Morgana 11. Nosocoma #3
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11. Nosocoma #3

—A transitar por el mundo al dictado de mis anhelos, haciendo cosas que ninguna mujer haya hecho antes.

Sin ataduras. Sin pronunciar votos solemnes.

Guiada por el sentido común. Con mis propias reglas.

Donde personas como nosotras seamos libres.

Más allá de las montañas; al otro lado de la luna…

—Suspiró—. El prior Aldred coarta nuestra libertad, y eso compromete el bienestar de los enfermos.

Está en contra de los monasterios mixtos.

Considera desestabilizadora nuestra proximidad.

Cree que el simple hecho de que los monjes se acuesten en sus catres sabiendo que nosotras dormimos al otro lado del muro espolea los pecados del pensamiento.

Lleva años intentando convencer al obispo Paulinus de separar los conventos.

—¿Y no sería mejor separarnos?

Hacía siglos que a las mujeres les había ido bien viviendo solas, en comunidad: druidas celtas, hetairas griegas, sacerdotisas minoicas…

Safo, en el siglo vi antes de Cristo, ya reunía en su casa de Mitilene a jóvenes aristócratas que se dedicaban a cultivar la belleza e instruirse en poesía, música y danza.

Incluso la escuela pitagórica contó con varias discípulas destacadas que vivían en régimen cenobítico, consagradas a la armonía numérica.

En las primeras comunidades cristianas de Oriente existieron las diaconisas y viudas que se encargaban de atender hospitales y refugios. 55

—Me temo que una escisión significaría el fin del hospital —respondió Sibila—. Los monjes son los custodios de la reliquia sagrada. Si nos separamos, ellos se quedarían con Almesbury.

—Podríamos hacer lo mismo en otro lugar —sugerí.

—¿Crees que los enfermos se van de aquí pensando que somos nosotras quienes los sanamos? ¿Cuántas personas te han dado las gracias por su curación? Al regresar a sus lugares de origen hablan del milagro de las plumas del Espíritu Santo. Es junto a la reliquia donde dejan sus exvotos y dádivas.

—¿No crees que exista una intervención divina en su sanación?

Era esa una pregunta demasiado íntima, así que no me sorprendió que Sibila guardase silencio.

Sentí que movía las piernas y levanté la cabeza para ver lo que hacía.

Se estaba descalzando. Era una noche clara, así que pude ver sus pies lamidos por la luz de plata.

Los dedos estaban unidos por una membrana carnosa: los pies de pato 56 de Sibila.

—¿A que pensaste que me lo había inventado? —rio. Como yo seguía observándolos, aún sin terminar de creerlo, se puso seria—. ¿Te doy asco?

—¿Asco? —pregunté admirada—. Eres la mujer más extraordinaria que he conocido. Y te puedo asegurar que no es una exageración; mi madre es una sirena.

Sibila lanzó una carcajada.

—Me encantan tus historias, Morgana.

Esa noche, Sibila me contó que había nacido en el norte de Hispania, siete años antes de que yo llegase al mundo, en el seno de una familia de pescadores.

El padre de Sibila descubrió con desagrado que el niño que llevaba meses añorando había nacido niña.

¡Otra vez! Cinco hijas tenía ya. Su esposa solo sabía hacer hembras, con el menoscabo que eso suponía para la economía familiar.

A las hijas había que entregarlas con dote.

Si heredaban derechos o bienes, los transferían a otra familia.

Pero es que, además, aquella criatura venía con una tara.

Los dedos de sus pies, en lugar de moverse de forma independiente, estaban unidos, como los de los palmípedos o los anfibios.

Llegó a la conclusión de que les había nacido una lamia, una de esas ninfas de belleza sin igual con pies de oca que en el pasado se consideraban sabias y benefactoras hasta que el cristianismo determinó su carácter demoniaco.

La familia, temerosa del juicio ajeno, consideró que esa hija era una grieta en la fachada de su hogar, una mancha en su estirpe, inmaculada hasta ese momento.

La mantuvieron oculta hasta que alcanzó la edad adecuada para ingresarla en un convento; a ser posible, en uno que quedase lo bastante lejos como para que nadie los relacionara con ella.

Tenía ocho años cuando la embarcaron en uno de los navíos que cubrían la ruta comercial entre Hispania y Britania. Así sellaron su destino.

—La priora Osburga me enseñó a escribir mi nombre cuando llegué a Almesbury —concluyó.

Nunca más volvimos a hablar sobre vocaciones. Ni sobre sus pies de pato.

En el último año, el estado de salud de la priora Osburga se había debilitado de manera evidente.

Apenas salía de su celda. Confundía la salvia con el romero y repetía tres veces la receta contra las lombrices del vientre, creyendo que declamaba el salmo 91.

No recordaba el nombre de las novicias, pero sí el de las vacas que ordeñaba en su infancia, y se empeñó en alimentar al gato con hostias sin consagrar que él solo chuperreteaba para luego abandonarlas con desinterés.

