Morgana 12. La bruja #2
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12. La bruja #2

La palabra tomó forma, peso, incluso los que estaban lejos, los que ni siquiera alcanzaron a ver el pie de pato de Sibila, se unieron al coro. Voces de hombres, mujeres y niños corearon: «Bruja, bruja, bruja».

El obispo tardó un buen rato en calmar los ánimos de la multitud exaltada. Cuando consiguió al fin dejarse oír, impostó la voz para dictar sentencia.

—Hermana Sibila, parece demostrado que las sospechas que recaían sobre ti son ciertas.

Los viles mortales solo podemos acariciar lo que esconden los arcanos del corazón, pues solo el Altísimo es capaz de conocer la verdad sin velo.

Te encomiendoal juicio de Dios —decretó, despojándole el tratamiento—.

Ahora te subirás en la carreta y te llevaremos hasta el río, donde comparecerás ante Él —dijo señalando al cielo—.

No debes temer nada si eres inocente. —Aguardó un par de segundos antes de pronunciar la siguiente frase—.

Pero si, tal y como parece, eres culpable de alianza con el maligno y entrega a las artes prohibidas, hoy será tu último día en este valle de lágrimas.

El gentío se agitó entre ovaciones, silbidos, abrazos y aplausos. Una alegría que se contagiaban unos a otros, más enfermiza que la plaga de Justiniano, un placer mayor que el de la carne, un gozo solo comparable con pasar un día en el paraíso antes del pecado original.

Me pregunté si esa sería la verdadera esencia del ser humano.

Los mismos monjes que habían llevado a Sibila hasta la tarima la sujetaron ahora por los brazos para acercarla a la carreta.

Era apenas un cajón de madera con dos ruedas tirado por una mula en torno al cual ya se estaba arremolinando la gente.

La subieron, amarraron con una cuerda sus manos engrilletadas a la base y, cuando estuvo asegurada, el carretero espoleó al animal.

La última imagen que guardo de Sibila es verla alejarse entre zarandeos, intentando mantener el equilibrio, con la cabeza alta, sin proferir un grito o un lamento.

Yo sí grité. Brotó dentro de mí una furia desesperada.

Sentí la sangre corriendo a toda velocidad por mis venas, palpitando en mis sienes.

Puede que pronunciase maldiciones que antes solo había escuchado en labios de otros.

No lo sé. Mi recuerdo de ese momento quedó emborronado por el llanto de la banshee.

Un llanto menudo, liviano, que incentivó a las nubes.

El aire tembló, preñado de una melancolía tenue pero persistente.

En el cielo se insinuó una bruma que no mojaba, no hacía ruido, ni salpicaba en los charcos, pero que calaba hasta los huesos.

Una mañana de primavera, Merlín se presentó en Tintagel. Apareció como siempre lo había hecho, con el aplomo del que consideraba la fortaleza, la cueva de la playa, la playa, el mar que bañaba la playa y el mismísimo cielo sobre la playa de su propiedad.

El soldado apostado en la puerta tenía orden de dejarlo pasar, de manera que pronto los pasos del mago resonaron por los pasillos de piedra, dejando tras de sí su sombra alargada.

Iba saludando de manera jovial a todo el que encontraba a su paso, pero solo recibía respuestas secas y miradas torvas.

Las gentes de Cornualles tenían buena memoria y recordaban que cada vez que el mago visitó el castillo en el pasado había acontecido una desgracia.

A saber: fuego atravesando el cielo, una guerra en el ducado, la muerte del duque, la desaparición de una criatura de pecho…

Pero Merlín parecía ajeno a la perturbación que su presencia causaba entre los cortesanos.

Llegó al gran salón y se dispuso a esperar a Úter , desconocedor del motivo por el que el rey le había hecho llamar. Estaba observando el bailoteo del fuego en la chimenea cuando escuchó que alguien se aproximaba por el corredor.

—… ni unos, ni otros. Un desatino de proporciones bíblicas.

Merlín reconoció el vozarrón de Úter un segundo antes de verlo entrar en el salón.

—De haber tenido cerca mi espada le habría partido en dos y con su pellejo me… oh… ¡Al fin estáis aquí! —exclamó el rey.

El mago había supuesto que el monarca vendría acompañado, pero miró tras él y allí no había nadie más. Hizo una cortés reverencia antes de preguntar.

—¿Con quién hablabais, majestad?

—¡Con vos! —respondió como si fuera más que evidente—. ¿Dónde os habíais metido? ¿Acaso no conocéis la situación en la que nos encontramos? No es cortés hacer esperar a un rey.

—Me refiero a… Bueno, no importa.

Úter había envejecido. El pelo rojo tornaba a cobrizo, apagado por culpa de las canas.

Alrededor de los ojos se le había formado una telaraña de arrugas.

Pese a todo, seguía manteniendo el porte que le otorgaba su impresionante osamenta, que sin duda iba de la mano con su carácter impetuoso y autoritario (que a todas luces también parecía conservarse intacto).

