Morgana 14. La Isla de las Manzanas
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14. La Isla de las Manzanas

«Y cuando Morgaina supo que Merlín hiciera tal encantamiento, pensó de conocerlo (…). Y Merlín, quelavio muy hermosa a maravilla, comenzola a quererbien y dijo:

El baladro del sabio Merlín Anónimo

Merlín me condujo por un camino que en principio me pareció igual a los cientos de caminos britanos que ya había transitado en el pasado a lomos de Taranis.

Tierra pisoteada durante siglos, custodiada por setos de escaramujo y acebo.

Al final, llegamos a un frondoso bosque salpicado de pantanos.

Allí el sendero desapareció abruptamente, la luz del sol quedó tamizada por las ramas de los árboles y una fina bruma diluyó los contornos y colores del paisaje, envolviéndonos con un velo espectral, similar al de los sueños.

Siempre me había sentido orgullosa de mi sentido de la orientación.

Sabía dónde estaba el norte guiada por la posición del sol y las estrellas, al igual que percibía la cercanía del mar.

Era algo natural, como colocar un pie delante del otro si quería seguir avanzando.

Pero en ese bosque mi intuición se esfumó por completo.

No era capaz de recordar la dirección que habíamos tomado, ni si estábamos caminando hacia el este o hacia el sur, como si existiese un quinto punto cardinal del que nadie me hubiera hablado.

El fluir del tiempo también parecía enrarecido.

No avanzaba en línea recta. Allí todo estaba vivido, incluso lo que aún quedaba por suceder.

Merlín, sin embargo, no daba muestra alguna de extrañeza.

—¿Dónde estamos? —le pregunté—. ¿Seguimos en Britania?

Lanzó una carcajada que el eco devolvió un par de veces más. Otra de las particularidades del lugar era el ensordecedor silencio que nos envolvía.

—¿Ya no reconoces la magia que la reina Mab ejerce en el Bosque Perdido? —respondió al recuperar la compostura.

—El Bosque Perdido… —susurré, rebuscando en mi memoria.

—Has pasado tantos años vagando por un mundo ajeno que te sientes extraña en tus dominios. Es normal. Pronto te encontrarás mejor. Estamos en Ynys yr Afallon 67 —proclamó—. ¡Al fin has vuelto a casa!

—He vuelto a casa…

Lo último que recordaba era estar encadenada dentro de un saco de esparto.

Pero eso parecía haber ocurrido hacía siglos.

En otra vida. O quizás fue en la vida de otra.

Forzando la memoria evoqué la figura de mi padre, fuerte y moreno, pero, si pensaba en su nombre, solo venía a mi mente Affalach 68 .

Me giré con aprensión. Sentí que nos espiaban, y pude ver sombras escondiéndose tras los robles.

—Alguien nos observa —indiqué.

—Están emocionados con tu regreso. Te añoraban tanto…

—¿A mí?

Merlín me explicó que las gentes antiguas, las que habitaban en el pasado Britania, abandonaron las colinas ante el avance de sajones y romanos.

Leprechauns, tánganos, la Dama Verde de Caerphlly, trasgos, las gwyllion, los pixies, los hombres morenos de los pantanos, los espíritus del hogar, de los bosques, del agua, jinetes nocturnos, guardianes de tesoros y secretos…

—Todos se refugiaron aquí. Con ellos trajeron la magia; por eso ahora Britania es tan ramplona y anodina —me informó.

Salimos del bosque y miré a mi alrededor. El cielo era intensamente azul. Olía a atardecer de primavera, a una mezcla entre la tibieza del sol en las mejillas, el aroma de especias traídas de los confines del mundo y a…

—Manzanas —farfullé.

—Hay cientos de manzanos. Miles, quizás —confirmó Merlín—.

Y también perales, cerezos, higueras, endrinos…

Las moras, las grosellas y las fresas crecen junto a los arroyos durante todo el año.

El trigo, la avena y el centeno ondean al viento en los Campos Infinitos.

Habas, guisantes, cebollas, ajos…, todo brota de forma natural, sin la amenaza de malas hierbas ni plagas.

En este lugar la tierra no conoce el arado ni el cansancio, porque no precisa de manos humanas para dar sus frutos.

—¿Me he muerto y estoy en el paraíso? —bromeé. No estaba segura de merecerlo, pero no encontraba otra explicación.

—¡Así es! Esto es el paraíso —afirmó Merlín—. Pero no has muerto. Nadie envejece ni muere en este lugar.

El camino de tierra blanca nos condujo directamente a una puerta abierta en una muralla de cristal.

Lo primero que encontramos al atravesarla fue una calle abarrotada de puestos ambulantes, similares a los de cualquier otro mercado de los que se celebraban en Britania: objetos de peltre, de cuero, baratijas, fruta, pan…

, pero, de igual modo, con la misma naturalidad, se vendían frascos con lágrimas de desamor, espejos que reflejaban pensamientos, almohadones rellenos con plumas de grifo y lámparas de luciérnagas.

