Morgana 12. La bruja #3
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12. La bruja #3

Úter le explicó el rosario de extraños fenómenos que precedieron a mi expulsión del castillo de Tintagel.

Todo estaba mucho más calmado desde que me fui, le dijo, pero también aseguró que, en ocasiones, aún podía oír rumor de risas y de los piececillos de los pixies recorriendo los pasillos.

Esas criaturas en las que él nunca había creído, las que le sirvieron para justificar el asalto a las tierras de mi padre, ahora se materializaban para torturarlo.

Pero todo fue a peor cuando los pasitos de los pixies se sustituyeron por un aterrador sonido, como de metal chocando con la piedra.

Úter le explicó a Merlín que en un principio no supo de qué se trataba, hasta que un mal día tropezó con la aterradora figura de un anciano, bajo y corpulento, en el corredor.

Tenía los dientes prominentes y sujetaba con sus huesudos dedos una alabarda.

La arrastraba por el suelo, dejando chispas tras de sí.

Cuatro pelos largos y grises asomaban por debajo de un gorro rojo sangre (no rojo como la sangre, sino rojo por la sangre), sangre de los humanos a los que asesinaba para enjugar con ella su gorro, en un bucle sin fin.

—Los sirvientes me han dicho que esa criatura es el Redcap 59 —añadió Úter con aflicción—.

Cuando recorro los pasillos de noche, he de llevar una biblia en la mano izquierda y un crucifijo de madera de serbal en la derecha, que por lo visto son las únicas protecciones conocidas hasta el momento contra su ataque.

Si vos sabéis de alguna otra forma de evitar que…

—¿Dónde está ahora Morgana? —le interrumpió Merlín sin ninguna cortesía.

—La enviamos a un convento para ver si allí…

—¿A qué convento?

—Al del monasterio de Almesbury. Creo.

—¿Creéis? ¿Cómo que creéis ? ¿Acaso no vais a visitarla? ¿Cómo puede Igraine sobrellevar la ausencia de su hija?

—La sobrelleva bien —respondió Úter , encogiéndose de hombros.

—He de marcharme —dijo Merlín, dirigiéndose hacia la puerta.

—Pero ¿adónde vais? Lot está acampado en las proximidades de La Muralla. ¿Iréis a su encuentro? ¿Merlín? ¿Merlín?

Pero de la presencia del mago ya solo quedaba el aroma a musgo y a fogata alimentada con madera de encina que había dejado flotando por los pasillos del castillo de Tintagel.

Durante las horas que transcurrieron desde que se llevaron a Sibila hasta que vinieron a por mí, me dio tiempo a pensar en muchas cosas; la mayoría, tormentosas.

Me resultaba complicado no elucubrar sobre lo que le estarían haciendo.

Tenía pensamientos oscuros que lo mismo podían ser exagerados que quedarse cortos.

En cualquiera de los casos, yo nada podía hacer.

Me sentía impotente. Esposada en una húmeda celda. Sola. Inútil.

Reí para mis adentros recordando el tiempo en el que me creí capaz de volar.

Cuando pensaba que, con solo desearlo, los elementos de la naturaleza acudirían a mis órdenes, como perrillos mansos.

Pero resultaba evidente que ni el viento estaba borrando a todos esos zoquetes de la faz de la Tierra, ni la lluvia inundaba sus pulmones, ni el fuego devoraba su piel, como llevaba todo el día anhelando.

Ni siquiera Dios atendía mis súplicas, de manera que comencé a tener serias dudas sobre su existencia.

Si realmente era tan magnánimo como me habían enseñado, me perdonaría la incertidumbre.

A fin de cuentas, resultaba difícil confiar en que tenía un plan para mí.

¿O es que acaso me había traído al mundo para divertir a un puñado de tullidos de entendimiento?

Cuando la pena fue lo bastante grande para impedirme respirar, comprendí que lo único que quedaba bajo mi control era decidir cómo quería que fueran mis últimos minutos de vida.

Me negaba a pasarlos asustada. Quería inundarme de ternura.

Del amor de mi padre, del cariño de Ronan y del padre Edwin, de la generosidad de Sibila, del recuerdo de mi hermano…

Mi hermano…, su olor tan dulce, su piel tan mórbida.

Pasé el resto del tiempo imaginando cómo sería ahora.

Habría cumplido los doce. ¿Hablaría ya con voz de hombre?

Puede que tuviera el cabello más oscuro.

¿Liso o rizado? Rizado, quizás, como los querubines del retablo de la capilla.

Con los ojos verde bronce. Era demasiado pequeño cuando Merlín se lo llevó, él no me recordaría, pero quizás sí pudiera sentirme, tal y como yo lo sentía a él.

Los mismos dos monjes que horas atrás se llevaron a Sibila vinieron a buscarme.

Me sujetaron cada uno por un brazo para conducirme al estrado.

Allí me esperaban los mismos tres hombres de Dios, sentados en la misma mesa, para administrarme lamisma justicia.

En las últimas horas había decidido tambiénla actitud que mostraría ante ellos: sería un cascarón vacío, impasible y muda. No les daría el gusto de verme sufrir.

