11. Nosocoma #4
Así fue como, poco a poco, día a día, el hada Morgana fue perdiendo presencia para dejarle espacio a la nosocoma.
Abandoné la búsqueda de mi hermano en la superficie del espejo y releguéla idea de que alguna vez surqué los cielos revestida de plumas negras.
Llegó un momento en el que la única magia que aún conservaba era Taranis, que vivía feliz en las cuadras del monasterio.
Y debéis creerme cuando os digo que con eso me bastaba.
La plaga de Justiniano alcanzó Almesbury durante el verano de mi décimo quinto cumpleaños.
La llamaron así porque nodiscriminaba entre reyes y mendigos, ya que el mismísimo emperador romano había sucumbido a la enfermedad.
Nos cogió a todas por sorpresa. Los primeros síntomas se parecían mucho a los del resfriado común, así que procedimos de la misma manera: sumergíamos a los enfermos en agua fría para bajar la fiebre, colocábamos piedras calientes enlas articulaciones para aliviarles el dolor y preparábamos tisanas con raíz de regaliz y tomillo endulzadas con miel, que tan buenos resultados daban siempre.
Pero pronto observamos las peculiaridades del mal, que en nada se parecían a los enfriamientos.
En ingles, cuello y axilas brotaban dolorosos bubones purulentos.
Los enfermos convulsionaban, tosían y vomitaban sangre.
A algunos se les morían los dedos de los pies, de las manos, la punta de la nariz y labios antes que el resto del cuerpo.
Dos días después de que apareciesen los primeros síntomas, los infectados dejaban este valle de lágrimas.
Como medida para intentar detener el avance de la enfermedad, los monjes duplicaron el número de misas diarias.
Exhortaban a la oración, al uso del cilicio, a la penitencia, a que fuesen generosos con las limosnas, a evitar cualquier acto libidinoso, incluidos los que se pudieran dar dentro del sagrado vínculo del matrimonio.
Organizaron rogativas, novenas, octavarios, quinarios.
Sacaron en procesión las plumas del Espíritu Santo y se formaron largas filas para besar la reliquia.
Pero pasaban los días y se hizo evidente que aquellas devotas manifestaciones no aplacaban la cólera de Dios, sino más bien todo lo contrario.
La gente moría sufriendo y haciendo sufrir a los que les atendían.
El prior Aldred llegó a la conclusión de que la desgracia que se nos había echado encima era un castigo divino, solo comparable con lo sucedido en Sodoma y Gomorra, provocado por la relajación espiritual de la población.
Para intentar ponerle freno, propuso dedicar una enorme suma de dinero a engarzar las plumas del Espíritu Santo en plata repujada y a enmarcarlas después en oro con fondo de terciopelo negro.
Sibila y yo nos opusimos. Un Padre no podía ser tan cruel con las debilidades de sus hijos, mucho menos cuando los había creado a su imagen y semejanza.
Estábamos de acuerdo con Hipócrates en que las enfermedades no tenían un origen sobrenatural y que, por lo tanto, debían curarse con métodos naturales, como siempre habíamos hecho.
Propusimos dedicar el dinero a adquirir vendas de lino, sal gris, miel e higos para las cataplasmas.
Como no llegamos un acuerdo, la suma se dividió en dos partidas, lo cual nos alcanzó para comprar las vendas y al prior Aldred para enmarcar las plumas del Espíritu Santo en plata.
—En la Grecia clásica atribuían este tipo de males a las miasmas —argumentó Sibila una mañana—. El aire se corrompe con las emanaciones que desprenden los cuerpos en descomposición. Cuando las personas respiran ese aire, se contagian de la enfermedad.
Así que decidimos aislar a los enfermos en cuanto comenzaban a mostrar los primeros síntomas.
Nos cubríamos nariz y boca con pañuelos cuando les atendíamos.
Preparábamos sahumerios de romero, salvia y ajenjo, y los colocábamos en las esquinas del templo durante la celebración de la misa.
Las hermanas recorrían las celdas, los salones, el claustro y los corredores con ellos en las manos, dejando tras de sí su perfumado aroma a limpio.
Alimentábamos a los enfermos con sopa de cebada y bayas de rosa canina y baldeábamos las letrinas tres veces al día.
Yo anotaba en el libro cada una de las tentativas, así como el resultado que producían.
A golpe de ensayo y error descubrimos que las úlceras purgadas con el agua de Kaerbadum cicatrizaban con mayor rapidez, así que Sibila le rogó al carretero que, en la próxima entrega, nos trajese también piedrecillas de los arroyos.
Cuando llegaron, las machacamos en el almirez, y con el polvo hicimos tinturas y pomadas que extendíamos en la piel de los enfermos.
Poco a poco, algunos lograban esquivar a la muerte, y la población comenzó a mostrarnos su gratitud como nunca lo había hecho.
Dejaban donativos, nos traían huevos de sus gallinas, repollos de sus huertas, se ofrecían para realizar trabajos…
Al fin se habían dado cuenta de que las hermanas que atendían el hospital también eran el instrumento del que se valía el Señor para hacer milagros.
