Morgana 12. La bruja #4
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12. La bruja #4

—«Contra los malos sueños y los pensamientos pertinaces» — siguió leyendo—.

«Colocar bajo la lengua hojas de amapola mientras se rezan tres Pater Noster al revés.

Si la lengua se adormece antes de terminar el tercero, el descanso está asegurado» —recitó—.

¡Esto es terrible! ¡Terrible! ¡Una llamada a la venida del anticristo!

—exclamó—. No es de extrañar que nos asolara una plaga.

Rezar el Pater Noster al revés está a la altura de la herejía de aquellos que niegan los valores cristianos invirtiendo la cruz.

Suspiro del público. Yo también suspiré, pero de hastío. Aquello rozaría el ridículo si no fuese tan dramático.

El obispo iba pasando páginas, acompañando cada vuelta de hoja con un gesto de estupefacción, seguido por uno de repugnancia.

—No puedo mostraros lo que en estos momentos estoy viendo.

No quiero perturbaros —manifestó irritado antes de lanzarse a describir lo que veía en mi libro—.

Un hombre despojado de su costado. En el lugar donde debería estar su alma, esta mujer ha dibujado huesos y entrañas, y junto a la imagen ha anotado en latín: Hepar.

Locus bilem generandi. 60 Sin duda, un maleficio.

Arqueé una ceja con resignación mientras él seguía pasando las páginas a las que tantas horas de trabajo había dedicado.

—Oh… ¡Esto es terrible! ¡Abominable! —gritó.

La multitud dio un paso hacia delante, intentando atisbar el motivo de su alarma—.

Una mujer desnuda, en una postura que recuerda a las bacanales paganas, exponiendo orificios que el Señor cubrió con vello, para evitar que los ojos piadosos pudieran verlos.

Y ella, ¡ella! —insistió señalándome—, ha añadido una leyenda junto a uno de esos orificios: Origo vitae humanae . Origen de la vida humana —aclaró.

La gente estaba realmente entusiasmada, anhelante por ver lo que el obispo veía: el dibujo que hice para enseñar a las novicias cómo atender los partos.

El obispo Paulinus cerró de golpe el libro. Dejó flotando en el aire el sonido del portazo de un ataúd.

—¡He aquí una nueva Eva! —gritó—. Ha sustituido la manzana por pluma y tinta. La hermana Sibila y ella no solo han abierto los cuerpos: también os han abierto las puertas del infierno.

Una exhalación ahogada recorrió la plaza, momento que el obispo aprovechó para aferrarse el pecho con la mano derecha, cerrar los ojos e inspirar y espirar exageradamente. Cuando al fin pareció recuperar el ritmo de la respiración, dictó sentencia:

—Hermana Le Fay, parece demostrado que eres culpable de alianza con el maligno y entrega a las artes prohibidas.

Como consideramos que solo el Altísimo conoce el tamaño de tus pecados, te encomiendo también al juicio de Dios.

Te llevaremos hasta el río y allí será Él quien determine tu destino, al igual que ha determinado el de tu maestra.

Quizá fuera el agotamiento acumulado en los últimos días, pero no estaba asustada. Fuera lo que fuese a suceder, ya nada tenía que ver conmigo. Mi cuerpo estaba allí, pero yo estaba lejos.

Detuvieron la carreta cerca de la orilla.

Desataron la cuerda que sujetaba los grilletes a la base y me obligaron a bajar.

Había una hoguera en torno a la cual se congregaban los aldeanos.

Reconocí algunos rostros. Los observé con serena indiferencia.

La plaga estuvo a punto de arrastrarlos a la muerte y ahora estaban allí para contemplar la mía.

—Nos encontramos aquí, por segunda vez en el día de hoy, para asistir a un nuevo juicio de Dios —enunció el obispo Paulinus, con la entonación de quien pronuncia misa.

Aún llevaba mi libro entre sus manos. Caminaba en torno a la hoguera, mostrándolo al público.

Dio una vuelta completa, tras lo cual, con un grácil giro de muñeca, lo lanzó al fuego.

Resistió durante unos segundos, pero pronto las llamas comenzaron a mordisquear el cuero, alcanzaron el pergamino ymis dos años de trabajo se convirtieron en cenizas.

—¡Ya no podrás depravar a nadie más! —le informó al volumen mientras este se ennegrecía.

Percibí un movimiento a la izquierda que me hizo volver el rostro.

Uno de los ayudantes del obispo se acercaba.

Llevaba algo en la mano. Parecía una soga gruesa, pero, por la expresión aterrada de la gente que se apartaba a su paso, supuse que debía de tratarse de otra cosa.

Forzando la vista reconocí un movimiento lento y sinuoso y una textura brillante, como de cuero bruñido.

La cuerda estaba viva. Se trataba de una víbora.

El religioso la sujetaba por la cabeza mientras esta se retorcía intentando zafarse.

—Como en la anterior ocasión, una serpiente, símbolo del mal, servirá para determinar, por medio de la ordalía 61 , la inocencia o culpabilidad de la hermana Le Fay.

Otros dos religiosos se acercaban mientras hablaba, arrastrando un saco de arpillera tosca. Por sus gestos esforzados, parecía llevar pesadas piedras dentro.

—Introduciremos a la acusada en este saco.

Aproximaremos la víbora a la hoguera y, acto seguido, meteremos al animal con ella.

