Morgana 13. El hijo del diablo #2
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13. El hijo del diablo #2

—Espero que el prior Aldred y sus secuaces vayan derechos al infierno, que pasen sus días retorciéndose entre llamas, que el cuerpo se les llene de ampollas que supuren por las noches, así una y otra vez, por toda la eternidad —describí sin pasión.

Intuí un gesto de complacencia en el rostro de Merlín—.

Los monjes parecen más interesados en encontrar el mal que en hacer el bien.

Los muy lerdos no saben distinguir lo uno de lo otro.

Buscan y buscan señales que luego malinterpretan.

Consideran que una oración pronunciada en labios de una mujer es un conjuro.

Ven un pacto con el diablo si son las manos de una mujer las que obran el milagro.

Ni el prior Aldred, ni el resto de los monjes que lo secundan, ni siquiera las gentes que se han beneficiado de la suerte de haber coincidido en el tiempo y el espacio con Sibila la merecieron.

Desagradecidos, toscos, repulsivos, mezquinos…

Sentí que los ojos se me empañaban de nuevo.

—Han sido solo una piedra en tu sandalia —aseguró Merlín—. Seres indignos de tu grandeza. Cuando accedas al lugar que realmente te corresponde, podrás observarlo todo desde arriba. No serán más que una historia que contar…, si es que alguna vez deseas contarla.

No parecían frases hechas, ni palabras de consuelo pronunciadas para hacerme sentir mejor, pero ese fue el efecto que causaron en mí. Merlín tenía la virtud de ordenar mis emociones.

—Se está poniendo el sol —señaló, cambiando de tema—. Deberíamos encender una hoguera antes de que anochezca. ¿Me ayudas a buscar algunas ramas secas?

Nos sentamos frente al fuego. Comimos en silencio un poco de queso y pan con miel. Yo masticaba y masticaba, pero era incapaz de tragar. Todo me sabía a esparto. Estaba triste y cansada. Solo tenía ganas de dormir una semana entera. O quizás diez días. O diez mil años.

—Ten. Bebe un poco —me ofreció, tendiéndome un boto con vino.

Lo observé durante unos segundos, dudando si sería buena idea. En el hospital usábamos el vino para hacer tinturas. También se lo dábamos a los enfermos cuando había que recolocar algún hueso desencajado o cuando se hacía necesario cerrar con aguja e hilo alguna herida.

—Te hará sentir mejor —aseguró.

Supuse que el vino serviría también para acallar los dolores del alma, así que acepté el ofrecimiento.

Me lo llevé a los labios y tomé un sorbo.

Bajó raspando la garganta, así que hice una mueca.

Tras unos segundos, sentí una calidez reconfortante.

Di otro trago y se lo devolví. De pronto tuve la certeza de que debía dejar algo claro.

—No sé qué es lo que esperas de mí, pero no soy un hada.

—Claro que no. Eres mucho más que eso.

No entendí lo que quería decir, así que insistí:

—Cuando vivía en Tintagel estaba segura de que podía volar, pero solo era una fantasía infantil. Supongo que volaba con mi imaginación para escapar del castillo. Desde que entré en el convento no he vuelto a alzar el vuelo.

—Porque no lo has necesitado —concluyó sin asomo de duda.

—Si fuese un hada… o una bruja, como ellos aseguraban —recalqué—, habría podido liberarme de los grilletes. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero no lo conseguí.

—No es así como funciona.

—¿Como funciona el qué? —pregunté irritada.

—La magia. Tiene reglas, como el resto del universo. Elagua no puede hacerse humo sin calor, ni piedra sin frío. En el interior de una minúscula bellota hay un roble dormido. Y el poder de las hadas se debilita en contacto con el hierro en su forma más pura. 63

Fijé la vista en las llamas.

—Si tienes alguna otra duda, este es el momento de preguntar —me dijo.

Me volví para observarle con gesto de perplejidad.

¿Alguna otra duda? ¡Las tenía todas! Tantas que ni siquiera sabría por dónde empezar.

Caminaba sin saber a dónde junto al hombre que se había llevado a mi hermano, junto al hombre del que llevaba años escuchando historias tan extraordinarias como inquietantes.

Se decía que Merlín era sabio y astuto. Que sobrepasaba los límites de la humanidad.

Que podía hacerse invisible. Que conocía todos los secretos del universo.

Que podía influir en el orden de las mareas, aplacar los vientos, agitar las entrañas del mundo y hacer que los montes vomitaran fuego.

Que era capaz de comprender a los espíritus de la naturaleza porque hablaba las lenguas de cada uno de los seres que habitaban la tierra.

—El tiempo… —Me decidí por eso.

—El tiempo —repitió.

—Dicen que no eres un profeta. Que no predices lo que nos depara el destino, sino que en realidad lo conoces porque vives al revés y ya has estado en el futuro.

Lanzó una sonora carcajada que quedó flotando en el aire. Y siguió riendo lo suficiente como para hacerme sentir ridícula.

—Me alegra que encuentres mis comentarios tan divertidos —dije y eché al fuego una ramita que encontré junto a mi pie.

