos solos. Me observó perplejo.

—¿Qué acaba de pasar? ¿Dónde se ha ido todo el mundo? ¿Quién sois vos?

—Os devolveré a la criatura si adivináis mi nombre 74 —respondí. Me estaba divirtiendo como hacía mucho que no lo hacía—. Disponéis de tres intentos. Si falláis… Bueno, el castigo es limpiar jaulas de grillos por toda la eternidad.

—Tampoco está tan mal. Donde yo vivo, si fallas un acertijo, te obligan a comer pastel de acelgas.

—Oh…, acelgas —respondí encogiendo la nariz—. ¡Menuda plaga!

—¿Y no podríais devolverme a Cabal sin más, como una persona razonable?

—¿Devolvéroslo sin más? ¿Razonable? Suena un poco aburrido, ¿no os parece?

—Tenéis razón. Me gustan las adivinanzas como al que más. A ver…

Puso las manos en la espalda y comenzó a dar vueltas a mi alrededor, recorriéndome de pies a cabeza con la mirada. Se llevó la mano derecha a la barbilla y comenzó a acariciarla, como si se estuviera mesando una barba imaginaria, fingiendo concentración.

—Veamos… Vuestro nombre es: Majestad Nariz Altiva de los Bosques. ¿Acerté?

Lo miré con una mezcla de escándalo y diversión.

—Está claro que no queréis recuperar a Cabal —reí—. ¿Majestad Nariz Altiva de los Bosques? ¿Es eso un nombre o un insulto?

—Por vuestro porte elegante, supuse que sois una reina.

Como he llegado hasta aquí atravesando un bosque, he creído que se trataba de vuestro reino…

y, bueno, se me ocurrió que ya estaréis cansada de que alaben el índigo de vuestros ojos y decidí prestarle atención a la segunda característica más destacada de vuestro semblante.

Pero ya paro. —Me mostró las palmas de las manos en señal de rendición—.

Veo que vamos en serio y quiero recuperar a Cabal.

A ver…, vuestro nombre es… Brunhilda delas Bestias Menores.

Lo miré fijamente, intentando mostrarme indignada, pero no pude contener la risa.

—¡Por Titania! ¡Es una genialidad! Creo que lo adoptaré como alias.

—¿Me devolveréis a Cabal entonces?

—No. Claro que no. Sois imprudente. Solo os resta una oportunidad.

—Esperad, creo que deberíais darme alguna pista… No sé. ¿Cuál es vuestro color preferido? ¿Cuál es vuestro árbol de nacimiento? Qué olor os gusta más, ¿el de las rosas o el del musgo?

—El rojo. El carpe. El del musgo, pero mi preferido es el de las hojas de menta prensadas en un libro de poemas. Y no os disperséis. Mi nombre —azucé.

El joven aspiró el aire con desesperación, como el que está resignándose a su destino.

—A ver…, vuestro nombre es… Vuestro nombre es… — repitió, justo antes de decir—. Estoy dudando entre Teodorade los Formalismos Caprichosos o Dama Distinguida Ladrona de Fierecillas. ¿Cuál me recomendáis?

—Me parte el corazón no poder ayudaros.

—Ya imagino… se nota que sí —musitó—. ¿Dama Distinguida Ladrona de Fierecillas?

Aguardé durante unos segundos, dibujando en mi rostro un gesto de sorpresa y disgusto, llevándome la mano a la boca, mientras abría mucho los ojos.

—¿He… acertado? —preguntó, también sorprendido.

Me eché a reír.

—¡No! Ese no es mi nombre. ¡Habéis perdido!

—Y, sin embargo, al pronunciarlo, nadie pondría en duda que se trata de vos.

—Sois un ser peligroso. Me dan ganas de concederos un ducado y a la vez de arrancaros la lengua.

Y he de advertiros que ambas cosas están permitidas en este lugar —aclaré—.

Es evidente que he ganado yo, pero también es cierto que no habéis suplicado, ni habéis intentado engañarme, ni me habéis llamado «bella flor» o cualquier otra necedad por el estilo.

Además, no tengo intención de quedarme con Cabal.

Debéis de ser un buen compañero si habéis estado dispuesto a seguirlo hasta aquí.

Me dirigí al Dragón Verde y cogí al perrito, que en ese momento estaba dormido sobre una silla. Cuando vio a su amo, salió corriendo y comenzó a dar saltos a su alrededor.

