Morgana 11. Nosocoma
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11. Nosocoma

Historia de Merlín Anónimo

Glastonbury era, desde tiempos inmemoriales, uno de los lugares más mágicos de la isla y su influencia se dejaba notar en Almesbury, uno de los muchos «monasterios dobles» que salpicaban el mapa, donde religiosos y religiosas, guiados por una única regla y dirección espiritual, se hacían cargo de diferentes labores ocupando edificios distintos.

Los monjes fermentaban cebada, rezaban por los pecados del impío mundo y eran conocidos por su labor como copistas y encuadernadores.

Entre los libros que atesoraban en la biblioteca se encontraba el De Ordine Angelorum, un tratado sobre los hábitos de los ángeles que, a partir del capítulo v , parecía centrar su atención en el cortejo de los somormujos, así como el Dialogus de Anima et Porcus, un compendio de fábulas protagonizadas por un hombre y un cerdo que, indefectiblemente, concluían con una moraleja pronunciada por el segundo.

Las monjas, por su parte, se encargaban de la huerta, de las labores de limpieza, de la cocina, del hospedaje de los peregrinos y de atender a los enfermos en el dispensario y el hospital mientras estos esperaban que las plumas del Espíritu Santo hiciesen el milagro de mejorar sus enfermedades.

Sibila, tal y como prometió, vino a buscarme para maitines.

Unas cincuenta mujeres nos dirigimos al coro, rompiendo la oscuridad de los corredores con la luz de nuestras velas, espantando a los demonios con rezos, en espera de la salida del sol.

En el claustro coincidimos con los monjes y, juntos, nos dirigimos al refectorio, dividido con biombos para evitar que las miradas de hombres y mujeres pudieran mezclarse.

Allí tomamos un frugal desayuno: una rebanada de pan, leche y un poco de queso.

Al terminar, Sibila me tomó de la mano para mostrarme el conjunto del monasterio.

En el centro se alzaba la capilla. Aunque carente de pretensiones (ya que solo Dios es grande y no precisa de lujos para dejar notar su presencia), era majestuosa y solemne.

Cirios y velitas colocados en lugares estratégicos desplegaban un velo de penumbra titilante, coronada de humo gris.

Las piedras que daban forma a sus muros denotaban el estoicismo de quien ha escuchado miles de súplicas, arrepentimientos y plegarias sobrellevando las inclemencias del frío invernal.

—Compartimos este espacio con los monjes en horas canónicas y en las festividades litúrgicas; bajo severa vigilancia, claro —me explicó Sibila—.

El prior Aldred insiste en que el diablo siempre está al acecho, atento para hincar sus dientes en la débil carne mortal.

—Me observó unos segundos, valorando si debía ahondar más en ese asunto, y añadió—: Ya lo conocerás.

Me refiero al prior Aldred, no al diablo —precisó.

El ala masculina estaba orientada al norte. Se trataba de un pabellón de escuetas celdas dotadas de ventanucos que daban al huerto o a la niebla, dependiendo de la estación del año en la que se asomaran.

Las dependencias femeninas se orientaban al sur y eran igualmente sobrias, aunque, si se era lo bastante perspicaz, se podían vislumbrar las leves diferencias. Allí se respiraba una suerte de sosiego y complacencia, incluso me atrevería a decir que de alegría.

—Hace un año se extendió el rumor de que en nuestro convento se oían canturreos, risas e incluso carcajadas.

Se consideró un comportamiento absolutamente inapropiado en mujeres que deben dar ejemplo de prudencia y contrición — me confesó Sibila—.

El hecho fue examinado por el prior Aldred y la priora Osburga durante dos semanas enteras.

Se desveló quiénes eran las infractoras y se las castigó con el debido rigor.

No ha vuelto a suceder. Al menos, no en un tono tan elevado.

—Una sonrisa enorme iluminó su rostro antes de continuar hablando—.

Y ahora vamos al lugar que, pienso, es el más adecuado para ti.

Me llevó hasta una sala espaciosa y limpia, con suelo de piedra. Del techo colgaban ramas, frutos y flores con el aspecto de llevar secándose allí varias semanas (si no meses), que dejaban flotando en el ambiente un fuerte aroma herbal.

Sentada junto a un enorme mesón de madera plagado de cuencos, platos, cuchillos, almireces de diferentes tamaños y materiales —mármol, piedra, metal…

, con sus correspondientes manos de mortero— se encontraba una monja diminuta.

Vestía un hábito de color tormenta y tenía la toca ligeramente ladeada hacia la izquierda.

Al oír nuestros pasos, levantó la cabeza.

Sus ojos azules estaban velados por una capa de niebla.

—Hermana Sibila, ¿eres tú? —indagó.

—Sí, madre priora.

—¿Traes un pájaro? —preguntó, dirigiendo su mirada por encima de mi cabeza—. Ten cuidado, que está por aquí el gato.

Escudriñaba el aire con tal interés que yo misma levanté los ojos para examinar las vigas de madera.

—Me acompaña la muchacha que fui a buscar a Cornualles — explicó Sibila, elevando un poco el tono de voz. Me sonrió, señalándose la oreja para indicarme que la anciana era dura deoído—. Hermana Le Fay, ella es la priora Osburga, el alma de nuestro cenobio.