—Lo siento, perdona…, es que no deja de sorprenderme la imaginación que tiene la gente para sacar conclusiones sobre los demás.

Si consiguieran orientar ese talento para mejorar sus vidas, los problemas del mundo ya estarían resueltos.

—Se leescaparon un par de risillas más antes de forzar un gesto de gravedad para afirmar—.

Es una completa estupidez. Ni siquiera yo puedo hacer eso con el tiempo.

—Entonces no lo entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Tengo un claro recuerdo de la primera vez que nos vimos. Yo iba a cumplir los cuatro y tú debías rondar los treinta. Pero ahora tengo dieciséis y no pareces mayor de veinte.

—Ah… te refieres a eso —contestó ladeando la sonrisa—. No, no tiene nada que ver con vivir al revés.

Guardó silencio mientras observaba el baile de las llamas.

—¿Y ya está? —pregunté, algo molesta.

—Dame un segundo. —Conté hasta tres—. A ver…

la respuesta sencilla es que mi aspecto lo determina la esperanza del que me observa.

—Otros tres segundos—. Vortigern me veía como a un niño, porque sus adivinos le dijeron que buscara a un niño sin padre.

Cuando Aurelio Ambrosio y Úter me convocaron por primera vez, esperaban a un consejero de mediana edad, y es lo que asumieron que tenían delante.

Los mendrugos de hace unos días me veían como a un demonio, porque eso es lo que creían que era.

En cuanto a ti…, bueno…, es lógico que me vieras con el aspecto de un hombre adulto cuando tenías tres años.

Y supongo que ahora necesitas poder confiar en alguien que se aproxime más a tu edad.

—Suspiró antes de volver a preguntar—.

¿Qué más cosas has escuchado decir de mí?

—Que eres hijo del diablo —susurré un poco avergonzada.

Conocía diferentes versiones de la historia, que en esencia concluían todas en lo mismo.

Al parecer, la hija del rey de Demecia, célebre por su belleza y decoro, comenzó a mostrar síntomas de encontrarse encinta.

Teniendo en cuenta que la princesa estaba soltera, que desconocía los principios básicos de la concepción y que no había abandonado jamás los límites del palacio sin la compañía de sus padres, aquella circunstancia resultaba altamente inquietante.

Tras un arduo interrogatorio desveló que un ser hermoso, de piel radiante y cálida, la visitaba por las noches.

En la intimidad de la alcoba, aquella criatura se posaba sobre su virginal cuerpo con la delicadeza de una mariposa libando una flor de azucena.

Por las mañanas desaparecía de la misma prodigiosa manera en la que se presentaba, dejando las sábanas impregnadas por un leve aroma sulfuroso.

Los más sabios del reino llegaron a la conclusión de que se trataba de un íncubo 64 , un demonio que adoptaba el aspecto de un hombre apuesto para seducir a las mortales y concebir hijos con ellas.

¡Y no se trataba de cualquier demonio! El ser que había elegido a la princesa para sus concupiscencias era el mismísimo Lucifer, y su intención, la más vil de todas: sembrar al anticristo en el vientre de la hija del rey.

Con semejante espada de Damocles sobrevolando el reino, el embarazo de la princesa siguió su curso hasta que dio a luz a una criatura extraña, que era, sin lugar a duda, de sexo masculino.

Nació como enfurruñado, con los ojos negros muy abiertos y con los puños apretados.

Aunque lo más destacable de su anatomía era ladensa capa de pelo gris que le cubría desde la coronilla hasta la punta del pie.

Sin perder un instante, el rey llevó al bebé ante el sacerdote, y este le impuso el santo sacramento del bautismo.

Cuando el agua bendita rozó la cabecita del niño, el vello de su cuerpo cayó, y comenzó a berrear como toda criatura cristiana suele hacer en esas circunstancias.

—El bautismo me liberó de mi destino —afirmó Merlín con gravedad—. Mi madre me contó que un halcón merlíncruzó el cielo justo en ese momento. Y así fue como decidieron mi nombre. 65

Se encogió de hombros y volvió a guardar silencio. Aún tenía entre las manos la bota de vino. Se la arrebaté y le di otro sorbo. Su calidez me dio valor para seguir interrogándole.

—Entonces…, ¿ya no queda en ti nada demoniaco?

Me arrepentí de utilizar la última palabra en el mismo momento en el que comencé a pronunciarla. El resplandor de las llamas dibujaba sombras danzarinas en su rostro.

—Todos llevamos dentro un demonio. Lo que en realidad deberías preguntarme es si soy capaz de mantenerlo bajo control. —Los ojos se le oscurecieron aún más al mirarme de reojo. Bajó el tono de voz y una sonrisa maliciosa se perfiló en sus labios—. ¿Te parezco un demonio, Morgana?

Paladeó mi nombre con complacencia, saboreando la idea de asustarme.

Ya me conocéis: no iba a darle el gusto.

—Me pareces inusual —respondí con rapidez, devolviéndole el vino y sosteniéndole la mirada.

Echó la cabeza hacia atrás y rio con ganas de nuevo.