El obispo Paulinus tomó la palabra:

—Nos reunimos de nuevo ante el Señor y vosotros, hermanos, para acusar a la hermana Le Fay de ser la discípula de una bruja condenada. Y no solo eso. Tengo entendido que la susodicha es la hija del fallecido duque de Cornualles, conocido por su deslealtad al rey.

No pude evitar lanzarle una mirada de odio. ¿Cómo se atrevía ese ojijunto a poner en su boca inmunda el nombre de mi padre?

—De hecho, fue el mismo rey Úter —interrumpió el prior Aldred—, que la había acogido como una hija, el que se vio obligado a expulsarla de su castillo tras observar que extraños fenómenos sucedían en torno a la muchacha.

Muchas veces nos hemos preguntado si no será ella la que sucumbió primero a la llamada del maligno, arrastrando a su vez a la hermana Sibila.

La multitud lanzó al unísono un grito de pavor.

—No nos adelantemos, prior Aldred. —El obispo retomó la palabra, aparentemente molesto de que otro se le adelantase en la carrera de exponer públicamente mis múltiples y corrompidos pecados—.

En este juicio demostraremos que la hermana Le Fay, creyéndose tan sabia como los hermanos copistas, ha estado componiendo un libro.

Pero no un libro sagrado con el que difundir la palabra de Dios.

Tampoco uno para alabar a los mártires o recoger los actos piadosos de los santos. ¡No! ¡Ha escrito un grimorio!

Pronunció la última palabra con entusiasmo, pero quedó decepcionado al observar que los aldeanos no tenían ni la menor idea de lo que estaba hablando, así que se vio en la obligación de despejar dudas.

—¡Un grimorio! Sí —repitió—. Un libro de fórmulas mágicas que, sin duda, ha escrito al dictado del mismísimo demonio.

—Oh… —Se oyó un nuevo lamento colectivo.

Recuperó el aplomo al comprobar que sus palabras volvían a emocionar a la gente. Hizo una seña al hermano Saturnino, que se levantó para entregarle mi libro.

—Hete aquí la prueba —dijo mientras lo elevaba sobre su cabeza con teatralidad—. Plagado de descripciones y dibujos pecaminosos. Un catálogo de cuerpos de hombres y mujeres impúdicamente desnudos, expuestos con deleite.

Las palabras «desnudos» y «deleite» dejaron al público embelesado.

El obispo Paulinus lo abrió y comenzó a leer:

—«Remedios y otras maravillas para cuerpos quebradizos y almas atormentadas».

Es lo que escribí meses atrás en la primera página. Era un título al que no di demasiadas vueltas, para ser sincera.

—¡Almas atormentadas! —repitió el obispo con entusiasmo.

Comenzó a pasar páginas hasta posar el dedo nudoso sobre una de ellas.

—«Para el mal femenino influido por la luna» —leyó—.

«Se han de cocer raíz de eneldo, milenrama y corteza de sauce en agua de lluvia recogida entre la medianoche y el canto del gallo.

Esta agua no ha de bendecirse». —Hizo una pausa dramática para luego continuar—.

«La bendición invita al castigo que las mujeres heredamos de Eva y el remedio no surtiría efecto.

La tisana ha de beberse tibia y endulzada con miel».

— Alzó sus ojillos y sobrevoló con la mirada la plaza antes de hacer su interpretación del remedio—.

Queda claro que la hermana Le Fay se considera más lista que Dios.

Pone en duda sus decisiones. El padecimiento mensual de las mujeres y el dolor de los partos son la penitencia con la que purgar la debilidad de Eva.

Pero la hermana Le Fay pretende aliviar ese sufrimiento, impidiendo así que vuestros pecados sean perdonados.

La aclaración no surtió el efecto deseado.

Muchas de las mujeres presentes habían acudido a nosotras para que les proporcionásemos el remedio.

No era algo de lo que hablásemos abiertamente, pero la mayoría considerábamos injusto tener que pagar por los pecados cometidos por otra persona (aunque esa persona fuera la primera mujer que pisó la Tierra).

Los hombres, por su parte, se quedaron igual que estaban.

No eran capaces de entender a qué venía tanto alboroto.

Las mujeres llevaban desde el inicio de los tiempos lamentándose una vez al mes y pariendo con sufrimiento, y el mundo seguía su curso.

En el hospital aprendí que una cosa es escuchar quejas sobre un dolor, y otra bien distinta, padecerlo.

—Lo siguiente es una anotación hecha en uno de los márgenes —aclaró el obispo—.

«Los hermanos creen que se puede convencer al cuerpo de mantenerse sano a fuerza de rezos y plegarias.

Se equivocan. Los rezos nunca hicieron mal a nadie, aunque es casi seguro que no harán ningún bien si no se acompañan del siguiente rosario: agua limpia, calor, reposo y buenos alimentos».

Se me escapó una risilla. Los ojos del obispo se volvieron hacia mí. Me observó con severidad durante varios segundos. Estaba claro que ese hombre carecía del más mínimo sentido del humor. Se puede medir la inteligencia humana por la capacidad de captar dobles sentidos e ironías del lenguaje.