11. Nosocoma #2
—Y mucho menos lo digas delante de él. —Y elevó la voz para saludar—. Buenos días, prior Aldred. ¡Qué honor recibir vuestra visita en nuestro humilde jardín!
Todavía no conocía lo bastante a Sibila como para poder asegurarlo, pero hubiera jurado que su sentir era contrario a las palabras que acababa de pronunciar.
Un religioso pequeño y grueso, de unos cuarenta años, nos observaba desde el umbral de la puerta.
Su sotana no parecía muy limpia. El cabello negro se le arremolinaba por zonas: poco detrás de las orejas, un poco más en la nuca, una greña grasienta trazando un arco de oreja a oreja por encima de la cabeza.
Tenía el rostro atezado, similar al de un brownie 49 , con las mejillas picadas por la viruela y con una verruga oscura en la aleta de la nariz provista de más pelos que en la totalidad de su cabeza.
El conjunto de su cara parecía un plato de gachas de avena resecas en el que se hubiera ahogado una mosca, quedando patas arriba.
Al observarle con mayor atención, me di cuenta de que el resto de su anatomía tampoco parecía muy limpia.
—Buenos días, hermana Sibila —saludó—. ¿Esta es la joven novicia que fuisteis a buscar a Cornualles? —No esperó la respuesta y añadió—: Es un honor contar con una hija del rey en el convento.
—Hijastra —respondimos al unísono Sibila y yo.
Con una ceja levantada, repasó mi anatomía de los pies a la cabeza. Un paso por detrás de él, otro religioso más joven me observaba con el mismo gesto displicente.
—Hijastra…, sí…, es cierto. Vuestro padre era el difunto duque de Cornualles.
—Prior Aldred…, hermano Saturnino…, ella es la hermana Le Fay —nos presentó Sibila.
Incliné levemente la cabeza. Ellos me devolvieron el gesto.
—La priora me ha informado que nos acompañaréis durante la comida, tal y como ya hicisteis el mes pasado —comentó el prior, volviendo su mirada a Sibila.
—Así es.
—Bien. —Suspiró—. Entonces supongo que nos veremos en unas horas.
Cuando se fueron, Sibila me explicó que el convento masculino y el femenino eran instituciones independientes.
Manejaban diferentes fuentes de ingresos y debían rendir cuentas anuales por separado ante el obispo.
Compartían algunos edificios: la capilla, el claustro, el refectorio, las cuadras, el huerto, la hospedería…
, lo cual significaba que estaban tan unidos y ala vez tan separados como el cielo y la tierra en la línea del horizonte.
Una vez al mes, la priora Osburga y el prior Aldred comían juntos para debatir los asuntos que ambas instituciones teníanen común.
Muchos de ellos eran de carácter económico: el fondo para el vino de misa, para las velas, para el repintado del altar mayor…
El prior siempre aparecía con una larga lista degastos que debían considerarse compartidos por razones solo evidentes para él.
—La priora Osburga es olvidadiza y de carácter bondadoso —me explicó Sibila—.
Asegura que una corriente de aire se le ha metido en los oídos y tiene dificultades de visión.
Y no seré yo la persona que… o…, o quizás sí —titubeó—, que señale con el dedo a quien pueda intentar aprovecharse de esas circunstancias.
Y es que, en los últimos tiempos, el prior Aldred había conseguido que el convento femenino corriese con los gastos de algunos de los materiales que se usaban en el scriptorium .
Según me explicó Sibila, el cuero de primera calidad para las encuadernaciones, los pergaminos de la mejor piel de oveja y las tintas de colores eran un lujo reservado a la elaboración de códices inaccesibles para ellas.
El religioso lo justificó aludiendo que, si bien la reliquia del Espíritu Santo era el alma del monasterio, la biblioteca era su corazón y que, por tanto, ambas instituciones tenían una responsabilidad común para con ella.
—Ahondando en este razonamiento, el hospital podría considerarse el cuerpo que los acoge, pero de su mantenimiento únicamente nos encargamos nosotras.
—Suspiró—. El prior Aldred dice que, de no haber recibido la llamada del Señor, habría puesto el mismo empeño en administrar su casa que el que pone en la administración del monasterio.
Y estoy de acuerdo. De haberse casado, habría resultado tan fastidioso para su esposa como lo es para nosotras.
—Volvió a suspirar—. Los caminos del Señor son inescrutables, y nos está dando oportunidad de ejercitar la templanza colocando al prior Aldred en nuestras vidas, pero, por si el Altísimo está ocupado en asuntos más importantes que la economía del monasterio, hemos decidido que acompañaré a la priora Osburga a las comidas mensuales.
Porque cuatro ojos y cuatro oídos ven y escuchan el doble de bien que dos.
Quizás os sorprenda saber que no me escapé al día siguiente.
Tampoco la siguiente semana, ni el siguiente mes; ni siquiera el siguiente año.
