15. ¿Dónde está el país de las hadas? #2
Poco a poco, la magia que me envolvía despertó a la chova piquirroja aletargada en mi interior.
La torre del castillo de Chariot se convirtió entonces en la plataforma desde la que tomar impulso antes de lanzarme al vacío.
Mis alas siempre habían estado ahí; solo tuve que confiar de nuevo en ellas.
Tras breves pero insistentes tentativas, recuperé plenamente mi capacidad de volar.
Fue desde las alturas cuando al fin me hice consciente dela deslumbrante belleza de la Isla de las Manzanas.
Ganieda había dibujado en papiro el contorno de Britania en mitad del mar, señalando en su interior el nombre de ríos, montañas y valles.
Eso me dio la idea para componer el mapa de Ávalon.
Sobrevolé la costa registrando en mi memoria cada uno de sus contornos, sus cabos y golfos, las playas de arena blanca como el talco, los acantilados de mármol veteado, el recorrido del río Ululante pasada la Ciudad de Cristal, el delta que formaba el río Fonteval en su desembocadura, conectado con el lago de Diana, que a su vez contenía la Isla Escondida.
También pude ver con detalle los Campos Infinitos, con el trigo, la avena y el centeno meciéndose como hilos de oro bajo la luz solar, y los diferentes bosques: el Perdido, el de Darnantes, el de las Manzanas y el de Briosque.
Plasmé cada detalle en pergamino, pero seguía sin tener claro el nombre de los mares que circundaban la isla. ¿Dónde estaba Ávalon exactamente? ¿Al este o al oeste de Britania? ¿Justo sobre la línea del horizonte? ¿En el fin del mundo? ¿Era acaso un lugar geográfico o solo existía en sueños…?
Las gentes de Cambria piensan que queda al norte de sus tierras montañosas, pero también creían que estaba en la parte peninsular del oeste, tan llena de misterios y leyendas.
Algunos dijeron que lo vieron brillar en el pasillo marino que separa Britania de Hibernia, pero la isla iba y venía, de manera que a veces estaba y otras no, lo cual no dejaba de desconcertarles.
Y, no obstante, no faltaban quienes aseguraban que los feéricos habitantes de Ávalon visitaban con asiduidad los mercados de los que han de morir para adquirir productos que no encuentran en su isla.
A saber: peines de hueso, aceite usado de lamparillas de iglesia (muy útil para untar las suelas de las babuchas y caminar sin dejar huellas) o falsas reliquias de santos con las que hacer sonajeros, de manera que no creen que pueda quedar muy lejos.
—En Ávalon no existen los puntos cardinales —me explicó Ganieda cuando le planteé mis dudas—. La isla se mueve a tu voluntad. Por eso el mar Boreal a veces queda en el sur y el Austral baña el norte, trastocando el orden del mar Naciente y el Poniente.
Todo aquello comenzó a tener sentido para mí. Igual que el hecho de que me brotaran alas cuando necesitaba volar. Igual que mi corazón latía sin que yo tuviera que pensarlo. Cuanto más tiempo pasaba en Ávalon, más conectada a la isla me sentía. Ávalon y yo éramos lo mismo.
Mientras Ganieda llenaba de información mi cabeza, Lancelot me torturaba con sus lecciones caballerescas.
Se tomó muy en serio que aprendiera a defenderme con un escudo, a blandir una espada, un puñal, un venablo…
, a caerme y rodar por el suelo para no partirme la crisma y a emboscarme sin que un potencial enemigo pudiera rastrear mis huellas.
Me obligaba a subir y bajar colinas, a saltar obstáculos.
Me hablaba de batallas, duelos, reinos por conquistar y de su brillante futuro lejos de Ávalon.
—Cuando me armen caballero, Morgana —me decía entusiasmado—, le pararé los pies a Escanor de la Gran Montaña.
—¿Quién es ese?
—Un primo lejano mío, temido en toda Bretaña.
Es hijo de un gigante y una bruja, y tiene un porte descomunal —me aclaró—.
Su fuerza depende de la intensidad con la que brille el sol, de manera que, a mediodía, alcanza la resistencia de tres caballeros fornidos.
Así que yo le atacaré en un día lluvioso.
—Buena idea.
Yo le escuchaba y asentía, feliz de que mi amigo tuviera un plan para su futuro. Por mi parte, a esas alturas, estaba segura de que no necesitaba tanto adiestramiento. Ávalon era el lugar en el que quería pasar el resto de mi vida. Y allí nada malo podía sucederme.
Rara vez veíamos a Merlín. Iba y venía de Britania a Ávalon.
Supe por Ganieda que los sajones seguían arrasando pueblos y ciudades, matando a los sacerdotes, derribando altares, clavando lanzas en los corazones de hombres que jamás habían portado un arma, secuestrando a niños para esclavizarlos o para usarlos como moneda de cambio con sus madres, a las que convertían en concubinas para diluir la sangre britana.
Y al parecer, el alfil Merlín se mantenía al lado del rey Úter, pese a que este ya estaba en jaque.
En uno de sus retornos a la isla busqué la forma de quedarme a solas con él.
