29. Ávalon #3
De momento, nada ha dado resultado. Temo que el mayor obstáculo para su recuperación sea su resistencia a volver al mundo de los que han de morir.
Lo dejo estar.
Cada mañana abro las cortinas de su alcoba para que entre la luz del sol y pueda oír el canto de los pájaros, con mi cuerpo siempre atento por si despierta y me llama.
Contarán los bardos pedazos de nuestra historia.
Personas que aún no han llegado al mundo rellenarán los huecos vacíos.
Los amantes de las luchas, de las estrategias, de las revueltas y del fragor de las batallas prestarán atención a las aventuras de mi hermano y los aguerridos caballeros de la Mesa Redonda.
Se demorarán en detalles sobre sus encuentros con otros caballeros en mitad de un bosque o camino que, ineludiblemente, acabarán en enfrentamientos a vida o muerte.
Los más románticos describirán a las damas en peligro que los hombres de Arturo rescataron de torres remotas, cautivas por malvados gigantes, dragones o caballeros sin honor.
Describirán cómo ellas, ya a salvo, les mostraban su agradecimiento poniendo el cuerpo y el alma a su disposición, dichosas, aunque las abandonaran después sin mayores explicaciones.
Los más piadosos fijarán su atención en la búsqueda del santo grial, que en el fondo no es más que la eterna búsqueda humana del sentido de la vida, de la naturaleza de lo divino.
Los misóginos relegarán a las mujeres de esta historia al papel de paridoras de reyes o de sumisas esposas. Las que no encajen dentro de ese patrón pasarán a formar parte de la leyenda como malvadas brujas.
En cuanto a mí… Yo seré la hija de un traidor, la díscola hijastra del rey Úter, la que aprendió nigromancia en un convento, la intrigante que sedujo a su propio hermano para concebir un hijo, la esposa infiel y asesina, la madre de un bastardo, la envidiosa cuñada de Ginebra, la que enamoró a Merlín para robarle sus secretos, la agorera ave oscura que sobrevuela batallas.
No terminarán de explicar el motivo por el que (tras tanta perfidia) mi hermano quiso regresar a mi lado cuando se sintió morir.
Ni por qué yo (que tanto le odiaba) lo acogí en mi propio lecho, en la isla sagrada de Ávalon, donde espera el día en el que se le requiera para regir de nuevo Britania. 125
Ganieda tenía razón: soy mucho más de lo que los bardos contarán de mí. Hay muchas Morganas trenzándose en una única hebra, como el hilo de las Moiras. 126
Yo, Morgana le Fay, velo el sueño de Arturo. De cuando en cuando despierta de su letargo y me llama por mi nombre, consciente del lugar en el que se encuentra.
—Morgana… Morgana… Mi amor…
Y corro a su lado. Y le beso en los labios.
Y le acuno entre mis brazos. Y le hablo de la infancia que no pudo disfrutar.
Del hermosísimo castillo de Tintagel que desaparece dos veces al año, una durante el solsticio de invierno y otra durante el de verano.
De cómo aprovechamos él y yo esa circunstancia para nacer, cuando el mundo de los que han de morir era ciego a nuestra llegada.
Le cuento que lo construyó el rey Gradlon de Ys sirviéndose de la magia, que por eso el mar a sus pies está infestado de sirenas, y que su madre era una de ellas.
Que él tiene los ojos verdes como la hierba de Cornualles y el pelo dorado de sus amaneceres.
Y yo los ojos azules como el mar profundo y el pelo negro como la roca de los acantilados.
Que ambos tenemos la piel salada y blanca, como la arena de la playa que queda a los pies del castillo.
Le hablo de la estrella en forma de dragón que atravesó el cielo para anunciar la grandeza de su reinado.
Y de cómo lo amé desde el mismo instante en el que llegó al mundo.
—Voy a encontrar la manera de curarte —le susurro cuando empieza a cerrar los ojos—. Ya lo verás.
—No tengas prisa —me responde antes de sumirse de nuevo en su letargo.
La gente de Tintagel hablará de los pixies y de las muryans que habitan las colinas y dirán que el espíritu del rey Arturo reside en la chova piquirroja que sobrevuela Cornualles.
Puede que sea cierto. Que los dos seamos uno.
El viento cálido nos envuelve con el dulce aroma de los manzanos. Juntos, Arturo y yo, como cuando éramos jóvenes, acurrucados, susurrándonos dulzuras, tomados de las manos, amándonos en secreto, escondiéndonos de las sombras de un mundo que no supo mirarnos.
Con Ávalon como único hogar verdadero.
