Morgana 13. El hijo del diablo
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13. El hijo del diablo

Historia de Merlín Anónimo

Escuché al obispo Paulinus repetir de nuevo lo que iban a hacer con la víbora, cuando su discurso se vio interrumpido por los murmullos de los aldeanos.

Pese a encontrarme dentro del saco, pude reconocer el sonido de cascos de caballo aproximándose.

Intenté descubrir de quién se trataba forzando la vista por el entramado de la arpillera.

—¿Quién sois? —preguntó el prior Aldred. El tono de su voz delataba cierta aprensión.

El caballo del extraño pateaba el suelo con brío, demasiado cerca de mí.

—¡Soltad a la chica! —ordenó antes de desmontar.

Reconocí la voz al instante: Merlín. Desde mi posición solo podía ver sus botas. ¿Qué diantres hacía aquí?

—¡Ayúdame! —le grité.

—Estáis interrumpiendo un juicio, caballero —indicó el prior Aldred.

—¿Llamáis juicio a esto? Lo único que yo veo es un desafuero.

El obispo murmuró algo sobre irreverencias o insolencias o contingencias; no lo oí bien.

—Solo lo diré una vez: voy a sacar a la muchacha de este saco y la llevaré conmigo. No quiero dañar a nadie, pero no dudaré en hacerlo si os interponéis en mi camino —advirtió Merlín con voz sosegada.

Por primera vez en todo el día, vi al obispo titubear. Abrió y cerró los ojillos con rapidez. El labio inferior le habría temblado, de haberlo tenido.

—La bruja os ha convocado —musitó, convencido de que esta era la primera ordalía, de la que se tuviera conocimiento, en la que el diablo hacía acto de presencia para rescatar a una de sus acólitos—. Habéis acudido en ayuda de la bruja…

—Efectivamente —replicó Merlín a la vez que se acercaba al saco y comenzaba a deshacer el nudo.

— Vade retro S atana! No atravesarás esta cruz, aunque tus modales sean corteses.

El obispo caminaba hacia nosotros aferrando la cruz de plata repujada que le colgaba del cuello, interponiéndola como si fuera un escudo. Un grupo de monjes avanzaba a un paso de distancia por detrás de él. Merlín dejó lo que estaba haciendo y se incorporó.

—No os acerquéis más —advirtió.

—¡Ah…, Satán! Te crees muy listo colándote en esta tierra cristiana como un zorro en un gallinero. Pero tus cuernos retorcidos se insinúan en tu cabeza. ¡No puedes ocultarlos a mi vista!

La multitud lanzó un grito. Ellos también los veían.

—Dejadnos marchar y no os sucederá nada —volvió a advertir Merlín.

Por el entramado del saco vi al obispo negar con la cabeza. Alzó un poco más el crucifijo. En su boca sin labios se perfilaba una sonrisilla demente.

—Oh…, no. No. De ninguna manera. No haremos un pacto con el diablo.

Iba paso a paso, avanzando. Sus ministros lo seguían. Un grupo de aldeanos comenzó a rodearnos. Ya estaban cerca. Eran demasiados.

—¡Sácame de aquí! —grité de nuevo.

No puedo explicar lo que ocurrió a continuación porque, desde el interior del saco, lo único que pude percibir fue un sonido sordo, seguido de un resplandor que me obligó a cerrar los párpados.

Los oídos me silbaron unos segundos y entonces noté que el nudo se aflojaba.

Me incorporé de un salto, inspirando el aire puro con ansia.

Mis ojos tardaron un poco más en acostumbrarse a la luz del día. Cuando al fin lo lograron, contemplé el caos que se extendía a nuestro alrededor. Aldeanos y religiosos yacían en el suelo, inertes.

Merlín estaba agachado junto al monje que llevaba las llaves de mis grilletes enganchadas al cíngulo. Tiró de ellas y se acercó para liberarme.

—Los has… ¿los has matado? —pregunté.

—¿Acaso importa?

Reparé de nuevo en ellos; estaban ahí, desmadejados. Lamitra del obispo a dos pies de su cabeza. El hermano Saturnino con la cara aplastada contra la sandalia del prior Aldred.

¿Me importaba que los hubiera matado? No me dio tiempo a encontrar una repuesta: Merlín ya estaba a lomos de su yegua y me apremiaba.

—Se despertarán en unos minutos, así que tenemos que darnos prisa. ¡Vámonos! —me gritó, tendiéndome la mano para ayudarme a subir en la montura.

Todo aquello parecía un sueño; una pesadilla, para ser más exactos. El mago se presentaba de nuevo en mi vida para darme órdenes. Ahí estaba el hombre que se había llevado a mi hermano. El hombre al que tanto temía y odiaba.

Pero también era el hombre que acababa de salvarme la vida.

Su mano seguía esperando la mía. Trastabillé de manera poco elegante al sacar los pies del saco lleno de piedras, ignorando su ofrecimiento. Le di la espalda y comencé a caminar, rumbo al monasterio.

—¿Qué crees que estás haciendo? —gritó.

—Voy a buscar a Taranis.

—Tenemos que irnos. Vas a conseguir que te maten. —Yo seguía avanzando. Se colocó a mi altura—. ¿Dónde está?

—En las cuadras del monasterio.

Se interpuso en mi camino y volvió a ofrecerme su mano.

—Sube. Te llevaré.

