12. La bruja
«¡Muerte a la bruja! ¡Que se haga justicia! ¡Muerte a la bruja! ¡Odio a Morgana!».
Ópera Merlín Isaac Albéniz
El juicio público se celebraría frente a la puerta del monasterio tres días después.
La mayoría de conflictos entre los aldeanos se saldaban con dinero.
Si un niño le sacaba un ojo a otro, el padre del primero pagaba al segundo.
Si una mujer le robaba la ropa tendida a la vecina, debía duplicar el precio de lo sustraído.
Si un hombre forzaba el contacto físico con una mujer casada, debía compensar al marido con una cuantía económica.
Incluso si alguien mataba a alguien, de forma intencional o accidental, podía solventarse el agravio con una indemnización a la familia de la víctima.
Pero, por alguna razón que aún hoy no tengo clara, el obispo Paulinus había decidido que, al tratarse de un caso de brujería acontecido dentro de los muros de un monasterio, solo podría juzgarse siguiendo los preceptos de los dooms 58 .
Eso quería decir que no teníamos ni la menor idea de cuál sería nuestro castigo en el caso de que nos considerasen culpables.
Vinieron a buscar a Sibila a primera hora de la mañana.
—Te quiero, Morgana —me dijo al despedirse, serena y templada, tal y como siempre había sido—. Eres, de verdad, mi hermana.
—Te quiero, Sibila. Hermana, hermana…
Intenté acallar la pena con pensamientos lógicos. ¿O es que acaso no era lógico pensar que el pueblo se rebelaría ante este atropello? Los hombres y mujeres a los que Sibila había atendido y sanado durante años la defenderían. La protegerían. Era lógico pensarlo, ¿verdad?
El ventanuco de la celda daba al suelo del exterior.
De puntillas, me aferré a las rejas y pude ver a la multitud expectante, arremolinándose en torno a la tarima de madera que habían colocado en la explanada.
Sobre ella, en una mesa larga, se sentaron los miembros del tribunal.
El prior Aldred y el hermano Saturnino ocupaban las sillas que quedaban a la derecha y a la izquierda del obispo Paulinus, que sería el encargado de presidir el juicio.
Desde que los romanos abandonaron la isla, las distracciones en las que se ponía en juego la supervivencia de seres humanos o animales habían desparecido, dejando un vacío tedioso que ni procesiones, ni besamanos, ni bautizos, ni bodas terminaban de llenar.
Pocas veces se tenía la oportunidad de presenciar un juicio por brujería en la zona, y aquello hizo que se acercara gente de las aldeas vecinas.
Ante semejante oportunidad de negocio, los mercaderes habían plantado sus puestos en los terrenos aledaños al monasterio desde primera hora de la mañana y pregonaban sus productos con alegría.
Había escuchado hablar del obispo Paulinus, pero era la primera vez que lo veía.
De perfil resultaba imponente, pero de frente perdía gran parte de la dignidad eclesiástica.
Su cráneo nacarado traslucía bajo la piel, subrayado por dos cejas finísimas, nada simétricas, que parecían garabateadas por un escribano patoso.
Y sus ojos… ¡ay!… tan acuosos y juntos, como cuchicheando entre ellos.
Pero era su boca lo más desconcertante, porque carecía de labios.
Me pregunté si alguien con una ranura bajo la nariz, alguien sin marco para sus sonrisas, si alguien que (en suma) jamás hubiera fruncido los labios para brindar un beso de afecto, respeto o amor podría ser justo.
Dos monjes escoltaron a Sibila hasta la tarima. La dejaron de pie, junto a la mesa, para que el público pudiera verla bien. Los presentes parecían algo decepcionados de que los días de encierro no la hicieran parecer más abatida.
—Ante el Señor y vosotros, hermanos, acusamos a la hermana Sibila, no por odio, ni por calumnia, sino por el hecho verdadero de confabularse con el demonio y llevar a cabo actos de hechicería aprovechando la vulnerabilidad de los enfermos a los que sometía —comenzó a decir el obispo—.
En este juicio demostraremos que la hermana Sibila pasó años hechizando a la priora, haciendo que perdiera la razón para poder dirigir ella misma el convento femenino.
Del mismo modo, quedará probado que recitaba ensalmos mientras realizaba las curas, en lugar de los rezos y plegarias que solo Dios escucharía, con la intención de contravenir su voluntad y abrirle las puertas al demonio.
Y lo hizo tan bien, puso tanto empeño en su empresa, que el mal en forma de plaga asoló nuestra piadosa tierra.
Serán los propios vecinos quienes den testimonio de lo aquí expuesto.
El prior Aldred convocó al primero. Wulfric, el carnicero, describió el día que se seccionó el dedo pulgar con el cuchillo.
Lo llevaron al hospital. Sibila colocó un hierro en forma de espátula en el fuego.
Limpió la herida con vinagre y, sin mediar palabra, colocó el hierro al rojo sobre la carne sangrante.
—Grité. Grité con todas mis fuerzas. El dolor era insoportable —explicó Wulfric—. Pero lo peor de todo fue el olor que quedó flotando en el aire. ¡Me estaba cocinando vivo!