—Antes que nada, me gustaría saber cómo está mi hijo — se interesó Úter justo antes de sentarse con dificultad en una silla, emitiendo quejidos de viejo.

—Está bien. Muy bien, en realidad —respondió Merlín, ignorando los achaques del monarca—. Crece fuerte y sano, y da muestras de poseer un carácter digno de un rey.

—Contadme más. ¿Se parece a mí?

Merlín inspiró, a la vez que calibraba si una respuesta sincera resultaría ofensiva. Debió concluir que sí lo sería, así que se limitó a relatar que lo visitaba con asiduidad y que le ponía pruebas que el niño sorteaba sin mayor dificultad.

—En mi última visita le pedí que me mostrase sus sueños —añadió.

—¿Sus… sueños? —vaciló Úter.

El rey esperaba que le hablase de entrenamientos con espada, equilibrios sobre el caballo, justas y competiciones de escupitajos, pero como estaba hambriento de saber sobre su vástago, se conformó con las migajas que el mago le ofrecía.

—Un día soñó que se perdía en un bosque sombrío y que un pájaro negro lo seguía.

Daba vueltas tan cerca de él que sus alas le rozaban el rostro.

—Úter encogió el gesto con aprensión, pero Merlín lo ignoró y siguió con su relato—: Le pregunté si había sentido miedo y me respondió: «¿Por qué habría de darme miedo un pájaro?

Los pájaros son hermosos, pueden llegar a lugares donde yo no puedo, cantan dulcemente y tienen alas, como los ángeles».

El mago siguió contando que otra noche el niño soñó con un ogro enorme, capaz de comerse de una sentada a más de cien soldados y de aplastar a otros cien de un pisotón.

Merlín le preguntó si ese sueño le había dado miedo, y el niño respondió que en absoluto, pues había mantenido con el ogro una conversación en un idioma inventado por ambos.

Así es como el niño supo que se trataba de un ser bondadoso, que solo estaba asustado, y que la gente asustada a veces parece huraña y descortés.

Se hicieron amigos y juntos construyeron una ciudad, con sus puentes, catedrales, murallas, castillo y casitas para los aldeanos.

—La interpretación de los sueños de vuestro vástago deja a las claras su talante cordial y su sagacidad para hacer suyas situaciones adversas —concluyó Merlín con una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios.

—Entiendo… —respondió Úter.

Pero no era verdad. Aquel «entiendo» carecía de sinceridad.

La verdad era que Úter temió haber cometido un gravísimo error dejando la educación de su hijo en manos de un mago.

En cualquier caso, ya no podía echarse atrás.

Además, el reino del que sería heredero estaba en peligro.

Los sajones no habían cejado en su empeño de hacerse con la isla.

Para conseguirlo estaban destruyendo a su paso ciudades al completo por cuyas calles corrían ríos de sangre antes de desaparecer, pasto de las llamas.

Úter siempre creyó que la mano firme y la intimidación podrían mantener el orden en Britania, pero en ese momento se estaban poniendo en duda todas sus certezas. Se sentía agotado y afligido.

—Estoy enfermo. ¡Enfermo! —recalcó con gesto doliente, señalando su pierna derecha, que descansaba sobre un escabel—.

Tengo un terrible dolor en el pie. Se me inflama.

Me cuesta caminar. Ya no puedo enfrentarme al enemigo en el campo de batalla, como hacía en el pasado.

Así que he tenido que dejar en manos de Lot de Lothian el mando de mi ejército. Por eso os he hecho llamar.

Lot era un afanoso y valiente caballero. Sabía plantarle cara a los sajones, dispersándolos, obligándolos a retroceder y a huira los bosques. Pero la victoria definitiva parecía un sueño lejano.

—Quiero que acudáis en ayuda de Lot. Quiero que le aconsejéis, igual que si fuese yo mismo.

Lot siempre me ha sido leal. Confío en él.

—Suspiró, dudó un momento sobre si debía seguir ahondando en ese tema, y volvió a suspirar—.

Pese a todo, para asegurarme de que no se verá tentado de adueñarse de lo que no le pertenece, le he ofrecido a mi hija como esposa.

Y él ha aceptado encantado. En cuando ella alcance la edad de casarse…

—¿Vuestra hija? —interrumpió Merlín—. ¿Habláis de Morgana?

—¿De quién?

—Morgana. —Merlín esperó unos segundos antes de aclarar con impaciencia—. ¡La primera hija de Igraine!

— Ah… sí… esa… —meditó Úter —. No, no…

me refiero a mi hija . A Ana —puntualizó—.

Solo tiene nueve años, pero siempre he creído que las mujeres deben hacer con su vida algo de provecho; de otro modo están ociosas y la mente les da vueltas y acaban desquiciadas, como esa Morgana, que heredó el carácter insufrible y díscolo de su padre.

Estamos mucho mejor desde que esa muchacha se fue.

Y, pese a todo, aquí ha dejado a sus fantasmas.

—¿Cómo que se fue? ¿De qué fantasmas habláis? —exclamó Merlín.