Será Dios quien decida si el reptil se comporta de manera dócil o agresiva.

Si el saco deja de moverse, será la prueba de que la acusada es culpable.

Si es así, la arrojaremos al río, ya que una criatura de tal calaña no debe ser enterrada en tierra sagrada.

Así que era eso lo que le habían hecho a Sibila. Mi querida Sibila. Mi querida hermana…

Quería mostrarme firme, pero el cuerpo no me respondía.

Temblaba sin control y sentía una presión en el pecho que me impedía respirar con normalidad.

Los dos monjes centinelas se me echaron encima.

Uno de ellos colocó sus manos por debajo de mis brazos mientras el otro se agachaba para sujetarme los tobillos, pero me adelanté a sus intenciones y le lancé una patada que le acertó en la boca.

Contuvo una maldición con el envés de su mano.

Al darse cuenta de que le estaba sangrando el labio, arrugó la nariz y apretó los puños.

Aproveché el desconcierto para zafarme y eché a correr, consciente de que no podía llegar muy lejos.

Estaba descalza. Tenía las manos engrilletadas.

Apenas había comido y descansado en los últimos días.

Pese a todo, el instinto de supervivencia me espoleó, empujándome a huir sin rumbo.

Trepé por una ladera próxima, pero resbalé en la hierba húmeda y caí de bruces.

El hierro que me encadenaba las muñecas se me clavó en el estómago cuando intenté amortiguar la caída.

Por un momento, me quedé sin respiración.

Me incorporé con dificultad, jadeando, exhausta.

Avancé dos zancadas más antes de sentir que una mano aferraba mi tobillo.

Volví a caer y rodé colina abajo junto a mi apresador.

Forcejeé, lancé patadas, pero no tenía nada que hacer; era mucho más grande y fuerte que yo.

Se sentó sobre mis muslos. Quedamos frente a frente.

Le conocía. Había solicitado nuestra ayuda para poder alimentar a su familia.

Más de una vez le habíamos dado pan, sopa y, en invierno, mantas de lana.

En una ocasión, uno de sus hijos se dislocó un hombro y Sibila supo recolocárselo.

En ese momento, el hombre parecía haber olvidado todo aquello.

Me aplastaba bajo su peso. Jadeaba. Tenía la boca entreabierta, así que podía ver sus dientes grises.

Estiré las manos y las coloqué bajo su barbilla, intentando alejar de mi cara su repugnante aliento a cebolla.

Con una de sus manos inmovilizó las mías.

Con la otra sacó un cuchillo que guardaba en una funda enganchada a su cinturón.

—Te voy a sacar a navajazos todo el veneno que llevas dentro, ¡¡bruja!! —gritó con desprecio para que todo el mundo pudiera escucharlo.

Miré en dirección a la orilla. Allí seguían los aldeanos, observando con el rostro expectante mi intento desesperado de escapar.

Seguramente estaban disfrutando de uno de los mejores espectáculos que habían visto en su vida.

Uno de los monjes llegó a nuestra altura, sofocado.

Entre los dos me levantaron del suelo y me llevaron en volandas hasta el saco.

Otros dos monjes nos esperaban con él abierto, para facilitar mi entrada.

Sentí el roce áspero de la arpillera. La frialdad de las piedras en el fondo. El olor a raíz mojada y a miedo.

El olor de mi miedo.

Lo último que vi del mundo, el día que iba a morir, fue el fulgor del río a través de las piernas de los aldeanos y un sol minúsculo, opacado por nubes blanquecinas, como un espectro de sí mismo. Y luego la oscuridad.

58 Conjunto de principios legales, basados en costumbres, tradiciones locales y decisiones judiciales, que fueron evolucionando y que sentaron las bases para el desarrollo del derecho en Inglaterra.

59 Los Gorros Rojos (redcap en inglés) son unas de las criaturas feéricas más malvadas de las que se tenga conocimiento.

Se llaman así por el color de sus gorros, teñido con sangre humana.

Asesinar es para estos seres cuestión de vida o muerte, ya que, si se seca la sangre de sus gorros, serán ellos mismos los que mueran.

Habitan en castillos en los que se hayan vivido historias de traiciones y perversidades.

La única manera de protegerse contra su crueldad es sacudiendo una biblia ante sus espantosas caras, o con la visión de la cruz.

Tras exponerlos a cualquiera de las dos cosas, los Redcap huyen despavoridos, lanzando un lúgubre aullido, dejando uno de sus amarillentos y largos colmillos tras de sí.

60 Hígado. Lugar de generación de la bilis.

61 De la voz latina ordalium, y esta a su vez del germánico urteil (‘juicio’).

Se trata de una forma de proceso judicial utilizada hasta finales de la Edad Media en Europa, tanto en tribunales civiles como eclesiásticos, donde la inocencia o culpabilidad del acusado era determinada mediante intervención divina.

Existían varios tipos de ordalías, dependiendo de la imaginación de los jueces.

Podían implicar fuego, agua hirviente, hierros al rojo vivo o, como en este caso, animales venenosos.

Se podía despeñar a la acusada por un barranco, esperando que echase a volar, demostrando así que era una bruja, o que fuese el Creador quien interviniera, suspendiendo el orden natural del universo para salvarla.

No existen datos concretos sobre el número de veces que la divinidad acudió a rescatar a uno de los miembros de su rebaño.