Los espectadores contrajeron el gesto.
—La sangre destila la vida por la herida. Si huele a carne asada, vivirá para ver la mañana —recitó Sibila, encogiéndose de hombros.
—¡La acusada no tiene la palabra! —la reprendió el obispo Paulinus.
Luego llamaron a Felicity, la hija del panadero. La joven padecía fuertes dolores de espalda que la mantenían inmovilizada en la cama. Sibila le colocó unas copas calientes que succionaron la carne, dejando un rastro de círculos rojos y humeantes sobre su piel.
—¿Acaso no era esa la prueba de que Sibila intentó realizar un exorcismo inverso? —señaló el prior Aldred.
—¡Qué tontería! —protestó Sibila.
—Si la acusada no guarda silencio, nos veremos obligados a amordazarla —le recordó el obispo.
Siguieron desfilando vecinos que atendimos en el hospital. Heridas purulentas, abscesos, huesos dislocados, diarreas infantiles… Todas aquellas miserias que habíamos tratado con mimo de madres y que ahora servían para condenarnos.
Cuando el último testigo terminó de explicar los varios intentos de hablar con la priora Osburga, así como las repetidas veces en las que Sibila le negó el acceso a ella, el obispo Paulinus retomó la palabra:
—¿Tiene la acusada algo que decir en su defensa?
—Por supuesto que tengo algo que decir —respondió Sibila con la dignidad propia de una reina—.
¿Me juzgáis por hacer el bien? ¿Por cultivar las hierbas que os han curado?
¿Por infusionarlas para elaborar tisanas y ungüentos que calman el dolor y sanan las enfermedades que os afligen?
¿Por vendar las heridas con lino limpio?
Bien, entonces haced el favor de juzgar de igual modo al buen samaritano que se detuvo a asistir al hombre que yacía medio muerto en mitad deun camino.
Él aplicó vino para limpiar las heridas y aceite para aliviar el dolor.
¡Hasta Nuestro Señor lo puso de ejemplo y nos instó a imitarlo!
¿Ansiáis condenarme por preparar emplastos de higos maduros para cerrar las llagas?
¿Os molesta que les hable a las novicias de cómo el arcángel Rafael curaba las enfermedades de la vista con hiel de pescado?
Si os parece que mi empeño en lavar las pieles enfermas con agua de Kaerbadum es hechicería, os sugiero que profundicéis en la biografía de Naamán el leproso y sus baños en el agua del río Jordán.
—Se volvió a mirar al tribunal para dirigirse directamente a ellos—.
Si doctos sois en las Sagradas Escrituras, no ignoraréis cómo el profeta Isaías sanó al rey Ezequías con ese mismo remedio.
¿Acusaríais al profeta de ser una bruja con barba?
—¿Acaso, mujer, os estáis comparando con todos esos hombres santos y sabios? —increpó el obispo.
—¿Acaso no me estáis juzgando precisamente por hacer lo mismo que ellos, siendo mujer?
—¡He aquí la prueba! Solo el diablo puede haber colocado esas palabras en la boca de alguien que juró servir a Dios. —El prior Aldred se exaltó—. El maligno se inmiscuye en nuestras vidas, de forma sutil pero perceptible. ¡Ahora está en ella! — dijo dirigiéndose al público y señalando a Sibila.
—Oh… —aulló la multitud.
—Hay textos que hacen referencia a la manera en la que el diablo marca a sus acólitos como se marca al rebaño —lo interrumpió el obispo—.
Son señales apenas perceptibles: una mancha que parece de nacimiento en la comisura de los labios de la mujer, con la que incitar el deseo ilícito de los hombres; un tercer pezón bajo los dos que la naturaleza nos otorga, con el que dar de mamar al maligno…
—Hizo una pausa dramática para permitir que los suspiros del público se oyesen hasta decaer—.
Tengo entendido que, si examinamos el cuerpo de la hermana Sibila, encontraremos la marca que el diablo ha dejado en ella.
Sentí un estremecimiento.
—En otras circunstancias, les pediría a las hermanas que inspeccionasen en privado el cuerpo desnudo de la acusada, pero tenemos conocimiento del lugar exacto en el que esta pecadora está marcada —indicó el obispo Paulinus.
Fue la primera vez que vi a Sibila temblar desde que había dado comienzo esa locura.
—¡Descalzad a esta mujer! —ordenó el obispo.
—¡No! —gritó ella—. No lo permitiré.
El hermano Saturnino y los dos religiosos que la vinieron abuscar a la celda intentaron sujetarla, pero Sibila se zafó, pesea llevar las manos engrilletadas.
Uno de ellos pretendió arrancarle la toca.
Ella le mordió con rabia. Con el tira y afloja del forcejeo, Sibila trastabilló y cayó al suelo, perdiendo uno de sus chapines de cuero, dejando expuesto su pie.
Se hizo el silencio.
Ni el canto de un pájaro, ni una tos, ni una brizna de brisa podía oírse en la plaza. El mundo parecía contener el aliento, hasta que alguien murmuró:
—Bruja.
Y volvieron a respirar.