—Gracias —me dijo el muchacho entrecerrando los ojos y encogiendo la nariz, mientras el perro le lamía el rostro—. ¿Me diréis vuestro nombre ahora que tenéis constancia de que no soy un tramposo ni un necio, y de que Cabal se fía de mí?

—No.

—¿Por qué no?

—Tendría que mataros.

—Podríais decírmelo y yo olvidar que lo sé —insistió. Se puso serio. Parecía que había dejado de jugar, pero pronto recuperó el tono burlón—. Hagamos un trato. A cambio de vuestro nombre, yo os diré el mío. ¿No os seduce la propuesta?

—No.

—¿Puedo volver a este lugar?

—Quizás… Hasta que me aburra de vuestra presencia.

—Entonces, quizás —recalcó— me quede aquí para siempre.

—¿Tan divertido sois?

—Más que divertido, me gusta creer que soy ingenioso.

Reímos durante un rato hasta quedar en silencio, el uno frente al otro. Un silencio denso, pero no incómodo. El silencio que se produce cuando dos personas se encuentran en el centro de un remolino de viento.

Y, de pronto, alguien vino a espantar toda la magia.

—¡Arturo! ¡Morgana! —gritó Lancelot—. No me puedo creer que os conozcáis.

70 Pyle, H. (2001). El Rey Arturo y sus caballeros . España: Ediciones Obelisco.

71 Es de sobra conocido el deseo de las hadas por adueñarse de criaturas humanas.

Más allá de sentirse deslumbradas por la belleza de algunas de ellas (Lancelot era particularmente hermoso), hay diversas teorías sobre sus últimas motivaciones.

Una sería la necesidad de incorporar sangre nueva a su debilitada raza feérica.

Otra es la creencia de que los niños humanos raptados sirven para hacer frente al pago que cada siete años les exige el diablo.

Son especialmente vulnerables los infantes que aún no han sido bautizados.

El método habitual para hacerse con ellos es sustraerlos de sus cunas, dejando un sustituto en su lugar.

En ocasiones, puede tratarse de un simple tronco de leña toscamente labrado con forma de bebé humano, al que dan vida sirviéndose de la magia.

Pero el encantamiento suele durar poco y pronto se desvanece.

Entonces, el niño sustituto parece morir y es enterrado, quedando el secuestro sin desvelar.

Se conocen casos en los que las hadas han dejado en la cuna a una de sus criaturas feéricas que no se estaba desarrollando bien.

En otras ocasiones, dejan a algún hada vieja, ajada y perezosa que ya nada tiene que aportar a la tribu para que sean los humanos quienes se ocupen de ella, alimentándola, mimándola, vistiéndola…

, creyendo que en realidad se están ocupando de la crianza de su verdadera progenie.

72 Los primeros mapas astrales de los que se tiene conocimiento los trazaron los babilónicos en torno al 1800 a.

C. Pronto relacionaron erupciones volcánicas, terremotos, inundaciones…

con las evoluciones de los astros. Consideraban el universo como un todo en el que cada elemento estaba interconectado, influyendo en los demás.

El descubrimiento de un cometa podía augurar desgracias como el fallecimiento de un rey magnánimo o el ascenso al poder de uno tiránico.

Se creía que los eclipses anunciaban la llegada de epidemias o hambrunas.

73 En una ocasión, un viejo codicioso se encaprichó de una jarra de oro que se ofrecía en un mercado goblin, y decidió hacerse con ella.

Subió a lomos de su caballo y se introdujo al galope en la feria.

Al pasar por el puesto en el que se encontraba la jarra, se inclinó y la aferró al vuelo con la mano derecha.

Se marchó de la misma manera que entró. A la mañana siguiente, cuando fue a contemplar su trofeo, vio que la jarra se había convertido en un sapo verrugoso.

Y su brazo derecho quedó inútil por el resto de sus días.

Aunque también existen ejemplos contrarios.

En un antiguo relato, los goblins recompensan los buenos modales de un hombre convirtiendo en oro lo que parecía un pago en hojas secas.

74 A los entes feéricos les solaza sobremanera jugar con los humanos a adivinar el nombre. Son célebres los casos de Tom Tit Tot y Rumpelstiltskin.