119 G., Monmouth, G. d. (1994). Vida de Merlín . España: Siruela.
120 Malory, S. T., de Cuenca, L. A. (2024). La muerte de Arturo . España: Siruela.
121 Echard, S. (1998). Arthurian Narrative in the Latin Tradition . Reino Unido: Cambridge University Press.
122 Hace referencia al encuentro entre san Collen con Gwyn ap Nudd, el distinguido rey de los infiernos, que algunos aseguraban era miembro de la corte del rey Arturo, pero del que también se dice fue enviado al inframundo con la misión de controlar a los demonios e impedir que destruyeran a la humanidad.
Era claramente un Plutón céltico. Con el paso del tiempo su figura se fue transformando hasta llegar a convertirse en un ser feérico, rey de las plant annwn (‘hadas subterráneas’), a cuyo reino se entraba por los lagos de Gales.
San Collen, que vivía como un asceta, fue invitado en repetidas ocasiones a visitar uno de los palacios de Gwyn (uno que había surgido de un día para otro en lo alto de un cerro de Glastonbury).
El santo siempre se había mostrado reacio a asistir, pero llegó un momento en el que accedió.
Al atravesar las puertas del suntuoso edificio vio mil maravillas: gallardos soldados con lanzas de plata, hermosas damas coronadas de oro, pajecillos con libreas bordadas…
Los sirvientes traían y llevaban fuentes de comida de la cocina a las mesas, manjares traídos de los lugares más remotos del mundo que el rey Gwyn ap Nudd no dudó en ofrecer a san Collen.
Pero este sabíaque jamás debe ingerirse comida o bebida servida en emplazamientos como aquel.
Además, san Collen no había ido al palacio a pasar el rato: tenía un plan.
Escondida entre sus ropajes llevaba una vejiga de cuero en cuyo interior portaba agua bendita.
Esperó el momento en el que su anfitrión se encontraba despistado y la asperjó, salpicando todo lo que había a su alrededor.
En apenas un segundo, el maravilloso edificio y todos sus ocupantes desaparecieron por completo.
Únicamente quedó san Collen, sobre el peñasco vacío.
123 La teoría más aceptada señala que el nombre de Arturo tiene origen celta. Significaría ‘oso fuerte’ u ‘oso noble’. También se ha propuesto una derivación «arto-rigos», que significaría ‘el rey oso’.
124 El veneno de la furia.
125 «El rey que fue y será» es una expresión arraigada en la tradición artúrica.
Hace referencia a la leyenda de que Arturo no es un monarca del pasado, sino una figura atemporal, destinada a regresar cuando se le necesite para restablecer justicia y orden.
Esa idea de un rey eterno, presente en el imaginario colectivo, atento a resurgir cuando la esperanza decaiga, se puede rastrear en la literatura medieval, pasando por las profecías de Merlín, hasta llegar a nuestros días.
Por citar algunos, en Historia de los reyes de Britania, de Geoffrey de Monmouth, leemos: «Y el propio Arturo, aquel famoso rey, fue herido mortalmente y trasladado desde allí a la isla de Ávalón a fin de curar sus heridas».
En La muerte de Arturo, de sir Thomas Malory: «(…) dicen algunos en muchas partes de Inglaterra que el rey Arturo no ha muerto, sino que por voluntad de Nuestro Señor Jesús fue a otro lugar; y dicen que volverá».
126 Morgana le Fay recorre las páginas de los libros que tratan sobre la Materia de Bretaña cumpliendo diferentes roles, al servicio de narradores que han creído ver en su comportamiento la esencia de las hadas, las brujas, las hechiceras, las reinas o las diosas.
Geoffrey de Monmouth, en el siglo xii , la describió como un hada.
Los modernistas del siglo xiv hicieron cuanto pudieron para convertirla en hechicera.
Malory, contraviniendo las reglas básicas del buen narrador, puso especial énfasis en señalar su vertiente perversa y maléfica.
En sus historias, Morgana representa el papel de eterna enemiga de su hermano, empecinada en terminar con su vida.
Pero Malory jamás nos explica sus motivaciones.
Para él es simplemente pérfida. Sin embargo, llegado el momento de la muerte de Arturo, en la mayoría de los textos de la leyenda arturiana ella es la encargada de velarlo en la sagrada isla de Ávalon.
Esta visión amoral de Morgana bien podría definir su carácter feérico, pero probablemente apunta a una función anterior como diosa, ya que el panteón céltico destacaba por la fluctuación de la moralidad de sus dioses, tal y como sucedía con los de la antigua Grecia.