—Bienvenida, hermana Le Fay. No hagas caso a la hermana Sibila. Sin ella, no podría ni mover un dedo.

—Creo que la hermana Le Fay nos va a ser muy útil —le informó Sibila—. Durante el viaje me ayudó a atender a un enfermo y no le tembló el pulso.

—Pues eso es maravilloso. Siempre hacen faltan manos aquí.

—Eso mismo le he dicho yo.

Dibujé en mi rostro una sonrisa de cortesía mientras dejaba volar mi mirada por la sala. Las paredes estaban recubiertas de estanterías con tarros de arcilla de diversos tamaños, cada uno con una etiqueta de pergamino atada a la boquilla. Me acerqué para leer lo que había escrito.

—Salvia. Matricaria chamomilla. Rosmarinus. Lavandula… ¿Alumbre? —pregunté, sujetando la última de las etiquetas.

—Lo usamos para detener el sangrado y cerrar las heridas —apuntó Sibila.

—Sabes leer —se alegró la priora—. ¿También sabes escribir?

—Sí.

—Pues ven aquí. Siéntate a mi lado. Coge pergamino, tinta y pluma y escribe lo que te dicte —ordenó. Iba a acercar un taburete a la mesa cuando me interrumpió—: Pero no, no, hermana Le Fay. Ahí no. Jamás cojas esa banqueta. Ese es el sitio del gato.

—Lo siento.

—Tranquila. ¿Cómo ibas a saberlo? ¿Ya estás sentada? ¿Sí? Pues escribe: Melissa. Ruta. Achillea. Artemisia. Hypericum. —Esperó unos segundos antes de pedirle a Sibila que revisara lo que acababa de escribir—. ¿Qué tal lo ha hecho?

—Perfecto —indicó Sibila—. La hermana Le Fay es un regalo que nos hace el Señor.

Volví a sonreír. Hacía mucho que nadie mostraba tanto entusiasmo con mi presencia.

En la chimenea, equipada con un soporte del que pendía una olla, ardía un fuego generoso.

—¿Esto es la cocina? —pregunté.

—Oh, no. Claro que no. Esto es el domus herbarum 47 — aclaró Sibila—.

Aquí le sacamos lo bueno a las hierbas y a los minerales, y buscamos la manera de estabilizarlos para tratar las enfermedades de quienes acuden al dispensario.

Luego observamos si surten el efecto deseado.

Y si no…, bueno…, pues vuelta a empezar.

La perseverancia es una virtud que ejercitamos a diario.

Las hermanas, en este monasterio, además de al alma, nos dedicamos al cuerpo.

—Entonces, ¿lo de ayer no era magia?

Sibila se llevó el dedo índice a los labios.

—Por supuesto que no era magia. Ni se te ocurra siquiera insinuar algo así. ¡Y menos en voz alta! —me reprendió—. Dios ha puesto en el mundo todo lo que necesitamos para vencer las enfermedades que envía el diablo. Nosotras lo buscamos, lo probamos y, si funciona, lo cosechamos y almacenamos.

—Enséñale el hortus sanitatis 48 —le indicó la priora Osburga.

—¡Ven!

Sibila me tomó de la mano y me arrastró hasta una puerta de madera que abrió de golpe. Daba a un jardín que, a esas alturas del año, estaba cuajado de menta, valeriana, tomillo y campánulas silvestres.

—¡Así es como hacemos la obra de Dios! —proclamó, inspirando a pleno pulmón, sin temor de pecar de jactancia—.

Aquí no cultivamos flores para que sean vistas.

Estas plantas — recalcó mientras las señalaba— han venido al mundo con una misión más elevada que la de decorarlo.

Cada una lleva dentro un atributo único que podemos aprovechar para el bien.

La lavanda calma los nervios y aplaca el dolor de cabeza.

La acedera baja la fiebre. La albahaca mejora la digestión.

La milenrama sirve para tratar las molestias periódicas de las mujeres…

El h ortus sanitatis estaba vallado con una empalizada baja que podía traspasarse sin dificultad de un brinco. Para disuadir a los profanos tentados de echarse al gaznate alguna hierba, semilla o tubérculo, había un cartel junto al espantapájaros que rezaba lo siguiente:

Todo lo que aquí brota sana, purga o extermina. Consulte a las hermanas antes de tocar.

El texto estaba escrito en britano y en latín. Ante la posibilidad de que el ladrón fuese analfabeto, también había una transcripción con dibujos básicos: un perifollo exuberante, una deposición, una calavera, dos monjas y una mano tachada con una cruz.

—El padre de la priora Osburga era un experto en el arte de la curación.

Le enseñó a su hija todo lo que sabía, y ella comparte su conocimiento conmigo.

—Sibila inspiró por la nariz y soltó el aire de golpe antes de añadir—.

Aunque, claro, no es lo mismo. A los hombres que infusionan plantas y hacen tinturas con pétalos de rosa los llaman «alquimistas».

Pero a las mujeres que hacen lo mismo las llaman «brujas» y las cuelgan del cuello.

Así que llevamos nuestros estudios con discreción. ¡Nunca digas que es magia!

Escuchamos voces masculinas en el domus herbarum . Sibila me susurró al oído: