14. La Isla de las Manzanas #2
En medio de aquella espesura brotaba un enorme edificio que parecía tallado en la misma piedra sobre la que reposaba.
Cuatro torres circulares de color gris plata se recortaban contra el cielo.
Estaban rematadas con chapiteles cónicos cubiertos de pizarra.
Una de ellas, la que quedaba próxima al borde del acantilado, era más alta que las demás.
En sus muros, como venas surgidas de las entrañas del edificio, trepaba una enredadera carmesí.
En su conjunto, el castillo parecía más antiguo que el Templo de Salomón; más aún que los Jardines Colgantes de Babilonia.
Ante la puerta de entrada había una fuente sin agua en la que una docena de estatuas cubiertas de verdín mantenían el equilibro, con sus cuerpos de piedra elegantemente contorsionados.
Un grupo de ninfas desnudas bailaban en torno a un sátiro que las observaba con lujuria.
Una asrai atrapada en una red, a punto de licuarse.
También había un kelpie en su formaequina, con un hombre sobre su lomo.
Una glaistig, tan bella de cintura para arriba como caprina de cintura para abajo.
Una rusalka aferraba la cabellera de un humano, cuya cabeza quedaría bajo la línea de agua en cuanto la fuente volviera a estar en funcionamiento…
Me paré a observar cada detalle, extasiada.
Aquel lugar ejercía sobre mí un influjo mágico, como de algo ya vivido.
Incluso a los pies del serbal creí reconocerme, viendo desde el presente un recuerdo de mi niñez.
Por momentos tenía la sensación de que me observaban.
Pero cuando me daba la vuelta, lo que me había parecido una pareja era un caprichoso juego de luces y sombras conformado por las flores de los lilos y las ramas de un carpe.
Cruzamos la puerta y accedimos a un amplio salón en el que había tres mujeres peinadas al estilo griego, ataviadas con túnicas griegas y calzadas (también) con sandalias griegas.
Merlín hizo las presentaciones: Cloto, Láquesis y Átropos, me indicó.
No parecían muy amables, aunque Cloto, la más joven, fingía serlo mucho mejor que las otras dos.
—Oh… Cuánta dicha nos trae tu regreso, querida Morgana —exclamó Cloto, que estaba sentada delante de una rueca. A sus pies tremolaban ovillos de diferentes colores.
—Estamos ocupadas. Muy ocupadas —informó Átropos, la anciana, sin mirarme siquiera.
—Bah…, no más que otros días. Solo hilamos el destino del mundo —repuso Cloto, agitando la mano con desdén.
—No lo digas así —la reprendió Láquesis, que aparentaba unos cuarenta años—. No querrás que Morgana piense que medimos todo el destino del mundo —añadió mientras se daba golpecitos en la palma de la mano izquierda con la regla que sujetaba en la mano derecha.
Cloto lanzó un suspiró de resignación.
—¡Qué tiquismiquis! Está bien —concedió—. Hilamos el destino de toooodo aquel que nazca esta semana.
—De aquí al jueves —aclaró Átropos, mientras afilaba unas tijeras de plata.
—Disculpad mi ignorancia. Llevo tanto tiempo fuera que no recuerdo qué hacéis exactamente —repuse yo.
—Yo hago hilos —respondió Cloto.
—Yo los mido —dijo Láquesis mientras pesaba en una balanza risas, lágrimas y dudas.
—Y yo los corto —sentenció Átropos un segundo antes de lanzar un tijeretazo a un hilo anaranjado—. A este ya no le quedan más mañanas.
—¡Sois las Moiras! —reconocí—. Vosotras tejéis, medís y cortáis el hilo invisible de la vida de cada persona, desde su nacimiento hasta su muerte. Pensaba que erais un mito…
—Eso mismo dicen de ti y aquí estás.
Merlín lanzó una carcajada.
—¿Podríais… mostrarme mi hilo? —pregunté, sin estar del todo segura de querer verlo realmente.
—Oh… no. Claro que no —respondió Cloto con gravedad—. Sería un error hacer eso.
—Despertarías el interés de las polillas —aclaró Láquesis.
—Y yo tendría que cortarte antes de tiempo. Por piedad — se justificó Átropos con los pulgares dentro de los ojos de las tijeras, mientras las abría y cerraba con rapidez.
—Eso no te gustaría, ¿verdad? —me interpeló Láquesis, observándome con intensidad.
—Supongo que no —respondí un tanto incómoda.
—Este encuentro ha sido un auténtico placer, queridas damas —interrumpió Merlín.
—¿Eso crees, mago? —se carcajeó Láquesis.
Las otras dos la imitaron. La risa de Cloto sonó a campanillas. La de Átropos a un carro de leña bajando por una cuesta empedrada.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Merlín, y luego, dibujando en sus labios una sonrisa juguetona, me susurró—: Ya te acostumbrarás a ellas.
Subimos al piso superior. Recorrimos en silencio varios corredores.
Cruzamos un par de salas y atravesamos arcos hasta alcanzar una escalera de caracol que giraba en torno a una columna tallada en piedra que imitaba las raíces trenzadas de un árbol.
Posé mi mano sobre ella y creí percibir su delicado pulso, como si estuviera arraigada a los cimientos del castillo.
A medida que ascendíamos, la arquitectura se volvía más caprichosa.
Los peldaños de pizarra brillaban como alas de cuervo, reflejando la luz de las antorchas que se iban encendiendo conforme avanzábamos.
Tras varios giros nos topamos con una puerta alta y elegante.
Era de olmo oscuro. Carecía de bisagras, cerraduras o pomos.
En el centro de lahoja, aproximadamente a la altura del corazón, los nudos y vetas de la madera daban forma a un ojo del tamaño de un puño.
—Solo deja pasar a quien conoce… —susurré.
—Empiezas a recordar —respondió Merlín sonriendo de nuevo.
Y sin duda a mí me reconocía. Se abrió sin necesidad de empujarla, emitiendo el murmullo que se oye al colocar una caracola sobre la oreja.
Entramos a una sala circular, grande y luminosa. Supuse que era el interior de la torre más alta del castillo, pero, para mi sorpresa, lo que desde el jardín de entrada me había parecido un chapitel de pizarra, en realidad era un tejado traslúcido que revelaba la inmensidad de la bóveda celeste.
En medio de la estancia había una mesa de madera de roble tallado.
Relucía ligeramente bajo la luz rojiza del atardecer, que ya comenzaba a insinuarse.
Las patas eran cuatro esbeltos dragones cuyas alas extendidas sujetaban el tablero.
Acaricié la superficie y tuve la certeza de que si presionaba la cabeza del dragón de la derecha, se abriría un compartimento oculto bajo la mesa, y que si presionaba el ala del dragón de la izquierda, la puerta de entrada a la sala quedaría bloqueada.
Del suelo al techo había estanterías llenas de libros encuadernados en cuero, en mayor número que en la biblioteca del monasterio. Me acerqué para leer los títulos grabados en los lomos con letras de oro.
— Grammatica fulminis . Filomena Truespina —pronuncié en voz alta.
—Un tratado sobre la conjugación de truenos y relámpagos en subjuntivo, y la mejor manera de comunicarse con ellos — aclaró Merlín.
— Invisibilia intuenda, de Glendower y Ada Nimble.
—Los autores son dos hermanos gemelos que jamás fueron vistos. Hay quien duda de su existencia real.
— El arte de hablar con los espejos sin ofenderlos, de Narciso Ego Sum.
—Su libro anterior, Yo, reflejo, resultaba mucho más completo e interesante, si te soy sincero.
—Ya…
Justo detrás de la mesa, en un hueco entre las estanterías, había una enorme ventana que se abría a un mirador.
Salí y Merlín me siguió. La torre estaba edificada en un saliente de manera que, desde esa altura, se intuía el encuentro de dos corrientes marinas.
La inmensidad a nuestros pies; el mordiente batir de las olas encontrándose, golpeando después el acantilado.
Abajo, a la derecha, había una cala de arena blanca, bañada por aguas azul turquesa.
Me volvió el recuerdo de mi infancia en Tintagel.
—¿Qué mar es ese? —pregunté.
—El Boreal. O el Austral.
A la izquierda, siguiendo la línea del acantilado hasta donde se perdía la vista, seguía habiendo agua.
—¿Y este?
—El Naciente. O Poniente —volvió a contradecirse, de manera que lo observé interrogante—. Eres tú quien lo decides — aclaró.
—¡Deja de decir esas cosas! —ordené.
—¿A qué te refieres?
—Todas esas… —No sabía cómo llamarlas—. Fantasías, ridiculeces, cuentos infantiles… ¡Ya no soy una niña!
—Eso es algo evidente.
Sentí que el rubor me inundaba las mejillas, quizás por exasperación… o por vergüenza. No sabía lo que era un cumplido pronunciado en los labios de un hombre. La única que había alabado mi belleza era Sibila.
Él también debió sentirse incó modo, porque cambió de tema. Me propuso asomarnos al mirador que quedaba en el lado contrario. Desde allí se podía ver la rutilante Ciudad deCristal y el río que la atravesaba. Más lejos aún, se alzaba una edificación elevada.
—¿Y eso qué es?
—Mi torre. —El sol se hundía en el mar y la luz anaranjada nos lamía el rostro—. Mañana te enseñaré el resto de la isla.
—¿Estamos en una isla? ¿Cómo es eso posible? —pregunté. No recordaba haber subido a ningún barco.
—En este lugar comienzan y terminan todas las aguas del mundo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Ya lo entenderás.
—¿A qué viene tanto misterio? ¿Qué hago aquí? —protesté.
—Lo que debes hacer. Lo que ya haces. Solucionar lo que ha de ser solucionado. —Suspiró antes de seguir hablando—. Siento ser el portador de malas noticias. Ya te lo adelanté durante el viaje. Britania nos necesita. Úter no sirve. Ha desbaratado nuestros planes.