Los vendedores eran tan pequeños como la persona más pequeña que hayáis visto.

Vestían trajes rojos, azules, verdes… de estilo campesino, y llevaban las cabezas cubiertas con sombreros de copa.

Aunque la principal diferencia de aquel mercado era que los propios productos proclamaban sus virtudes.

—El mercado de los goblins —me informó Merlín—. Aquí puedes encontrar cualquier cosa. —Dudó un segundo y me aclaró—: Menos objetos de hierro frío, como ya te expliqué.

Dejamos atrás el bullicioso mercado y llegamos a un puente.

Cruzaba un ancho río sobre el que se mecían unas barquitas sin nadie a bordo.

Al otro lado se alzaba otro mundo: una ciudad límpida, traslucida, silenciosa.

Las calles eran surcos, similares al tallado de una piedra preciosa.

Las casas tenían muros de cristal, techos de cristal, puertas de cristal, escaleras de cristal…

, de manera que todo quedaba expuesto a las miradas.

No había en toda la ciudad un espacio en el que esconder un secreto, cometer un crimen o amarse con un mínimo de intimidad.

Recorrer esas calles era como caminar sobre la superficie de un lacrimatorio de vidrio gigante.

Allí reinaba una extraña quietud, una paz inmensa, plácida, dulce.

Se oía una música que parecía venir de muy lejos, como tarareos de sirenas, cascabeles y risas.

De vez en cuando nos cruzábamos con alguno de sus habitantes.

Hombres y mujeres sonrientes que me saludaban de forma amistosa, inclinando la cabeza.

Todos eran jóvenes, hermosos y, por la expresión de sus rostros, parecían felices.

—Es todo muy raro —le susurré a Merlín—. Estoy segura de que no los conozco. ¿Cuándo podría haberlos conocido? Y sin embargo, yo también me alegro de verlos a ellos.

—Este lugar se rige por la magia, el júbilo, la inspiración yla cautivadora belleza.

Habrá quien diga que en realidad hay más tragedia que amor, más fealdad que hermosura, más terror que sonrisas, pero eso es porque en ocasiones llegan hasta aquí humanos malcriados que se comportan como puercos en una cochiquera.

En cambio, los que muestran cortesía reciben fascinantes recompensas.

—¿Quieres decir que estas personas no son humanas?

—Sí y no. Algunos. A veces. Depende de a quién te refieras…

—Se encogió de hombros—. Puede darse el caso de que un humano, reacio a ser cautivo o cautivado, pase aquí largos años.

Otras veces hay quien ha intentado llegar y lo único que ha conseguido es vagar sin rumbo por bosques velados por la niebla, o cruzar en barca lagos de aguas color turquesa, logrando únicamente tener la sensación de haber rozado el poder de la naturaleza.

Descendimos una pendiente diáfana y atravesamos el muro, dejando a nuestras espaldas la Ciudad de Cristal.

Tomamos un ancho sendero cubierto de grava nacarada que se asemejaba a las perlas.

Miles de rosados cerezos en flor a izquierda y derecha nos escoltaron hasta llegar a un extenso robledal donde el camino se moteaba de luces y sombras por las ramas entrecruzadas sobre nuestras cabezas.

—El Bosque de Darnantes —me informó Merlín—. Ya casi estamos.

El camino terminaba en una puerta de enormes dimensiones, primorosamente forjada. El hierro trazaba volutas al final de cada línea recta. Las intersecciones estaban rematadas con caritas de dragones sonrientes, otorgándole el aspecto de reja encantada.

—No hay mejores herreros que los enanos 69 —aseguró Merlín, descendiendo de su caballo para abrirla—.

Aunque tienen mal genio. Todos parecen ancianos porque alcanzan la madurez con tres años, momento en el que les crece una frondosa barba.

Antes de cumplir los siete ya la tienen gris.

Algunos trabajan en las minas; allí obtienen los metales con los que fabrican armas y corazas que, por lo general, tienen propiedades mágicas.

No sé si aquella reja era mágica, o si estaba cubierta de óxido, pero lo cierto es que las manos de Merlín se llenaron de un polvillo cobrizo, como si hubiera estado pulverizando alas de mariposa.

Yo también desmonté y sujeté las riendas de Taranis.

Al otro lado de la reja el camino se abría paso entre olmos y castaños que se perdían en la distancia.

Tras ellos podía intuirse un jardínque en el pasado debió ser una auténtica belleza, pero que ahora era un desbarajuste de saúcos y abedules cuajados de escoba de bruja en las copas y que se hundían en una inmensidad de dedaleras salvajes.

Sería faltar a la verdad calificar ese lugar con el nombre de «jardín».

Aunque, para ser precisos, tampoco se trataba de un bosque, ni de una selva y mucho menos de un herbazal florido.

En el aire flotaba tanto aroma a reina de los prados como a musgo y a sal.

—¡El mar! —reconocí aspirando con ansia.

—Tu castillo se alza sobre el acantilado. Como Tintagel. No podía ser de otro modo —informó Merlín.

—Mi castillo…