Ya había revisado todos los libros de la biblioteca del castillo de Chariot y también los de la torre; había buscado en el espejo, elaborado hechizos de localización, convocado de todas las maneras posibles la presencia de mi hermano, pero nada había funcionado.
Necesitaba saber si eran ciertas mis sospechas de que era él quien me impedía conectar con el único ser que yo consideraba mi familia .
Merlín y yo cenamos juntos en la torre. Parecía agotado.
—¿Cómo va todo por Britania? —pregunté.
Ensarté con el tenedor un rabanito encurtido y un pedazo de eglefino asado. Observé de reojo su semblante circunspecto mientras masticaba despacio el bocado.
—Está terminando un ciclo, Morgana —dijo al fin—. Úter no ha logrado que los reinos britanos alcancen un consenso. Con esta división interna es imposible defender la tierra. Los caminos están infestados de bandidos y guerreros extranjeros. Las aldeas saqueadas y los campos sin cosechar.
—¿Y no puedes hacer nada?
Guardó silencio. Hasta a mí me sonó absurda la pregunta.
Alguien como Merlín no dejaría cabos sueltos.
Si pudiera hacer algo, lo haría. Quizás ya lo estaba haciendo.
Eso me recordó cuál era mi objetivo con aquel encuentro.
En realidad, me importaba poco lo que le sucediera a Britania. Y mucho menos aún, a Úter.
—Quiero ver a mi hermano —confesé.
Por una fracción de segundo, vi que su rostro se contraía. ¿Era rabia? ¿Decepción? ¿Recelo?
—Eso no es posible —respondió.
—¿Por qué? —grité apretando los puños—. ¡¿Por qué?!
Se levantó para alejarse de mí. Caminó hasta la ventana que daba a la noche de Alejandría. Y allí se quedó, dándome la espalda.
—Este es tu mundo ahora, Morgana —le escuché decir.
La furia me quemaba por dentro, pero al mismo tiempo no quería dejarme arrastrar por ella; no conseguiría nada por la fuerza.
Cogí las dos copas de vino que había sobre la mesa y me acerqué a él.
La luz del faro iluminaba el agua, cubriendo la superficie con el brillo de las piedras preciosas.
Cientos de barcos llegados de todos los rincones del mundo se mecían en el puerto: pentecónteros griegos, trirremes romanas, corbitas, dromones…
Alejandría parecía tan próxima que incluso se podía sentir el aroma marino mezclado con el del papiro y el sándalo.
Le ofrecí su copa y él la tomó. La alzó y pronunció un brindis.
—Por la reina Morgana —dijo.
—Por el alfil Merlín —respondí yo.
Ambos bebimos. Un opresivo silencio nos envolvió.
Estaba a mi lado, tan cerca, que percibí de nuevo la intensidad de su presencia.
Él debió de sentir lo mismo, porque me arrebató la copa.
Se dio la vuelta y la dejó en una repisa, junto a la suya.
Me miró y, con un rápido movimiento, enterró su mano derecha en mi nuca, me atrajo hacia él y comenzó a besarme.
Aquello no se parecía en nada al beso liviano que me había dado el día que llegué a Ávalon.
Me besaba como si fuese la última gota de agua en el desierto.
Como si el mundo estuviera a punto de acabarse.
Era un beso intenso, que convocaba algo que hasta entonces dormitaba en mi interior.
Me sujetaba la cintura con el antebrazo izquierdo, pegándome a su cuerpo.
Podía medir, por la creciente intensidad de su respiración, cuánto me deseaba.
Pero había algo más en su actitud, una especie de delirio.
Me aparté para observarle.
—¿Cómo me ves, Morgana? —murmuró, mirándome a los ojos—. ¿Me ves como a un hombre al que podrías amar?
De pronto tuve una certeza.
—No te fías de mí… —le susurré.
No era una pregunta.
—Tú tampoco de mí —confirmó, antes de atrapar de nuevo mi boca con la suya.
Seguimos besándonos, pero no podía apartar esa idea de mi cabeza.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¿Por qué? —repetía mi pregunta, mientras buscaba una respuesta adecuada entre la bruma del deseo—. Porque eres indómita.
—¿Es eso lo que te gusta? —pregunté, robándole el aire.
—Quizás. —Apartó un mechón de mi cabello y me apresó con sus labios el lóbulo de la oreja.
Sentí un escalofrío y eché hacia atrás la cabeza. Quería que siguiera y a la vez también quería desentrañar lo que estaba pensando.
—¿Ves a mi hermano cuando te marchas de aquí?
—Morgana…, por favor, para…
Sus labios me recorrían el cuello mientras pronunciaba mi nombre, casi con desesperación. Había comenzado a deshacer los lazos que quedaban a la altura de mi pecho y mordisqueaba mi clavícula. Anhelé el aire, incapaz de pensar.
—Morgana… —repitió—. Ahora mismo Britania está al borde del colapso. Y yo he vuelto a Ávalon. He vuelto a ti. ¿No es suficiente?
Su mano rozó mi pecho. Bajó por mi cintura, rodeó mi cadera y descendió para levantarme la falda. Acarició mi muslo. Sentí vértigo, pero quería que siguiera, aunque carecía de la información suficiente para saber a dónde conducía el camino que estábamos tomando.