Si por un momento pensáis que falté a mi palabra, os equivocaríais.
Hay ocasiones en las que hacerse cargo de la propia existencia exige cambiar de opinión.
Y, aunque en un principio el convento me pareció sinónimo de «olvidadero» (el lugar al que el rey y mi madre me enviaban para hacerme desaparecer de sus vidas sin que Dios o los súbditos pudieran afearles el gesto), en la práctica se descubrió como algo similar a mi destino.
Por supuesto, jamás comenté esta reflexión con mi madre en ninguna de las espaciadas cartas que intercambiábamos.
Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda.
Sibila no mintió al decir que no era un hada; en realidad, era una nosocoma 50 .
Su propósito en la vida era aliviar el dolor del mundo, empezando por aligerar los males físicos de los miles de peregrinos que acudían al monasterio de Almesbury cada año en busca de sanación.
Tenía a su cargo el grupo de hermanas que atendían el dispensario y el hospital, situado en el ala este del monasterio.
La priora Osburga y ella aspiraban a seguir los pasos de Fabiola de Roma 51 y extender sus competencias para poder acoger a ancianos y mendigos sin hogar.
Mi llegada, según ellas, había sido providencial.
—Reúnes todos los requisitos necesarios, hermana Le Fay. Eres joven, tienes pulso firme, visión aguda y no te dejas conmover por las quejas de los enfermos —aseguraba la priora Osburga.
Conocían la manera de curar sin tener que desgastar a las personas con sangrías o emplastos de estiércol.
Guardaban en la memoria todo tipo de recetas: desde cómo fabricar jabón hasta las proporciones idóneas de vinagre y menta piperita para ahuyentar a las hormigas de la despensa.
Usaban raíz de regaliz para aplacar la fiebre, eneldo para las indigestiones, infusiones de hinojo después de cada comida para evitar las flatulencias.
Sabían cómo extraer las virtudes de las hierbas sirviéndose de la técnica inventada por María la Judía, 52 que calentaba sin abrasar.
Y también cómo atender los partos sin que la madre ni la criatura sufrieran en exceso, guiadas por las enseñanzas de Hagnódice 53 .
Comencé a absorber todo lo que la priora Osburga y Sibila me contaban, tomando nota de cada detalle en pedazos de pergamino desechados por los monjes.
Escuchaba a los enfermos y describía sus padecimientos, el color de su piel y sus humores.
Registraba los minerales, las plantas y las partes de las mismas que utilizábamos: pétalos, tallos, raíces, semillas, hojas, frutos…
, si los hervíamos, machacábamos o macerábamos, así como las proporciones necesarias para que surtieran el efecto deseado.
Bosquejaba las manchas, los bultos, las heridas, el recorrido de las venas bajo la piel de las personas más pálidas, lo que veía cuando la carne desgarrada me permitía asomarme a sus entrañas.
Llené incontables pergaminos con mis anotaciones y dibujos.
Los unía con aguja e hilo y luego los clasificaba para que las hermanas pudieran consultarlos siempre que los necesitaran.
A veces Sibila y yo nos quedábamos hasta tarde trabajando en el domus herbarum .
Ella leía el cielo nocturno, como lo hizoen el pasado Hipatia de Alejandría.
Se sabía los nombres de todas las estrellas que brillaban en el firmamento.
En lo que otros solo veían destellos, ella encontraba respuestas.
La brillante Sirius era responsable de las fiebres nocturnas, las Pléyades le daban fuerza a las hierbas del hortus sanitatis …
No arrancábamos una hoja ni plantábamos una semilla sin antes mirar al cielo.
Sibila se guiaba por los ciclos lunares, ya que el astro no solo gobierna las mareas, sino también el periodo de las mujeres, el carácter de los que están por nacer y el crecimiento de las plantas, potenciando sus virtudes.
54 Durante el novilunio desenterrábamos las raíces y tubérculos, porque lo que crece en la oscuridad se ha de cosechar en la oscuridad.
El cuarto creciente despertaba los jugos, de manera que recogíamos hojas y flores como la menta, la salvia, la caléndula o la manzanilla.
Pero, sin duda, el momento más poderoso para la recolección era durante la luna llena.
Una deliciosa noche de verano, una de esas noches cálidas en las que se puede oír el canto de los grillos, nos tumbamos a descansar bajo la bóveda celeste, entre los matojos del tomillo y la hierbabuena.
—¡Qué hermosa es la creación! —me dijo Sibila con los ojos clavados en el firmamento—. ¿No te da la impresión de que podrías vivir allí arriba, lejos de todo? Hay veces que me gustaría marcharme.
Volví el rostro hacía ella. Tenía los ojos cuajados de reflejos de estrellas.
—¿Adónde? —le pregunté.
Hasta el momento había pensado que Sibila estaba justo en el lugar en el que quería estar.