Morgana 13. El hijo del diablo #3
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13. El hijo del diablo #3

—Es ese un gran cumplido, sin duda. ¡Un gran cumplido! En un mundo lleno de vulgaridad, ser inusual es un orgullo. Tú también lo eres. Inusual —reiteró—. Los inusuales dan miedo. Por eso casi te matan hace unos días.

—Ya…, pero si yo soy inusual, me tiran al río dentro de un saco lleno de piedras. Si tú eres inusual, los reyes se someten a tus designios.

—Porque quieren tenerme de su lado —aseveró.

—Porque eres hombre —refuté.

—Puede ser. —Se encogió de hombros—. En cualquiera de los casos, llevo muchos años intentando encontrar el equilibrio entre el mundo de la magia y la realidad. Y cuando te conocí…, Morgana…, lo supe.

—¿Supiste el qué?

—Que al fin estabas aquí. Que ya no estaba solo.

Nuestro mundo se resquebraja, Morgana. Antes Britania estaba llena de magia.

O de predestinación. O de misticismo. O de embrujo…

Cada quien lo llama a su manera. Estaban el espíritu del bosque y el de las aguas.

En el pasado la isla era una arboleda sagrada, habitada por dioses y diosas.

Los druidas y las sacerdotisas se encargaban de salvaguardar las antiguas tradiciones.

Los círculos de piedra salpicaban el paisaje.

Brotaban del suelo como delicadas manos de damiselas gigantes.

El sol quedaba eclipsado por las alas de los dragones que sobrevolaban la tierra.

Luego llegó el cristianismo y creí que podría unirse a ese baile.

Pero todo está desapareciendo, Morgana. Britania no tiene ni una brizna del encanto de antaño.

Y yo estoy muy cansado de deambular de un lado a otro buscando la armonía.

Tú has llegado para ayudarme. Eres la reina de un mundo que lleva mucho tiempo aguardándote.

—¿Me estás llevando allí?

Asintió.

—¿Y dónde está ese maravilloso mundo del cual soy la reina? —me burlé.

Me miró con severidad antes de responder.

—Donde tú quieras que esté.

Aspiré con fuerza, asqueada de sus juegos.

Merlín me había creído cuando, con tres años de edad, le aseguré que era un hada.

El muy necio. ¿Y este era el profeta? ¿El sabio consejero de reyes?

Lo que él llamaba «magia»… o «predestinación»…

o «embrujo» no era más que scientia naturalis .

Lo había aprendido en el convento. La magia real pasaba por conocer el funcionamiento de la naturaleza.

Miré el cielo, cuajado de estrellas. Me sabía todos sus nombres gracias a Sibila. Pese a todo, quizás por culpa del vino, ahora era incapaz de reconocer ninguna. El cielo era distinto esa noche.

—¿Dónde estoy? —le pregunté con los ojos brillantes y la boca pastosa, sintiendo de nuevo que la autocompasión me acechaba.

—A salvo.

Aquella afirmación desató algo dentro de mí. Empecé a llorar sin consuelo. Él se mantuvo en silencio, a mi lado, hasta que las sacudidas de mi llanto se fueron aplacando. Entonces me sujetó por la barbilla, obligándome a mirarle a los ojos.

—Ahora estás a salvo —repitió.

—Y supongo que debo creerte —comenté con la intención de que sonara como una broma. Pero en realidad pareció más bien una rendición.

Él se puso de pie y comenzó a sacar las mantas de las alforjas.

—Veámoslo de esta manera —dijo mientras las extendía junto al fuego—.

Acabamos de cenar, el cielo es nuestro techo, hace una temperatura perfecta, somos libres y estamos juntos.

No cambiaría mi vida por la de nadie en este momento.

—Me ofreció la mano para ayudarme a ponerme en pie—. ¿Aún sigues llorando?

—No. Solo me brillan los ojos. Estoy cansada.

—Acuéstate. Yo me quedaré vigilando.

—No creo que pueda dormir —dije cubriéndome con la manta. Me recorrió un escalofrío por la espalda.

Merlín colocó su mano tibia en mi frente y aquella cercanía inesperada me hizo dar un respingo.

—Cierra los ojos.

Obedecí.

Le escuché murmurar:

Pon en sus párpados un susurro de estrellas para que el miedo no encuentre allí su morada. Pon una gota de miel en sus labios para que el sueño le sepa a hogar y cobijo. Pon en su pecho un escudo de plumas para que el corazón repose hasta la luz del día.

Pronto sentí que la calma y la seguridad fluían a través de mí. El miedo se disipó. Las dudas se resolvieron. La tristeza se hizo cenizas. Y me quedé dormida.

62 García Gual, C. (2020). Historia de Merlín . España: Siruela.

63 Existe la creencia de que el hierro protege contra la brujería y otros tipos de magia, ya que interfiere con la energía de la que se sirven los entes feéricos, demonios y espíritus, llegando incluso a herirlos.

Colocar unas tijeras abiertas en el quicio de la puerta de entrada a una casa, o sobre la cuna, evita que las criaturas sean secuestradas por las hadas.

Supone una doble protección ya que al poder del hierro frío se suma la forma de cruz.

Las técnicas comunes de forja de las que se sirven los humanos para fabricar herramientas o armas, que implican el uso del calor, eliminan la pureza del hierro, así como su eficacia contra la magia de las hadas.

64 La versión femenina de los íncubos son los súcubos. Entes diabólicos que seducen a los hombres para adueñarse de su energía vital.

65 A lo largo de la historia se ha identificado a Merlín con otros nombres: Marlyn, Melior, Mellin, Mellins, Merdhin, Merlin Ambrosius, Merlin Sylvester, Merlino, Merlins, Merlion, Merlinus, Merlun, Merlyn, Merlyng, Myrddin, Myrrdin…

Algunas fuentes señalan que, cuando se presentó ante Vortigern, era conocido por Ambrosius.

Tradiciones escocesas y galesas lo identifican con Lailoken, un profeta bardo que vive en los bosques.

Todo apunta a que Myrddin sería el nombre original galés, que significa ‘colina del mar’.

Fue Geoffrey de Monmouth quien determinó el nombre por el que pasaría a la historia.

El clérigo (que también era escritor) sabía que una obra literaria que quisiera transcender debía estar escrita en latín.

Así fue como Myrddin pasó a ser Merlinus.