Morgana 15. ¿Dónde está el país de las hadas?
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15. ¿Dónde está el país de las hadas?

El rey Arturo y sus caballeros Howard Pyle

La Torre de Merlín se alza en un promontorio, al otro lado dela Ciudad de Cristal, más allá del Bosque Perdido.

Está construida con piedras blanquecinas, similares a huesos de ballena pulidos.

De un primer vistazo no parece muy alta, pero si se le presta la suficiente atención (algo a lo que no todo el mundo está dispuesto) comienza a elevarse, girando sobre su eje, alcanzando enormes proporciones.

Aunque lo que verdaderamente distingue esta torre del resto de torresque hayáis conocido son sus siete ventanas, orientadas a cada una de las Siete Maravillas del Mundo (sin que la minucia de que algunas ya hayan desaparecido suponga un impedimento para disfrutar de sus vistas).

A los pocos días de mi llegada a Ávalon subí a lomos de Taranis y me dirigí hasta allí, esperando poder hablar con Merlín.

Pese a notar cómo poco a poco recuperaba la magia, seguía sin poder convocar la imagen de mi hermano en el espejo y algo me decía que era el mago quien obstaculizaba esa posibilidad.

Subí las escaleras y le oí hablar con un joven.

Estaban en una estancia adjunta al mirador y tenían la puerta entreabierta.

No quise molestarlos, así que deambulé por la sala hasta llegar a la ventana que se asoma al interior del Templo de Zeus (aunque quizás sea más correcto decir que es el propio dios griego el que, desde la lejana Olimpia, observa la Torre de Merlín con sus ojos marmóreos).

Luego caminé hasta la que da a los Jardines Colgantes de Babilonia, y vi cascadas y cascadas de cabelleras verdosas suspendidas en el aire.

—… y así será. Pero no es sensato pasearse por Britania en este momento —le escuché decir al mago.

—Solo puedo medir mi valía luchando con otros hombres de armas. ¿Cómo voy a entrenar aquí? —preguntaba el muchacho. En su voz se denotaba cierto apremio—. En Ávalon no hay caballeros con los que practicar.

—Todo a su debido tiempo…, todo a su debido tiempo… —repetía Merlín pacientemente.

Me encontraba observando el momento en el que la tierra se sacudió en Rodas, haciendo que el Coloso se precipitase sobre el puerto, cuando sentí el peso de una mirada sobre mis hombros. Al darme la vuelta vi a una mujer junto a la penumbrosa ventana que da al Mausoleo de Halicarnaso.

—Oh… ¡Vaya! —exclamé, llevándome la mano al corazón—. Ruego que me perdonéis. Pensé que estaba sola.

Tenía el cabello oscuro, recogido en un pulcro moño, los ojos negros como la noche y la piel blanca y perfecta.

Vestía una túnica de lino crudo y cubría sus hombros con un chal de seda violeta, bordado con hilo de plata.

Por su actitud deduje que no se trataba de una dama de servicio.

Se me cruzó por la cabeza la idea de que pudiera ser la esposa de Merlín y sentí que el rubor se apoderaba de mis mejillas.

Ni el mago ni yo habíamos hecho alusión alguna al beso. Llegué a sopesar la posibilidad de que él ni siquiera lo recordara. Quizás besaba de esa manera a todas las mujeres con las que alcanzaba cierto grado de intimidad. Por mi parte, si no volvía a suceder, sería como si nunca hubiera pasado.

—Volveré en otro momento —le dije a la dama, que seguía mirándome en silencio.

Caminé en dirección a la puerta y entonces ella salió de las penumbras para detenerme.

—No os vayáis, os lo ruego. Siempre es un placer ver la reacción de los que se asoman a las ventanas de la torre. Por favor, seguid. Como si yo no estuviera.

Le di las gracias y me quedé, aunque, para ser sincera, seguir «como si no estuviera» me resultaba difícil.

Hubiera preferido irme, pero me pareció una desconsideración rechazar su amable propuesta, así que me asomé a la ventana que da a la Gran Pirámide de Guiza, con su revestimiento de piedra caliza pulida refulgiendo bajo el sol del desierto.

Luego caminé hasta la que permite ver el Templo de Artemisa, en Éfeso.

—Ahí está —le escuché decir a la dama—, tal y como lo describió Antípatro: «Encaramado en las nubes». Si os fijáis bien, desde esta distancia se puede ver a las sacerdotisas. ¿Oís el ruidito que hacen al arrastrar sus pies desnudos sobre el suelo de mármol? Zass… zass… zass…

Lanzó una carcajada. Yo sonreí.

—Es prodigioso tener al alcance de la vista la infinidad del mundo —dije.

—Del universo —aclaró ella, señalando hacia arriba.

Seguí la dirección de su dedo con la mirada y lo vi: el techo de la torre era una cúpula formada con pétalos de cristal que dejaba expuesta la totalidad del firmamento.

—Sois Morgana, ¿no es cierto? —me preguntó la desconocida.

Asentí.

Sabía quién era yo, pero yo no sabía quién era ella. Claramente estaba en desventaja. Ladeó la sonrisa y continuó diciendo:

—Supongo que él no os ha hablado de mí.