La priora Osburga comenzó a mostrar los primeros síntomas dela plaga sin que nadie se diera cuenta.
Llevaba demasiado tiempo confusa, despertándose en mitad de la noche envuelta en pesadillas, así que nadie pudo imaginar que aquello tenía que ver con la enfermedad.
Cuando vinieron a avisarnos de que los bubones habían aflorado en su piel, ya era demasiado tarde.
Sibila y yo nos dirigimos a su celda, como tantas otras veces lo habíamos hecho, pero esta vez con la conciencia de que sería la última.
Nos mantuvimos a su lado, colocándole compresas húmedas en la frente, vigilando su sueño, acercándole a la boca la cuchara con el caldo de pollo que resbalaba por su barbilla.
Cuando los labios se le quedaron resecos y los ojos se le hundieron sin brillo en las cuencas, supimos que había dejado de sufrir.
—¡Qué inoportuna es esta muerte! —suspiró Sibila contrariada, cerrándole los párpados—. Justo ahora… con el prior Aldred insufrible y…
Dejó la frase en suspenso. Vi que una lágrima le recorría la mejilla. Como no supe qué decir, le sujeté la mano mientras observaba las sombras danzarinas que las velas dibujaban en el techo de la celda.
La enterramos al día siguiente, amortajada con su hábito y con la cruz de madera que siempre llevaba colgada al cuello.
La priora Osburga fue la última persona que murió en la zona víctima de la plaga de Justiniano.
No supimos cuánto le incomodaba nuestra presencia al prior Aldred hasta la tarde en la que vinieron a arrestarnos.
Sibila estaba majando romero, tomillo y albahaca en un almirez mientras tarareaba una cancioncilla.
De pronto se quedó callada, levantó la vista y yo tuve un claro presentimiento de fatalidad.
Entoncesla puerta del domus herbarum se abrió de golpe.
El prior Aldred y el hermano Saturnino entraron sin saludar, acompañados por tres soldados armados hasta los dientes, con la cruz del obispado bordada en la pechera de sus sayas.
Fue tal nuestro desconcierto que cuando nos ordenaron situarnos en una de las esquinas de la sala les obedecimos sin rechistar.
Miré de reojo a Sibila; estaba pálida, aunque serena.
Sin ninguna consideración, apartaron a manotazos lo que había sobre la mesa.
Lanzaron al fuego el contenido del mortero, que comenzó a crepitar, en lo que ellos interpretaron como una protesta diabólica.
Incentivados por su idea de estar incomodando al maligno, arrancaron las ramas que se secaban colgadas del techo: el tomillo silvestre, la malva, la rosa canina, la consuelda…
y las arrojaron también a las llamas. Metían en sacos de esparto todo lo que les pareció interesante: frascos con tinturas, tarros de ungüentos, bolsitas de lino con semillas y bayas…
—Pero ¿qué es lo que estáis haciendo, prior Aldred? Por Dios bendito —le interpeló Sibila.
Él ni siquiera se molestó en mirarla. Carente de expresión en su rostro, caminaba despacio, recorriendo de una esquina a otra el domus herbarum seguido del leal hermano Saturnino, apartando los tarros de las estanterías, dejando caer sin estridencia algunos, leyendo las etiquetas de otros…
—¿Dónde está el libro de hechizos? —nos increpó uno de los soldados.
—¿Libro de hechizos? ¿De qué estáis hablando? —preguntó Sibila.
—¡Está aquí! —exclamó de pronto el prior Aldred, sujetando con dos dedos mi volumen de recetas, mostrándolo como si fuese una trucha recién pescada.
En ese momento, el soldado más delgado enunció:
—Hermana Sibila, hermana Le Fay, venimos por orden del obispo Paulinus. Habéis sido acusadas de tratos con el demonio, de practicar la hechicería y de manipulación del vulgo.
Mientras tanto, los otros dos soldados nos colocaban los grilletes de hierro en manos y tobillos, unidos a su vez por una cadena.
—¿Adónde nos lleváis? —pregunté.
Pero no contestaron, solo nos empujaron en dirección a la puerta.
Cruzamos el claustro al anochecer, cuando las hermanas ya estaban en sus celdas, sin testigos que pudieran echarles en cara sus acciones, con las cadenas arrancando sonidos metálicos a las piedras.
—Nos llevan a la cripta —me susurró Sibila.
Hacía cuatro años de mi llegada al monasterio, pero jamás había estado allí.
Era una sala situada bajo la capilla vieja.
Al bajar las escaleras, una bofetada de olor a humedad nos recibió.
Sin mediar palabra, nos empujaron al interior de la celda, un cuartucho con el suelo cubierto de paja, con un ventanuco enrejado.
Nos quitaron los grilletes de los tobillos, pero nos dejaron los de las manos.
Cerraron la puerta. Y el mundo del que nos creíamos dueñas y señoras se diluyó para siempre.
44 García Gual, C. (2020). Historia de Merlín . España: Siruela.