A comienzos de noviembre (o por Samhain, dependiendo de si medís el tiempo con parámetros celtas o julianos), se presentaron en el domus herbarum dos de las hermanas que se encargaban de atender las necesidades básicas de la priora Osburga.

Traían el rostro compungido y, según dijeron, debían hablar con Sibila.

Estuvieron un buen rato articulando palabras con las que no llegaban a formar una frase completa hasta que, al fin, dejaron entrever el asunto que les preocupaba.

Al parecer, en las últimas semanas, el frágil estado mental de la priora se había resquebrajado un poco más.

Y aunque las dos monjas eran misericordiosas, una de ellas sacrificada y ninguna proclive a la exageración, ambas estaban de acuerdo en que, a esas alturas, las tribulaciones de la priora no pasarían desapercibidas en el encuentro mensual con el prior Aldred.

—Ya no se aguanta las necesidades —informó una de ellas.

—Y mantiene largas conversaciones con san Pablo de Tebas —suspiró la otra—. Que sabe de sobra que era un ermitaño que no abandonó jamás el desierto.

—¡Y que murió hace más de cien años! —le recordó la primera.

En uno de sus momentos de lucidez (que cada vez se espaciaban más), la priora Osburga le había hecho prometer a Sibila que no permitiría al prior Aldred interferir en los asuntos del convento femenino.

Los cargos eran vitalicios, de manera que, si la priora se mostraba indispuesta meses, o quizás años, el prior sería el único con capacidad para hacer y deshacer a su antojo.

Si la locura de un miembro de una familia normal supone un infortunio, imaginad el descalabro que eso supondría al tratarse de la priora; sería el fin de nuestra congregación.

No existían precedentes. Solo tras su muerte, las hermanas votarían para elegir a su sucesora.

Todo el mundo sabía que la elegida sería Sibila, pero, hasta que ese día llegara, debíamos actuar con sabiduría.

—No diremos nada —concluyó Sibila—. Mantendremos el estado de salud de la priora en secreto. Mañana vendrás conmigo a la comida con el prior Aldred —me dijo.

—Por supuesto —respondí yo.

Estaba dispuesta a seguir a Sibila hasta el fin del mundo.

Guiadas por la máxima de que la mano derecha no supiera lo que hacía la izquierda, nos presentamos en el encuentro mensual excusando la ausencia de la priora Osburga. Estaba indispuesta, aseguramos, algo que no era mentira en absoluto.

Acompañaba al prior Aldred su eterno perro guardián: el hermano Saturnino. Tras el intercambio de unas cuantas frases de cortesía, Sibila comenzó a hablar.

—Según mis cuentas, en la última remesa adquirimos ciento cuarenta y tres pliegos de pergamino, así como cuatro cántarosde agallas de roble, dos odres de vinagre y una libra de sulfato dehierro para la fabricación de tinta común.

También tres onzas de lapislázuli molido; a un precio desorbitado, he de añadir.

—Es un ingrediente valioso —justificó el prior Aldred—. Viene de lejos y es escaso, aunque absolutamente necesario para dar color al manto de Nuestra Señora.

—Por supuesto —apuntó Sibila, y continuó hablando—: También llegó media libra de cinabrio.

—Esencial para representar la sangre de Jesucristo, santos, mártires y penitentes —respondió con suficiencia.

—… y dos frascos de verde de malaquita.

—Para la foresta de los lugares en los que Jesucristo predicaba.

—Y una onza de polvo de oro.

—Imprescindible en las aureolas de santos y mártires —siguió aclarando el prior mientras se encogía de hombros.

—El convento femenino se ha hecho cargo de la mitad del coste de estos productos; por lo tanto, también nos pertenecen. Mañana iremos a recoger nuestra parte —concluyó Sibila.

El hermano Saturnino lanzó una carcajada desdeñosa que se le heló en los labios al comprobar que el prior Aldred no lo secundaba.

—¿Cómo? —exclamó este último escandalizado—. ¿Para qué los queréis?

—Nuestra querida hermana Le Fay, aquí presente —dijo inclinando levemente la cabeza en mi dirección—, está escribiendo un Breviarium medicinae 57 .

— ¿ Breviarium…?

— Medicinae —interrumpió—. Sí. Lo necesitamos para educar a las novicias. No queremos que se trastoquen los conocimientos en el boca oreja.

El prior Aldred y el hermano Saturnino la observaban sin terminar de creer lo que estaban escuchando.

—No necesitaremos el oro en polvo. Consideradlo un regalo —zanjó Sibila.

A partir de ese momento, en lugar de escribir con vulgar tinta negra, en retazos de pergamino, dispuse de páginas y páginas para describir con detalle que las heridas dejaban de sangrar con compresión o que el dolor de muelas se calmaba masticando hojas de sauce.

Pude colorear con rojo el corazón y el recorrido de las venas, con verde los humores purulentos y con azul los miembros gangrenados.