Hizo un movimiento con el mentón en dirección a la estancia donde se seguían oyendo las voces de los dos hombres.

Me pareció descortés confirmar sus sospechas, así que me mantuve en silencio.

—Me llamo Ganieda —se presentó—. Soy la hermana de Merlín. Su gemela, para ser más exactos.

Imaginad mi asombro. Durante el viaje a Ávalon habíamos hablado de detalles íntimos acerca de su nacimiento y su bautismo, pero se le había olvidado contarme el pequeño detalle de que tenía una gemela. ¿Me encontraba ante la otra hija del diablo?

—A Merlín le encanta el sonido de su voz cuando habla de sí mismo —siguió explicando entre risas—.

Es ególatra, narcisista, ambicioso, egoísta y, muchas veces, grosero.

Debe de venirle por parte de padre. Tiene en alto concepto sus valores y en muy bajo los de los demás.

Si no me menciona no es por desconsideración: es que realmente no cree que yo pueda resultar interesante a sus interlocutores.

Yo también reí.

—Solo por cómo habláis, ya me parecéis interesante — confesé.

—Gracias. Es posible que nos veamos mucho por aquí. Este es mi refugio —me dijo señalando el techo de cristal—. Desde aquí puedo contemplar el orden del mundo.

—Tuve una gran amiga…, una hermana —musité, recordando a Sibila—, a la que también le gustaba observar las estrellas.

—Oh… Morgana. Estás aquí. —Merlín y el joven acababan de entrar en la sala—. Veo que ya conoces a mi hermana.

—Sí —confirmó Ganieda—. Ya me ha contado que no paras de hablar de mí.

Me lanzó una mirada de reojo y reímos las dos.

—Siempre estás en mi mente, querida hermana —manifestó él.

Desconozco si se trataba de una respuesta irónica.

Y siguió hablando—: Hoy es día de presentaciones, por lo que se ve.

Morgana, quiero que conozcas a Lancelot —dijo señalando al joven de cabello color miel que estaba su lado—.

Es el hijo del rey Ban y la reina Elaine, pero se ha criado en Ávalon.

—Es un auténtico placer conoceros, al fin.

—El muchacho hizo una elegante reverencia antes de continuar—.

Merlín me ha informado de la terrible manera en la que os han tratado en Almesbury.

De haber estado yo allí, esos malditos hubieran recibido su merecido.

Quedo a vuestro servicio para adiestraros en el arte de la lucha.

Ningún hombre osará a volver a ponerosuna mano encima si seguís mis instrucciones.

—Gracias —respondí, un tanto perpleja por su ofrecimiento.

Las ganas de batallar de Lancelot eran igual de grandes que su atractivo.

Más tarde, Ganieda me contó que no siempre tuvo ese nombre.

Al nacer lo llamaron Galahad, pero quiso el destino que eso sucediera en mitad de una guerra.

El temible rey Caudas acosó de tal manera el reino de sus padres que tuvieron que huir de la ciudad, acompañados de unos pocos sirvientes, con el pequeño Galahad en los brazos.

Cuando ya estaban lejos, el rey Ban cayó en la tentación de darse la vuelta.

Vio su castillo envuelto en llamas y su pobre corazón no lo soportó.

Murió en ese mismo instante. Su esposa, la reina Elaine, dejó en el suelo a su pequeño y corrió a abrazar a su esposo, momento que la Dama del Lago aprovechó para robar al bebé.

71 Lo llevó consigo a su hermosísimo palacio, bajo el lago de Diana, y le cambió el nombre por el de Lancelot.

Allí había crecido, entre grindylows, náyades, kepies y rusalkis.

Del mundo de sus padres heredó la destreza con las armas y las ansias de venganza.

Y en Ávalon se le desarrollaron los músculos, por hacerse hombre en un medio acuático.

Después de aquel encuentro, me acostumbré a pasar largas horas en la Torre de Merlín, que yo rebauticé como la Torre de Ganieda.

Sus ideas sobre el universo me resultaban igual de interesantes que en el pasado las de Sibila.

Decía que el mundo estaba formado por círculos dentro de círculos, y que la influencia de las estrellas y los planetas se apreciaba en el acontecer de la vida.

—Lo que está abajo es como lo que está arriba, y viceversa; así está escrito en la Tabla Esmeralda —me decía—.

El cielo y la tierra están conectados. Son el espejo del otro.

Hay una correspondencia entre la inmensidad del universo y la insignificancia humana.

Es posible anticiparse a las desgracias observando el cielo.

Si se es capaz de interpretarlo, se comprenderá lo que pasa en la tierra. 72

También me hablaba del orden del clima y de cómo se formaban las nubes.

Aprendí a ubicar Polaris, como hacían los navegantes, y a usar gnómones que, con su sombra, señalaban las horas del día y las estaciones.

Desde la torre se podían ver dragones, osas mayores y menores, la corona de Ariadna, centauros, aves del paraíso, delfines…

claramente dibujados con estrellas en el firmamento.

Resultaba inspirador pensar en la posibilidad de que alguien pudiera estar observándonos también a nosotras, como vecinos de un mismo firmamento.