Dudé un momento. Miré hacia atrás y vi a aquella jauría de humanos que a punto habían estado de acabar con mi vida. Un escalofrío me recorrió el cuerpo al recordarlo. ¿Cuánto tiempo tardarían en recuperarse? Volví mis ojos hacia Merlín.

—Soy tu mejor opción —aseguró, como si me estuviera leyendo la mente.

Él sabía que yo sabía que tenía razón.

Tuve que aceptar su mano. Coloqué mi pie desnudo sobre el suyo, di un pequeño salto y me subí a la silla, delante de él. Azuzó a su yegua y galopamos. Sentía el pecho de Merlín pegado a mi espalda, y supongo que era ese un contacto de ida y vuelta porque me dijo:

—Te late el corazón muy deprisa.

—Es que nunca antes me habían condenado por bruja — respondí irónica.

—Ya te acostumbrarás —se burló él.

Cuando llegamos al monasterio, lo encontramos vacío.

Corrí hasta mi celda para recuperar los objetos que desterré durante el tiempo que había durado mi vida monacal.

Los guardaba debajo del camastro. Merlín se quedó vigilando en la puerta.

Me puse el vestido de lana, me calcé las botas de cuero, me eché por encima de los hombros la capa forrada de piel de conejo e hice un hatillo con la biblia del padre Edwin, el peine de hueso y el espejo de plata. Después nos dirigimos a la cuadra.

—No pienso irme contigo —anuncié mientras ensillaba a Taranis.

—Sí lo harás —me contradijo.

—¿Dónde está mi hermano? —pregunté llena de rabia, enfrentándole la mirada.

—A salvo.

—¡¿Dónde está mi hermano?! —repetí a gritos.

—A salvo —volvió a responder sin perder la compostura—. Y a ti también te pondré a salvo.

Una idea fugaz atravesó mi mente: Merlín sabía dónde estaba mi hermano. En ese momento, el mago era mi única conexión con él.

—Está bien —dije plegándome a sus deseos—. Me iré contigo.

Pasamos los siguientes días huyendo, moviéndonos tan rápido como nos permitían nuestras monturas, transitando bosques de robles añosos, saúcos y espinos blancos.

Merlín y yo, como entes de otro mundo, sobrevolando la neblina en la que se sumergía el revuelo de hojas que dejábamos a nuestras espaldas.

Bajamos el ritmo al llegar al pie de una montaña.

Tomamos un estrecho sendero y subimos y subimos, rumbo a las desflecadas nubes grises que la coronaban.

Cabalgábamos en silencio, uno al lado del otro.

Merlín no quería darme la oportunidad de empezar a discutir y yo seguía desconfiando de él, aunque me hubiera salvado la vida.

De cuando en cuando lo descubría observándome de reojo, con sus ojos negros y brillantes, como la turba de los pantanos.

Y un escalofrío me recorría el cuerpo de los pies a la cabeza.

En la tarde del cuarto día atravesamos un páramo salpicado de fresnos que parecían pintados sobre la línea del horizonte.

Alcanzamos los restos de una edificación de piedra gris de la que quedaban poco más que tres paredes mordisqueadas por las inclemencias del tiempo.

Cerca había un riachuelo. El mago me anunció que pasaríamos la noche allí.

Descendí de Taranis y lo acerqué a la orilla para que pudiera beber, y después me acuclillé para refrescarme.

Al echarme agua en la cara, tomé conciencia de que aún la tenía tumefacta por la caída.

Los ojos me ardían. Inevitablemente regresó el recuerdo de la banshee: una lágrima por la manera en la que Sibila había dejado este mundo.

Otra, por el hogar al que no podía regresar.

Otra, por el hospital, que quedaría a la deriva.

Otra, por las mujeres del convento, que no tendrían el valor de enfrentarse al prior Aldred y pasarían el resto de sus vidas sometidas y conformadas.

¿Qué sería de mí ahora? ¿Qué hacía siguiendo los pasos de Merlín?

¿Adónde íbamos? No tenía fuerzas para huir.

¿Y huir adónde? El mundo era un lugar inhóspito, dominado por la irracionalidad.

El brillante cielo azul que nos había acompañado durante toda la jornada empezó a llenarse de nubes grises.

—¿En qué piensas?

La voz de Merlín sonó firme a mi espalda, espantando mis lúgubres pensamientos.

Tras ellos se fue también el preludio de la tormenta.

Volví a echarme agua fresca en la cara para borrar cualquier rastro de lágrimas.

Me sequé las manos en la falda del vestido, me incorporé y le miré a los ojos antes de hablar.

—Creo que el obispo Paulinus y el prior Aldred se entregan en cuerpo y alma en su lucha contra el demonio —respondí fingiendo una serenidad que aún no había recuperado—.

Entiendo su preocupación y meticulosidad, aunque ese fervor los ha llevado a cometer un terrible error que espero el Señor sepa perdonar.

—Hablas como una monja.

Lo observé con gesto interrogante.

—No quiero saber lo que opina la hermana Le Fay —se explicó—. Quiero saber lo que siente Morgana.

—Lo que siente Morgana… —murmuré para mí misma.

¿Dónde estaba la voz de Morgana? ¿En qué lugar remoto la había escondido? Forcé mi oído para escucharla. Presté atención y la encontré. Ahí estaba, alzando la voz.