Merlín parecía disgustado, tanto que no era capaz de explicarse. O al menos yo no alcanzaba a entender a qué se refería con «nuestros planes». ¿Qué planes? Al parecer había hecho una visita a mi padrastro y le había encontrado viejo y abotargado.
—… y es que era imposible imaginar, cuando le conocí, que acabaría de manera…
—Rebuscaba palabras con las que describirlo.
Al no encontrar ninguna, precisó—: Padece podagra.
El humor negro ha descendido a su pie y lo tiene inflamado.
Le arde como si le hubieran encendido un hornillo dentro del dedo gordo. ¿Has visto a algún enfermo de podagra?
—No. Solo he escuchado hablar de ello.
Se trataba de una dolencia que aquejaba a reyes y príncipes glotones. El cuerpo se rebelaba por las borracheras y los atracones a los que le sometía su dueño. Ninguna de las personas que atendí en el hospital entraban dentro de esa categoría.
—El caso es que se ha convertido en un viejo caduco —siguió explicando—. Es increíble cómo la historia de la humanidad está plagada de mandatarios inútiles, desde Tarquinio el Soberbio hasta Nerón.
—Has hablado de «nuestros planes» —le interrumpí—. Pero no sé a qué planes te refieres.
—¡Devolver la magia a Britania! —Me aferró la mano con desesperación—. Cuando lo logremos, tu reinado se extenderá hasta allí.
—¿Reinar en Britania? Ni siquiera puedo reclamar el castillo de mi padre. —Reí sin ganas.
—Morgana…, el castillo de Tintagel es solo una migaja del enorme pastel que te corresponde. Úter no durará mucho. Pero aún es demasiado pronto. Aún…
Pareció dudar, así que aproveché para recordarle que yo no era hija de Úter . Incluso sin tener eso en cuenta, tampoco creía que él fuese el tipo de hombre que cedería su corona a una mujer. Antes había una larga lista de primos y sobrinos dispuestos a matar (literalmente) para heredar ese honor.
—… y en el caso de que una mujer tuviera la ocasión de reinar en Britania, esa sería mi hermana Ana. No yo —le recordé.
—No…, no lo entiendes, Morgana. Britania es la segunda parte de algo mucho más grande. Cuando sepan quién eres…, ¡oh! —Me miró, entusiasmado—. Cuando te vean, Morgana, tan bella, tan elegante, tan inteligente y poderosa…, desearán postrarse a tus pies. ¡La reina Morgana!
Guardó silencio durante unos segundos y lo observé, sopesando la posibilidad de que hubiera perdido la cabeza.
Pero antes de que alcanzase a llegar a una conclusión, oí bullicio en la lejanía.
El sol se había ocultado y la luna y las estrellas brillaban con intensidad en el cielo.
La Ciudad de Cristal refulgía y sus habitantes parecían estar festejando algo, cantando y haciendo sonar campanillas en torno a las hogueras.
—Se ha corrido la voz —dijo Merlín—. Celebran tu regreso.
Hay criaturas que darían la mitad de su vida por habitar en uno de tus sueños.
Las flores ansían rozar tu piel. Hay espadas que esperan tu mano para ser blandidas.
El fuego de las antorchas busca prender la pasión en tu alma.
Los hay que aún no han nacido solo por esperarte… , Morgana.
—¿Esperarme para qué? ¿Qué es lo que esperan exactamente?, ¿que les cure los resfriados?, ¿que les aplique una cataplasma en el pecho? ¿Qué es lo que esperas tú de mí? —pregunté, aún confusa.
Merlín estaba demasiado cerca. Podía sentir su olor boscoso.
—Todo, supongo. —Fijó sus ojos negros en los míos y repitió—: Todo.
Me sujetó la barbilla. Se acercó a mi cara. Y me besó.
Nadie me había besado antes en los labios.
Como no me lo esperaba, y como duró apenas un instante, dudé si había sucedido realmente.
Él también parecía sorprendido. De la misma furtiva manera en la que se acercó, se separó de mí.
Inclinó levemente la cabeza, en un gesto que pretendía ser una reverencia, y se dio la vuelta.
Le vi alejarse en dirección a la puerta.
—Ya estás en casa, Morgana. Has llegado por fin a Ávalon —dijo como despedida.
66 El baladro del sabio Merlín . (1988). España: Miraguano.
67 En galés significa ‘Isla de las manzanas’. Son numerosos los ejemplos mitológicos que relacionan las manzanas con el paraíso o con el otro mundo. Para la tradición celta, las manzanas simbolizan abundancia, magia y conocimiento.
68 Padre de la diosa Modron.
69 Los enanos labraron a Mjölnir, el célebre mazo de Thor, así como una hermosa cabellera para su esposa.
También la lanza de Gungnir, el collar de Freya y una cuerda resistente, aunque fina como la seda, para atar al lobo gigante Fenrir.
Detestan la luz del sol, ya que un rayo directo los convierte en piedra.
Es por eso por lo que algunos aseguran que pasan el día con forma desapo, entre la vegetación de los pantanos.